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HABERMAS: EL FILÓSOFO DEL "CONSENSO DEMOCRÁTICO" QUE LEGITIMÓ LA GUERRA Y A LAS ÉLITES ECONÓMICAS

¿“Deliberación racional entre iguales” bajo el dominio del gran capital?

La muerte de Jürgen Habermas ha provocado una avalancha de elogios que lo presentan como uno de los grandes filósofos democráticos de nuestro tiempo. Durante décadas fue el intelectual público más influyente de Alemania y una referencia central de la teoría política europea. Sin embargo, tras esa imagen de pensador del “diálogo racional” aparece una trayectoria intelectual y política mucho más controvertida, que plantea incómodas preguntas sobre el papel de ciertos intelectuales en la legitimación del orden existente.

 

Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

  La muerte del filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas (1928-2026), el pasado sábado 14 de marzo, ha provocado una oleada de homenajes que lo presentan como una de las grandes figuras intelectuales de la Europa contemporánea. Durante décadas, en efecto, Habermas fue el intelectual público más influyente de Alemania y uno de los pensadores más citados del mundo occidental.  Intervino en discusiones sobre la memoria del nazismo, la identidad alemana, la reunificación del país y el proyecto político europeo. Con el tiempo su figura adquirió el perfil del gran intelectual público de Alemania. 

 

    Su nombre quedó asociado a una idea que ha tenido enorme éxito en la filosofía política reciente: que las sociedades modernas pueden legitimarse mediante el “diálogo racional” entre “ciudadanos libres e iguales”. La tesis es conocida. Cuando los ciudadanos pueden discutir en condiciones de igualdad, intercambiar argumentos y deliberar públicamente sin coerción sobre los asuntos comunes, las decisiones colectivas pueden considerarse legítimas. En última instancia, la democracia sería - para Habermas -  este proceso de "discusión racional".

 

 

"Una teoría social puede volverse influyente no solo por su fuerza intelectual, sino también por su capacidad para encajar con las necesidades ideológicas del sistema en el que se desarrolla"

 

  Ese planteamiento ha tenido una influencia enorme en universidades, instituciones europeas y buena parte de la teoría política contemporánea. Pero precisamente por esa influencia conviene preguntarse algo que los obituarios rara vez plantean: qué papel desempeñó realmente ese tipo de pensamiento en las sociedades donde surgió.  Porque una teoría social  puede volverse influyente no solo por su fuerza intelectual o su rigurosidad, sino también por su capacidad para encajar perfectamente con las necesidades ideológicas del sistema en el que se desarrolla. Y, en el caso de Habermas, esa relación resulta difícil de ignorar.

 

 

DEL MARXISMO A LA CRÍTICA INOFENSIVA: EL GIRO DE LA ESCUELA DE FRANKFURT

      Habermas desarrolló inicialmente su obra dentro de la llamada Escuela de Frankfurt, una corriente intelectual que había surgido en el siglo XX con la promesa de renovar la crítica social europea y que se presentaba a sí misma como integrada en el marxismo. Sin embargo, en esa escuela se produjo ya un desplazamiento teórico esencial que la alejó de lo esencial de la tradición marxista.  Mientras Marx había situado el núcleo de su análisis radical en la economía política —la producción de valor, la explotación del trabajo y la estructura de clases—, sin descuidar por ello el análisis y la crítica de la cultura, la llamada “teoría crítica” de la Escuela de Frankfurt abandonó ese terreno para centrarse casi exclusivamente en la cultura, la ideología o la psicología social. Esta orientación supuso abandonar el análisis de las relaciones materiales que organizan la sociedad capitalista y acabaría convirtiendo esa crítica en un tipo de discurso perfectamente asumible y funcional para el propio sistema.

