LA "LÓGICA DE LA CLAUDICACIÓN": DE LA RENDICIÓN EN VENEZUELA A LA RENDICIÓN UNIVERSAL
En esta contrarréplica, Cristóbal García Vera responde a José Manuel Rivero analizando la que considera una “lógica de la claudicación” y las implicaciones que esta tendría -en su opinión-
para cualquier proyecto político que aspire a superar el orden capitalista.
Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La contrarréplica de José Manuel Rivero a nuestra respuesta a su artículo “Brest-Litovsk en el Caribe: la audacia leninista frente a la aniquilación” nos ofrece una magnífica oportunidad para abordar el fondo esencial de esta polémica: una “lógica” utilizada por Rivero para justificar las claudicaciones del gobierno de Delcy Rodríguez, que trasciende el caso venezolano y parte de un supuesto que, de ser aceptado, condenaría de antemano al fracaso a cualquier proceso político emancipador.
EL FALSO DILEMA DE LA “ANIQUILACIÓN” DE VENEZUELA
El planteamiento general de José Manuel Rivero se construye sobre un falso dilema que busca presentar su postura como la única “razonable” frente a lo que él califica como una “abstracción” (sic).
Se trata de la premisa de que, tras el último ataque estadounidense a Venezuela, no existiría ya ninguna alternativa posible más allá de aceptar todas las exigencias de Donald Trump para evitar una supuesta “aniquilación”.
“La agresión del 3 de enero de 2026 no fue solo un acto de guerra contra la República Bolivariana de Venezuela; fue – afirma el letrado grancanario - una declaración de exterminio que exige una respuesta que privilegie la existencia misma del proyecto bolivariano sobre cualquier abstracción teórica” (1).
Esta apelación a la “aniquilación”, formulada de forma dramática, busca apoyarse en el impacto emocional para presentar cualquier discrepancia argumentada como una muestra de irresponsabilidad. Pero precisamente por eso conviene preguntarse si resiste realmente un análisis crítico.
Aceptar el planteamiento de Rivero implicaría asumir algo que no se sostiene históricamente: que la intervención estadounidense habría inaugurado una realidad cualitativamente nueva, capaz de alterar por completo el marco previo de análisis y justificar la sumisión “estratégica” ante la nueva situación.
La realidad, sin embargo, es que el ataque del 3 de enero no representa ninguna ruptura sustancial con la forma en que Estados Unidos ha ejercido su poder desde que se consolidó como principal potencia imperialista a nivel mundial. Intervenciones militares directas, bombardeos selectivos, eliminación de dirigentes, guerras abiertas o encubiertas y operaciones destinadas a imponer cambios políticos forman parte de una práctica histórica sobradamente conocida. En ese sentido, lo ocurrido no revela nada esencialmente nuevo sobre Washington ni inaugura una fase inédita del orden internacional: responde, más bien, a una lógica de actuación que ha acompañado de manera constante a la política exterior estadounidense.
La agresión, por tanto, no fue novedosa ni inesperada. Y aunque es perfectamente posible que la administración estadounidense estuviera dispuesta a escalar el conflicto, ese escenario tampoco podría considerarse imprevisible.
Parece necesario recordar, a este respecto, que prácticamente hasta el pasado 2 de enero los propios dirigentes venezolanos decían estar preparados para afrontar, “rodilla en tierra”, cualquier intervención militar.
“Si Venezuela fuera agredida, pasaría inmediatamente al periodo de lucha armada, en defensa del territorio nacional, de la historia y del pueblo”, afirmaba Nicolás Maduro el 1 de septiembre de 2025 en cadena nacional ante el despliegue de fuerzas de Estados Unidos (2).
“Estamos preparados para cualquier guerra prolongada”, corroboraba Diosdado Cabello en su programa Con el Mazo Dando, el 10 de septiembre. (3).
