LA IZQUIERDA ANTE EL 29-N: ¿VOTAR PARA FRENAR A LA DERECHA O ROMPER CON EL REFORMISMO?
Sobre el fracaso del PSOE y sus socios, la división entre Podemos y el Frente Amplio, el oportunismo electoral ante la crisis de la vivienda y los límites del reformismo
Braulio Rius y Manuel Medina se enfrentaron dialécticamente en un debate sin concesiones sobre un abanico tematico temático relacionado con el "miedo a la ultraderecha", "las promesas incumplidas del PSOE" "y una izquierda que vuelve a pedir el voto después de años sin resolver los problemas de los trabajadores.
¿Hay que votar a una izquierda que ha incumplido sus promesas para impedir la llegada de PP y Vox al Gobierno? ¿O es precisamente esa política del "mal menor" la que ha contribuido a desarmar a las clases trabajadoras y a fortalecer a la extrema derecha?
REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL
La ruptura entre Podemos y el Frente Amplio, la crisis de la vivienda y la amenaza de un Gobierno de PP y Vox reabren una vieja discusión: ¿sirve el voto a la izquierda institucional para defender los intereses de los trabajadores o contribuye a perpetuar un sistema que esas mismas fuerzas prometieron transformar? Braulio Rius, antiguo lector de Canarias Semanal y ocasional colaborador, y Manuel Medina, asiduo en las páginas de este digital, confrontan sus dos concepciones contrapuestas sobre las próximas elecciones del 29N, el reformismo político y la necesidad de construir una alternativa política.
DEBATE-----
1. UNA IZQUIERDA DIVIDIDA ANTE LAS ELECCIONES
MODERADOR: Nos encontramos ante unas elecciones anticipadas, convocadas después del rechazo parlamentario de los decretos sobre vivienda. Mientras el PSOE intenta movilizar nuevamente al electorado progresista, Podemos y el Frente Amplio han sido incapaces de presentar una candidatura conjunta. ¿Cómo interpretáis esta división? Braulio, comenzamos contigo.
- BRAULIO RIUS: Me parece una irresponsabilidad política enorme. Cuando existe la posibilidad real de que gobiernen PP y Vox, estas organizaciones se dedican a disputar candidaturas y espacios de poder. Y la división puede traducirse en menos diputados para la izquierda alternativa. No estamos hablando solamente de egos personales. Estamos hablando de las condiciones de vida de millones de trabajadores que pueden verse afectados por un Gobierno abiertamente reaccionario.
- MANUEL MEDINA: Permíteme una pregunta previa: ¿por qué seguimos llamando "izquierda alternativa" a unas organizaciones cuya principal preocupación parece ser conservar su representación institucional?
En esa contemplativa aceptación hay algo verdaderamente grotesco. Después de años prometiendo "transformar la sociedad", cuando llega una situación crítica, ¿qué es lo que están discutiendo? ¿La propiedad de los bancos? ¿La nacionalización de sectores estratégicos? ¿Un programa serio para acabar con la especulación inmobiliaria? No. Están discutiendo acaloradamente nada menos que sobre quién encabezará las listas electorales, quién consigue un escaño y quién controla los recursos parlamentarios. ¡Y pretenden presentarnos esa pelea como una tragedia histórica para la clase trabajadora!
- B. RIUS: Creo que estás haciendo una caricatura del problema. La representación parlamentaria también determina qué políticas pueden aplicarse. Además, la ley electoral castiga la fragmentación en muchas provincias. Dos candidaturas separadas pueden quedarse sin diputados donde una candidatura conjunta sí conseguiría representación. Eso tiene consecuencias perfectamente materiales.
- M. MEDINA: Pero, ¿representación para hacer qué, Braulio? Esa es la pregunta que sistemáticamente desaparece, se esfuma como por arte de magia. Podemos estuvo en el Gobierno y Sumar y toda la legión de grupúsculos que los acompañan también.
¿Dónde están las transformaciones que justificaban su existencia? Lo que estamos contemplando es una batalla por la supervivencia política de organizaciones que han perdido buena parte de su credibilidad. Y quiero señalar una contradicción: si han podido negociar acuerdos con el PSOE para el Senado, ¿por qué ha resultado imposible alcanzar un acuerdo entre ellas para el Congreso?
Parece que las dificultades se vuelven insuperables, o desaparecen, según sean los intereses electorales de cada momento y eso es porque no tienen que ver con diferencias ideológicas.
MODERADOR: ¿Crees que Podemos podría estar calculando su futuro ante una posible victoria de la derecha?
- M.MEDINA: Esa no es una hipótesis descartable. Podemos puede estar apostando por diferenciarse de Sumar, cuyo papel ha sido vergonzoso durante su paso por el "gobierno más progresista de la historia", para presentarse mañana como una oposición presuntamente radical a PP y Vox. Pero se trataría tan solo de puros juegos cosméticos.
Objetivamente, hay una pregunta que a estas alturas resulta insoslayable: ¿cómo pretende recuperar credibilidad transformadora una organización que cuando tuvo responsabilidades gubernamentales de primer orden ni siquiera fue capaz de derogar la ley mordaza? Una ley, por otra parte, que no se puede decir que precisamente pusiera entre la espada y pared a los grandes poderes económicos y fácticos.
Y, por otra parte, ¿con qué autoridad pretende Sumar presentarse ahora como alternativa al Gobierno del que ha formado parte sumisamente? Ahora todos quieren "empezar de cero", como si los electores estuvieran obligados a padecer de una amnesia política permanente.
- B. RIUS: Que cometieran errores no significa que carezcan de utilidad política. Tampoco sería justo atribuirles toda la responsabilidad de un Gobierno de coalición en el que el PSOE tenía mucho más poder. Yo comparto que necesitan una autocrítica profunda, pero no creo que destruir electoralmente ese espacio vaya a favorecer a los trabajadores.
- M.MEDINA: ¿Quién está hablando de destruir? Hablo de exigir responsabilidades políticas. Una organización no puede atribuirse las conquistas y descargar todos los fracasos sobre sus socios. Gobernar significa asumir responsabilidades, no ocupar ministerios.
2. LA VIVIENDA: ¿COMPROMISO SOCIAL U OPORTUNISMO ELECTORAL?
MODERADOR: Vayamos al problema que ha precipitado las elecciones. El Gobierno pretende situar la vivienda en el centro de la campaña. Medina, ¿tú consideras que existe una utilización electoral de las movilizaciones populares?
- M.MEDINA: Por supuesto. Durante años hemos estado viendo cómo los alquileres devoraban los salarios, cómo familias eran desahuciadas y cómo cientos de miles de jóvenes no podían independizarse. Durante este último decenio se han producido más de un millón de desahucios. Y ese dato ha pasado desapercibido para la inmensa mayoría porque a los medios de comunicación les parecía una noticia no relevante. Y ahora, después de que un caso especialmente dramático de desahucio, pero ni mucho menos el más dramático, ha contribuido a desencadenar una oleada de indignación popular, el Gobierno, la coalición gobernante, se nos planta enfrente como defensor aguerrido de unas reivindicaciones que no fue capaz de satisfacer durante dos legislaturas.
