FUNERARIA 12 DE OCTUBRE: POMPAS FÚNEBRES DE LA MALDITA HISPANIDAD
"Los defensores del españolismo imperial parecen necesitaruna terapia de choque para elevar su autoestima"
La Hispanidad es presentada por sus apologistas - escribe Carlos de Urabá - como sinónimo de fortaleza, furia, valentía y arrojo. «Somos hijos de Isabel y Fernando», proclaman quienes consideran que los conquistadores españoles fueron heroicos guerreros.
Por CARLOS DE URABÁ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La Hispanidad es presentada por sus apologistas como sinónimo de fortaleza, furia, valentía y arrojo. «Somos hijos de Isabel y Fernando», proclaman quienes consideran que los conquistadores españoles fueron heroicos guerreros cuyas hazañas llegaron a eclipsar a las del mismísimo Alejandro Magno o Julio César. Aquel esplendor imperial, supuestamente perdido por las vicisitudes del destino, debía resucitarse a cualquier precio. Y, para semejante empresa, la providencia divina pareció elegir al obispo católico tradicionalista Zacarías de Vizcarra, uno de los principales ideólogos de la Hispanidad y destacado protagonista del auge de Acción Católica Española.
Este defensor del nacionalcatolicismo, al servicio de la ideología que más tarde asumiría el franquismo, escribió:
«Tenemos que España y su estirpe, es decir, toda la Hispanidad, debe cumplir todavía dos brillantes misiones en la cristiandad para salvar a la humanidad en su más terrible crisis: 1. Deben derrotar al Anticristo y a toda la corte de judíos, con el signo de la cruz. 2. Debe España completar la obra iniciada en Covadonga, las Navas, Granada y Lepanto, destruyendo completamente a la secta de Mahoma y restituyendo al culto católico la catedral de Santa Sofía en Constantinopla. Porque Santiago y España tienen que cumplir todavía estas dos gloriosas misiones...».
El antisemitismo del obispo Vizcarra presenta inquietantes coincidencias con las tesis racistas y antisemitas condensadas en Mi lucha, de Adolf Hitler.
En nuestros días, el ultraderechista argentino Marcelo Gullo, profesor de Relaciones Internacionales y uno de los más destacados defensores de la denominada «Hispanidad redentora», sostiene que «España no conquistó América; España liberó América». El autor de Madre patria, apadrinado políticamente por el exvicepresidente del Gobierno español Alfonso Guerra, del PSOE, imparte lecciones de historia que denigran la memoria de los pueblos indígenas americanos.
Gullo forma parte de ese inquietante círculo de intelectuales, profesores e investigadores de reconocido prestigio que magnifican el imperio católico español, convertido durante siglos, según su relato, en la estrella más fulgurante del firmamento. Desde todas sus atalayas ideológicas izan la cruz de Borgoña, hinchan el pecho y repiten que España fue la artífice de «la primera globalización», una fórmula incorporada a la delirante narrativa del «imperio donde nunca se ponía el sol».
LA EXALTACIÓN DE UN IMPERIO Y LA NEGACIÓN DEL GENOCIDIO
Los defensores del españolismo imperial parecen necesitar urgentemente una terapia de choque para elevar su autoestima. Sus poetas y propagandistas se dedican a recitar versos gloriosos en honor a la epopeya evangelizadora: «Sois vosotros, los hijos de Isabel y Fernando, los que habéis escrito las páginas más gloriosas de la historia de la humanidad».
Semejante reconstrucción del pasado solo puede sostenerse mediante el autoengaño, las fantasías más procaces y la manipulación de los textos históricos, interpretados a conveniencia de la egolatría, la megalomanía y el narcisismo de quienes pretenden rehabilitar la empresa colonial.
Los historiadores monárquicos y papistas llegan a sostener que el genocidio indígena constituye un mito y que la esclavitud prácticamente no existió, pues los pueblos originarios habrían sido tratados con benevolencia y amor. Según esta interpretación, la conquista estuvo inspirada por la generosidad y la piedad cristianas, como supuestamente demostrarían las Nuevas Leyes de 1542, presentadas como precursoras del derecho internacional.