“Ninguna amenaza ni despliegue aeronaval por más poderoso e intimidatorio que sea, impedirá que Venezuela continúe su desarrollo y la defensa de su soberanía”, añadía el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, el 21 de noviembre, también en cadena nacional (4).
Los mismos dirigentes venezolanos que la pasada semana recibían en Caracas al jefe del Comando Sur de EE.UU., afirmaban también, antes del 3 de enero, que Venezuela contaba con millones de milicianos preparados para llevar a cabo una “guerra de todo el pueblo” inspirada en los desarrollos del general vietnamita Giap.
Huelga decir, suponemos, que cualquiera de estos escenarios planteados por la cúpula venezolana para la resistencia en una “guerra prolongada” habría provocado un número de bajas incomparablemente mayor que los ataques del 3 de enero, sin que esto llevara a ninguno de ellos a imaginar siquiera la hipótesis de una “aniquilación” total.
A la luz de los hechos, resulta inevitable preguntarse cuánto había de preparación real y de convicción efectiva para defender el proceso bolivariano detrás de tantas declaraciones grandilocuentes. Porque si en casi tres décadas no fueron capaces de construir las condiciones para esa resistencia que proclamaban, solo una ingenuidad extrema podría hacer creer que ahora, con el enemigo convertido en socio estratégico y recibido con alfombra roja en el Palacio de Miraflores, podrían desarrollar una “audacia defensiva” capaz de revertir la situación.
LA FALACIA DE LA “RETIRADA ESTRATÉGICA”
Más allá de cualquier formulación dramática, existe un hecho político elemental. Todo país que pretenda cuestionar el orden internacional se enfrentará, necesariamente, a la amenaza de la agresión militar. No se trata de una circunstancia excepcional ni de una anomalía surgida el 3 de enero. Es, junto a los bloqueos económicos y diplomáticos, una expresión normal del funcionamiento del sistema capitalista, en su fase imperialista, a escala mundial.
Pero es precisamente este dato objetivo el que invalida de raíz la tesis que presenta la claudicación del Gobierno venezolano como una supuesta “estrategia temporal”, destinada a ganar tiempo hasta alcanzar una “mejor correlación de fuerzas”, porque esa correlación nunca llegará al punto de eliminar la posibilidad de la intervención armada de Estados Unidos.
Ante ese escenario ineludible, solo existen dos caminos:
- La adaptación a las exigencias de quienes pretenden someter a los países díscolos — opción claramente elegida por la cúpula venezolana y que implica la renuncia a cualquier transformación real.
- O la resistencia, con todos los costes que conlleva. Ese fue el camino asumido por Cuba y por otros pueblos a lo largo de la historia, que pagaron un precio enorme pero demostraron que la soberanía nunca se conquista esperando condiciones ideales, sino enfrentando las condiciones adversas que el poder dominante impone.
GAZA NO INAUGURÓ UN “NUEVO MUNDO”
Para reforzar la “lógica de la claudicación” que convierte la renuncia en una supuesta necesidad histórica, José Manuel Rivero introduce en su último artículo otra premisa igualmente insostenible. La idea de que el genocidio en Gaza habría inaugurado una etapa inédita, en la que el imperialismo habría descubierto que puede exterminar pueblos y eliminar dirigencias sin afrontar consecuencia alguna.
“Debemos ser taxativos: el mundo – opina el analista grancanario - ha cambiado tras el genocidio en Gaza. Palestina ha servido como un macabro laboratorio donde el imperialismo comprobó que puede decapitar a una dirigencia y exterminar a un pueblo sin rendir cuentas ante ningún tribunal” (5).
La formulación de Rivero podría sonar convincente para quien observa con horror las imágenes procedentes de Palestina y, con razón, siente que se ha cruzado un límite moral insoportable. Sin embargo, esa impresión tampoco resiste un análisis histórico mínimamente riguroso.
