CLIMA: EL FENÓMENO DE LAS BORRASCAS QUE NO DAN TREGUA
La sucesión de temporales en la Península Ibérica reabre el debate sobre si estamos entrando en una fase irreversible del cambio climático.
Lluvias encadenadas, ríos desbordados y una sensación creciente de anomalía. Las borrascas ya no parecen episodios aislados, sino parte de un nuevo patrón. La pregunta es si estamos ante una racha pasajera o ante un punto de no retorno.
Por A.R. SUÁREZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Hay una escena que se repite. Miramos el parte meteorológico con resignación. Otra borrasca entra por el Atlántico. Más lluvias intensas. Más viento. Más alertas. En muchas zonas de la Península Ibérica, la tierra ha dejado de absorber el agua. Ha llegado al límite. Los embalses se llenan de golpe. Las ciudades se preparan para lo que antes era excepcional y ahora parece rutina.
No se trata solo de que llueva. En esta región siempre ha llovido con fuerza en determinadas épocas. Lo que inquieta es la sucesión. La persistencia. La sensación de que el clima ha perdido su ritmo habitual.
La Agencia Estatal de Meteorología lleva años advirtiendo de un aumento en la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos. No significa que cada borrasca sea consecuencia directa del cambio climático. Significa algo más profundo: que el contexto en el que se forman esas borrascas ha cambiado.
El clima no es el tiempo
Conviene hacer una distinción sencilla. El tiempo es lo que ocurre hoy. El clima es la tendencia que se observa durante décadas. Un temporal concreto no prueba nada por sí solo. Pero una cadena repetida de temporales sí forma parte de una tendencia.
El calentamiento global no se traduce únicamente en más calor. También altera corrientes atmosféricas, modifica la posición del chorro polar y cambia la temperatura del océano. El Atlántico más cálido aporta más energía y más humedad a las borrascas que se forman sobre él. Eso puede intensificarlas.
En el pasado, las borrascas eran cíclicas. Ahora parecen encadenarse. El problema no es solo la lluvia. Es la combinación de lluvias torrenciales, suelos secos tras sequías prolongadas y urbanizaciones construidas en zonas inundables. Es la suma lo que genera el desastre.
Una tierra de extremos
La Península Ibérica siempre ha sido territorio de contrastes. Sequías largas seguidas de lluvias intensas. Calores extremos en verano. Fríos secos en invierno. Pero el equilibrio era reconocible.
En el curso de los últimos años, hemos visto incendios históricos, olas de calor más tempranas y más largas, y ahora una sucesión de borrascas que descargan en pocos días lo que antes caía en semanas. El patrón parece más abrupto.
No es que el clima se haya vuelto imprevisible. Es que se ha vuelto más extremo. Los márgenes se ensanchan. Y cuando los márgenes se ensanchan, las infraestructuras diseñadas para un clima estable empiezan a fallar.
Carreteras anegadas, cosechas arruinadas, barrios inundados. Cada evento deja daños. Pero lo que cambia es la frecuencia. Lo excepcional se convierte en probable. Lo probable se convierte en habitual.
¿Punto de no retorno?
La expresión suena definitiva. Punto de no retorno. Sugiere que existe una línea invisible que, una vez cruzada, hace imposible volver atrás.
En términos climáticos, los científicos hablan de “puntos de inflexión”. Son umbrales que, si se superan, activan procesos difíciles de revertir. El deshielo masivo de Groenlandia. La pérdida irreversible de la selva amazónica. La alteración permanente de corrientes oceánicas.
No sabemos con exactitud cuándo se cruzan esos umbrales. Sabemos que el aumento global de la temperatura acerca el sistema climático a situaciones inestables. Sabemos también que cada décima de grado importa.
Las borrascas sucesivas en la Península no significan por sí mismas que hayamos cruzado un punto sin retorno. Pero sí indican que el sistema atmosférico está respondiendo a un contexto más cálido y más energético. Son señales. No sentencias definitivas.
Adaptación o negación
Ante fenómenos repetidos, la reacción social suele dividirse. Hay quien los ve como simples ciclos naturales. Otros los interpretan como advertencias claras.
Lo cierto es que el debate sobre si hemos llegado al límite no es solo científico. Es político y económico. Reconocer que estamos cerca de un umbral implica cambiar modelos energéticos, urbanísticos y productivos. Implica asumir costes presentes para evitar daños mayores en el futuro.
Mientras tanto, las borrascas siguen llegando. No esperan a que el debate se resuelva.
Un paisaje que cambia
Quizá el signo más evidente no sea una tormenta concreta, sino la sensación acumulada. Esa impresión de que algo se ha desplazado. Que las estaciones ya no encajan como antes. Que el calendario meteorológico se ha movido unos pasos.
El punto de no retorno no siempre se anuncia con una ruptura abrupta. A veces se aproxima como una pendiente suave que apenas percibimos hasta que miramos atrás.
La sucesión de borrascas en la Península Ibérica no es una prueba definitiva de que todo esté perdido. Pero tampoco es una simple casualidad. Es parte de un escenario más amplio, en el que el clima se comporta con mayor intensidad y menor estabilidad.