¿Qué es lo que ha cambiado exactamente de anteayer a hoy? ¿La naturaleza del PSOE o sus necesidades electorales? ¿Ha decidido enfrentarse por fin al poder inmobiliario o, simplemente, ha descubierto una oportunidad para recuperar a sus desencantados votantes? Porque no estamos hablando de una emergencia que haya surgido ayer. Estamos hablando de un problema conocido, denunciado durante años por organizaciones sociales, sindicatos de inquilinos y miles de familias.
- B. RIUS: Esa crítica, sin duda, puede ser justa, pero tampoco podemos negar que se han aprobado algunas medidas y que el Gobierno ha encontrado obstáculos parlamentarios. El problema es que las medidas han resultado totalmente insuficientes. Ahora existe una movilización social mucho mayor que puede obligar a aprobar reformas más ambiciosas.
- M.MEDINA: Ese argumento de los obstáculos parlamentarios se ha convertido en una especie de gran coartada universal, tras la que se parapetan aquellos que no les pasa ni por la cabeza, tocar los intereses de los accionistas de esa macroempresa cuyo Consejo de Administración no es otro que el propio Ejecutivo.Cuando prometen reformas, nos dicen que van a cambiar el país. Cuando no las cumplen, la responsabilidad es siempre de otro. ¿Y cuándo tendremos el sagrado derecho a juzgarlos por sus resultados? ¿Después de veinte años? ¿Después de treinta?
Pero hay algo todavía más importante. El problema de la vivienda no consiste simplemente en que falten algunas leyes. Consiste en que la vivienda está funcionando como una mercancía, escrupulosamente sometida a la rentabilidad privada. Mientras la propiedad inmobiliaria permanezca fundamentalmente al servicio del negocio, el derecho a tener un hogar estará subordinado a los beneficios de quienes controlan ese mercado. Y lo conocen al dedillo quienes forman parte del Consejo de Administracion encarnado en el Ejecutivo, porque, ademas, una buena parte de ellos son avisados leguleyos.
- B. RIUS: Totalmente de acuerdo, pero una legislación que limite determinados abusos, amplíe el parque público o proteja a los inquilinos puede mejorar e, incluso, resolver inmediatamente la situación de mucha gente. No podemos despreciar esas conquistas porque no resuelvan de golpe la contradicción entre propiedad privada y necesidades sociales.
- M.MEDINA: ¡Yo no estoy despreciando ninguna conquista! Lo que cuestiono es que quienes han mantenido esas estructuras durante años pretendan aparecer ahora como sus adversarios. ¿Qué garantía tenemos de que después de las elecciones no volverán a administrar el mismo modelo con algunas correcciones cosméticas?
- B. RIUS: La garantía, Manolo, no la dan los dirigentes, sino la movilización. Tú deberías saberlo. Precisamente por eso insisto en que debemos mantener la presión popular, gobierne quien gobierne.
- M.MEDINA: Justamente ahí se encuentra el problema, amigo Braulio. Tú estas proponiendo nada menos que quienes no resolvieron la crisis de la vivienda sean ahora nuevamente los encargados de solucionarla, siempre que los ciudadanos los presionen lo suficiente. ¡Genial! ¿No te parece una fórmula extraordinariamente cómoda para los gobernantes? Primero no cumplen, después piden otra oportunidad y, finalmente, trasladan a la población la responsabilidad de "obligarlos a cumplir".
MODERADOR: Entonces, ¿la movilización actual debería mantenerse al margen de las campañas electorales?
- M.MEDINA: Sobre todo, debería preservar su independencia. Una cosa es exigir medidas a cualquier Gobierno y otra muy distinta permitir que una protesta nacida del sufrimiento de miles de familias, termine convertida en el principal argumento electoral de quienes tuvieron años para abordar sus causas.
3. ¿SON IGUALES TODOS LOS GOBIERNOS?
MODERADOR: Braulio, ¿por qué respaldar electoralmente a partidos cuya gestión también criticas?
- B. RIUS: Porque no todos los gobiernos son iguales para los trabajadores. Podemos cuestionar profundamente al PSOE y a sus socios, pero sería absurdo ignorar las consecuencias de un Gobierno de PP y Vox. Hablamos de privatizaciones, de amenazas sobre derechos laborales, de recortes sociales y, también, de un contexto internacional de avance de la extrema derecha. No se trata de idealizar al PSOE, sino de reconocer que existen diferencias importantes.
- M.MEDINA: En ningún momento he manifestado que sean clónicos. Aunque no faltan poderosas razones para poder pensar así . Digo algo que indigna aún más: algunas de las políticas más perjudiciales para los trabajadores fueron aplicadas precisamente por gobiernos socialistas. ¿Quién impulsó en este país la reconversión industrial en beneficio de las grandes multinacionales europeas que así lo exigían para que nuestro ingreso en la UE fuera posible? ¿Quién participó en la privatización de empresas públicas estratégicas? ¿Quien ha estado privatizando, a lo bóbili bóbili, y con nocturnidad la Sanidad. ¿Quién contribuyó a consolidar un modelo económico favorable a la gran propiedad y al capital financiero? ¿También hay que atribuírselo con exclusividad a la derecha?
- B. RIUS: Pero la cuestión es, Manolo, que bajo gobiernos progresistas también se han conseguido mejoras salariales, laborales y sociales. Esas diferencias importan mucho para millones de personas. No podemos negar que una subida del salario mínimo o una mejora de las pensiones tiene consecuencias concretas y tangibles. Las personas viven de sus ingresos, no de las formulaciones teóricas que hagamos sobre el capitalismo.
- M.MEDINA: Claro que importan. Pero no confundas las concesiones parciales arrancadas con la movilización y la lucha, con la transformación de las relaciones de poder. Además, hay algo que sistemáticamente se oculta: cuando determinadas medidas contrarias a los trabajadores proceden de la derecha, pueden provocar una resistencia social considerable. Pero cuando son impulsadas por un Gobierno del PSOE, una buena parte de las organizaciones que deberían combatirlas, las sindicales incluidas, se encuentran vinculadas políticamente a quienes las aplican.
Y eso constituye una diferencia fundamental, pero justamente en el sentido contrario al que tú planteas. Una política favorable al capital puede encontrar menor resistencia si la aplica un partido que todavia inexplicanlemente -o no tanto- conserva la confianza de sectores importantes de los trabajadores.
- B. RIUS: Creo que generalizas demasiado. También ha habido movilizaciones contra gobiernos socialistas. Y no puedes convertir cualquier mejora conseguida bajo ellos en una simple maniobra para desactivar a la población.
- M.MEDINA: No lo hago. Lo que sostengo es que debemos analizar el funcionamiento político del reformismo, no limitarnos a contabilizar las pocas reformas que concede. Porque una pregunta esencial es qué ocurre con las organizaciones populares cuando sus dirigentes pasan a formar parte de las instituciones.
- B. RIUS: Pero las organizaciones sociales pueden conservar su independencia. La movilización no tiene por qué suspenderse porque gobierne el PSOE.