Lo que Gaza ha mostrado no es una ruptura inédita, sino la continuidad de una práctica largamente conocida. La destrucción de Irak, con centenares de miles de muertos; la conversión de Libia en un Estado fallido donde se ha impuesto la esclavitud o la devastación prolongada de Siria — hoy bajo control de un gobierno de criminales yihadistas apoyado por EE.UU., Rusia y la UE — son solo algunos ejemplos recientes de esta impunidad.
Si ampliamos la mirada histórica, el listado se vuelve prácticamente inabarcable: Yugoslavia, Vietnam, Corea y tantos otros episodios en los que la eliminación de gobiernos, la decapitación de dirigencias y la destrucción de sociedades enteras formaron parte del repertorio habitual de las grandes potencias, sin rendición de cuentas ante “ningún tribunal”.
Lo cierto es que los crímenes del imperialismo solo han sido juzgados cuando algunas potencias capitalistas fueron derrotadas por otras, como sucedió al término de la II Guerra Mundial. No por la acción de un supuesto orden internacional basado en reglas que ha sido siempre una ficción legalista mantenida por los poderosos.
LO QUE SÍ NOS ENSEÑÓ EL GENOCIDIO DE GAZA SOBRE CHINA, RUSIA Y LOS BRICS
El mundo, pues, no ha cambiado después de Gaza, como afirma José Manuel Rivero. Lo que este genocidio sí ha puesto en evidencia, en cambio, es la fragilidad de las ilusiones depositadas en la llamada multipolaridad y en el supuesto papel de freno a Estados Unidos que muchos atribuyen a potencias como China o Rusia.
Lejos de actuar como un contrapeso real, los BRICS evitaron adoptar medidas efectivas para detener la masacre, mantuvieron sus relaciones económicas y políticas con Israel y se limitaron a realizar declaraciones diplomáticas sin consecuencias prácticas.
La actitud de China y Rusia en el Consejo de Seguridad confirmó esa misma lógica: ambas potencias renunciaron a ejercer su derecho de veto, permitiendo la aprobación de la Resolución 2735, impulsada por Estados Unidos en beneficio del Estado terrorista de Israel.
Después de que China y Rusia actuaran de manera similar con el pueblo saharaui y en otros conflictos, la conclusión debería ser evidente. Ningún pueblo puede confiar su futuro a la protección de potencias capitalistas que actúan exclusivamente según sus propios intereses. Rivero, sin embargo, extrae la conclusión opuesta en el caso venezolano e interpreta la inacción de Rusia y China — también después del 3 de enero — como una supuesta “insuficiencia” de las alianzas que le conduce a reforzar su lógica de la claudicación. Si los aliados no intervienen y la correlación es desfavorable, entonces — según esa lógica — solo quedaría rendirse y presentar esa rendición como una supuesta forma de “audacia defensiva”.
SER CRÍTICOS NO ES SOLO UN DERECHO, ES UNA OBLIGACIÓN
A partir de sus premisas falsas, la construcción especulativa armada por José Manuel Rivero le conduce no solo a justificar cualquier medida adoptada por el Gobierno de Delcy Rodríguez, sino incluso a presentar las concesiones más sangrantes como maniobras “audaces”.
Las nuevas relaciones de la cúpula venezolana con Estados Unidos, calificadas por el propio Trump como “extraordinarias”, dejan de ser la prueba más evidente de la rendición para convertirse, en el relato de Rivero, en una supuesta “victoria táctica de primer orden”, por su capacidad para “desarticular a la quinta columna golpista y fascista del país” (6). Una forma singular de reinterpretar el hecho de que, efectivamente, la oposición ultraderechista ha pasado a ser innecesaria, por el momento, porque es el propio Gobierno venezolano quien aplica dócilmente las exigencias de Washington y garantiza la estabilidad necesaria para los intereses de las multinacionales norteamericanas.
