CANARIAS 1936: EL TERROR FRANQUISTA SIN GUERRA CIVIL
Las élites económicas y el apoyo al levantamiento militar
En Canarias, el golpe militar de 1936 no derivó en una guerra civil abierta como en la península. Sin embargo, la ausencia de frentes de batalla no significó menos violencia. Miles de trabajadores, militantes republicanos y dirigentes sindicales fueron perseguidos, encarcelados o asesinados en una represión sistemática destinada a destruir el movimiento popular y garantizar la continuidad del poder oligárquico en las islas.
Poe EUGENIO FERNÁNDEZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La proclamación de la Segunda República en 1931 abrió en Canarias una etapa de profundas expectativas de transformación social. Durante décadas, el archipiélago había estado dominado por una estructura económica profundamente desigual, marcada por el poder de los grandes propietarios agrícolas, comerciantes exportadores y redes caciquiles que controlaban la vida política local. El nuevo régimen republicano, con sus promesas de democratización, reformas laborales y expansión educativa, generó una movilización social inédita entre las clases trabajadoras y sectores populares.
Este proceso no puede entenderse como un fenómeno aislado. En realidad, respondía a una crisis más amplia de la sociedad española, donde el viejo sistema político de la Restauración ya había demostrado su incapacidad para resolver los problemas estructurales del país. La quiebra del régimen monárquico y el avance de nuevas fuerzas políticas reflejaban una transformación profunda de las relaciones sociales y del equilibrio entre clases en España.
En Canarias, esa transformación se manifestó con particular intensidad. El crecimiento del movimiento obrero, la expansión de sindicatos y partidos de izquierda y la participación política de sectores antes marginados cuestionaron directamente el dominio tradicional de las élites locales. Huelgas agrícolas, conflictos laborales en los puertos y protestas en sectores estratégicos evidenciaban el intento de los trabajadores por mejorar sus condiciones de vida.
Para las clases dominantes, acostumbradas a ejercer un control casi absoluto sobre la sociedad insular, este nuevo escenario representaba una amenaza real.
LA CRISIS DEL ORDEN OLIGÁRQUICO
Durante los años de la República, las tensiones sociales en Canarias aumentaron de forma significativa. La crisis económica internacional de los años treinta agravó la precariedad laboral y reforzó las demandas de los trabajadores.
Los jornaleros agrícolas, especialmente en Gran Canaria y Tenerife, reclamaban mejores salarios y condiciones de trabajo. En los puertos, los obreros organizados en sindicatos cuestionaban las condiciones laborales impuestas por las empresas exportadoras. Al mismo tiempo, el movimiento obrero articulaba cada vez con mayor claridad un discurso político que conectaba las luchas cotidianas con la necesidad de transformar las estructuras económicas existentes.
Este proceso provocó una polarización social creciente. Mientras las organizaciones obreras se fortalecían, las élites económicas y sectores conservadores comenzaron a organizarse para frenar cualquier avance reformista. La Iglesia, sectores del ejército y las oligarquías agrarias coincidían en la percepción de que la República abría la puerta a una transformación social que amenazaba sus privilegios.
Desde esta perspectiva, el golpe militar de julio de 1936 no fue únicamente una reacción política contra un gobierno concreto. Fue, sobre todo, una respuesta de las clases dominantes ante la posibilidad de perder el control económico y social sobre el país.
EL GOLPE DE 1936 EN CANARIAS
A diferencia de lo ocurrido en muchas regiones de la península, donde el golpe derivó en una guerra civil abierta con frentes de combate, en Canarias la sublevación militar triunfó con rapidez. La estructura militar del archipiélago, la escasa posibilidad de recibir apoyo exterior y la rápida ocupación de las instituciones republicanas facilitaron el control de los sublevados.
Este hecho ha llevado a algunos historiadores a describir lo sucedido como una represión “sin guerra civil”. Sin embargo, esta expresión no debe interpretarse como ausencia de violencia. Por el contrario, la violencia fue el instrumento fundamental para consolidar el nuevo poder.
