EL MAGNICIDIO DE JAMENEI Y EL SALTO AL ABISMO DE UNA HEGEMONÍA EN DESCOMPOSICIÓN
Venezuela e Irán: dos piezas clave en la disputa por el control del petróleo mundial.
El mundo ha entrado en una fase en la que la amenaza nuclear ya no pertenece al terreno de las hipótesis abstractas, sino al de las decisiones políticas concretas. La ofensiva militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán no solo marca una escalada bélica sin precedentes recientes, sino que revela la profundidad de la crisis estructural que atraviesa el sistema internacional
POR JOSÉ MANUEL RIVERO (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
El reloj del apocalipsis ha dejado de ser una advertencia
simbólica para convertirse en el cronómetro de una deflagración inminente.
La agresión militar perpetrada el 28 de febrero de 2026 por Estados Unidos en acción conjunta con Israel contra la República Islámica de Irán constituye un punto de no retorno en la historia contemporánea, alcanzando una dimensión de riesgo de exterminio tras la confirmación del asesinato del Líder Supremo, el ayatolá Alí Jamenei.
Este magnicidio, que se suma a la caída en combate del jefe del Estado Mayor, el general Abdorrahim Musaví, y del ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, no representa un episodio aislado ni una simple escalada de tensiones; es la ejecución de un plan hegemónico fríamente calculado que amenaza con arrastrar al planeta entero hacia un holocausto nuclear.
Asistimos a una fase donde la diplomacia ha sido sustituida por el descabezamiento de Estados soberanos, una estrategia que ha provocado ya los mayores ataques de la historia de la Guardia Revolucionaria contra Israel y bases estadounidenses en esa zona del planeta, con misiles balísticos impactando en Tel Aviv, Jerusalén y el Néguev, forzando el cierre total del espacio aéreo civil y la huida de la flota de El Al.
Nada de lo ocurrido es improvisado. Para comprender la magnitud de este ataque resulta imperativo aplicar una visión histórica total que conecte los hilos de la economía política con las decisiones militares de carácter imperial. El cierre del estrecho de Ormuz, previsible y ya consumado, no es un mero daño colateral, sino el epicentro de un sismo geoeconómico que fracturará de manera inminente a las economías occidentales, cebándose con especial virulencia en una Unión Europea reducida a la triste condición de vasalla de los intereses atlantistas.
Ormuz no es solo un paso marítimo: es el punto nodal donde se articulan energía, finanzas y poder militar; quien controla Ormuz condiciona la reproducción material del sistema mundial.
En este sentido, la agresión militar a Venezuela el pasado 3 de enero no fue un episodio desconectado, sino la fase preliminar e indispensable de este ataque a Irán. La lógica del capital en su fase imperial es inexorable: ante la certeza de que atacar Teherán desencadenaría el estrangulamiento del flujo energético global, Washington necesitaba asegurar desesperadamente su propia retaguardia material. Al asaltar y tomar el control de las vastas reservas petroleras venezolanas, Estados Unidos garantizó su suministro de crudo, blindándose contra la crisis energética que ahora ha desatado deliberadamente para asfixiar a sus competidores y subordinar aún más a sus aliados europeos.
Esta ofensiva no nace de la fortaleza del imperio, sino de su más profunda crisis orgánica. Estados Unidos atraviesa una fase de descomposición estructural caracterizada por un endeudamiento descomunal, una fractura social creciente y la pérdida de centralidad productiva frente al eje asiático.
Cuando la dirección moral e intelectual del sistema comienza a erosionarse, el recurso a la coerción sustituye a la capacidad de consenso. La guerra emerge entonces como el intento desesperado de recomponer una dominación en declive. Bajo la administración de Donald Trump, el equilibrio constitucional ha sido desplazado por el bloque dominante, evidenciando que la democracia liberal es una herramienta prescindible cuando la supervivencia del sistema requiere decisión rápida y concentración de poder. Pero lo más alarmante es quién dicta realmente esta política de tierra quemada.
La Casa Blanca aparece virtualmente secuestrada por el sionismo más beligerante, operando mediante mecanismos de coacción donde el chantaje —alimentado por redes de extorsión y los oscuros archivos de la trama Epstein— se erige como el instrumento para que la entidad sionista doblegue a Washington. El interés nacional estadounidense queda así subordinado a los designios del proyecto colonial del "Gran Israel", que exige el exterminio de la resistencia persa y el genocidio del pueblo árabe (Gaza) para su consecución.
El tablero geopolítico ha sido manipulado, además, mediante una gigantesca operación de distracción. Las negociaciones previas sobre el conflicto en Ucrania se revelan ahora como una maniobra dilatoria para mantener a Moscú distraído mientras se fragmentaba cualquier posibilidad de respuesta coordinada ante la ofensiva secuencial contra Venezuela e Irán. No nos engañemos: el objetivo último de esta reorganización violenta del mundo es China.
Destruir a Irán significa derribar el cortafuegos energético que significa el proyecto en construcción de la República Popular China de “La Franja y La Ruta” y enviar un mensaje inequívoco a Pekín de que el orden unipolar no cederá sin provocar una conflagración total. Con Irán pertrechada para la represalia con misiles hipersónicos y un Israel que dispone de capacidad nuclear, el cálculo racional ha cedido ante la dinámica de la supervivencia política.
La Unión Europea, subordinada estratégicamente, afronta ahora una tormenta de inflación importada y contracción productiva, absorbiendo los costos de una guerra diseñada fuera de sus fronteras. El abismo nuclear ya no es retórica, sino la consecuencia extrema de una hegemonía que, incapaz de sostenerse mediante consenso, recurre a la fuerza total. Frente a esta deriva, la equidistancia es complicidad.