Entendemos que tanto José Manuel Rivero como otros muchos compañeros están sinceramente convencidos de que la solidaridad con el pueblo venezolano, en este momento tan difícil de su historia reciente, debería traducirse en la aceptación acrítica del relato oficial. Apelan, para justificar su visión, a la necesidad de mantener “la unidad” ante la agresión, aunque este principio haya perdido todo su sentido desde el momento en que Estados Unidos ha pasado a marcar los tiempos de la “transición venezolana”.
Otros, más atrevidos, pretenden desacreditar cualquier análisis que se niegue a aceptar la propaganda oficial recurriendo a tópicos como la supuesta comodidad del observador que analiza “desde su sillón” o con una mentalidad supuestamente lastrada por el eurocentrismo.
Ambas posiciones, con independencia de la buena voluntad que pueda motivarlas, deben ser igualmente rechazadas. Cada uno, desde el lugar y el país en el que le toque intervenir políticamente, no solo tenemos el derecho, sino la obligación de analizar con cabeza propia, aportando argumentos y evidencias, con la valentía de señalar lo que entendemos que es verdad, aceptar la posibilidad de equivocarnos y estar dispuestos, si es necesario, a rectificar.
Al tratar de dilucidar lo que está sucediendo en Venezuela no nos estamos pronunciando solamente sobre la realidad latinoamericana. Estamos intentando promover un enfoque crítico que debe servirnos para examinar cualquier otro proceso político. Pues la misma lógica que hoy lleva a justificar cualquier decisión de la cúpula venezolana es la que, una y otra vez, ha desarmado a amplios sectores populares del Estado español frente a los dirigentes de esa falsa "izquierda" que promete cambios reales para acabar generando solamente frustración y desmovilización.
Notas y referencias bibliográficas:
(1) Venezuela 2026: La dialéctica de la supervivencia bajo el terror del imperialismo. José Manuel Rivero. Canarias-semanal.org.
(2)Nicolás Maduro: "Si Venezuela es agredida, entraremos en lucha armada". Caracol.com/ Youtube.
(3) Diosdado Cabello: “Estamos preparados para cualquier guerra prolongada”. EFE
(4) Padrino López: "Ningún despliegue militar detendrá a Venezuela en su camino de independencia". Portal oficial chavista El Mazo.
(5) Venezuela 2026: La dialéctica de la supervivencia bajo el terror del imperialismo. José Manuel Rivero. Canarias-semanal.org.
(6) Ibid.
para cualquier proyecto político que aspire a superar el orden capitalista.
Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
La contrarréplica de José Manuel Rivero a nuestra respuesta a su artículo “Brest-Litovsk en el Caribe: la audacia leninista frente a la aniquilación” nos ofrece una magnífica oportunidad para abordar el fondo esencial de esta polémica: una “lógica” utilizada por Rivero para justificar las claudicaciones del gobierno de Delcy Rodríguez, que trasciende el caso venezolano y parte de un supuesto que, de ser aceptado, condenaría de antemano al fracaso a cualquier proceso político emancipador.
EL FALSO DILEMA DE LA “ANIQUILACIÓN” DE VENEZUELA
El planteamiento general de José Manuel Rivero se construye sobre un falso dilema que busca presentar su postura como la única “razonable” frente a lo que él califica como una “abstracción” (sic).
Se trata de la premisa de que, tras el último ataque estadounidense a Venezuela, no existiría ya ninguna alternativa posible más allá de aceptar todas las exigencias de Donald Trump para evitar una supuesta “aniquilación”.
“La agresión del 3 de enero de 2026 no fue solo un acto de guerra contra la República Bolivariana de Venezuela; fue – afirma el letrado grancanario - una declaración de exterminio que exige una respuesta que privilegie la existencia misma del proyecto bolivariano sobre cualquier abstracción teórica” (1).
Esta apelación a la “aniquilación”, formulada de forma dramática, busca apoyarse en el impacto emocional para presentar cualquier discrepancia argumentada como una muestra de irresponsabilidad. Pero precisamente por eso conviene preguntarse si resiste realmente un análisis crítico.