 

   Habermas heredó ese desplazamiento culturalista pero lo llevó todavía más lejos. Lejos de situar el centro del análisis en la estructura económica de la sociedad, su proyecto filosófico se orientó hacia otra cuestión: cómo puede legitimarse políticamente el orden existente.  Ese cambio de perspectiva sería decisivo. Porque, cuando el análisis abandona las relaciones de poder que organizan una sociedad, la política se presenta como un problema de procedimientos, normas y comunicación, ocultando el hecho de que se trata, en realidad, de una lucha entre intereses antagónicos de clases sociales objetivamente enfrentadas.

 

 

LA DEMOCRACIA COMO “DIÁLOGO ENTRE IGUALES” EN UNA SOCIEDAD DESIGUAL

   La teoría que hizo mundialmente famoso a Habermas fue la llamada teoría de la acción comunicativa.  Su idea central es, como ya hemos apuntado, que las normas sociales pueden considerarse legítimas cuando resultan de procesos de “deliberación racional” entre ciudadanos que discuten en condiciones de igualdad La política, en este modelo, deja de entenderse como una lucha por el poder y pasa a concebirse como un proceso de discusión pública. 

 

    "Las sociedades contemporáneas no están organizadas sobre la base de individuos iguales que deliberan libremente, sino sobre enormes desigualdades económicas y concentraciones de poder"

 

   Esta propuesta tiene una apariencia atractiva, pero cuando se confronta con la realidad queda en evidencia que sus premisas no se sostienen. Las sociedades contemporáneas no están organizadas sobre la base de individuos iguales que deliberan libremente. Están organizadas sobre enormes desigualdades económicas y concentraciones de poder.

 

   Las grandes empresas controlan recursos económicos gigantescos, los medios de comunicación pertenecen a conglomerados empresariales, los partidos políticos dependen de financiación privada y los gobiernos toman decisiones respondiendo a las exigencias de estos poderes económicos y los agentes que controlan los mercados financieros. 

 

    Cuando esta realidad fundamental desaparece del análisis, o se sitúan en un segundo término,  la teoría que enfoca así el estudio de la política revela su carácter legitimador del orden existente.

 

 

HABERMAS CONTRA EL  MOVIMIENTO ESTUDIANTIL: DEL LADO DEL ORDEN EXISTENTE

    Un episodio muy revelador sobre el posicionamiento político de Habermas ocurrió, tempranamente, durante las revueltas estudiantiles alemanas de los años sesenta.

 

  Miles de jóvenes cuestionaban el orden político de la República Federal, denunciaban la continuidad de élites procedentes del nazismo en el aparato estatal y criticaban el capitalismo de posguerra.

 

  Durante un breve tiempo Habermas pareció simpatizar con algunas demandas del movimiento pero cuando las protestas comenzaron a radicalizarse y a cuestionar más profundamente las instituciones del sistema, su posición cambió de forma clara.

 

     En 1967, el pensador acusó a algunos sectores del movimiento estudiantil de practicar lo que llamó un “fascismo de izquierda”.  Aquella expresión marcaba una línea política muy clara: cuando el conflicto social dejó de ser una discusión académica y empezó a cuestionar el orden existente, el filósofo del diálogo tomó partido por ese orden.

 

    Significativamente, la posición de Habermas coincidió totalmente con la de su antiguo maestro Theodor W. Adorno.  En 1969, estudiantes ocuparon el Instituto de Investigación Social de Frankfurt para denunciar la pasividad política de la institución. Adorno, una de las figuras centrales de la “teoría crítica”, respondió llamando a la policía para desalojarlos.

 

  De esta manera, una corriente intelectual que había nacido con pretensiones críticas terminaba recurriendo al aparato coercitivo del Estado para restablecer el orden.

 

  Antes, el propio Adorno había dejado en evidencia qué se podía esperar de estos críticos de la cultura con su respuesta a los estudiantes, que en ese contexto le exigían “pasar a la acción”.

 

“Si me preguntan qué hay que hacer —respondió— solo puedo decir: desde luego no la revolución”.

 

 

“DERECHOS HUMANOS” Y BOMBARDEOS: JUSTIFICANDO LA GUERRA Y A LA OTAN

    Sin embargo, la manifestación más evidente del posicionamiento político de Habermas llegaría décadas más tarde, durante la guerra de Yugoslavia.