Las investigaciones históricas estiman que entre dos mil y tres mil personas fueron asesinadas en Canarias entre 1936 y 1939, a pesar de que no existieron grandes frentes de batalla en las islas. Miles más fueron encarceladas, deportadas o obligadas al exilio. La represión se aplicó mediante consejos de guerra, ejecuciones extrajudiciales, confiscaciones de bienes, depuraciones laborales y persecuciones ideológicas contra militantes obreros, republicanos, maestros laicos o masones.
El objetivo no era simplemente castigar a los adversarios políticos. Era destruir la base social que había permitido el crecimiento del movimiento popular durante la República.
EL TERROR COMO ESTRATEGIA DE DOMINACIÓN
La violencia desplegada tras el golpe militar no fue improvisada. Diversos estudios han demostrado que existían listas previas de activistas obreros y dirigentes políticos que serían detenidos o ejecutados una vez triunfara la sublevación. La coordinación entre ejército, Guardia Civil y Falange permitió aplicar rápidamente una estrategia represiva sistemática.
En Canarias, donde el control militar se estableció desde los primeros días, el terror se convirtió en el principal mecanismo de dominación política. Las detenciones masivas, las desapariciones y las ejecuciones públicas tenían un carácter ejemplarizante: debían impedir cualquier intento de reorganización de la oposición.
Este tipo de represión tenía también un efecto económico. Al eliminar o intimidar a los dirigentes sindicales y a los militantes más activos, se desarticulaba la capacidad de los trabajadores para organizar huelgas o reclamar mejoras laborales. De esta manera, el nuevo régimen aseguraba la continuidad del orden social previo.
LA RESISTENCIA EN LAS ISLAS
Aunque el golpe triunfó rápidamente en la mayor parte del archipiélago, existieron episodios de resistencia que demostraron la voluntad de defensa de la legalidad republicana por parte de sectores populares.
El caso más significativo fue el de la llamada “Semana Roja” de La Palma, entre el 18 y el 25 de julio de 1936. Durante esos días, el Frente Popular local organizó la defensa de la República mediante huelgas generales, formación de milicias y control de las instituciones insulares. Sin embargo, la intervención militar de los sublevados, apoyada por el cañonero Canalejas, terminó con la resistencia y dio paso a una represión especialmente dura.
En La Gomera también se produjo un episodio relevante de resistencia conocido como el “Fogueo de Vallehermoso”. Allí, sectores organizados de trabajadores intentaron impedir la consolidación del golpe militar, pero el intento fue rápidamente aplastado y seguido por detenciones, ejecuciones y persecución política.
Estos episodios demuestran que la ausencia de grandes batallas no significa que no existiera conflicto social. La resistencia existió, pero fue derrotada rápidamente por la superioridad militar de los sublevados.
UNA CONTRARREVOLUCIÓN SOCIAL
Desde una perspectiva histórica más amplia, el golpe militar de 1936 en Canarias puede interpretarse como un proceso contrarrevolucionario. Las élites económicas y los sectores conservadores del ejército intervinieron para impedir que el avance del movimiento obrero y las reformas republicanas transformaran las estructuras sociales existentes.
La represión no fue simplemente un episodio violento de los primeros meses del conflicto. Se convirtió en un mecanismo permanente de control social que continuó durante toda la dictadura. Las depuraciones laborales, el control ideológico en la educación y la vigilancia política reorganizaron la sociedad canaria durante décadas.
Este proceso permitió restaurar el dominio de las clases dominantes y neutralizar cualquier intento de oposición organizada.
MEMORIA Y CONSECUENCIAS
La represión franquista en Canarias dejó una huella profunda en la sociedad insular. Miles de familias sufrieron la pérdida de familiares, el exilio o la marginación social durante décadas.
Durante mucho tiempo, el silencio impuesto por la dictadura ocultó estos acontecimientos. Solo en las últimas décadas, gracias a investigaciones históricas y al movimiento por la memoria histórica, ha comenzado a reconstruirse con mayor precisión lo ocurrido en las islas tras el golpe militar.
Comprender este pasado no es únicamente un ejercicio académico. Permite analizar cómo la violencia política fue utilizada para destruir un movimiento social emergente y para asegurar la continuidad de un sistema económico basado en profundas desigualdades.