También reivindican las Siete Partidas, impulsadas en el siglo XIII por Alfonso X el Sabio, como prueba de que España disponía del Estado de derecho más antiguo e igualitario. Algunos llegan incluso a proclamar que «el Imperio español fue el pionero de los derechos humanos».
Cuando se les recuerda la destrucción de las sociedades indígenas, estos defensores del pasado imperial responden indignados señalando al Imperio británico, al que consideran inventor de la Leyenda Negra y verdadero responsable de la muerte de millones de indígenas americanos. De ese modo, pretenden absolver a la monarquía española de sus responsabilidades históricas.
EL FRANQUISMO Y LA RESURRECCIÓN DEL MITO IMPERIAL
En 1940, el régimen del caudillo Francisco Franco Bahamonde impulsó el Consejo de la Hispanidad, antecedente del posterior Instituto de Cultura Hispánica, como instrumento para defender una determinada identidad nacional y exaltar la supuesta civilización española que había iluminado las tierras habitadas por herejes sedientos de redención.
La Hispanidad se convirtió así en el símbolo perfecto para reconstruir el mito de una nación imbatible, presentada como ariete de la modernidad universal. El objetivo consistía en reivindicar el nacionalcatolicismo como esencia primordial del espíritu español, bajo la dirección de una derecha clerical y reaccionaria que esgrimía la figura del apóstol Santiago contra los herejes, los partidarios de la secularización, los liberales, los masones y los marxistas.
Esta apología del destino imperial y universal de España llenaba de orgullo a los representantes del Movimiento Nacional, que se consideraban herederos de los vencedores de la llamada Cruzada. La Reconquista, la unificación política bajo los Reyes Católicos y el denominado descubrimiento de América figuraban entre los grandes hitos históricos utilizados para legitimar ideológicamente la dictadura.
Ramiro de Maeztu, uno de los principales teóricos de esa concepción, escribió que «la raza hispana es algo espiritual, de orden divino y humano, que trasciende las diferencias biológicas y psicológicas y los conceptos de nación y patria».
El franquismo convirtió la Hispanidad en uno de los ejes de sus relaciones exteriores. Su ideología nacionalcatólica se condensaba en consignas como «Por el Imperio hacia Dios», expresión de aquella pretendida unidad de destino en lo universal. Dentro de esa construcción propagandística, el generalísimo aparecía como un enviado de Dios, encarnación terrenal de la autoridad, la jerarquía y la tradición que reclamaban los estamentos políticos, militares y eclesiásticos del régimen.
El celebrado libro de Maeztu, Defensa de la Hispanidad, escrito por quien había sido embajador durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera en Argentina, sirvió de inspiración a Franco. Bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, el dictador escribió el argumento de la película Raza, conocida también por su versión posterior, Espíritu de una raza, cuya trama exaltaba el ideario del buen español.
En ella se glorificaba, entre otros episodios, el sacrificio de Cosme Damián Churruca, muerto en la batalla de Trafalgar tras sostener un combate desigual contra varios navíos ingleses. Su figura representaba el heroísmo extremo que debían imitar los españoles más fervorosos.
La misión histórica, según semejante concepción, consistía en devolver a España su destino universal y recuperar el brillo perdido de su esplendor imperial. Los herederos de aquella tradición castellana, monárquica y racista se distinguieron, y todavía se distinguen, como entusiastas ideólogos de la Hispanidad.
LA ESCUELA FRANQUISTA: UNA FÁBRICA DE PATRIOTAS Y CREYENTES
En las escuelas de la dictadura se enseñaban afirmaciones como esta: «A nuestra patria estaba reservado el destino más glorioso de todos: descubrir el Nuevo Mundo y hacerlo partícipe de nuestra cristiana civilización».
