“La otra historia de los EEUU" que incomoda: EL HISTORIADOR hORWAD Zinn contra el relato imperial”
La obra del historiador estadounidense Howard Zinn, "La otra historia de los Estados Unidos", continúa generando intensos debates décadas después de que fuera publicado. Desde la Redacción de CS mantenemos una interesantísima entrevista con Manuel Medina, un profesor de Historia y divulgador ampliamente conocido por nuestros lectores a través de los artículos que frecuentemente publica en este mismo digital. Medina sostiene en esta entrevista, que el libro de ZInn no solo pone "patas arriba" el pasado histórico norteamericano, sino que, además, cuestiona toda la arquitectura ideológica que sostiene el conjunto del poder contemporáneo.
Una entrevista, que junto con el libro de Howard Zinn que nuestros lectores podrán descargar en esta misma página, se tratan temas tan actuales como el imperialismo y el papel político que desempeña la historia en el momento presente.
“La historia oficial es
“La historia oficial es la autobiografía del poder”
En un mundo donde las potencias siguen invocando la democracia mientras despliegan bases militares, sanciones económicas, cerco a países, secuestros de presidentes o guerras “humanitarias”, revisar la historia no es un ejercicio académico inocente: es un acto claramente político.
El historiador estadounidense Howard Zinn lo entendió con claridad cuando publicó el libro "La otra historia de los Estados Unidos", que al ser extraordinariamente didáctico se ha convertido en un autentico best seller, traducido a múltiples idiomas y millones de lectores tanto dentro como fuera de ese país.
Se trata de un libro que desmonta el relato heroico e impostado del nacimiento y expansión de Estados Unidos, reemplazándolo por una narrativa construida desde abajo: la de indígenas despojados, los esclavos explotados, los obreros reprimidos y movimientos sociales silenciados.
Desde la Redacción de Canarias Semanal nuevamente hemos recurrido a conversar con uno de nuestros colaboradores. En este caso ha sido Manuel Medina, profesor de Historia y divulgador de temas de esa misma especialidad.
Medina sostiene en esta entrevista, que el libro de Howard Zinn no solo pone "patas arriba" el pasado historico estadounidense, sino que, de paso, aprovecha para poner en evidencia al conjunto de la arquitectura ideológica que sostiene el poder occidental contemporáneo.
CANARIAS SEMANAL: Zinn afirma que la historia no es neutral y que lo que se enseña responde a intereses de clase. ¿No es exagerado afirmar que la "historia oficial" es un instrumento de dominación?
M. Medina: No es exagerado; es estrictamente descriptivo. La historia oficial es, en gran medida, una autobiografía del poder. Los Estados, en general, tratan de construir relatos con los que legitimar su propia existencia y, también, su expansión. No se trata de una "conspiración secreta", sino pura lógica ideológica: quienes detentan el poder producen también "sentido común". Zinn lo que hace es destacar esa lógica y poner de manifiesto que esa supuesta neutralidad institucional es una pura ficción.
Cuando en la inmensa mayoría de los manuales escolares se habla del “descubrimiento” de América" como una gesta civilizadora y no como una invasión violentísima, se está escogiendo un marco interpretativo que trata de normalizar aquel despojo histórico. Cuando la esclavitud aparece como una antiguaya moral ya superada, y no como pilar económico del capitalismo emergente, en realidad se está limpiando la genealogía del sistema... de este sistema.
Zinn rompe esa comodidad. Nos pone entre la espada y la pared de tener que reconocer que la historia enseñada no es el resultado natural de los hechos, sino el producto de decisiones políticas sobre qué es lo que hay que recordar y qué hay que olvidar. Y eso, no hace falta decirlo, es explosivamente subversivo.
CS: El retrato que realiza Zinn de Cristóbal Colón es frontalmente acusatorio. ¿Estamos ante una revisión necesaria o ante un intento de destruir símbolos fundacionales?