- M.MEDINA: Puede mantenerse, desde luego. Pero toda nuestra experiencia histórica demuestra que los partidos gubernamentales disponen de numerosos mecanismos para cooptar dirigentes, integrar organizaciones y neutralizar conflictos. Y no me refiero solamente a las subvenciones o a los cargos públicos. Me refiero a algo mucho más profundo: conseguir que sectores de la izquierda terminen considerando que defender la estabilidad de un Gobierno progresista es más importante que enfrentarse a sus políticas.
- B. RIUS: Tampoco puedes negar que las reformas pueden mejorar las condiciones para desarrollar luchas posteriores.
- M.MEDINA: Efectivamente. Pero al igual que también pueden utilizarse para desmovilizar. Por eso no basta con preguntar cuánto concede un Gobierno. Hay que preguntarse qué fuerza conserva la clase trabajadora para seguir conquistando derechos sin depender de la voluntad de quienes administran el Estado.
4. EL PELIGRO DE VOX Y LOS LÍMITES DEL REFORMISMO
MODERADOR: Hay una cuestión que no podemos eludir. ¿No sería mucho peor para los trabajadores un Gobierno de PP y Vox?
- B. RIUS: Ese es precisamente mi argumento. La extrema derecha internacional está creciendo y propone retrocesos sociales importantes. Basta mirar algunas de las políticas aplicadas en otros países para comprender que no estamos hablando de una amenaza imaginaria. No podemos comportarnos como si el peligro fuera irrelevante. Necesitamos impedir que llegue al Gobierno y, al mismo tiempo, mantener la lucha por transformaciones más profundas.
- M.MEDINA: Ese peligro es evidente que existe. Y en la medida en la que las clases trabajadoras continúen perdiendo capacidad movilizadora, organizativa e ideológica, seguirá creciendo a un ritmo exponencial.
Hemos tratado de explicarlo en el libro "El Gran Reajuste" (1). Las potencias occidentales, EEUU y determinados países de la UE, que durante los dos últimos siglos habían desempeñado un papel hegemónico en la economía mundial, han sido desplazadas por el arrollador desarrollo y expansión del capitalismo chino. Frente a esa impetuosa e inesperada irrupción en los mercados internacionales, las élites occidentales han llegado a la conclusión estratégica de que, para impedir que las tasas de beneficios empresariales continúen colapsando, se hace imperativamente preciso proceder a una suerte de Gran reajuste en las relaciones económicas y sociales que han prevalecido en sus propios países durante las últimas décadas.
Ese reajuste implicaría un brutal abaratamiento del coste de la fuerza de trabajo, la reducción de los salarios reales, debilitar aún más a las organizaciones sindicales, movimientos sociales, recortar las pensiones y servicios públicos, y proceder a la eliminación de una buena parte de las conquistas sociales que las clases trabajadoras consiguieron arrancar al capital a lo largo del siglo XX.
No nos encontramos, por tanto, ante un simple desplazamiento electoral hacia posiciones ultraconservadoras, con el acompañamiento de los viejos fantasmas del fascismo-años 30, sino ante la posibilidad real de una profunda reorganización autoritaria del capitalismo occidental para preservar a costa de los trabajadores los beneficios y el poder de sus clases dominantes.
Esta ola autoritaria no aparece ahora, como sucediera en la primera mitad del siglo XX, como una respuesta al auge de los Partidos Comunistas y del Movimiento obrero. Ni uno ni otro han sido históricamente tan débiles como lo son ahora. Y en ello, las ilusiones reformistas han desempeñado un papel de primer orden.
- B. RIUS: Pero todo eso que has dicho no demuestra que votar para impedir un Gobierno reaccionario sea inútil. Si una determinada decisión electoral permite evitar recortes, privatizaciones o ataques a derechos fundamentales, tiene una utilidad evidente. No necesitamos creer que el PSOE va a construir el socialismo para reconocerlo.
- M. Medina: Lo que sí demuestra, Braulio, es que una izquierda cuyo programa político termina reducido a impedir que gobierne alguien peor, acaba renunciando a tener un proyecto propio. Y esa renuncia es precisamente una de las condiciones que permiten crecer a la derecha.
Pensemos en las consecuencias. Durante años le prometes a la gente transformaciones que nunca llegan, generas expectativas que terminan frustradas y, cuando una parte del electorado se desengaña, aparece una fuerza reaccionaria que atribuye todos los problemas a los inmigrantes, a los sindicatos a los servicios públicos o incluso a los pensionsitas ¿Crees que no tiene ninguna responsabilidad el reformismo en la creación de ese terreno favorable para la demagogia ultraderechista?
- B. RIUS: Puede tenerla, pero no es el único responsable. La extrema derecha también cuenta con importantes apoyos económicos y mediáticos. Y precisamente porque conocemos ese peligro deberíamos evitar facilitarle el acceso al Gobierno.
- M.MEDINA: Pero es que yo no estoy proponiendo facilitarles nada. Me estás atribuyendo una posición que yo no he defendido. Lo que cuestiono es que la izquierda termine aceptando permanentemente una especie de chantaje electoral: o votas a quienes han defraudado tus expectativas o te haces responsable de la victoria de la extrema derecha. ¡Como si los responsables de la situación política fueran los ciudadanos decepcionados y no quienes han gobernado durante años!
- B. RIUS: Pero la alternativa revolucionaria que tú defiendes no existe actualmente con fuerza suficiente. ¿Qué hacemos mientras tanto? Esa es la pregunta que sigues sin resolver.
- M.MEDINA: ¡Esa es precisamente la gran pregunta, Braulio! ¿Por qué no existe? ¿Por una suerte de fatalidad histórica? ¿O porque durante décadas las organizaciones que decían representar a los trabajadores han sustituido la construcción de una fuerza popular independiente por la conquista de posiciones institucionales y el electoralismo que ahora volvemos a ver?
Primero nos decían que había que ganar concejales. Después, diputados. Más tarde, ministerios. Y ahora, cuando han pasado por los ministerios, nos piden nuevamente paciencia porque todavía no han podido cambiar las cosas. ¿Cuánto tiempo más necesitamos para comprobar los límites de esa estrategia?
- B. RIUS: No todos los avances se consiguen de golpe. Hay reformas que permiten acumular fuerzas. Y conquistar posiciones institucionales no impide necesariamente organizarse en los centros de trabajo o en los barrios.
- M.MEDINA: Naturalmente que no existe una incompatibilidad automática. Pero una estrategia debe juzgarse por sus resultados históricos. Y el resultado que tenemos delante es una pretendida "izquierda" fragmentada, más preocupada por su supervivencia electoral que por organizar a los trabajadores, mientras la extrema derecha consigue presentarse demagógicamente como una fuerza antisistema.
- B. RIUS: Aun así, creo que evitar un Gobierno de PP y Vox sigue siendo una necesidad inmediata.
- M.MEDINA: Y yo creo que si seguimos reduciendo la política de izquierdas a esa necesidad inmediata, terminaremos aplazando indefinidamente todo lo demás y como consecuencia seguiremos perdiendo posiciones frente a la derecha.
5. ¿QUÉ HACER EL 29 DE NOVIEMBRE?