En este sentido, la represión franquista en Canarias no puede entenderse como un episodio aislado de brutalidad militar. Fue parte de un proyecto político y social destinado a reorganizar la sociedad española mediante el terror y la eliminación de cualquier alternativa democrática o popular.
Poe EUGENIO FERNÁNDEZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La proclamación de la Segunda República en 1931 abrió en Canarias una etapa de profundas expectativas de transformación social. Durante décadas, el archipiélago había estado dominado por una estructura económica profundamente desigual, marcada por el poder de los grandes propietarios agrícolas, comerciantes exportadores y redes caciquiles que controlaban la vida política local. El nuevo régimen republicano, con sus promesas de democratización, reformas laborales y expansión educativa, generó una movilización social inédita entre las clases trabajadoras y sectores populares.
Este proceso no puede entenderse como un fenómeno aislado. En realidad, respondía a una crisis más amplia de la sociedad española, donde el viejo sistema político de la Restauración ya había demostrado su incapacidad para resolver los problemas estructurales del país. La quiebra del régimen monárquico y el avance de nuevas fuerzas políticas reflejaban una transformación profunda de las relaciones sociales y del equilibrio entre clases en España.
En Canarias, esa transformación se manifestó con particular intensidad. El crecimiento del movimiento obrero, la expansión de sindicatos y partidos de izquierda y la participación política de sectores antes marginados cuestionaron directamente el dominio tradicional de las élites locales. Huelgas agrícolas, conflictos laborales en los puertos y protestas en sectores estratégicos evidenciaban el intento de los trabajadores por mejorar sus condiciones de vida.
Para las clases dominantes, acostumbradas a ejercer un control casi absoluto sobre la sociedad insular, este nuevo escenario representaba una amenaza real.
LA CRISIS DEL ORDEN OLIGÁRQUICO
Durante los años de la República, las tensiones sociales en Canarias aumentaron de forma significativa. La crisis económica internacional de los años treinta agravó la precariedad laboral y reforzó las demandas de los trabajadores.
Los jornaleros agrícolas, especialmente en Gran Canaria y Tenerife, reclamaban mejores salarios y condiciones de trabajo. En los puertos, los obreros organizados en sindicatos cuestionaban las condiciones laborales impuestas por las empresas exportadoras. Al mismo tiempo, el movimiento obrero articulaba cada vez con mayor claridad un discurso político que conectaba las luchas cotidianas con la necesidad de transformar las estructuras económicas existentes.
Este proceso provocó una polarización social creciente. Mientras las organizaciones obreras se fortalecían, las élites económicas y sectores conservadores comenzaron a organizarse para frenar cualquier avance reformista. La Iglesia, sectores del ejército y las oligarquías agrarias coincidían en la percepción de que la República abría la puerta a una transformación social que amenazaba sus privilegios.
Desde esta perspectiva, el golpe militar de julio de 1936 no fue únicamente una reacción política contra un gobierno concreto. Fue, sobre todo, una respuesta de las clases dominantes ante la posibilidad de perder el control económico y social sobre el país.
EL GOLPE DE 1936 EN CANARIAS
A diferencia de lo ocurrido en muchas regiones de la península, donde el golpe derivó en una guerra civil abierta con frentes de combate, en Canarias la sublevación militar triunfó con rapidez. La estructura militar del archipiélago, la escasa posibilidad de recibir apoyo exterior y la rápida ocupación de las instituciones republicanas facilitaron el control de los sublevados.
Este hecho ha llevado a algunos historiadores a describir lo sucedido como una represión “sin guerra civil”. Sin embargo, esta expresión no debe interpretarse como ausencia de violencia. Por el contrario, la violencia fue el instrumento fundamental para consolidar el nuevo poder.
Las investigaciones históricas estiman que entre dos mil y tres mil personas fueron asesinadas en Canarias entre 1936 y 1939, a pesar de que no existieron grandes frentes de batalla en las islas. Miles más fueron encarceladas, deportadas o obligadas al exilio. La represión se aplicó mediante consejos de guerra, ejecuciones extrajudiciales, confiscaciones de bienes, depuraciones laborales y persecuciones ideológicas contra militantes obreros, republicanos, maestros laicos o masones.