M. Medina: Los símbolos fundacionales resisten la crítica cuando están construidos sobre verdades complejas. Pero caen hecho añicos cuando se fundamentan en mitologías falsas o simplificadoras. Zinn no inventa en absoluto las atrocidades de los conquistadores. Le basta con citar las propias palabras de Colón, sus cartas, sus informes. En esos manuscritos es el propio Colón quien escribe de esclavización, de mutilaciones, de su obsesión enfermiza por el oro. ¿Podía ser de otra manera?
Esta incomodidad surge porque al tener que aceptar que segun sus propios protagonistas esa enorme violencia existió realmente, necesariamente tiene que implicar la revision del relato civilizatorio occidental. Si el nacimiento del mundo moderno está atravesado por el genocidio y la explotación, entonces el progreso no puede ser presentado como una línea ascendente de "bondad moral".
Y no se trata de sustituir un mito por otro, sino de abandonar el mito como forma de relato histórico. La pregunta es: ¿queremos una identidad basada en ficciones tranquilizadoras o en una memoria honesta, aunque esta pueda resultar extremadamente dolorosa?
CS: Zinn sostiene que la Revolución estadounidense fue también una maniobra de élites para preservar privilegios. ¿No crees que resulta un tanto provocador decir que la independencia de los EE.UU. consolidó nuevas formas de dominación?
M. Medina: ¡Claro que es provocador! Es provocador porque toca el corazón del excepcionalismo estadounidense. La Revolución de 1776 ha sido presentada oficialmente en los EE.UU. como el triunfo universal de la libertad.
En la descripción del proceso independentista norteamericano, Zinn introduce una pregunta inquietantemente incómoda, que ya la había formulado Lenin muchas décadas antes, aunque referida a otras circunstancias, pero ambas con el mismo tipo de entronque social y económico: "¿Libertad para quién?"
En ninguno de los dos casos se trataba de un menosprecio hacia la libertad, tal y como los ideólogos funcionales del sistema han tratado de presentarla. En ambas circunstancias, tanto en la interrogante formulada por Lenin, como la que muchas décadas después iba a formular Howard Zinn, para evitar contestarla los teoricos funcionales del establishment han tenido que recurrir a la distorsión del sentido de la misma.
Y es que no se puede olvidar que los grandes colonos propietarios de tierras, necesitaban, en efecto, romper con Inglaterra, pero no necesariamente democratizar la propiedad, ni abolir la esclavitud. Y, naturalmente, como correspondía a sus intereses de clase, no lo hicieron. La "Declaración de Independencia" americana proclamaba igualdad, mientras que paralelamente millones de nuevos ciudadanos estadounidenses iban a continuar permaneciendo olímpicamente excluidos de los beneficios de ese falso igualitarismo.
Eso no invalida, en absoluto, el valor de aquel acontecimiento histórico, pero sí nos obliga a reconocer que tuvo un carácter extraordinariamente limitado. Fue una revolución política, pero ni de lejos una revolucion económica ni social, ya que con ella no se transformó ni un solo ápice las estructuras fundamentales del país.
La "virguería" del sistema estadounidense consistió en el "ingenio" utilizado por los "padres de la patria" para articular un discurso universalista. Lograron que esa retorica libertaria conviviera formalmente con prácticas profundamente excluyentes de la sociedad estadounidense. Esa tensión atraviesa toda la historia de los EE.UU. y explica muchísimas de sus contradicciones actuales.
CS: En su análisis del racismo, Zinn lo presenta como herramienta de división social. ¿Fue una estrategia consciente para evitar que se produjeran alianzas de clase?
M. Medina: En la historia colonial de ese país se muestran episodios en los que los blancos pobres y los esclavos compartieron rebeliones. Para las élites, la posibilidad de esa convergencia resultaba altamente peligrosa. Justamente por ello, institucionalizaron jerarquías raciales, un hecho que contribuyó a fragmentar posibles solidaridades. No solo fue un prejuicio cultural en que separó a las comunidades pobres negra y blanca; fue también una arquitectura política deliberadamente construida.