MODERADOR: Tenemos que terminar concretando posiciones. Braulio, ¿qué harías ante las próximas elecciones?
- B. RIUS: Yo votaría a una candidatura situada a la izquierda del PSOE que tuviera posibilidades de obtener representación. No porque confíe ciegamente en sus dirigentes ni porque espere que transformen el capitalismo desde las instituciones. Lo haría para impedir un Gobierno de PP y Vox. Y al día siguiente continuaría reclamando movilización, organización sindical y presión popular.
- M.MEDINA: Puedo comprender perfectamente tu razonamiento, pero tiene un problema que tú sigues eludiendo: convierte el voto defensivo en una obligación permanente y deja la transformación social para un futuro que nunca llega. Cada cuatro años nos encontramos ante la misma disyuntiva. Hay que votar al mal menor porque viene algo peor. Y cuando ese mal menor gobierna, las grandes estructuras de poder permanecen intactas.
- B. RIUS: Entonces, dime claramente: ¿propones la abstención? Porque hasta ahora has criticado todas las opciones, pero no has dicho qué debería hacer quien se encuentre ante las urnas.
- M.MEDINA: No. Y te agradecería que no utilizaras ese falso dilema. No estoy aquí para repartir consignas electorales ni para decirle a nadie lo que debe introducir en una urna. Estoy cuestionando algo mucho más importante: que la izquierda haya terminado identificando la acción política con la competencia electoral entre organizaciones que aceptan, en lo esencial, las reglas económicas del sistema.
- B. RIUS: Pero las elecciones van a celebrarse y sus resultados tendrán consecuencias reales. No podemos ignorarlas simplemente porque no exista la alternativa que desearíamos.
- M.MEDINA: Yo no estoy proponiendo ignorarlas. Yo lo que te pregunto es: ¿dónde está la fuerza organizada de los trabajadores? ¿dónde está el proyecto que permita disputar el poder económico a quienes realmente lo ejercen? ¿qué organización popular sería capaz de sostener una lucha por la transformación de la sociedad? Esa es la pregunta verdaderamente decisiva. ¿Dónde está el proyecto que permita disputar el poder económico a quienes realmente lo ejercen?
Y quienes hoy se presentan como salvadores electorales deberían explicar por qué razones, después de tantos años, seguimos careciendo de esa fuerza. Porque no basta con decir que necesitamos organización popular. Hay que preguntarse qué han hecho para construirla quienes llevan décadas proclamándose representantes de las clases trabajadoras.
- B. RIUS: Pues habrá que construirla. Pero sigo sin ver por qué esa tarea resulta incompatible con impedir que gobierne la extrema derecha. Un voto no supone entregar un cheque en blanco ni renunciar a la lucha social.
- M.MEDINA: La incompatibilidad aparece cuando cada amenaza electoral sirve de pretexto para posponer la construcción de una alternativa independiente. Porque si nuestra única aspiración consiste en conservar lo que tenemos, mientras los propietarios del capital siguen acumulando riqueza y poder, tarde o temprano terminaremos perdiendo incluso aquello que pretendíamos defender.
Y quisiera terminar con una cuestión. El verdadero problema de la izquierda no es que Podemos y el Frente Amplio se presenten separados a las elecciones. Eso es apenas un síntoma. El problema es que millones de trabajadores carecen de una organización propia, capaz de defender sus intereses sin subordinarlos a las necesidades electorales de quienes aspiran a administrar el mismo sistema que dicen combatir.
¿Y DESPUÉS DE LAS ELECCIONES, QUÉ?
MODERADOR: Antes de terminar, quisiera plantearles una cuestión. Ambos defienden la necesidad de una movilización popular independiente. Sin embargo, después de varias décadas de democracia parlamentaria, esa fuerza organizada sigue siendo insuficiente. ¿Por qué? ¿Y quién tiene la responsabilidad?
- M.MEDINA: Esa es, precisamente, la cuestión que deberíamos estar discutiendo, en lugar de dedicar tantas energías a calcular cuántos diputados conseguirá cada candidatura. Porque aquí se ha producido una sustitución histórica extraordinariamente perjudicial: se ha reemplazado la organización política de los trabajadores por la representación electoral de unas organizaciones que dicen actuar en su nombre.
Y no son cosas equivalentes. Un trabajador que deposita una papeleta cada cuatro años no adquiere por ello mayor capacidad para decidir sobre su salario, sobre las condiciones de su empresa o sobre el precio de la vivienda que necesita para vivir. El poder económico continúa donde estaba. Los bancos siguen siendo de sus propietarios, las grandes empresas siguen decidiendo sobre la inversión y el empleo, y los fondos inmobiliarios continúan obteniendo beneficios de una necesidad elemental.
- B. RIUS: Pero tampoco puedes despreciar la representación política. Las leyes laborales, las pensiones y los servicios públicos dependen en buena medida de decisiones parlamentarias. Si abandonamos ese terreno, lo ocuparán otros.
- M.MEDINA: Braulio, vuelves a plantearme una disyuntiva falsa. Nadie está proponiendo abandonar nada. Lo que estoy diciendo es que se ha invertido el orden de las prioridades. En lugar de construir una fuerza social capaz de imponer sus exigencias a cualquier Gobierno, se pretende que los trabajadores confíen en unos representantes para que negocien por ellos. Y cuando esos representantes fracasan, la respuesta es siempre la misma: hay que volver a votarlos porque la alternativa sería peor.
- B. RIUS: Pero esa organización popular de la que hablas tampoco aparece espontáneamente. Necesita militantes, sindicatos, asociaciones, estructuras políticas y recursos. Y algunos de esos mismos partidos han contribuido a sostenerlas.
- M.MEDINA: Desde luego, has dado en el clavo. Pero hay una diferencia fundamental entre contribuir a organizar a los trabajadores para que actúen autónomamente y utilizar las organizaciones sociales como plataformas de promoción electoral. ¿Qué ocurre cuando un movimiento comienza a adquirir fuerza y sus principales dirigentes terminan convertidos en candidatos, asesores o cargos institucionales? ¿Quién garantiza entonces que las reivindicaciones de ese movimiento no terminarán subordinadas a las necesidades del partido?
- B. RIUS: Eso depende de cómo se relacionen las organizaciones sociales y los partidos. No puede establecerse una incompatibilidad absoluta.
- M.MEDINA: De acuerdo. Pero entonces examinemos los resultados. Tenemos partidos que llevan años ocupando escaños y ministerios, y tenemos una clase trabajadora que continúa encontrando enormes dificultades para defender colectivamente sus intereses. ¿No existe ninguna relación entre ambas realidades? ¿No deberíamos exigir un balance de esa trayectoria antes de conceder otra vez nuestra confianza?
MODERADOR: Terminamos aquí. Como ha quedado claramente expresado, Braulio Rius defiende utilizar el voto para impedir un retroceso inmediato, sin abandonar la movilización social. Manuel Medina, en cambio, estima que la reiteración de esa estrategia ha terminado convirtiéndose en uno de los principales obstáculos para reconstruir una izquierda realmente transformadora.