Si la sociedad civil permanece pasiva, el bloque dominante impondrá su salida bélica; solo una voluntad colectiva consciente por la Paz puede alterar una trayectoria que nos acerca, segundo a segundo, a la medianoche definitiva.
(*) José Manuel Rivero Abogado y analista político
POR JOSÉ MANUEL RIVERO (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
El reloj del apocalipsis ha dejado de ser una advertencia
simbólica para convertirse en el cronómetro de una deflagración inminente.
La agresión militar perpetrada el 28 de febrero de 2026 por Estados Unidos en acción conjunta con Israel contra la República Islámica de Irán constituye un punto de no retorno en la historia contemporánea, alcanzando una dimensión de riesgo de exterminio tras la confirmación del asesinato del Líder Supremo, el ayatolá Alí Jamenei.
Este magnicidio, que se suma a la caída en combate del jefe del Estado Mayor, el general Abdorrahim Musaví, y del ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, no representa un episodio aislado ni una simple escalada de tensiones; es la ejecución de un plan hegemónico fríamente calculado que amenaza con arrastrar al planeta entero hacia un holocausto nuclear.
Asistimos a una fase donde la diplomacia ha sido sustituida por el descabezamiento de Estados soberanos, una estrategia que ha provocado ya los mayores ataques de la historia de la Guardia Revolucionaria contra Israel y bases estadounidenses en esa zona del planeta, con misiles balísticos impactando en Tel Aviv, Jerusalén y el Néguev, forzando el cierre total del espacio aéreo civil y la huida de la flota de El Al.
Nada de lo ocurrido es improvisado. Para comprender la magnitud de este ataque resulta imperativo aplicar una visión histórica total que conecte los hilos de la economía política con las decisiones militares de carácter imperial. El cierre del estrecho de Ormuz, previsible y ya consumado, no es un mero daño colateral, sino el epicentro de un sismo geoeconómico que fracturará de manera inminente a las economías occidentales, cebándose con especial virulencia en una Unión Europea reducida a la triste condición de vasalla de los intereses atlantistas.
Ormuz no es solo un paso marítimo: es el punto nodal donde se articulan energía, finanzas y poder militar; quien controla Ormuz condiciona la reproducción material del sistema mundial.
En este sentido, la agresión militar a Venezuela el pasado 3 de enero no fue un episodio desconectado, sino la fase preliminar e indispensable de este ataque a Irán. La lógica del capital en su fase imperial es inexorable: ante la certeza de que atacar Teherán desencadenaría el estrangulamiento del flujo energético global, Washington necesitaba asegurar desesperadamente su propia retaguardia material. Al asaltar y tomar el control de las vastas reservas petroleras venezolanas, Estados Unidos garantizó su suministro de crudo, blindándose contra la crisis energética que ahora ha desatado deliberadamente para asfixiar a sus competidores y subordinar aún más a sus aliados europeos.
Esta ofensiva no nace de la fortaleza del imperio, sino de su más profunda crisis orgánica. Estados Unidos atraviesa una fase de descomposición estructural caracterizada por un endeudamiento descomunal, una fractura social creciente y la pérdida de centralidad productiva frente al eje asiático.
Cuando la dirección moral e intelectual del sistema comienza a erosionarse, el recurso a la coerción sustituye a la capacidad de consenso. La guerra emerge entonces como el intento desesperado de recomponer una dominación en declive. Bajo la administración de Donald Trump, el equilibrio constitucional ha sido desplazado por el bloque dominante, evidenciando que la democracia liberal es una herramienta prescindible cuando la supervivencia del sistema requiere decisión rápida y concentración de poder. Pero lo más alarmante es quién dicta realmente esta política de tierra quemada.
La Casa Blanca aparece virtualmente secuestrada por el sionismo más beligerante, operando mediante mecanismos de coacción donde el chantaje —alimentado por redes de extorsión y los oscuros archivos de la trama Epstein— se erige como el instrumento para que la entidad sionista doblegue a Washington. El interés nacional estadounidense queda así subordinado a los designios del proyecto colonial del "Gran Israel", que exige el exterminio de la resistencia persa y el genocidio del pueblo árabe (Gaza) para su consecución.
El tablero geopolítico ha sido manipulado, además, mediante una gigantesca operación de distracción. Las negociaciones previas sobre el conflicto en Ucrania se revelan ahora como una maniobra dilatoria para mantener a Moscú distraído mientras se fragmentaba cualquier posibilidad de respuesta coordinada ante la ofensiva secuencial contra Venezuela e Irán. No nos engañemos: el objetivo último de esta reorganización violenta del mundo es China.
Destruir a Irán significa derribar el cortafuegos energético que significa el proyecto en construcción de la República Popular China de “La Franja y La Ruta” y enviar un mensaje inequívoco a Pekín de que el orden unipolar no cederá sin provocar una conflagración total. Con Irán pertrechada para la represalia con misiles hipersónicos y un Israel que dispone de capacidad nuclear, el cálculo racional ha cedido ante la dinámica de la supervivencia política.
La Unión Europea, subordinada estratégicamente, afronta ahora una tormenta de inflación importada y contracción productiva, absorbiendo los costos de una guerra diseñada fuera de sus fronteras. El abismo nuclear ya no es retórica, sino la consecuencia extrema de una hegemonía que, incapaz de sostenerse mediante consenso, recurre a la fuerza total. Frente a esta deriva, la equidistancia es complicidad.
Si la sociedad civil permanece pasiva, el bloque dominante impondrá su salida bélica; solo una voluntad colectiva consciente por la Paz puede alterar una trayectoria que nos acerca, segundo a segundo, a la medianoche definitiva.
(*) José Manuel Rivero Abogado y analista político



























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