El racismo en los EE.UU. iba a permitir construir una "identidad blanca" que otorgaba "privilegios" simbólicos a los blancos pobres, alejándolos de la tentación de posibles alianzas con esclavos o trabajadores negros. Esa dinámica es clave para entender cómo el capitalismo estadounidense logró estabilidad pese a las extremas desigualdades que existían en el seno de la sociedad norteamericana.
Zinn conecta economía y raza con una claridad muy incómoda. Nos recuerda algo que hoy parece haber sido peligrosamente olvidado: que las divisiones identitarias pueden ser perfectamente funcionales a la preservación del orden social vigente. Y esa lección continúa teniendo hoy en nuestras sociedades una rabiosa actualidad.
CS: El libro "La otra historia de los Estados Unidos" dedica capítulos contundentes al imperialismo estadounidense. ¿Fue EE. UU. una potencia imperial desde su mismo origen?
M. Medina:: Si entendemos imperialismo como expansión territorial y económica legitimada por discursos morales, la respuesta tiene que ser rotundamente afirmativa. Desde la expulsión de pueblos indígenas hasta la guerra contra México y la ocupación de Filipinas, existe ese patrón continuo.
El "discurso de la libertad" ha sido una suerte de envoltorio ideológico de proyectos estratégicos. Zinn no dice que Estados Unidos sea un país intrínsecamente perverso, como aseguraba el Papa Pío XII en relación con el comunismo. Pero sí enfatiza que ha estado actuando como en toda potencia en ascenso. Lo peculiar de su actuación ha sido la narrativa excepcionalista con la que trata de presentar cada expansión, como si se tratara de una misión altruista.
Esa disonancia entre discurso y práctica es lo que el libro de Zinn desarma y desmonta. Y al hacerlo, cuestiona no solo el pasado, sino las intervenciones contemporáneas justificadas en nombre de la democracia.
CS: Zinn también cuestiona el relato heroico sobre la II Guerra Mundial. ¿No crees que resulta peligroso tratar de relativizar un conflicto contra el nazismo?
M. Medina: Cuestionar no es relativizar. La derrota del nazismo fue histórica y necesaria. Pero reconocerlo no nos debe impedir analizar cómo la guerra consolidó la hegemonía económica y militar estadounidense. Las guerras reconfiguran órdenes mundiales y generan enormes beneficios para ciertos sectores elitistas del país ganador.
Zinn muestra cómo el conflicto mundial fortaleció al complejo industrial-militar y expandió la influencia global estadounidense. La incomodidad surge cuando se prefieren relatos épicos sin ambigüedades. Y ese relato épico lo cubrió EE. UU. inventándose a través de su instrumento comunicacional, Hollywood, una epopeya en la que no participo en la medida en la que lo habían hecho otros.
El factor decisivo en la derrota de los nazis fue el Ejército Rojo, fueron los soviéticos. Y, sin embargo, a través de Hollywood, los EEUU lograron transmitir a medio mundo que habían sido ellos los artífices de la victoria final.
CS: La frase “la guerra es la salud del Estado” resume una crítica feroz. ¿Crees que los conflictos fortalecen deliberadamente el poder interno?
M. Medina: Es evidente que las guerras generan cohesión y justifican ampliaciones de poder. En contextos bélicos se restringen libertades, se criminaliza la disidencia y se consolidan consensos. Eso no implica que las guerras sean planificadas con ese exclusivo fin. Pero lo que la experiencia histórica nos transmite es que una buena parte de los Estados victoriosos también resultan fortalecidos
Zinn destaca cómo cada gran conflicto amplió la capacidad de intervención estatal y reforzó alianzas con grandes corporaciones. La "unidad nacional" en tiempos de guerra suele traducirse en silenciamiento de críticas. La historia muestra que los estados crecen bajo la sombra del conflicto. Esa constatación es política, no retórica.
CS: Dinos ¿tú crees que si la ciudadanía asumiera plenamente la lectura del libro de Zinn, ¿qué es lo que cambiaría en ella?