Al mismo tiempo, se exaltaba el denominado «Glorioso Alzamiento Nacional», presentado como una cruzada victoriosa contra la República atea y apóstata. Los Reyes Católicos aparecían como los precursores de un nuevo Cid Campeador, Francisco Franco, quien habría levantado victoriosamente la bandera rojigualda, adornada con el águila de San Juan, el yugo y las flechas.
Era un homenaje permanente a los paladines del nacionalismo español, a la supuesta unidad sagrada de España y a los arquitectos del mito del «Imperio hacia Dios» y de la «reserva espiritual de Occidente». La dictadura atribuía buena parte de los males que afligían a la patria al famoso «contubernio judeomasónico», convertido en explicación universal de sus enemigos políticos.
Aquella educación nacionalcatólica ha quedado retratada en El florido pensil, obra que recupera la memoria de una escuela impregnada de exaltación patriótica y religiosa. En sus aulas resonaban versos como «Fuiste de glorias florido pensil, veinte naciones coronan tu sien».
Las escuelas estaban presididas por crucifijos y retratos de Franco y José Antonio Primo de Rivera. Los alumnos debían aprender las supuestas glorias de la Cruzada Nacional y de la historia imperial española, mientras participaban en celebraciones como el Día del Caudillo, la Fiesta de la Raza o de la Hispanidad, y los actos de consagración a la Virgen del Pilar y al Sagrado Corazón de Jesús.
A este adoctrinamiento contribuyeron manuales como la célebre Enciclopedia Álvarez, que transmitía una concepción tradicionalista de la infancia, la familia y la religión, emparentada ideológicamente con los valores autoritarios que el nazismo había condensado en su exaltación de los niños, el hogar y la Iglesia.
Para demostrar su pretendido espíritu caritativo cristiano, el régimen promovía también el Domund, Domingo Mundial de las Misiones, una jornada de colectas económicas organizada en las parroquias para sostener a los misioneros dedicados a expandir el catolicismo.
LAS POMPAS FÚNEBRES DE LA HISPANIDAD
Preside los fuegos fatuos de esta ceremonia fúnebre Felipe VI, acompañado de la familia real, el jefe del Estado Mayor de la Defensa, los mandos de los tres ejércitos y, por supuesto, el gran chambelán Pedro Sánchez, junto con sus ministros, diputados de las Cortes, representantes de los gobiernos autonómicos, miembros del cuerpo diplomático y lo más granado de las élites políticas, económicas, empresariales y eclesiásticas.
Suenan los acordes de la Marcha Real y, de inmediato, los gastadores, gigantes de casi un metro noventa de estatura, izan la bandera rojigualda, que ondea altiva a los cuatro vientos. Retumban las salvas de veintiún cañonazos, supuestamente en honor de la paz y del amor a la humanidad, mientras se guarda un minuto de silencio por los caídos por Dios y por España.
El paseo de la Castellana, en Madrid, aparece abarrotado de miles de súbditos borbónicos que agitan pequeñas banderas rojigualdas, aplauden y vitorean la espectacular parada militar. Es un desfile de los ejércitos que el ceremonial patriótico presenta como herederos de las glorias imperiales, aquellas mismas que los conquistadores impusieron a sangre y fuego, invocando al Dios clemente y misericordioso.
Participan más de 4.400 militares, acompañados de aviones, helicópteros y vehículos blindados. La soldadesca desfila marcando el paso con precisión: caballería, infantería, tercios, unidades vinculadas a los dispositivos militares de la OTAN, formaciones acorazadas, artillería y brigadas paracaidistas.
Y, por supuesto, aparecen los «novios de la muerte» de la Legión, acompañados de su célebre cabra, convertida casi en una generala con mando en plaza. La Legión, que marca su característico paso acelerado de 160 pasos por minuto, figura entre las unidades más aplaudidas y aclamadas por la multitud de súbditos enfervorizados.