El debate deja abierta una pregunta que difícilmente quedará resuelta en las urnas:
¿Debe la izquierda concentrar sus esfuerzos en conseguir gobiernos menos perjudiciales para los trabajadores o en construir la fuerza política y social necesaria para que los propios trabajadores puedan transformar las estructuras de poder?
¿Hay que votar a una izquierda que ha incumplido sus promesas para impedir la llegada de PP y Vox al Gobierno? ¿O es precisamente esa política del "mal menor" la que ha contribuido a desarmar a las clases trabajadoras y a fortalecer a la extrema derecha?
REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL
La ruptura entre Podemos y el Frente Amplio, la crisis de la vivienda y la amenaza de un Gobierno de PP y Vox reabren una vieja discusión: ¿sirve el voto a la izquierda institucional para defender los intereses de los trabajadores o contribuye a perpetuar un sistema que esas mismas fuerzas prometieron transformar? Braulio Rius, antiguo lector de Canarias Semanal y ocasional colaborador, y Manuel Medina, asiduo en las páginas de este digital, confrontan sus dos concepciones contrapuestas sobre las próximas elecciones del 29N, el reformismo político y la necesidad de construir una alternativa política.
DEBATE-----
1. UNA IZQUIERDA DIVIDIDA ANTE LAS ELECCIONES
MODERADOR: Nos encontramos ante unas elecciones anticipadas, convocadas después del rechazo parlamentario de los decretos sobre vivienda. Mientras el PSOE intenta movilizar nuevamente al electorado progresista, Podemos y el Frente Amplio han sido incapaces de presentar una candidatura conjunta. ¿Cómo interpretáis esta división? Braulio, comenzamos contigo.
- BRAULIO RIUS: Me parece una irresponsabilidad política enorme. Cuando existe la posibilidad real de que gobiernen PP y Vox, estas organizaciones se dedican a disputar candidaturas y espacios de poder. Y la división puede traducirse en menos diputados para la izquierda alternativa. No estamos hablando solamente de egos personales. Estamos hablando de las condiciones de vida de millones de trabajadores que pueden verse afectados por un Gobierno abiertamente reaccionario.
- MANUEL MEDINA: Permíteme una pregunta previa: ¿por qué seguimos llamando "izquierda alternativa" a unas organizaciones cuya principal preocupación parece ser conservar su representación institucional?
En esa contemplativa aceptación hay algo verdaderamente grotesco. Después de años prometiendo "transformar la sociedad", cuando llega una situación crítica, ¿qué es lo que están discutiendo? ¿La propiedad de los bancos? ¿La nacionalización de sectores estratégicos? ¿Un programa serio para acabar con la especulación inmobiliaria? No. Están discutiendo acaloradamente nada menos que sobre quién encabezará las listas electorales, quién consigue un escaño y quién controla los recursos parlamentarios. ¡Y pretenden presentarnos esa pelea como una tragedia histórica para la clase trabajadora!
- B. RIUS: Creo que estás haciendo una caricatura del problema. La representación parlamentaria también determina qué políticas pueden aplicarse. Además, la ley electoral castiga la fragmentación en muchas provincias. Dos candidaturas separadas pueden quedarse sin diputados donde una candidatura conjunta sí conseguiría representación. Eso tiene consecuencias perfectamente materiales.
- M. MEDINA: Pero, ¿representación para hacer qué, Braulio? Esa es la pregunta que sistemáticamente desaparece, se esfuma como por arte de magia. Podemos estuvo en el Gobierno y Sumar y toda la legión de grupúsculos que los acompañan también.
¿Dónde están las transformaciones que justificaban su existencia? Lo que estamos contemplando es una batalla por la supervivencia política de organizaciones que han perdido buena parte de su credibilidad. Y quiero señalar una contradicción: si han podido negociar acuerdos con el PSOE para el Senado, ¿por qué ha resultado imposible alcanzar un acuerdo entre ellas para el Congreso?
Parece que las dificultades se vuelven insuperables, o desaparecen, según sean los intereses electorales de cada momento y eso es porque no tienen que ver con diferencias ideológicas.
MODERADOR: ¿Crees que Podemos podría estar calculando su futuro ante una posible victoria de la derecha?
- M.MEDINA: Esa no es una hipótesis descartable. Podemos puede estar apostando por diferenciarse de Sumar, cuyo papel ha sido vergonzoso durante su paso por el "gobierno más progresista de la historia", para presentarse mañana como una oposición presuntamente radical a PP y Vox. Pero se trataría tan solo de puros juegos cosméticos.
Objetivamente, hay una pregunta que a estas alturas resulta insoslayable: ¿cómo pretende recuperar credibilidad transformadora una organización que cuando tuvo responsabilidades gubernamentales de primer orden ni siquiera fue capaz de derogar la ley mordaza? Una ley, por otra parte, que no se puede decir que precisamente pusiera entre la espada y pared a los grandes poderes económicos y fácticos.
Y, por otra parte, ¿con qué autoridad pretende Sumar presentarse ahora como alternativa al Gobierno del que ha formado parte sumisamente? Ahora todos quieren "empezar de cero", como si los electores estuvieran obligados a padecer de una amnesia política permanente.
- B. RIUS: Que cometieran errores no significa que carezcan de utilidad política. Tampoco sería justo atribuirles toda la responsabilidad de un Gobierno de coalición en el que el PSOE tenía mucho más poder. Yo comparto que necesitan una autocrítica profunda, pero no creo que destruir electoralmente ese espacio vaya a favorecer a los trabajadores.
- M.MEDINA: ¿Quién está hablando de destruir? Hablo de exigir responsabilidades políticas. Una organización no puede atribuirse las conquistas y descargar todos los fracasos sobre sus socios. Gobernar significa asumir responsabilidades, no ocupar ministerios.
2. LA VIVIENDA: ¿COMPROMISO SOCIAL U OPORTUNISMO ELECTORAL?
MODERADOR: Vayamos al problema que ha precipitado las elecciones. El Gobierno pretende situar la vivienda en el centro de la campaña. Medina, ¿tú consideras que existe una utilización electoral de las movilizaciones populares?
- M.MEDINA: Por supuesto. Durante años hemos estado viendo cómo los alquileres devoraban los salarios, cómo familias eran desahuciadas y cómo cientos de miles de jóvenes no podían independizarse. Durante este último decenio se han producido más de un millón de desahucios. Y ese dato ha pasado desapercibido para la inmensa mayoría porque a los medios de comunicación les parecía una noticia no relevante. Y ahora, después de que un caso especialmente dramático de desahucio, pero ni mucho menos el más dramático, ha contribuido a desencadenar una oleada de indignación popular, el Gobierno, la coalición gobernante, se nos planta enfrente como defensor aguerrido de unas reivindicaciones que no fue capaz de satisfacer durante dos legislaturas.
¿Qué es lo que ha cambiado exactamente de anteayer a hoy? ¿La naturaleza del PSOE o sus necesidades electorales? ¿Ha decidido enfrentarse por fin al poder inmobiliario o, simplemente, ha descubierto una oportunidad para recuperar a sus desencantados votantes? Porque no estamos hablando de una emergencia que haya surgido ayer. Estamos hablando de un problema conocido, denunciado durante años por organizaciones sociales, sindicatos de inquilinos y miles de familias.