El objetivo no era simplemente castigar a los adversarios políticos. Era destruir la base social que había permitido el crecimiento del movimiento popular durante la República.
EL TERROR COMO ESTRATEGIA DE DOMINACIÓN
La violencia desplegada tras el golpe militar no fue improvisada. Diversos estudios han demostrado que existían listas previas de activistas obreros y dirigentes políticos que serían detenidos o ejecutados una vez triunfara la sublevación. La coordinación entre ejército, Guardia Civil y Falange permitió aplicar rápidamente una estrategia represiva sistemática.
En Canarias, donde el control militar se estableció desde los primeros días, el terror se convirtió en el principal mecanismo de dominación política. Las detenciones masivas, las desapariciones y las ejecuciones públicas tenían un carácter ejemplarizante: debían impedir cualquier intento de reorganización de la oposición.
Este tipo de represión tenía también un efecto económico. Al eliminar o intimidar a los dirigentes sindicales y a los militantes más activos, se desarticulaba la capacidad de los trabajadores para organizar huelgas o reclamar mejoras laborales. De esta manera, el nuevo régimen aseguraba la continuidad del orden social previo.
LA RESISTENCIA EN LAS ISLAS
Aunque el golpe triunfó rápidamente en la mayor parte del archipiélago, existieron episodios de resistencia que demostraron la voluntad de defensa de la legalidad republicana por parte de sectores populares.
El caso más significativo fue el de la llamada “Semana Roja” de La Palma, entre el 18 y el 25 de julio de 1936. Durante esos días, el Frente Popular local organizó la defensa de la República mediante huelgas generales, formación de milicias y control de las instituciones insulares. Sin embargo, la intervención militar de los sublevados, apoyada por el cañonero Canalejas, terminó con la resistencia y dio paso a una represión especialmente dura.
En La Gomera también se produjo un episodio relevante de resistencia conocido como el “Fogueo de Vallehermoso”. Allí, sectores organizados de trabajadores intentaron impedir la consolidación del golpe militar, pero el intento fue rápidamente aplastado y seguido por detenciones, ejecuciones y persecución política.
Estos episodios demuestran que la ausencia de grandes batallas no significa que no existiera conflicto social. La resistencia existió, pero fue derrotada rápidamente por la superioridad militar de los sublevados.
UNA CONTRARREVOLUCIÓN SOCIAL
Desde una perspectiva histórica más amplia, el golpe militar de 1936 en Canarias puede interpretarse como un proceso contrarrevolucionario. Las élites económicas y los sectores conservadores del ejército intervinieron para impedir que el avance del movimiento obrero y las reformas republicanas transformaran las estructuras sociales existentes.
La represión no fue simplemente un episodio violento de los primeros meses del conflicto. Se convirtió en un mecanismo permanente de control social que continuó durante toda la dictadura. Las depuraciones laborales, el control ideológico en la educación y la vigilancia política reorganizaron la sociedad canaria durante décadas.
Este proceso permitió restaurar el dominio de las clases dominantes y neutralizar cualquier intento de oposición organizada.
MEMORIA Y CONSECUENCIAS
La represión franquista en Canarias dejó una huella profunda en la sociedad insular. Miles de familias sufrieron la pérdida de familiares, el exilio o la marginación social durante décadas.
Durante mucho tiempo, el silencio impuesto por la dictadura ocultó estos acontecimientos. Solo en las últimas décadas, gracias a investigaciones históricas y al movimiento por la memoria histórica, ha comenzado a reconstruirse con mayor precisión lo ocurrido en las islas tras el golpe militar.
Comprender este pasado no es únicamente un ejercicio académico. Permite analizar cómo la violencia política fue utilizada para destruir un movimiento social emergente y para asegurar la continuidad de un sistema económico basado en profundas desigualdades.
En este sentido, la represión franquista en Canarias no puede entenderse como un episodio aislado de brutalidad militar. Fue parte de un proyecto político y social destinado a reorganizar la sociedad española mediante el terror y la eliminación de cualquier alternativa democrática o popular.


























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