«¡Arriba España! ¡Un, dos! ¡Un, dos!». Los descendientes simbólicos de los conquistadores lucen sus uniformes de gala, con el cuerpo erguido, los rostros impasibles y movimientos perfectamente coordinados. El capitán de la compañía grita frenéticamente: «¡Vista a la derecha... ar!». Su Majestad el Rey, enfundado en su uniforme de capitán general, estira el cuello con gesto mayestático y responde al saludo llevándose la mano derecha a la sien, omnipotente y omnipresente.
Renace así, en el imaginario ceremonial, la Armada Invencible, el testamento milenario de don Pelayo, la herencia de Recaredo, del Cid Campeador, de Isabel la Católica, Carlos V, Felipe II, Colón, Cortés y Pizarro. Todos aparecen iluminados por la nostalgia del «imperio donde nunca se ponía el sol», que se niega simbólicamente a claudicar pese a las derrotas infligidas por ingleses, franceses, holandeses y norteamericanos.
Los herederos de aquellas glorias se sienten nuevamente victoriosos, desenvainan la espada toledana y rinden tributo al Dios de la guerra.
LA CABRA DE LA LEGIÓN, ESTRELLA DE LA FIESTA NACIONAL
Aunque parezca mentira, el máximo protagonista popular de la Fiesta Nacional no es necesariamente el rey, la reina, el presidente del Gobierno o sus ministros, sino la cabra de la Legión, que desfila ataviada con su tradicional manto y chapiri, marcando el paso junto a los «novios de la muerte».
Resuenan entonces las canciones y consignas del universo legionario:
«Soy valiente y leal legionario, soy soldado de brava legión. ¡Viva España!, mi patria esclarecida, mi madre sin igual. ¡Arriba España!, raza invicta es tu sostén».
Y también:
«Por ir a tu lado a verte, mi más leal compañera, me hice novio de la muerte...».
En ese repertorio popular, entreverado de canciones, coplas y referencias a la cultura cuartelera, tampoco faltan versos como:
«Me gusta el humo que me pone bien, la coca, el kif y el hachís también. Si alguna vez he de fumar, con marihuana, que es planta natural».
El culto a la muerte adquiere su expresión más descarnada en una de las máximas de la tradición legionaria:
«El morir en combate es el mayor honor. No se muere más que una vez, la muerte llega sin dolor y el morir no es tan horrible como parece. Lo más horrible es morir siendo un cobarde».
Las tropas imperiales borbónicas continúan marchando acompasadamente al son de himnos sacralizados por la tradición militar: «¡Mi lema es triunfar o morir! ¡Tenemos hambre de gloria!».
Se suceden la conmoción, la histeria patriótica, las lágrimas que resbalan por las mejillas y las demostraciones de una moral castrense mantenida bien alta. Vuelven a retumbar los tambores y el toque del clarín de guerra en honor de los hijos más valerosos de la patria.
En la representación simbólica reaparecen los antiguos conquistadores, revestidos con relucientes armaduras, empuñando la espada y la cruz evangelizadora. La multitud responde con aplausos enfervorizados a los héroes de la patria.
LO QUE ESCONDE LA CELEBRACIÓN IMPERIAL
Con semejante despliegue de símbolos y ceremonias, el españolismo imperial celebra, sin el menor pudor, una historia inseparable del sometimiento y la destrucción de etnias, tribus, pueblos, naciones y civilizaciones enteras.
«Os dimos el alma, la lengua, el bautismo salvador que limpia los pecados del mundo y la fe en nuestro Señor Jesucristo», proclama todavía el discurso apologético que pretende presentar la conquista como una empresa de redención espiritual.
Pero tras esa retórica de salvación se esconden siglos de dominación, trabajos forzados, esclavitud, expolio y muerte. Los negreros, encomenderos y capataces, amparados por la cruz y la espada, contribuyeron a sacrificar a millones de seres humanos en nombre de una supuesta civilización del amor y la libertad.