- B. RIUS: Esa crítica, sin duda, puede ser justa, pero tampoco podemos negar que se han aprobado algunas medidas y que el Gobierno ha encontrado obstáculos parlamentarios. El problema es que las medidas han resultado totalmente insuficientes. Ahora existe una movilización social mucho mayor que puede obligar a aprobar reformas más ambiciosas.
- M.MEDINA: Ese argumento de los obstáculos parlamentarios se ha convertido en una especie de gran coartada universal, tras la que se parapetan aquellos que no les pasa ni por la cabeza, tocar los intereses de los accionistas de esa macroempresa cuyo Consejo de Administración no es otro que el propio Ejecutivo.Cuando prometen reformas, nos dicen que van a cambiar el país. Cuando no las cumplen, la responsabilidad es siempre de otro. ¿Y cuándo tendremos el sagrado derecho a juzgarlos por sus resultados? ¿Después de veinte años? ¿Después de treinta?
Pero hay algo todavía más importante. El problema de la vivienda no consiste simplemente en que falten algunas leyes. Consiste en que la vivienda está funcionando como una mercancía, escrupulosamente sometida a la rentabilidad privada. Mientras la propiedad inmobiliaria permanezca fundamentalmente al servicio del negocio, el derecho a tener un hogar estará subordinado a los beneficios de quienes controlan ese mercado. Y lo conocen al dedillo quienes forman parte del Consejo de Administracion encarnado en el Ejecutivo, porque, ademas, una buena parte de ellos son avisados leguleyos.
- B. RIUS: Totalmente de acuerdo, pero una legislación que limite determinados abusos, amplíe el parque público o proteja a los inquilinos puede mejorar e, incluso, resolver inmediatamente la situación de mucha gente. No podemos despreciar esas conquistas porque no resuelvan de golpe la contradicción entre propiedad privada y necesidades sociales.
- M.MEDINA: ¡Yo no estoy despreciando ninguna conquista! Lo que cuestiono es que quienes han mantenido esas estructuras durante años pretendan aparecer ahora como sus adversarios. ¿Qué garantía tenemos de que después de las elecciones no volverán a administrar el mismo modelo con algunas correcciones cosméticas?
- B. RIUS: La garantía, Manolo, no la dan los dirigentes, sino la movilización. Tú deberías saberlo. Precisamente por eso insisto en que debemos mantener la presión popular, gobierne quien gobierne.
- M.MEDINA: Justamente ahí se encuentra el problema, amigo Braulio. Tú estas proponiendo nada menos que quienes no resolvieron la crisis de la vivienda sean ahora nuevamente los encargados de solucionarla, siempre que los ciudadanos los presionen lo suficiente. ¡Genial! ¿No te parece una fórmula extraordinariamente cómoda para los gobernantes? Primero no cumplen, después piden otra oportunidad y, finalmente, trasladan a la población la responsabilidad de "obligarlos a cumplir".
MODERADOR: Entonces, ¿la movilización actual debería mantenerse al margen de las campañas electorales?
- M.MEDINA: Sobre todo, debería preservar su independencia. Una cosa es exigir medidas a cualquier Gobierno y otra muy distinta permitir que una protesta nacida del sufrimiento de miles de familias, termine convertida en el principal argumento electoral de quienes tuvieron años para abordar sus causas.
3. ¿SON IGUALES TODOS LOS GOBIERNOS?
MODERADOR: Braulio, ¿por qué respaldar electoralmente a partidos cuya gestión también criticas?
- B. RIUS: Porque no todos los gobiernos son iguales para los trabajadores. Podemos cuestionar profundamente al PSOE y a sus socios, pero sería absurdo ignorar las consecuencias de un Gobierno de PP y Vox. Hablamos de privatizaciones, de amenazas sobre derechos laborales, de recortes sociales y, también, de un contexto internacional de avance de la extrema derecha. No se trata de idealizar al PSOE, sino de reconocer que existen diferencias importantes.
- M.MEDINA: En ningún momento he manifestado que sean clónicos. Aunque no faltan poderosas razones para poder pensar así . Digo algo que indigna aún más: algunas de las políticas más perjudiciales para los trabajadores fueron aplicadas precisamente por gobiernos socialistas. ¿Quién impulsó en este país la reconversión industrial en beneficio de las grandes multinacionales europeas que así lo exigían para que nuestro ingreso en la UE fuera posible? ¿Quién participó en la privatización de empresas públicas estratégicas? ¿Quien ha estado privatizando, a lo bóbili bóbili, y con nocturnidad la Sanidad. ¿Quién contribuyó a consolidar un modelo económico favorable a la gran propiedad y al capital financiero? ¿También hay que atribuírselo con exclusividad a la derecha?
- B. RIUS: Pero la cuestión es, Manolo, que bajo gobiernos progresistas también se han conseguido mejoras salariales, laborales y sociales. Esas diferencias importan mucho para millones de personas. No podemos negar que una subida del salario mínimo o una mejora de las pensiones tiene consecuencias concretas y tangibles. Las personas viven de sus ingresos, no de las formulaciones teóricas que hagamos sobre el capitalismo.
- M.MEDINA: Claro que importan. Pero no confundas las concesiones parciales arrancadas con la movilización y la lucha, con la transformación de las relaciones de poder. Además, hay algo que sistemáticamente se oculta: cuando determinadas medidas contrarias a los trabajadores proceden de la derecha, pueden provocar una resistencia social considerable. Pero cuando son impulsadas por un Gobierno del PSOE, una buena parte de las organizaciones que deberían combatirlas, las sindicales incluidas, se encuentran vinculadas políticamente a quienes las aplican.
Y eso constituye una diferencia fundamental, pero justamente en el sentido contrario al que tú planteas. Una política favorable al capital puede encontrar menor resistencia si la aplica un partido que todavia inexplicanlemente -o no tanto- conserva la confianza de sectores importantes de los trabajadores.
- B. RIUS: Creo que generalizas demasiado. También ha habido movilizaciones contra gobiernos socialistas. Y no puedes convertir cualquier mejora conseguida bajo ellos en una simple maniobra para desactivar a la población.
- M.MEDINA: No lo hago. Lo que sostengo es que debemos analizar el funcionamiento político del reformismo, no limitarnos a contabilizar las pocas reformas que concede. Porque una pregunta esencial es qué ocurre con las organizaciones populares cuando sus dirigentes pasan a formar parte de las instituciones.
- B. RIUS: Pero las organizaciones sociales pueden conservar su independencia. La movilización no tiene por qué suspenderse porque gobierne el PSOE.
- M.MEDINA: Puede mantenerse, desde luego. Pero toda nuestra experiencia histórica demuestra que los partidos gubernamentales disponen de numerosos mecanismos para cooptar dirigentes, integrar organizaciones y neutralizar conflictos. Y no me refiero solamente a las subvenciones o a los cargos públicos. Me refiero a algo mucho más profundo: conseguir que sectores de la izquierda terminen considerando que defender la estabilidad de un Gobierno progresista es más importante que enfrentarse a sus políticas.