 

   En 1999, la OTAN bombardeó Serbia durante semanas, sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Fue una intervención militar que destruyó infraestructuras civiles, causó numerosas víctimas y contribuyó decisivamente a la desintegración del Estado yugoslavo. Habermas defendió la intervención argumentando que podía interpretarse como una “acción necesaria para proteger los derechos humanos”.

 

   La paradoja resulta difícil de ignorar. El filósofo que había dedicado buena parte de su obra a fundamentar la legitimidad política en “normas jurídicas y procedimientos racionales” terminaba apoyando una guerra realizada precisamente al margen del derecho internacional. Pero la contradicción no es solo jurídica, aunque esa contradicción flagrante con su propia teoría no  pueda dejar de señalarse.  

 

     "Habermas defendió los bombardeos de la OTAN contra Yugoslavia, argumentando que podía interpretarse como una “acción necesaria para proteger los derechos humanos”"

 

 

    La intervención en Yugoslavia formaba parte de una incipiente reorganización geopolítica más amplia tras el colapso de la Unión Soviética. La destrucción del Estado yugoslavo permitió ampliar la influencia de la OTAN en los Balcanes y consolidar la expansión militar occidental hacia el este de Europa.

 

    No fue, desde luego, una “operación humanitaria”, ni mucho menos una intervención motivada por algún tipo de “de deliberación racional entre iguales”. El desmembramiento de Yugoslavia marcó el inicio de una nueva etapa en la política internacional posterior a la Guerra Fría. Una vez desaparecido el freno a sus ambiciones expansionistas que había representado la URSS,  Estados Unidos y sus aliados occidentales comenzaron a actuar con descarada libertad en el escenario mundial.

 

    La guerra contra Yugoslavia fue el pistoletazo de salida de un nuevo ciclo histórico de intervenciones militares. El primer episodio de una serie de operaciones militares realizadas fuera del marco jurídico internacional establecido tras 1945 y justificadas mediante un nuevo lenguaje "moral" basado en la presunta defensa de los derechos humanos o la “responsabilidad de proteger”A partir de ese momento, el patrón se repetiría una y otra vez. Vendrían las guerras de Afganistán y de Irak, la destrucción de Libia, la guerra en Siria, las operaciones militares en múltiples regiones del planeta y una escalada permanente de intervenciones directas o indirectas que continúa hasta la actualidad con la guerra contra Irán y El Líbano o el genocidio del pueblo palestino.  

 

 

      "Habermas ofreció una legitimación filosófica a un nuevo tipo de intervención militar imperialista que, desde entonces, se ha convertido en uno de los rasgos centrales del orden internacional"

 

 

   Bajo distintos pretextos —lucha contra el terrorismo, defensa de la democracia, protección de poblaciones civiles— se fue consolidando un orden internacional en el que las grandes potencias occidentales se arrogaban el derecho de intervenir militarmente allí donde lo consideraran necesario.  Que uno de los filósofos europeos más influyentes del momento justificara aquella operación no fue un detalle menor. El pensador del diálogo ofreció así una legitimación filosófica a un nuevo tipo de intervención militar imperialista que, desde entonces, se ha convertido en uno de los rasgos centrales del orden internacional.

 

UNIÓN EUROPEA: EL PODER DEL CAPITAL TRAS LA FACHADA DEMOCRÁTICA

     En las últimas décadas de su vida Habermas se convirtió también en uno de los defensores más firmes del proyecto de integración europea.

 

   Según él, la Unión Europea podía convertirse en una forma avanzada de “democracia postnacional”, donde ciudadanos de distintos países deliberarían dentro de instituciones comunes.  Sin embargo, la realidad institucional de la Unión Europea muestra algo muy diferente.

 

   Las decisiones de la política económica europea no dependen de "procesos deliberativos" desarrollados entre "ciudadanos libres e iguales". Dependen de estructuras institucionales diseñadas para proteger las reglas económicas que garantizan la reproducción del sistema capitalista: disciplina fiscal, estabilidad monetaria y libre circulación de capitales.  

