POR "EQUIPO NIXOR" PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Cuando estallaron los primeros bombardeos y comenzó a hablarse abiertamente de una guerra contra Irán, en muchas capitales europeas se activó un reflejo político inmediato.
No fue entusiasmo ni movilización patriótica, como en otros momentos de la historia occidental. Fue, más bien, una mezcla de prudencia, preocupación y desconfianza.
Las encuestas realizadas en las primeras semanas del conflicto muestran con claridad ese clima social: en Europa predomina una oposición mayoritaria a la guerra, mientras que incluso en Estados Unidos —país impulsor de la escalada— el apoyo es limitado y frágil.
Los datos son reveladores:
En España, una encuesta publicada a comienzos de marzo sitúa en torno al 68 % el rechazo a la guerra, frente a apenas un 23 % que la respalda.
En Italia, un sondeo de YouTrend para Sky TG24 indica que el 56 % de los ciudadanos se opone al conflicto, mientras que poco más de una cuarta parte lo apoya.
En Alemania, diversos estudios demoscópicos coinciden en señalar que alrededor de dos tercios de la población considera injustificada la intervención militar, o al menos duda profundamente de su legitimidad y de sus consecuencias.
Incluso en el Reino Unido —tradicional aliado estratégico de Washington— la opinión pública aparece dividida: encuestas recientes muestran más ciudadanos contrarios a la guerra que partidarios de ella.
En conjunto, el patrón europeo es bastante homogéneo. En la mayoría de los países occidentales del continente, entre el 55 % y el 70 % de la población expresa rechazo o fuerte escepticismo ante el conflicto. El apoyo rara vez supera el 30 %. Esa distribución refleja algo más profundo que una simple diferencia coyuntural de opinión: señala una actitud social consolidada frente a las intervenciones militares en Oriente Medio.
Curiosamente, el panorama en Estados Unidos tampoco es el que suele acompañar al inicio de las guerras impulsadas por Washington.
Un sondeo nacional realizado por Reuters/Ipsos sitúa el apoyo a los ataques militares en apenas el 27%, mientras que un 43% de los estadounidenses se opone abiertamente y cerca de un tercio declara no tener una posición definida. Otros estudios muestran una tendencia similar: una mayoría relativa considera que el uso de la fuerza se ha precipitado o que podría conducir a una peligrosa escalada.
COMPARACIÓN HISTÓRICA CON LA GUERRA DE IRAK EN EL 2003
La comparación histórica resulta inevitable. Cuando comenzó la guerra de Irak en 2003, cerca del 70 % de los estadounidenses respaldaba la intervención en sus primeras semanas. Hoy, en cambio, el conflicto contra Irán arranca con un apoyo mucho más débil incluso dentro de Estados Unidos, lo que refleja una sociedad más cautelosa tras dos décadas de guerras prolongadas y resultados ambiguos en Oriente Medio.
En Europa, esa cautela tiene raíces aún más profundas. La memoria de Irak pesa enormemente en la cultura política del continente. En 2003, millones de personas salieron a las calles en ciudades como Madrid, Roma, París o Berlín para protestar contra aquella invasión.
Con el paso de los años, la percepción de que aquella guerra estuvo basada en premisas falsificadas y provocó una devastadora inestabilidad regional que consolidó un escepticismo duradero. Cada nuevo conflicto en la región es examinado ahora a la luz de ese precedente.
Pero el rechazo europeo no se explica únicamente por razones históricas. También intervienen factores económicos muy concretos. Europa sabe que cualquier guerra en el Golfo Pérsico tiene un impacto casi inmediato en los mercados energéticos. El encarecimiento del petróleo, la volatilidad del gas y las perturbaciones en las rutas comerciales pueden trasladarse rápidamente a la inflación, al coste de la electricidad o al precio del transporte. Para un continente que todavía lidia con las secuelas de la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania, la perspectiva de otra perturbación energética resulta profundamente inquietante.
Existe además un elemento jurídico y político que influye en la percepción pública. Una parte importante de la sociedad europea observa el conflicto con dudas sobre su legitimidad internacional. El respeto al derecho internacional, al multilateralismo y al papel de las Naciones Unidas forma parte del marco normativo que ha guiado la política exterior europea durante décadas. Cuando una intervención militar parece desarrollarse al margen de ese marco, la reacción social tiende a inclinarse hacia la crítica o, al menos, hacia la prudencia.
También pesa la experiencia acumulada de los últimos veinte años. Afganistán, Irak, Libia o Siria dejaron en Europa la sensación de que las intervenciones militares occidentales rara vez producen los resultados prometidos. En lugar de estabilidad política, a menudo generaron fragmentación estatal, conflictos prolongados y crisis humanitarias que terminaron repercutiendo directamente en el propio continente europeo, especialmente en forma de flujos migratorios y tensiones regionales.
A ello se suma una dimensión geopolítica más amplia: la relación entre Europa y Estados Unidos ha cambiado. Aunque el vínculo atlántico sigue siendo central en términos militares y estratégicos, la confianza automática en el liderazgo estadounidense ya no es tan sólida como en décadas pasadas.
Las tensiones comerciales, las divergencias diplomáticas y las decisiones unilaterales han alimentado en la opinión pública europea una creciente idea de que los intereses estratégicos de Washington no coinciden con los de Europa.
Finalmente, está el temor a una escalada regional. Irán es un actor central en Oriente Medio, con redes de aliados y capacidad de influencia en varios conflictos regionales. Para Europa, situada mucho más cerca geográficamente del epicentro de la crisis que Estados Unidos, la posibilidad de una guerra prolongada implica riesgos directos: tensiones en el Mediterráneo, ataques contra infraestructuras estratégicas, presión migratoria y nuevas crisis de seguridad.
Por todas estas razones, la reacción social europea frente a la guerra contra Irán no puede interpretarse simplemente como pacifismo o neutralidad. Refleja más bien una combinación de memoria histórica, cálculo económico, prudencia jurídica y experiencia estratégica acumulada.
Las encuestas de estos primeros días del conflicto parecen confirmarlo: mientras el apoyo a la guerra permanece minoritario tanto en Europa como incluso en Estados Unidos, la mayoría de la ciudadanía en ambos lados del Atlántico observa la escalada con una mezcla de inquietud y escepticismo.
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