Aceptar el planteamiento de Rivero implicaría asumir algo que no se sostiene históricamente: que la intervención estadounidense habría inaugurado una realidad cualitativamente nueva, capaz de alterar por completo el marco previo de análisis y justificar la sumisión “estratégica” ante la nueva situación.
La realidad, sin embargo, es que el ataque del 3 de enero no representa ninguna ruptura sustancial con la forma en que Estados Unidos ha ejercido su poder desde que se consolidó como principal potencia imperialista a nivel mundial. Intervenciones militares directas, bombardeos selectivos, eliminación de dirigentes, guerras abiertas o encubiertas y operaciones destinadas a imponer cambios políticos forman parte de una práctica histórica sobradamente conocida. En ese sentido, lo ocurrido no revela nada esencialmente nuevo sobre Washington ni inaugura una fase inédita del orden internacional: responde, más bien, a una lógica de actuación que ha acompañado de manera constante a la política exterior estadounidense.
La agresión, por tanto, no fue novedosa ni inesperada. Y aunque es perfectamente posible que la administración estadounidense estuviera dispuesta a escalar el conflicto, ese escenario tampoco podría considerarse imprevisible.
Parece necesario recordar, a este respecto, que prácticamente hasta el pasado 2 de enero los propios dirigentes venezolanos decían estar preparados para afrontar, “rodilla en tierra”, cualquier intervención militar.
“Si Venezuela fuera agredida, pasaría inmediatamente al periodo de lucha armada, en defensa del territorio nacional, de la historia y del pueblo”, afirmaba Nicolás Maduro el 1 de septiembre de 2025 en cadena nacional ante el despliegue de fuerzas de Estados Unidos (2).
“Estamos preparados para cualquier guerra prolongada”, corroboraba Diosdado Cabello en su programa Con el Mazo Dando, el 10 de septiembre. (3).
“Ninguna amenaza ni despliegue aeronaval por más poderoso e intimidatorio que sea, impedirá que Venezuela continúe su desarrollo y la defensa de su soberanía”, añadía el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, el 21 de noviembre, también en cadena nacional (4).
Los mismos dirigentes venezolanos que la pasada semana recibían en Caracas al jefe del Comando Sur de EE.UU., afirmaban también, antes del 3 de enero, que Venezuela contaba con millones de milicianos preparados para llevar a cabo una “guerra de todo el pueblo” inspirada en los desarrollos del general vietnamita Giap.
Huelga decir, suponemos, que cualquiera de estos escenarios planteados por la cúpula venezolana para la resistencia en una “guerra prolongada” habría provocado un número de bajas incomparablemente mayor que los ataques del 3 de enero, sin que esto llevara a ninguno de ellos a imaginar siquiera la hipótesis de una “aniquilación” total.
A la luz de los hechos, resulta inevitable preguntarse cuánto había de preparación real y de convicción efectiva para defender el proceso bolivariano detrás de tantas declaraciones grandilocuentes. Porque si en casi tres décadas no fueron capaces de construir las condiciones para esa resistencia que proclamaban, solo una ingenuidad extrema podría hacer creer que ahora, con el enemigo convertido en socio estratégico y recibido con alfombra roja en el Palacio de Miraflores, podrían desarrollar una “audacia defensiva” capaz de revertir la situación.
LA FALACIA DE LA “RETIRADA ESTRATÉGICA”
Más allá de cualquier formulación dramática, existe un hecho político elemental. Todo país que pretenda cuestionar el orden internacional se enfrentará, necesariamente, a la amenaza de la agresión militar. No se trata de una circunstancia excepcional ni de una anomalía surgida el 3 de enero. Es, junto a los bloqueos económicos y diplomáticos, una expresión normal del funcionamiento del sistema capitalista, en su fase imperialista, a escala mundial.