- B. RIUS: Tampoco puedes negar que las reformas pueden mejorar las condiciones para desarrollar luchas posteriores.
- M.MEDINA: Efectivamente. Pero al igual que también pueden utilizarse para desmovilizar. Por eso no basta con preguntar cuánto concede un Gobierno. Hay que preguntarse qué fuerza conserva la clase trabajadora para seguir conquistando derechos sin depender de la voluntad de quienes administran el Estado.
4. EL PELIGRO DE VOX Y LOS LÍMITES DEL REFORMISMO
MODERADOR: Hay una cuestión que no podemos eludir. ¿No sería mucho peor para los trabajadores un Gobierno de PP y Vox?
- B. RIUS: Ese es precisamente mi argumento. La extrema derecha internacional está creciendo y propone retrocesos sociales importantes. Basta mirar algunas de las políticas aplicadas en otros países para comprender que no estamos hablando de una amenaza imaginaria. No podemos comportarnos como si el peligro fuera irrelevante. Necesitamos impedir que llegue al Gobierno y, al mismo tiempo, mantener la lucha por transformaciones más profundas.
- M.MEDINA: Ese peligro es evidente que existe. Y en la medida en la que las clases trabajadoras continúen perdiendo capacidad movilizadora, organizativa e ideológica, seguirá creciendo a un ritmo exponencial.
Hemos tratado de explicarlo en el libro "El Gran Reajuste" (1). Las potencias occidentales, EEUU y determinados países de la UE, que durante los dos últimos siglos habían desempeñado un papel hegemónico en la economía mundial, han sido desplazadas por el arrollador desarrollo y expansión del capitalismo chino. Frente a esa impetuosa e inesperada irrupción en los mercados internacionales, las élites occidentales han llegado a la conclusión estratégica de que, para impedir que las tasas de beneficios empresariales continúen colapsando, se hace imperativamente preciso proceder a una suerte de Gran reajuste en las relaciones económicas y sociales que han prevalecido en sus propios países durante las últimas décadas.
Ese reajuste implicaría un brutal abaratamiento del coste de la fuerza de trabajo, la reducción de los salarios reales, debilitar aún más a las organizaciones sindicales, movimientos sociales, recortar las pensiones y servicios públicos, y proceder a la eliminación de una buena parte de las conquistas sociales que las clases trabajadoras consiguieron arrancar al capital a lo largo del siglo XX.
No nos encontramos, por tanto, ante un simple desplazamiento electoral hacia posiciones ultraconservadoras, con el acompañamiento de los viejos fantasmas del fascismo-años 30, sino ante la posibilidad real de una profunda reorganización autoritaria del capitalismo occidental para preservar a costa de los trabajadores los beneficios y el poder de sus clases dominantes.
Esta ola autoritaria no aparece ahora, como sucediera en la primera mitad del siglo XX, como una respuesta al auge de los Partidos Comunistas y del Movimiento obrero. Ni uno ni otro han sido históricamente tan débiles como lo son ahora. Y en ello, las ilusiones reformistas han desempeñado un papel de primer orden.
- B. RIUS: Pero todo eso que has dicho no demuestra que votar para impedir un Gobierno reaccionario sea inútil. Si una determinada decisión electoral permite evitar recortes, privatizaciones o ataques a derechos fundamentales, tiene una utilidad evidente. No necesitamos creer que el PSOE va a construir el socialismo para reconocerlo.
- M. Medina: Lo que sí demuestra, Braulio, es que una izquierda cuyo programa político termina reducido a impedir que gobierne alguien peor, acaba renunciando a tener un proyecto propio. Y esa renuncia es precisamente una de las condiciones que permiten crecer a la derecha.
Pensemos en las consecuencias. Durante años le prometes a la gente transformaciones que nunca llegan, generas expectativas que terminan frustradas y, cuando una parte del electorado se desengaña, aparece una fuerza reaccionaria que atribuye todos los problemas a los inmigrantes, a los sindicatos a los servicios públicos o incluso a los pensionsitas ¿Crees que no tiene ninguna responsabilidad el reformismo en la creación de ese terreno favorable para la demagogia ultraderechista?
- B. RIUS: Puede tenerla, pero no es el único responsable. La extrema derecha también cuenta con importantes apoyos económicos y mediáticos. Y precisamente porque conocemos ese peligro deberíamos evitar facilitarle el acceso al Gobierno.
- M.MEDINA: Pero es que yo no estoy proponiendo facilitarles nada. Me estás atribuyendo una posición que yo no he defendido. Lo que cuestiono es que la izquierda termine aceptando permanentemente una especie de chantaje electoral: o votas a quienes han defraudado tus expectativas o te haces responsable de la victoria de la extrema derecha. ¡Como si los responsables de la situación política fueran los ciudadanos decepcionados y no quienes han gobernado durante años!
- B. RIUS: Pero la alternativa revolucionaria que tú defiendes no existe actualmente con fuerza suficiente. ¿Qué hacemos mientras tanto? Esa es la pregunta que sigues sin resolver.
- M.MEDINA: ¡Esa es precisamente la gran pregunta, Braulio! ¿Por qué no existe? ¿Por una suerte de fatalidad histórica? ¿O porque durante décadas las organizaciones que decían representar a los trabajadores han sustituido la construcción de una fuerza popular independiente por la conquista de posiciones institucionales y el electoralismo que ahora volvemos a ver?
Primero nos decían que había que ganar concejales. Después, diputados. Más tarde, ministerios. Y ahora, cuando han pasado por los ministerios, nos piden nuevamente paciencia porque todavía no han podido cambiar las cosas. ¿Cuánto tiempo más necesitamos para comprobar los límites de esa estrategia?
- B. RIUS: No todos los avances se consiguen de golpe. Hay reformas que permiten acumular fuerzas. Y conquistar posiciones institucionales no impide necesariamente organizarse en los centros de trabajo o en los barrios.
- M.MEDINA: Naturalmente que no existe una incompatibilidad automática. Pero una estrategia debe juzgarse por sus resultados históricos. Y el resultado que tenemos delante es una pretendida "izquierda" fragmentada, más preocupada por su supervivencia electoral que por organizar a los trabajadores, mientras la extrema derecha consigue presentarse demagógicamente como una fuerza antisistema.
- B. RIUS: Aun así, creo que evitar un Gobierno de PP y Vox sigue siendo una necesidad inmediata.
- M.MEDINA: Y yo creo que si seguimos reduciendo la política de izquierdas a esa necesidad inmediata, terminaremos aplazando indefinidamente todo lo demás y como consecuencia seguiremos perdiendo posiciones frente a la derecha.
5. ¿QUÉ HACER EL 29 DE NOVIEMBRE?
MODERADOR: Tenemos que terminar concretando posiciones. Braulio, ¿qué harías ante las próximas elecciones?
- B. RIUS: Yo votaría a una candidatura situada a la izquierda del PSOE que tuviera posibilidades de obtener representación. No porque confíe ciegamente en sus dirigentes ni porque espere que transformen el capitalismo desde las instituciones. Lo haría para impedir un Gobierno de PP y Vox. Y al día siguiente continuaría reclamando movilización, organización sindical y presión popular.