M. Medina: Bueno, si se diera esa más que hipotética posibilidad que tú planteas, pues quizás podría cambiar, por ejemplo, su noción de patriotismo. Dejaría de estar basada en una celebración acrítica de una fecha y se transformaría en una responsabilidad activa. Comprender que el progreso estuvo acompañado de violencia, no destruye una nación; la obliga a madurar.
Posiblemente, sucedería también que el orgullo ciego sería sustituido por conciencia histórica. Y eso, naturalmente, tendría implicaciones políticas profundas: una ciudadanía crítica es menos manipulable, menos susceptible a discursos belicistas y más exigente con sus gobernantes....
CS: ¿Alguna cosa más?
M. Medina : Sí. Y quizás sea lo más importante de todo. El debate sobre Howard Zinn no es un debate exclusivamente estadounidense. Es un debate universal. Porque lo que está en juego no es solo la historia de un país concreto, sino la función política de la memoria en cualquier sociedad contemporánea.
Cuando leemos "La otra historia de los Estados Unidos", no estamos simplemente revisando episodios del pasado norteamericano; estamos cuestionando la arquitectura narrativa que sostiene a todas las potencias modernas.
Zinn nos obliga a formular preguntas incómodas, como, por ejemplo, ¿qué parte de nuestra propia historia ha sido edulcorada, silenciada o convertida en epopeya para legitimar estructuras de poder actuales?
Hay algo profundamente desestabilizador en sus propuestas. No porque traten de promover el odio o el nihilismo, sino porque desmonta la comodidad. Las naciones modernas se construyen sobre relatos cohesionadores: gestas fundacionales, héroes indiscutibles, guerras necesarias. Esos relatos generan "identidad", pero también producen obediencia. Y cuando la identidad se entrelaza con la obediencia, la crítica se vuelve sospechosa.
Zinn destroza esa ecuación. Lo que él plantea —y esto es clave— no es que todo sea una mentira, sino que el énfasis ha sido estratégicamente colocado en los lugares donde convenía. No niega que existieran ideales de libertad; lo que señala es que esos ideales convivieron con esclavitud, exterminio y expansión imperial.
La historia oficial resalta los principios y minimiza las contradicciones. Zinn invierte el foco: ilumina las contradicciones para que los principios dejen de ser retórica y se conviertan en exigencia.
CS: Muchísimas gracias.
Una entrevista, que junto con el libro de Howard Zinn que nuestros lectores podrán descargar en esta misma página, se tratan temas tan actuales como el imperialismo y el papel político que desempeña la historia en el momento presente.
“La historia oficial es
“La historia oficial es la autobiografía del poder”
En un mundo donde las potencias siguen invocando la democracia mientras despliegan bases militares, sanciones económicas, cerco a países, secuestros de presidentes o guerras “humanitarias”, revisar la historia no es un ejercicio académico inocente: es un acto claramente político.
El historiador estadounidense Howard Zinn lo entendió con claridad cuando publicó el libro "La otra historia de los Estados Unidos", que al ser extraordinariamente didáctico se ha convertido en un autentico best seller, traducido a múltiples idiomas y millones de lectores tanto dentro como fuera de ese país.
Se trata de un libro que desmonta el relato heroico e impostado del nacimiento y expansión de Estados Unidos, reemplazándolo por una narrativa construida desde abajo: la de indígenas despojados, los esclavos explotados, los obreros reprimidos y movimientos sociales silenciados.
Desde la Redacción de Canarias Semanal nuevamente hemos recurrido a conversar con uno de nuestros colaboradores. En este caso ha sido Manuel Medina, profesor de Historia y divulgador de temas de esa misma especialidad.
Medina sostiene en esta entrevista, que el libro de Howard Zinn no solo pone "patas arriba" el pasado historico estadounidense, sino que, de paso, aprovecha para poner en evidencia al conjunto de la arquitectura ideológica que sostiene el poder occidental contemporáneo.