Pero es precisamente este dato objetivo el que invalida de raíz la tesis que presenta la claudicación del Gobierno venezolano como una supuesta “estrategia temporal”, destinada a ganar tiempo hasta alcanzar una “mejor correlación de fuerzas”, porque esa correlación nunca llegará al punto de eliminar la posibilidad de la intervención armada de Estados Unidos.
Ante ese escenario ineludible, solo existen dos caminos:
- La adaptación a las exigencias de quienes pretenden someter a los países díscolos — opción claramente elegida por la cúpula venezolana y que implica la renuncia a cualquier transformación real.
- O la resistencia, con todos los costes que conlleva. Ese fue el camino asumido por Cuba y por otros pueblos a lo largo de la historia, que pagaron un precio enorme pero demostraron que la soberanía nunca se conquista esperando condiciones ideales, sino enfrentando las condiciones adversas que el poder dominante impone.
GAZA NO INAUGURÓ UN “NUEVO MUNDO”
Para reforzar la “lógica de la claudicación” que convierte la renuncia en una supuesta necesidad histórica, José Manuel Rivero introduce en su último artículo otra premisa igualmente insostenible. La idea de que el genocidio en Gaza habría inaugurado una etapa inédita, en la que el imperialismo habría descubierto que puede exterminar pueblos y eliminar dirigencias sin afrontar consecuencia alguna.
“Debemos ser taxativos: el mundo – opina el analista grancanario - ha cambiado tras el genocidio en Gaza. Palestina ha servido como un macabro laboratorio donde el imperialismo comprobó que puede decapitar a una dirigencia y exterminar a un pueblo sin rendir cuentas ante ningún tribunal” (5).
La formulación de Rivero podría sonar convincente para quien observa con horror las imágenes procedentes de Palestina y, con razón, siente que se ha cruzado un límite moral insoportable. Sin embargo, esa impresión tampoco resiste un análisis histórico mínimamente riguroso.
Lo que Gaza ha mostrado no es una ruptura inédita, sino la continuidad de una práctica largamente conocida. La destrucción de Irak, con centenares de miles de muertos; la conversión de Libia en un Estado fallido donde se ha impuesto la esclavitud o la devastación prolongada de Siria — hoy bajo control de un gobierno de criminales yihadistas apoyado por EE.UU., Rusia y la UE — son solo algunos ejemplos recientes de esta impunidad.
Si ampliamos la mirada histórica, el listado se vuelve prácticamente inabarcable: Yugoslavia, Vietnam, Corea y tantos otros episodios en los que la eliminación de gobiernos, la decapitación de dirigencias y la destrucción de sociedades enteras formaron parte del repertorio habitual de las grandes potencias, sin rendición de cuentas ante “ningún tribunal”.
Lo cierto es que los crímenes del imperialismo solo han sido juzgados cuando algunas potencias capitalistas fueron derrotadas por otras, como sucedió al término de la II Guerra Mundial. No por la acción de un supuesto orden internacional basado en reglas que ha sido siempre una ficción legalista mantenida por los poderosos.
LO QUE SÍ NOS ENSEÑÓ EL GENOCIDIO DE GAZA SOBRE CHINA, RUSIA Y LOS BRICS
El mundo, pues, no ha cambiado después de Gaza, como afirma José Manuel Rivero. Lo que este genocidio sí ha puesto en evidencia, en cambio, es la fragilidad de las ilusiones depositadas en la llamada multipolaridad y en el supuesto papel de freno a Estados Unidos que muchos atribuyen a potencias como China o Rusia.
Lejos de actuar como un contrapeso real, los BRICS evitaron adoptar medidas efectivas para detener la masacre, mantuvieron sus relaciones económicas y políticas con Israel y se limitaron a realizar declaraciones diplomáticas sin consecuencias prácticas.
La actitud de China y Rusia en el Consejo de Seguridad confirmó esa misma lógica: ambas potencias renunciaron a ejercer su derecho de veto, permitiendo la aprobación de la Resolución 2735, impulsada por Estados Unidos en beneficio del Estado terrorista de Israel.