Expoliaron, saquearon y devoraron las riquezas y los fabulosos tesoros de los pueblos conquistados. Y, a cambio, dejaron un inmenso legado de sufrimiento, fosas comunes y camposantos.
Por CARLOS DE URABÁ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La Hispanidad es presentada por sus apologistas como sinónimo de fortaleza, furia, valentía y arrojo. «Somos hijos de Isabel y Fernando», proclaman quienes consideran que los conquistadores españoles fueron heroicos guerreros cuyas hazañas llegaron a eclipsar a las del mismísimo Alejandro Magno o Julio César. Aquel esplendor imperial, supuestamente perdido por las vicisitudes del destino, debía resucitarse a cualquier precio. Y, para semejante empresa, la providencia divina pareció elegir al obispo católico tradicionalista Zacarías de Vizcarra, uno de los principales ideólogos de la Hispanidad y destacado protagonista del auge de Acción Católica Española.
Este defensor del nacionalcatolicismo, al servicio de la ideología que más tarde asumiría el franquismo, escribió:
«Tenemos que España y su estirpe, es decir, toda la Hispanidad, debe cumplir todavía dos brillantes misiones en la cristiandad para salvar a la humanidad en su más terrible crisis: 1. Deben derrotar al Anticristo y a toda la corte de judíos, con el signo de la cruz. 2. Debe España completar la obra iniciada en Covadonga, las Navas, Granada y Lepanto, destruyendo completamente a la secta de Mahoma y restituyendo al culto católico la catedral de Santa Sofía en Constantinopla. Porque Santiago y España tienen que cumplir todavía estas dos gloriosas misiones...».
El antisemitismo del obispo Vizcarra presenta inquietantes coincidencias con las tesis racistas y antisemitas condensadas en Mi lucha, de Adolf Hitler.
En nuestros días, el ultraderechista argentino Marcelo Gullo, profesor de Relaciones Internacionales y uno de los más destacados defensores de la denominada «Hispanidad redentora», sostiene que «España no conquistó América; España liberó América». El autor de Madre patria, apadrinado políticamente por el exvicepresidente del Gobierno español Alfonso Guerra, del PSOE, imparte lecciones de historia que denigran la memoria de los pueblos indígenas americanos.
Gullo forma parte de ese inquietante círculo de intelectuales, profesores e investigadores de reconocido prestigio que magnifican el imperio católico español, convertido durante siglos, según su relato, en la estrella más fulgurante del firmamento. Desde todas sus atalayas ideológicas izan la cruz de Borgoña, hinchan el pecho y repiten que España fue la artífice de «la primera globalización», una fórmula incorporada a la delirante narrativa del «imperio donde nunca se ponía el sol».
LA EXALTACIÓN DE UN IMPERIO Y LA NEGACIÓN DEL GENOCIDIO
Los defensores del españolismo imperial parecen necesitar urgentemente una terapia de choque para elevar su autoestima. Sus poetas y propagandistas se dedican a recitar versos gloriosos en honor a la epopeya evangelizadora: «Sois vosotros, los hijos de Isabel y Fernando, los que habéis escrito las páginas más gloriosas de la historia de la humanidad».
Semejante reconstrucción del pasado solo puede sostenerse mediante el autoengaño, las fantasías más procaces y la manipulación de los textos históricos, interpretados a conveniencia de la egolatría, la megalomanía y el narcisismo de quienes pretenden rehabilitar la empresa colonial.
Los historiadores monárquicos y papistas llegan a sostener que el genocidio indígena constituye un mito y que la esclavitud prácticamente no existió, pues los pueblos originarios habrían sido tratados con benevolencia y amor. Según esta interpretación, la conquista estuvo inspirada por la generosidad y la piedad cristianas, como supuestamente demostrarían las Nuevas Leyes de 1542, presentadas como precursoras del derecho internacional.