CANARIAS SEMANAL: Zinn afirma que la historia no es neutral y que lo que se enseña responde a intereses de clase. ¿No es exagerado afirmar que la "historia oficial" es un instrumento de dominación?
M. Medina: No es exagerado; es estrictamente descriptivo. La historia oficial es, en gran medida, una autobiografía del poder. Los Estados, en general, tratan de construir relatos con los que legitimar su propia existencia y, también, su expansión. No se trata de una "conspiración secreta", sino pura lógica ideológica: quienes detentan el poder producen también "sentido común". Zinn lo que hace es destacar esa lógica y poner de manifiesto que esa supuesta neutralidad institucional es una pura ficción.
Cuando en la inmensa mayoría de los manuales escolares se habla del “descubrimiento” de América" como una gesta civilizadora y no como una invasión violentísima, se está escogiendo un marco interpretativo que trata de normalizar aquel despojo histórico. Cuando la esclavitud aparece como una antiguaya moral ya superada, y no como pilar económico del capitalismo emergente, en realidad se está limpiando la genealogía del sistema... de este sistema.
Zinn rompe esa comodidad. Nos pone entre la espada y la pared de tener que reconocer que la historia enseñada no es el resultado natural de los hechos, sino el producto de decisiones políticas sobre qué es lo que hay que recordar y qué hay que olvidar. Y eso, no hace falta decirlo, es explosivamente subversivo.
CS: El retrato que realiza Zinn de Cristóbal Colón es frontalmente acusatorio. ¿Estamos ante una revisión necesaria o ante un intento de destruir símbolos fundacionales?
M. Medina: Los símbolos fundacionales resisten la crítica cuando están construidos sobre verdades complejas. Pero caen hecho añicos cuando se fundamentan en mitologías falsas o simplificadoras. Zinn no inventa en absoluto las atrocidades de los conquistadores. Le basta con citar las propias palabras de Colón, sus cartas, sus informes. En esos manuscritos es el propio Colón quien escribe de esclavización, de mutilaciones, de su obsesión enfermiza por el oro. ¿Podía ser de otra manera?
Esta incomodidad surge porque al tener que aceptar que segun sus propios protagonistas esa enorme violencia existió realmente, necesariamente tiene que implicar la revision del relato civilizatorio occidental. Si el nacimiento del mundo moderno está atravesado por el genocidio y la explotación, entonces el progreso no puede ser presentado como una línea ascendente de "bondad moral".
Y no se trata de sustituir un mito por otro, sino de abandonar el mito como forma de relato histórico. La pregunta es: ¿queremos una identidad basada en ficciones tranquilizadoras o en una memoria honesta, aunque esta pueda resultar extremadamente dolorosa?
CS: Zinn sostiene que la Revolución estadounidense fue también una maniobra de élites para preservar privilegios. ¿No crees que resulta un tanto provocador decir que la independencia de los EE.UU. consolidó nuevas formas de dominación?
M. Medina: ¡Claro que es provocador! Es provocador porque toca el corazón del excepcionalismo estadounidense. La Revolución de 1776 ha sido presentada oficialmente en los EE.UU. como el triunfo universal de la libertad.
En la descripción del proceso independentista norteamericano, Zinn introduce una pregunta inquietantemente incómoda, que ya la había formulado Lenin muchas décadas antes, aunque referida a otras circunstancias, pero ambas con el mismo tipo de entronque social y económico: "¿Libertad para quién?"
En ninguno de los dos casos se trataba de un menosprecio hacia la libertad, tal y como los ideólogos funcionales del sistema han tratado de presentarla. En ambas circunstancias, tanto en la interrogante formulada por Lenin, como la que muchas décadas después iba a formular Howard Zinn, para evitar contestarla los teoricos funcionales del establishment han tenido que recurrir a la distorsión del sentido de la misma.
Y es que no se puede olvidar que los grandes colonos propietarios de tierras, necesitaban, en efecto, romper con Inglaterra, pero no necesariamente democratizar la propiedad, ni abolir la esclavitud. Y, naturalmente, como correspondía a sus intereses de clase, no lo hicieron. La "Declaración de Independencia" americana proclamaba igualdad, mientras que paralelamente millones de nuevos ciudadanos estadounidenses iban a continuar permaneciendo olímpicamente excluidos de los beneficios de ese falso igualitarismo.