- M.MEDINA: Puedo comprender perfectamente tu razonamiento, pero tiene un problema que tú sigues eludiendo: convierte el voto defensivo en una obligación permanente y deja la transformación social para un futuro que nunca llega. Cada cuatro años nos encontramos ante la misma disyuntiva. Hay que votar al mal menor porque viene algo peor. Y cuando ese mal menor gobierna, las grandes estructuras de poder permanecen intactas.
- B. RIUS: Entonces, dime claramente: ¿propones la abstención? Porque hasta ahora has criticado todas las opciones, pero no has dicho qué debería hacer quien se encuentre ante las urnas.
- M.MEDINA: No. Y te agradecería que no utilizaras ese falso dilema. No estoy aquí para repartir consignas electorales ni para decirle a nadie lo que debe introducir en una urna. Estoy cuestionando algo mucho más importante: que la izquierda haya terminado identificando la acción política con la competencia electoral entre organizaciones que aceptan, en lo esencial, las reglas económicas del sistema.
- B. RIUS: Pero las elecciones van a celebrarse y sus resultados tendrán consecuencias reales. No podemos ignorarlas simplemente porque no exista la alternativa que desearíamos.
- M.MEDINA: Yo no estoy proponiendo ignorarlas. Yo lo que te pregunto es: ¿dónde está la fuerza organizada de los trabajadores? ¿dónde está el proyecto que permita disputar el poder económico a quienes realmente lo ejercen? ¿qué organización popular sería capaz de sostener una lucha por la transformación de la sociedad? Esa es la pregunta verdaderamente decisiva. ¿Dónde está el proyecto que permita disputar el poder económico a quienes realmente lo ejercen?
Y quienes hoy se presentan como salvadores electorales deberían explicar por qué razones, después de tantos años, seguimos careciendo de esa fuerza. Porque no basta con decir que necesitamos organización popular. Hay que preguntarse qué han hecho para construirla quienes llevan décadas proclamándose representantes de las clases trabajadoras.
- B. RIUS: Pues habrá que construirla. Pero sigo sin ver por qué esa tarea resulta incompatible con impedir que gobierne la extrema derecha. Un voto no supone entregar un cheque en blanco ni renunciar a la lucha social.
- M.MEDINA: La incompatibilidad aparece cuando cada amenaza electoral sirve de pretexto para posponer la construcción de una alternativa independiente. Porque si nuestra única aspiración consiste en conservar lo que tenemos, mientras los propietarios del capital siguen acumulando riqueza y poder, tarde o temprano terminaremos perdiendo incluso aquello que pretendíamos defender.
Y quisiera terminar con una cuestión. El verdadero problema de la izquierda no es que Podemos y el Frente Amplio se presenten separados a las elecciones. Eso es apenas un síntoma. El problema es que millones de trabajadores carecen de una organización propia, capaz de defender sus intereses sin subordinarlos a las necesidades electorales de quienes aspiran a administrar el mismo sistema que dicen combatir.
¿Y DESPUÉS DE LAS ELECCIONES, QUÉ?
MODERADOR: Antes de terminar, quisiera plantearles una cuestión. Ambos defienden la necesidad de una movilización popular independiente. Sin embargo, después de varias décadas de democracia parlamentaria, esa fuerza organizada sigue siendo insuficiente. ¿Por qué? ¿Y quién tiene la responsabilidad?
- M.MEDINA: Esa es, precisamente, la cuestión que deberíamos estar discutiendo, en lugar de dedicar tantas energías a calcular cuántos diputados conseguirá cada candidatura. Porque aquí se ha producido una sustitución histórica extraordinariamente perjudicial: se ha reemplazado la organización política de los trabajadores por la representación electoral de unas organizaciones que dicen actuar en su nombre.
Y no son cosas equivalentes. Un trabajador que deposita una papeleta cada cuatro años no adquiere por ello mayor capacidad para decidir sobre su salario, sobre las condiciones de su empresa o sobre el precio de la vivienda que necesita para vivir. El poder económico continúa donde estaba. Los bancos siguen siendo de sus propietarios, las grandes empresas siguen decidiendo sobre la inversión y el empleo, y los fondos inmobiliarios continúan obteniendo beneficios de una necesidad elemental.
- B. RIUS: Pero tampoco puedes despreciar la representación política. Las leyes laborales, las pensiones y los servicios públicos dependen en buena medida de decisiones parlamentarias. Si abandonamos ese terreno, lo ocuparán otros.
- M.MEDINA: Braulio, vuelves a plantearme una disyuntiva falsa. Nadie está proponiendo abandonar nada. Lo que estoy diciendo es que se ha invertido el orden de las prioridades. En lugar de construir una fuerza social capaz de imponer sus exigencias a cualquier Gobierno, se pretende que los trabajadores confíen en unos representantes para que negocien por ellos. Y cuando esos representantes fracasan, la respuesta es siempre la misma: hay que volver a votarlos porque la alternativa sería peor.
- B. RIUS: Pero esa organización popular de la que hablas tampoco aparece espontáneamente. Necesita militantes, sindicatos, asociaciones, estructuras políticas y recursos. Y algunos de esos mismos partidos han contribuido a sostenerlas.
- M.MEDINA: Desde luego, has dado en el clavo. Pero hay una diferencia fundamental entre contribuir a organizar a los trabajadores para que actúen autónomamente y utilizar las organizaciones sociales como plataformas de promoción electoral. ¿Qué ocurre cuando un movimiento comienza a adquirir fuerza y sus principales dirigentes terminan convertidos en candidatos, asesores o cargos institucionales? ¿Quién garantiza entonces que las reivindicaciones de ese movimiento no terminarán subordinadas a las necesidades del partido?
- B. RIUS: Eso depende de cómo se relacionen las organizaciones sociales y los partidos. No puede establecerse una incompatibilidad absoluta.
- M.MEDINA: De acuerdo. Pero entonces examinemos los resultados. Tenemos partidos que llevan años ocupando escaños y ministerios, y tenemos una clase trabajadora que continúa encontrando enormes dificultades para defender colectivamente sus intereses. ¿No existe ninguna relación entre ambas realidades? ¿No deberíamos exigir un balance de esa trayectoria antes de conceder otra vez nuestra confianza?
MODERADOR: Terminamos aquí. Como ha quedado claramente expresado, Braulio Rius defiende utilizar el voto para impedir un retroceso inmediato, sin abandonar la movilización social. Manuel Medina, en cambio, estima que la reiteración de esa estrategia ha terminado convirtiéndose en uno de los principales obstáculos para reconstruir una izquierda realmente transformadora.
El debate deja abierta una pregunta que difícilmente quedará resuelta en las urnas:
¿Debe la izquierda concentrar sus esfuerzos en conseguir gobiernos menos perjudiciales para los trabajadores o en construir la fuerza política y social necesaria para que los propios trabajadores puedan transformar las estructuras de poder?












































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