También reivindican las Siete Partidas, impulsadas en el siglo XIII por Alfonso X el Sabio, como prueba de que España disponía del Estado de derecho más antiguo e igualitario. Algunos llegan incluso a proclamar que «el Imperio español fue el pionero de los derechos humanos».
Cuando se les recuerda la destrucción de las sociedades indígenas, estos defensores del pasado imperial responden indignados señalando al Imperio británico, al que consideran inventor de la Leyenda Negra y verdadero responsable de la muerte de millones de indígenas americanos. De ese modo, pretenden absolver a la monarquía española de sus responsabilidades históricas.
EL FRANQUISMO Y LA RESURRECCIÓN DEL MITO IMPERIAL
En 1940, el régimen del caudillo Francisco Franco Bahamonde impulsó el Consejo de la Hispanidad, antecedente del posterior Instituto de Cultura Hispánica, como instrumento para defender una determinada identidad nacional y exaltar la supuesta civilización española que había iluminado las tierras habitadas por herejes sedientos de redención.
La Hispanidad se convirtió así en el símbolo perfecto para reconstruir el mito de una nación imbatible, presentada como ariete de la modernidad universal. El objetivo consistía en reivindicar el nacionalcatolicismo como esencia primordial del espíritu español, bajo la dirección de una derecha clerical y reaccionaria que esgrimía la figura del apóstol Santiago contra los herejes, los partidarios de la secularización, los liberales, los masones y los marxistas.
Esta apología del destino imperial y universal de España llenaba de orgullo a los representantes del Movimiento Nacional, que se consideraban herederos de los vencedores de la llamada Cruzada. La Reconquista, la unificación política bajo los Reyes Católicos y el denominado descubrimiento de América figuraban entre los grandes hitos históricos utilizados para legitimar ideológicamente la dictadura.
Ramiro de Maeztu, uno de los principales teóricos de esa concepción, escribió que «la raza hispana es algo espiritual, de orden divino y humano, que trasciende las diferencias biológicas y psicológicas y los conceptos de nación y patria».
El franquismo convirtió la Hispanidad en uno de los ejes de sus relaciones exteriores. Su ideología nacionalcatólica se condensaba en consignas como «Por el Imperio hacia Dios», expresión de aquella pretendida unidad de destino en lo universal. Dentro de esa construcción propagandística, el generalísimo aparecía como un enviado de Dios, encarnación terrenal de la autoridad, la jerarquía y la tradición que reclamaban los estamentos políticos, militares y eclesiásticos del régimen.
El celebrado libro de Maeztu, Defensa de la Hispanidad, escrito por quien había sido embajador durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera en Argentina, sirvió de inspiración a Franco. Bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, el dictador escribió el argumento de la película Raza, conocida también por su versión posterior, Espíritu de una raza, cuya trama exaltaba el ideario del buen español.
En ella se glorificaba, entre otros episodios, el sacrificio de Cosme Damián Churruca, muerto en la batalla de Trafalgar tras sostener un combate desigual contra varios navíos ingleses. Su figura representaba el heroísmo extremo que debían imitar los españoles más fervorosos.
La misión histórica, según semejante concepción, consistía en devolver a España su destino universal y recuperar el brillo perdido de su esplendor imperial. Los herederos de aquella tradición castellana, monárquica y racista se distinguieron, y todavía se distinguen, como entusiastas ideólogos de la Hispanidad.
LA ESCUELA FRANQUISTA: UNA FÁBRICA DE PATRIOTAS Y CREYENTES
En las escuelas de la dictadura se enseñaban afirmaciones como esta: «A nuestra patria estaba reservado el destino más glorioso de todos: descubrir el Nuevo Mundo y hacerlo partícipe de nuestra cristiana civilización».
Al mismo tiempo, se exaltaba el denominado «Glorioso Alzamiento Nacional», presentado como una cruzada victoriosa contra la República atea y apóstata. Los Reyes Católicos aparecían como los precursores de un nuevo Cid Campeador, Francisco Franco, quien habría levantado victoriosamente la bandera rojigualda, adornada con el águila de San Juan, el yugo y las flechas.