La pregunta no es solo si hemos cruzado la línea. Es si estamos dispuestos a reconocer que la línea existe
Por A.R. SUÁREZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Hay una escena que se repite. Miramos el parte meteorológico con resignación. Otra borrasca entra por el Atlántico. Más lluvias intensas. Más viento. Más alertas. En muchas zonas de la Península Ibérica, la tierra ha dejado de absorber el agua. Ha llegado al límite. Los embalses se llenan de golpe. Las ciudades se preparan para lo que antes era excepcional y ahora parece rutina.
No se trata solo de que llueva. En esta región siempre ha llovido con fuerza en determinadas épocas. Lo que inquieta es la sucesión. La persistencia. La sensación de que el clima ha perdido su ritmo habitual.
La Agencia Estatal de Meteorología lleva años advirtiendo de un aumento en la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos. No significa que cada borrasca sea consecuencia directa del cambio climático. Significa algo más profundo: que el contexto en el que se forman esas borrascas ha cambiado.
El clima no es el tiempo
Conviene hacer una distinción sencilla. El tiempo es lo que ocurre hoy. El clima es la tendencia que se observa durante décadas. Un temporal concreto no prueba nada por sí solo. Pero una cadena repetida de temporales sí forma parte de una tendencia.
El calentamiento global no se traduce únicamente en más calor. También altera corrientes atmosféricas, modifica la posición del chorro polar y cambia la temperatura del océano. El Atlántico más cálido aporta más energía y más humedad a las borrascas que se forman sobre él. Eso puede intensificarlas.
En el pasado, las borrascas eran cíclicas. Ahora parecen encadenarse. El problema no es solo la lluvia. Es la combinación de lluvias torrenciales, suelos secos tras sequías prolongadas y urbanizaciones construidas en zonas inundables. Es la suma lo que genera el desastre.
Una tierra de extremos
La Península Ibérica siempre ha sido territorio de contrastes. Sequías largas seguidas de lluvias intensas. Calores extremos en verano. Fríos secos en invierno. Pero el equilibrio era reconocible.
En el curso de los últimos años, hemos visto incendios históricos, olas de calor más tempranas y más largas, y ahora una sucesión de borrascas que descargan en pocos días lo que antes caía en semanas. El patrón parece más abrupto.
No es que el clima se haya vuelto imprevisible. Es que se ha vuelto más extremo. Los márgenes se ensanchan. Y cuando los márgenes se ensanchan, las infraestructuras diseñadas para un clima estable empiezan a fallar.
Carreteras anegadas, cosechas arruinadas, barrios inundados. Cada evento deja daños. Pero lo que cambia es la frecuencia. Lo excepcional se convierte en probable. Lo probable se convierte en habitual.
¿Punto de no retorno?
La expresión suena definitiva. Punto de no retorno. Sugiere que existe una línea invisible que, una vez cruzada, hace imposible volver atrás.
En términos climáticos, los científicos hablan de “puntos de inflexión”. Son umbrales que, si se superan, activan procesos difíciles de revertir. El deshielo masivo de Groenlandia. La pérdida irreversible de la selva amazónica. La alteración permanente de corrientes oceánicas.
No sabemos con exactitud cuándo se cruzan esos umbrales. Sabemos que el aumento global de la temperatura acerca el sistema climático a situaciones inestables. Sabemos también que cada décima de grado importa.
Las borrascas sucesivas en la Península no significan por sí mismas que hayamos cruzado un punto sin retorno. Pero sí indican que el sistema atmosférico está respondiendo a un contexto más cálido y más energético. Son señales. No sentencias definitivas.
Adaptación o negación
Ante fenómenos repetidos, la reacción social suele dividirse. Hay quien los ve como simples ciclos naturales. Otros los interpretan como advertencias claras.
Lo cierto es que el debate sobre si hemos llegado al límite no es solo científico. Es político y económico. Reconocer que estamos cerca de un umbral implica cambiar modelos energéticos, urbanísticos y productivos. Implica asumir costes presentes para evitar daños mayores en el futuro.
Mientras tanto, las borrascas siguen llegando. No esperan a que el debate se resuelva.
Un paisaje que cambia
Quizá el signo más evidente no sea una tormenta concreta, sino la sensación acumulada. Esa impresión de que algo se ha desplazado. Que las estaciones ya no encajan como antes. Que el calendario meteorológico se ha movido unos pasos.
El punto de no retorno no siempre se anuncia con una ruptura abrupta. A veces se aproxima como una pendiente suave que apenas percibimos hasta que miramos atrás.
La sucesión de borrascas en la Península Ibérica no es una prueba definitiva de que todo esté perdido. Pero tampoco es una simple casualidad. Es parte de un escenario más amplio, en el que el clima se comporta con mayor intensidad y menor estabilidad.
La pregunta no es solo si hemos cruzado la línea. Es si estamos dispuestos a reconocer que la línea existe

























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