Eso no invalida, en absoluto, el valor de aquel acontecimiento histórico, pero sí nos obliga a reconocer que tuvo un carácter extraordinariamente limitado. Fue una revolución política, pero ni de lejos una revolucion económica ni social, ya que con ella no se transformó ni un solo ápice las estructuras fundamentales del país.
La "virguería" del sistema estadounidense consistió en el "ingenio" utilizado por los "padres de la patria" para articular un discurso universalista. Lograron que esa retorica libertaria conviviera formalmente con prácticas profundamente excluyentes de la sociedad estadounidense. Esa tensión atraviesa toda la historia de los EE.UU. y explica muchísimas de sus contradicciones actuales.
CS: En su análisis del racismo, Zinn lo presenta como herramienta de división social. ¿Fue una estrategia consciente para evitar que se produjeran alianzas de clase?
M. Medina: En la historia colonial de ese país se muestran episodios en los que los blancos pobres y los esclavos compartieron rebeliones. Para las élites, la posibilidad de esa convergencia resultaba altamente peligrosa. Justamente por ello, institucionalizaron jerarquías raciales, un hecho que contribuyó a fragmentar posibles solidaridades. No solo fue un prejuicio cultural en que separó a las comunidades pobres negra y blanca; fue también una arquitectura política deliberadamente construida.
El racismo en los EE.UU. iba a permitir construir una "identidad blanca" que otorgaba "privilegios" simbólicos a los blancos pobres, alejándolos de la tentación de posibles alianzas con esclavos o trabajadores negros. Esa dinámica es clave para entender cómo el capitalismo estadounidense logró estabilidad pese a las extremas desigualdades que existían en el seno de la sociedad norteamericana.
Zinn conecta economía y raza con una claridad muy incómoda. Nos recuerda algo que hoy parece haber sido peligrosamente olvidado: que las divisiones identitarias pueden ser perfectamente funcionales a la preservación del orden social vigente. Y esa lección continúa teniendo hoy en nuestras sociedades una rabiosa actualidad.
CS: El libro "La otra historia de los Estados Unidos" dedica capítulos contundentes al imperialismo estadounidense. ¿Fue EE. UU. una potencia imperial desde su mismo origen?
M. Medina:: Si entendemos imperialismo como expansión territorial y económica legitimada por discursos morales, la respuesta tiene que ser rotundamente afirmativa. Desde la expulsión de pueblos indígenas hasta la guerra contra México y la ocupación de Filipinas, existe ese patrón continuo.
El "discurso de la libertad" ha sido una suerte de envoltorio ideológico de proyectos estratégicos. Zinn no dice que Estados Unidos sea un país intrínsecamente perverso, como aseguraba el Papa Pío XII en relación con el comunismo. Pero sí enfatiza que ha estado actuando como en toda potencia en ascenso. Lo peculiar de su actuación ha sido la narrativa excepcionalista con la que trata de presentar cada expansión, como si se tratara de una misión altruista.
Esa disonancia entre discurso y práctica es lo que el libro de Zinn desarma y desmonta. Y al hacerlo, cuestiona no solo el pasado, sino las intervenciones contemporáneas justificadas en nombre de la democracia.
CS: Zinn también cuestiona el relato heroico sobre la II Guerra Mundial. ¿No crees que resulta peligroso tratar de relativizar un conflicto contra el nazismo?
M. Medina: Cuestionar no es relativizar. La derrota del nazismo fue histórica y necesaria. Pero reconocerlo no nos debe impedir analizar cómo la guerra consolidó la hegemonía económica y militar estadounidense. Las guerras reconfiguran órdenes mundiales y generan enormes beneficios para ciertos sectores elitistas del país ganador.