 

   Instituciones clave como el Banco Central Europeo o la Comisión Europea operan sin ningún control democrático directo. En paralelo, Bruselas se ha convertido en uno de los mayores centros de "grupos de presión" de todo el mundo.  Miles de lobbies empresariales trabajan permanentemente en las instituciones europeas orientando la elaboración de leyes, regulaciones económicas y políticas comerciales en su propio beneficio. Grandes corporaciones, bancos, fondos de inversión y multinacionales mantienen una presencia constante en ese entramado institucional, ejerciendo una influencia directa sobre decisiones que afectan a cientos de millones de personas. 

 

   La crisis financiera de 2008 y más tarde la crisis provocada por la Pandemia del Covid19 pusieron en evidencia el funcionamiento real de ese sistema. Los ciudadanos europeos vieron cómo decisiones fundamentales sobre salarios, pensiones, presupuestos públicos o servicios sociales eran tomadas bajo la imposisión de mercados financieros, organismos tecnocráticos o grandes compañías farmaceúticas que multiplicaron exponencialmente sus beneficios mientras ellos se empobrecían.  

 

     La Unión Europea que Habermas presentaba como un posible “modelo de democracia postnacional” funciona en realidad como una estructura institucional  dominada por los grandes poderes económicos y donde  los lobbies corporativos influyen de forma constante en la legislación.  La "decisión democrática y deliberativa" de los pueblos europeos brilla por su total ausencia.  

 

UNA TEORÍA MUY ÚTIL PARA EL SISTEMA

    La idea central que atraviesa toda la obra de Habermas, que la legitimidad política puede construirse mediante el “diálogo racional entre ciudadanos” en las llamadas "democracias liberales",  se derrumba como un castillo de naipes en cuanto se observa cómo funcionan estas sociedades. 

 

    En estas pretendidas "democracias" no existe ningún espacio político en el que “ciudadanos libres e iguales” decidan colectivamente el rumbo de su vida económica y social. Las decisiones fundamentales que determinan la vida de millones de personas no se toman mediante deliberaciones públicas ni mediante debates entre ciudadanos. Se toman en los consejos de administración de los grandes bancos y corporaciones, en los mercados financieros que condicionan la política económica de los Estados o en instituciones económicas internacionales y organismos tecnocráticos.

 

  Los pueblos no solo no participan en estas decidiones sino que, en la mayoría de los casos, desconocen los procesos reales que las producen. Cuando un gobierno recorta salarios, privatiza servicios públicos o impone políticas de austeridad, esas decisiones suelen estar determinadas por presiones económicas que se ejercen fuera del espacio político visible. La supuesta “democracia” queda reducida, así, a un ritual electoral periódico que no altera las relaciones reales de poder.  

 

   Hablar de “deliberación racional entre ciudadanos iguales” no describe el funcionamiento de la política contemporánea, sino una imagen idealizada que oculta la estructura real de ese  poder.  Es por ello que la enorme influencia de Habermas no puede entenderse únicamente por sus méritos académicos e intelectuales. Su pensamiento resultó especialmente útil para un sistema político que necesita presentarse como democrático aunque las decisiones fundamentales se tomen fuera del alcance de los ciudadanos. La teoría habermasiana ofrece precisamente esa justificación. Según la  visión que esta representa, una sociedad puede seguir considerándose democrática aunque el poder económico no electo se imponga sobre la política por la mera existencia de procedimientos formales de debate público y procesos de deliberación institucional.

 

  El pensamiento de Habermas no explica, en definitiva, cómo funciona realmente el poder en nuestras sociedades. Sí muestra con bastante claridad, en cambio, el papel que desempeñan ciertos intelectuales dentro del orden existente: contribuir a que un sistema donde deciden las élites económicas siga presentándose ante los pueblos como una "democracia deliberativa" basada en el diálogo y el consenso. 

 
  
 
 
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