Era un homenaje permanente a los paladines del nacionalismo español, a la supuesta unidad sagrada de España y a los arquitectos del mito del «Imperio hacia Dios» y de la «reserva espiritual de Occidente». La dictadura atribuía buena parte de los males que afligían a la patria al famoso «contubernio judeomasónico», convertido en explicación universal de sus enemigos políticos.
Aquella educación nacionalcatólica ha quedado retratada en El florido pensil, obra que recupera la memoria de una escuela impregnada de exaltación patriótica y religiosa. En sus aulas resonaban versos como «Fuiste de glorias florido pensil, veinte naciones coronan tu sien».
Las escuelas estaban presididas por crucifijos y retratos de Franco y José Antonio Primo de Rivera. Los alumnos debían aprender las supuestas glorias de la Cruzada Nacional y de la historia imperial española, mientras participaban en celebraciones como el Día del Caudillo, la Fiesta de la Raza o de la Hispanidad, y los actos de consagración a la Virgen del Pilar y al Sagrado Corazón de Jesús.
A este adoctrinamiento contribuyeron manuales como la célebre Enciclopedia Álvarez, que transmitía una concepción tradicionalista de la infancia, la familia y la religión, emparentada ideológicamente con los valores autoritarios que el nazismo había condensado en su exaltación de los niños, el hogar y la Iglesia.
Para demostrar su pretendido espíritu caritativo cristiano, el régimen promovía también el Domund, Domingo Mundial de las Misiones, una jornada de colectas económicas organizada en las parroquias para sostener a los misioneros dedicados a expandir el catolicismo.
LAS POMPAS FÚNEBRES DE LA HISPANIDAD
Preside los fuegos fatuos de esta ceremonia fúnebre Felipe VI, acompañado de la familia real, el jefe del Estado Mayor de la Defensa, los mandos de los tres ejércitos y, por supuesto, el gran chambelán Pedro Sánchez, junto con sus ministros, diputados de las Cortes, representantes de los gobiernos autonómicos, miembros del cuerpo diplomático y lo más granado de las élites políticas, económicas, empresariales y eclesiásticas.
Suenan los acordes de la Marcha Real y, de inmediato, los gastadores, gigantes de casi un metro noventa de estatura, izan la bandera rojigualda, que ondea altiva a los cuatro vientos. Retumban las salvas de veintiún cañonazos, supuestamente en honor de la paz y del amor a la humanidad, mientras se guarda un minuto de silencio por los caídos por Dios y por España.
El paseo de la Castellana, en Madrid, aparece abarrotado de miles de súbditos borbónicos que agitan pequeñas banderas rojigualdas, aplauden y vitorean la espectacular parada militar. Es un desfile de los ejércitos que el ceremonial patriótico presenta como herederos de las glorias imperiales, aquellas mismas que los conquistadores impusieron a sangre y fuego, invocando al Dios clemente y misericordioso.
Participan más de 4.400 militares, acompañados de aviones, helicópteros y vehículos blindados. La soldadesca desfila marcando el paso con precisión: caballería, infantería, tercios, unidades vinculadas a los dispositivos militares de la OTAN, formaciones acorazadas, artillería y brigadas paracaidistas.
Y, por supuesto, aparecen los «novios de la muerte» de la Legión, acompañados de su célebre cabra, convertida casi en una generala con mando en plaza. La Legión, que marca su característico paso acelerado de 160 pasos por minuto, figura entre las unidades más aplaudidas y aclamadas por la multitud de súbditos enfervorizados.
«¡Arriba España! ¡Un, dos! ¡Un, dos!». Los descendientes simbólicos de los conquistadores lucen sus uniformes de gala, con el cuerpo erguido, los rostros impasibles y movimientos perfectamente coordinados. El capitán de la compañía grita frenéticamente: «¡Vista a la derecha... ar!». Su Majestad el Rey, enfundado en su uniforme de capitán general, estira el cuello con gesto mayestático y responde al saludo llevándose la mano derecha a la sien, omnipotente y omnipresente.
