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Lunes, 01 de Diciembre de 2025 Tiempo de lectura:

MINNESOTA: CRÓNICA DE UNA RETIRADA QUE HA DEJADO AL PODER "EN PELOTAS"

La conclusión de la operación migratoria en Minnesota abre interrogantes sobre la impopularidad de Trump y el riesgo de impeachment.

La Operación trumpista en Minnesota, impulsada personalmente como una "ofensiva migratoria ejemplar", terminó con dos ciudadanos muertos durante protestas, hogares asaltados, ciudadanos secuestrados y vejados, fuertes críticas públicas y un anuncio de retirada que ha sido interpretado como una derrota política sin paliativos para el presidente de ese país. El cierre del operativo federal no solo marca un giro en la estrategia migratoria, sino que agrava el desgaste presidencial en un contexto de creciente impopularidad y tensión institucional.

 

POR JORDI RUIZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    La operación comenzó como empiezan las demostraciones de [Img #89754]fuerza: con ruedas de prensa solemnes, con uniformes impecables y con la promesa de restaurar un supuesto orden amenazado.

 

    Desde Washington se presentó la intervención federal en Minnesota como una ofensiva necesaria contra la inmigración irregular, una acción ejemplar que debía enviar un mensaje claro al país: el gobierno estaba dispuesto a actuar sin titubeos. El encargado de escenificar esa firmeza fue Tom Homan, designado como “zar de la frontera”, quien anunció el despliegue como si se tratara de una campaña decisiva. Lo que debía ser una exhibición de autoridad terminó convirtiéndose, sin embargo, en una derrota política sin paliativos.

 

    La llamada Operación Metro Surge transformó barrios enteros en escenarios de redadas. Agentes federales patrullaron calles residenciales, realizaron detenciones, irrumpieron en domicilios y ejecutaron órdenes de captura en operativos que, lejos de pasar desapercibidos, encendieron la indignación de amplios sectores de la población.

 

    La operación no solo afectó a personas migrantes; también activó una respuesta inmediata de organizaciones civiles, vecinos y activistas que denunciaron el carácter desproporcionado del despliegue. Las protestas crecieron día tras día y, en ese clima de tensión, se produjo lo irreparable: dos ciudadanos estadounidenses murieron en el marco de las movilizaciones contra la política migratoria de la Casa Blanca . La tragedia cambió el tono de todo.

 

     Lo que hasta entonces había sido presentado como una operación de cumplimiento de la ley se convirtió en un símbolo de confrontación política. Las imágenes de manifestaciones reprimidas circularon con rapidez.

 

    Las preguntas comenzaron a multiplicarse: ¿era necesario ese nivel de intervención? ¿Era proporcional el uso de la fuerza? ¿Qué se estaba defendiendo exactamente? La narrativa oficial, basada en la idea de firmeza y control, empezó a resquebrajarse bajo el peso de los hechos. Porque el poder puede desplegar agentes y vehículos, pero no puede impedir que la percepción pública cambie cuando la realidad golpea con nombres y apellidos.

 

     En ese contexto, la operación dejó de ser un activo político para convertirse en un problema. Minnesota no se transformó en la vitrina de autoridad que se buscaba, sino en el escenario donde la política del espectáculo mostró sus límites. La intención era reforzar la imagen de liderazgo ante una base electoral que demanda mano dura.

 

   El efecto fue el contrario: el despliegue federal evidenció el costo humano y político de una estrategia basada en la confrontación permanente. Las críticas no provinieron únicamente de la oposición; también surgieron cuestionamientos dentro de sectores moderados que veían con preocupación la escalada.

 

    La presión aumentó al mismo ritmo que descendían los índices de aprobación presidencial. En un clima ya marcado por tensiones institucionales y por conversaciones abiertas sobre procesos de impeachment, la operación en Minnesota se convirtió en un factor de desgaste adicional.

 

    La impopularidad no es un concepto abstracto: es una fuerza concreta que condiciona decisiones. Cuando la desaprobación crece y la narrativa defensiva pierde eficacia, el margen de maniobra se reduce. Y entonces ocurrió lo que semanas antes parecía impensable: el repliegue.

 

    Tom Homan ha anunciado hace unas horas  que la operación “ha concluido” . La palabra elegida fue técnica, casi administrativa. No se habló de victoria, no se detallaron logros extraordinarios, no se proclamó misión cumplida. Se comunicó el cierre. Ese cierre fue leído por amplios sectores como lo que realmente era: una retirada forzada por el costo político acumulado. Cuando una intervención concebida como demostración de fuerza termina sin triunfalismos y en medio de críticas sostenidas, el mensaje que queda es inequívoco.

 

    La retirada no ha borrado  lo ocurrido. Permanecen los dos muertos, las familias afectadas, las comunidades tensionadas y la sensación de que el Estado cruzó una línea que luego no supo sostener. Permanece también la constatación de que el cálculo político falló. Porque la operación no fortaleció la posición presidencial; la debilitó. No consolidó autoridad; exhibió vulnerabilidad. No neutralizó la crítica; la amplificó.

 

   Minnesota ha terminado convirtiéndose  en un espejo incómodo. Mostró que el poder federal puede desplegar recursos considerables, pero también que ese despliegue tiene límites cuando se enfrenta a una sociedad movilizada y a un contexto político frágil. Mostró que la coerción no sustituye a la legitimidad. Y, sobre todo, mostró que la política del choque permanente tiene un costo que, tarde o temprano, termina pasando factura.

 

    La derrota no ha sido teatral ni reconocida como tal. Han tratado de que sea presentada  da manera sutil y, por eso mismo, ha resultado más elocuente. Se expresó en el silencio que siguió al anuncio de la conclusión, en la ausencia de celebraciones, en el cambio de agenda. Se ha  expresado en la necesidad de bajar el volumen y evitar que Minnesota siguiera ocupando grandes titulares. Pero los hechos ya habían hablado. Lo que se pensó como una ofensiva ejemplar ha terminado siendo el episodio que ha evidenciado un desgaste profundo.

 

 

UNA DERROTA SIN PALIATIVOS

      La derrota no siempre adopta la forma de reconocimiento explícito. A veces se manifiesta en la necesidad de cambiar de agenda, de bajar el volumen, de dejar que los titulares se disipen. Pero los hechos permanecen. Dos ciudadanos muertos en el marco de una operación federal . Comunidades gravemente alteradas por redadas masivas. Una intervención que ha terminado abruptamente.

 

      Minnesota expuso la contradicción central de la estrategia: el poder puede desplegarse, pero no puede sostenerse sin legitimidad. La coerción puede imponer presencia, pero no puede fabricar consenso. Cuando la percepción pública se vuelve adversa, el cálculo político se transforma.

 

    La operación buscaba demostrar que la Casa Blanca controlaba la situación. Terminó mostrando que el margen de maniobra era más estrecho de lo que parecía. En lugar de consolidar liderazgo, la intervención aceleró el desgaste. En lugar de fortalecer la posición presidencial frente a sus críticos, alimentó argumentos en su contra.

 

    Minnesota quedó así como un punto de inflexión. No por su duración, sino por su desenlace. La retirada reveló que la estrategia de confrontación permanente tiene costos acumulativos inasumibles. Y cuando esos costos se traducen en impopularidad creciente y riesgo institucional, el repliegue se convierte en la única salida viable.

 

    La operación empezó como una demostración de autoridad y terminó como confirmación de vulnerabilidad. Esa es la crónica completa. Ese es el saldo político. Minnesota no fue una victoria táctica. Ha sido una derrota sin paliativos.

 

 

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