Zinn muestra cómo el conflicto mundial fortaleció al complejo industrial-militar y expandió la influencia global estadounidense. La incomodidad surge cuando se prefieren relatos épicos sin ambigüedades. Y ese relato épico lo cubrió EE. UU. inventándose a través de su instrumento comunicacional, Hollywood, una epopeya en la que no participo en la medida en la que lo habían hecho otros.
El factor decisivo en la derrota de los nazis fue el Ejército Rojo, fueron los soviéticos. Y, sin embargo, a través de Hollywood, los EEUU lograron transmitir a medio mundo que habían sido ellos los artífices de la victoria final.
CS: La frase “la guerra es la salud del Estado” resume una crítica feroz. ¿Crees que los conflictos fortalecen deliberadamente el poder interno?
M. Medina: Es evidente que las guerras generan cohesión y justifican ampliaciones de poder. En contextos bélicos se restringen libertades, se criminaliza la disidencia y se consolidan consensos. Eso no implica que las guerras sean planificadas con ese exclusivo fin. Pero lo que la experiencia histórica nos transmite es que una buena parte de los Estados victoriosos también resultan fortalecidos
Zinn destaca cómo cada gran conflicto amplió la capacidad de intervención estatal y reforzó alianzas con grandes corporaciones. La "unidad nacional" en tiempos de guerra suele traducirse en silenciamiento de críticas. La historia muestra que los estados crecen bajo la sombra del conflicto. Esa constatación es política, no retórica.
CS: Dinos ¿tú crees que si la ciudadanía asumiera plenamente la lectura del libro de Zinn, ¿qué es lo que cambiaría en ella?
M. Medina: Bueno, si se diera esa más que hipotética posibilidad que tú planteas, pues quizás podría cambiar, por ejemplo, su noción de patriotismo. Dejaría de estar basada en una celebración acrítica de una fecha y se transformaría en una responsabilidad activa. Comprender que el progreso estuvo acompañado de violencia, no destruye una nación; la obliga a madurar.
Posiblemente, sucedería también que el orgullo ciego sería sustituido por conciencia histórica. Y eso, naturalmente, tendría implicaciones políticas profundas: una ciudadanía crítica es menos manipulable, menos susceptible a discursos belicistas y más exigente con sus gobernantes....
CS: ¿Alguna cosa más?
M. Medina : Sí. Y quizás sea lo más importante de todo. El debate sobre Howard Zinn no es un debate exclusivamente estadounidense. Es un debate universal. Porque lo que está en juego no es solo la historia de un país concreto, sino la función política de la memoria en cualquier sociedad contemporánea.
Cuando leemos "La otra historia de los Estados Unidos", no estamos simplemente revisando episodios del pasado norteamericano; estamos cuestionando la arquitectura narrativa que sostiene a todas las potencias modernas.
Zinn nos obliga a formular preguntas incómodas, como, por ejemplo, ¿qué parte de nuestra propia historia ha sido edulcorada, silenciada o convertida en epopeya para legitimar estructuras de poder actuales?
Hay algo profundamente desestabilizador en sus propuestas. No porque traten de promover el odio o el nihilismo, sino porque desmonta la comodidad. Las naciones modernas se construyen sobre relatos cohesionadores: gestas fundacionales, héroes indiscutibles, guerras necesarias. Esos relatos generan "identidad", pero también producen obediencia. Y cuando la identidad se entrelaza con la obediencia, la crítica se vuelve sospechosa.
Zinn destroza esa ecuación. Lo que él plantea —y esto es clave— no es que todo sea una mentira, sino que el énfasis ha sido estratégicamente colocado en los lugares donde convenía. No niega que existieran ideales de libertad; lo que señala es que esos ideales convivieron con esclavitud, exterminio y expansión imperial.
La historia oficial resalta los principios y minimiza las contradicciones. Zinn invierte el foco: ilumina las contradicciones para que los principios dejen de ser retórica y se conviertan en exigencia.
CS: Muchísimas gracias.

























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