Renace así, en el imaginario ceremonial, la Armada Invencible, el testamento milenario de don Pelayo, la herencia de Recaredo, del Cid Campeador, de Isabel la Católica, Carlos V, Felipe II, Colón, Cortés y Pizarro. Todos aparecen iluminados por la nostalgia del «imperio donde nunca se ponía el sol», que se niega simbólicamente a claudicar pese a las derrotas infligidas por ingleses, franceses, holandeses y norteamericanos.
Los herederos de aquellas glorias se sienten nuevamente victoriosos, desenvainan la espada toledana y rinden tributo al Dios de la guerra.
LA CABRA DE LA LEGIÓN, ESTRELLA DE LA FIESTA NACIONAL
Aunque parezca mentira, el máximo protagonista popular de la Fiesta Nacional no es necesariamente el rey, la reina, el presidente del Gobierno o sus ministros, sino la cabra de la Legión, que desfila ataviada con su tradicional manto y chapiri, marcando el paso junto a los «novios de la muerte».
Resuenan entonces las canciones y consignas del universo legionario:
«Soy valiente y leal legionario, soy soldado de brava legión. ¡Viva España!, mi patria esclarecida, mi madre sin igual. ¡Arriba España!, raza invicta es tu sostén».
Y también:
«Por ir a tu lado a verte, mi más leal compañera, me hice novio de la muerte...».
En ese repertorio popular, entreverado de canciones, coplas y referencias a la cultura cuartelera, tampoco faltan versos como:
«Me gusta el humo que me pone bien, la coca, el kif y el hachís también. Si alguna vez he de fumar, con marihuana, que es planta natural».
El culto a la muerte adquiere su expresión más descarnada en una de las máximas de la tradición legionaria:
«El morir en combate es el mayor honor. No se muere más que una vez, la muerte llega sin dolor y el morir no es tan horrible como parece. Lo más horrible es morir siendo un cobarde».
Las tropas imperiales borbónicas continúan marchando acompasadamente al son de himnos sacralizados por la tradición militar: «¡Mi lema es triunfar o morir! ¡Tenemos hambre de gloria!».
Se suceden la conmoción, la histeria patriótica, las lágrimas que resbalan por las mejillas y las demostraciones de una moral castrense mantenida bien alta. Vuelven a retumbar los tambores y el toque del clarín de guerra en honor de los hijos más valerosos de la patria.
En la representación simbólica reaparecen los antiguos conquistadores, revestidos con relucientes armaduras, empuñando la espada y la cruz evangelizadora. La multitud responde con aplausos enfervorizados a los héroes de la patria.
LO QUE ESCONDE LA CELEBRACIÓN IMPERIAL
Con semejante despliegue de símbolos y ceremonias, el españolismo imperial celebra, sin el menor pudor, una historia inseparable del sometimiento y la destrucción de etnias, tribus, pueblos, naciones y civilizaciones enteras.
«Os dimos el alma, la lengua, el bautismo salvador que limpia los pecados del mundo y la fe en nuestro Señor Jesucristo», proclama todavía el discurso apologético que pretende presentar la conquista como una empresa de redención espiritual.
Pero tras esa retórica de salvación se esconden siglos de dominación, trabajos forzados, esclavitud, expolio y muerte. Los negreros, encomenderos y capataces, amparados por la cruz y la espada, contribuyeron a sacrificar a millones de seres humanos en nombre de una supuesta civilización del amor y la libertad.
Expoliaron, saquearon y devoraron las riquezas y los fabulosos tesoros de los pueblos conquistados. Y, a cambio, dejaron un inmenso legado de sufrimiento, fosas comunes y camposantos.










































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