Después de que China y Rusia actuaran de manera similar con el pueblo saharaui y en otros conflictos, la conclusión debería ser evidente. Ningún pueblo puede confiar su futuro a la protección de potencias capitalistas que actúan exclusivamente según sus propios intereses. Rivero, sin embargo, extrae la conclusión opuesta en el caso venezolano e interpreta la inacción de Rusia y China — también después del 3 de enero — como una supuesta “insuficiencia” de las alianzas que le conduce a reforzar su lógica de la claudicación. Si los aliados no intervienen y la correlación es desfavorable, entonces — según esa lógica — solo quedaría rendirse y presentar esa rendición como una supuesta forma de “audacia defensiva”.
SER CRÍTICOS NO ES SOLO UN DERECHO, ES UNA OBLIGACIÓN
A partir de sus premisas falsas, la construcción especulativa armada por José Manuel Rivero le conduce no solo a justificar cualquier medida adoptada por el Gobierno de Delcy Rodríguez, sino incluso a presentar las concesiones más sangrantes como maniobras “audaces”.
Las nuevas relaciones de la cúpula venezolana con Estados Unidos, calificadas por el propio Trump como “extraordinarias”, dejan de ser la prueba más evidente de la rendición para convertirse, en el relato de Rivero, en una supuesta “victoria táctica de primer orden”, por su capacidad para “desarticular a la quinta columna golpista y fascista del país” (6). Una forma singular de reinterpretar el hecho de que, efectivamente, la oposición ultraderechista ha pasado a ser innecesaria, por el momento, porque es el propio Gobierno venezolano quien aplica dócilmente las exigencias de Washington y garantiza la estabilidad necesaria para los intereses de las multinacionales norteamericanas.
Entendemos que tanto José Manuel Rivero como otros muchos compañeros están sinceramente convencidos de que la solidaridad con el pueblo venezolano, en este momento tan difícil de su historia reciente, debería traducirse en la aceptación acrítica del relato oficial. Apelan, para justificar su visión, a la necesidad de mantener “la unidad” ante la agresión, aunque este principio haya perdido todo su sentido desde el momento en que Estados Unidos ha pasado a marcar los tiempos de la “transición venezolana”.
Otros, más atrevidos, pretenden desacreditar cualquier análisis que se niegue a aceptar la propaganda oficial recurriendo a tópicos como la supuesta comodidad del observador que analiza “desde su sillón” o con una mentalidad supuestamente lastrada por el eurocentrismo.
Ambas posiciones, con independencia de la buena voluntad que pueda motivarlas, deben ser igualmente rechazadas. Cada uno, desde el lugar y el país en el que le toque intervenir políticamente, no solo tenemos el derecho, sino la obligación de analizar con cabeza propia, aportando argumentos y evidencias, con la valentía de señalar lo que entendemos que es verdad, aceptar la posibilidad de equivocarnos y estar dispuestos, si es necesario, a rectificar.
Al tratar de dilucidar lo que está sucediendo en Venezuela no nos estamos pronunciando solamente sobre la realidad latinoamericana. Estamos intentando promover un enfoque crítico que debe servirnos para examinar cualquier otro proceso político. Pues la misma lógica que hoy lleva a justificar cualquier decisión de la cúpula venezolana es la que, una y otra vez, ha desarmado a amplios sectores populares del Estado español frente a los dirigentes de esa falsa "izquierda" que promete cambios reales para acabar generando solamente frustración y desmovilización.
Notas y referencias bibliográficas:
(1) Venezuela 2026: La dialéctica de la supervivencia bajo el terror del imperialismo. José Manuel Rivero. Canarias-semanal.org.
(2)Nicolás Maduro: "Si Venezuela es agredida, entraremos en lucha armada". Caracol.com/ Youtube.

























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.43