FELIPE CONZÁLEZ: VOTO EN BLANCO Y MEMORIA EN GRIS
El "arquitecto del consenso" reprende duramente a sus herederos
¿Debería inquietar a la izquierda reformista que Felipe González anuncie su voto en blanco? ¿Hay en el PSOE actual un atisbo de transformaciones drásticas que explique el malestar del "puto amo". ¿O estamos, quizás, asistiendo una vez más, a una renovada escenificación del viejo guardián del "tránsito y el consenso", recordándonos dónde están los límites que jamás deberían ser traspasados, ni siquiera estéticamente?
POR M. RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
El pasado 10 de febrero de 2026, el expresidente del Gobierno Felipe González aseguró que votará en blanco si Pedro Sánchez vuelve a ser candidato del PSOE. No votará a otro partido, no abandonará la militancia. Simplemente, depositará la papeleta vacía, como quien deja un aviso en la mesa.
La noticia fue presentada con sorpresa por parte de los medios. Pero, para quien observe la trayectoria histórica de este personaje, el gesto no tiene nada de inédito. Si algo ha caracterizado a González a lo largo de toda su carrera política no ha sido la fidelidad a un programa ideológico, sino la habilidad para convertir su permanencia en moneda de cambio.
-En 1979 lanzó su primer órdago célebre: si el PSOE no abandonaba el marxismo, él se iría. Y el PSOE abandonó el marxismo.
- En 1986, frente al Referéndum sobre la OTAN, dejó caer otro aviso: si el resultado fuera negativo, él se marcharía del gobierno. El resultado fue favorable. Y él se quedó.
- Hoy, medio siglo después, la fórmula no ha cambiado: si el candidato no me gusta, voto en blanco. Pero no me voy.
Como podrá constatarse, más que amenazas fue siempre una metodologia.
EL SOCIALISMO SIN MARXISMO: ANATOMÍA DE UNA CONVERSIÓN
Desde una lectura marxista, - que es desde donde el que esto rubrica formula las presentes valoraciones-, el fenómeno no es psicológico sino ideológico. González nunca fue un dirigente incómodo para el capital. Fue, más bien, su traductor más eficaz dentro de la socialdemocracia española. La reconversión industrial, la entrada en la OTAN, la integración disciplinada en la arquitectura económica europea y la consolidación de un modelo productivo dependiente no fueron simples deslices, fueron decisiones de clase.
Su ruptura formal con el marxismo en 1979, no fue tampoco una anécdota doctrinal. Fue la señal de que el partido obrero histórico donde militaba, aceptaba convertirse en gestor incondicional del orden que había heredado. Un orden que, por cierto, permitió que amplios sectores del aparato económico y judicial del franquismo pudieran sobrevivir previo pase de una manita de pintura democrática.
Y ahora, cuando amenaza con no votar al PSOE, no está traicionando ninguna tradición revolucionaria. Está siendo coherente con la función histórica que siempre desempeñó: disciplinar a la izquierda, normalizar el consenso entre las clases sociales y garantizar la continuidad el escenario político creado por la Constitución del 78. Es decir, impedir que nada esencial pudiera moverse demasiado.
EL ARTE DE "IRSE SIN IRSE"
Lo verdaderamente fascinante no es que González anuncie su voto en blanco. Es que lo haga sin abandonar el partido. La amenaza funciona porque nunca se consuma. Es una coreografía: insinuar ruptura para reforzar influencia.
En clave estrictamente marxista, el gesto truculento de
González no está delatando temor a una ruptura sistémica que, sencillamente, no existe ni de lejos.
Pedro Sánchez no encarna ni ha encarnado nunca una amenaza al orden heredado; es, más bien, un producto refinado del mismo ecosistema político que González contribuyó a consolidar.
Lo que realmente incomoda al expresidente —como a la derecha clásica del PP— no es que en el país se produzca transformación material del país, sino cualquier desviación simbólica del guion diseñado durante la Transición.
La amnistía, los acuerdos parlamentarios con Bildu o la coalición con IU, Sumar o Podemos no alteran los fundamentos económicos ni la arquitectura del poder; apenas reconfiguran la escenografía. Pero para aquellos que quedaron congelados en la liturgia política de los años setenta y ochenta, toda variación del decorado es percibida como una amenaza existencial. La ironía es que los actuales socios gubernamentales de Sánchez ni siquiera llegan a desbordar el marco socialdemócrata que el propio González ayudó a fijar: lo administran, ciertamente, con otro tono, pero no con otra lógica.
EL "BLANCO" COMO METÁFORA
El voto en blanco, en este caso, no es neutralidad. Es una declaración política. Es el gesto de quien nunca se sintió cómodo con el marxismo y ahora se incomoda ante cualquier atisbo superficial de tensión social que pueda desbordar el marco que el mismo construyó
Felipe González no ha amenazado con irse: amenaza con quedarse influyendo. Y quizá lo más honesto de toda esta historia sea admitir que no estamos ante la caída de un referente de izquierdas, sino ante la persistencia de alguien que nunca llegó a serlo en términos ideológicos.
Su dardo abstencionista, al final, no ha ido contra un partido concreto, sino contra la memoria selectiva que convirtió la gestión del orden en una falsa epopeya progresista.
Cuando dentro de algunas décadas se escriban los balances fríos de la historia política reciente, sucederá que Felipe González no aparecerá como el último gran líder de la izquierda española, sino como el arquitecto eficaz que contribuyó a su domesticación. No será conocido como el heredero del socialismo obrero, sino como el administrador solvente de su renuncia.
Su lugar histórico no estará en las páginas del conflicto social, sino en las notas al pie, donde se explicará cómo una fuerza nacida teóricamente para acabar con el sistema, terminó garantizando su estabilidad y continuidad.
Tampoco será recordado por haber amenazado con irse, sino por haber logrado que casi todo cambiara lo justo para que nada esencial se moviera.
Y en ese equilibrio —tan celebrado por los mercados, y tan soportable para los restos del viejo Régimen— descansa, con incómoda coherencia, la verdadera medida de su miserable legado.
POR M. RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
El pasado 10 de febrero de 2026, el expresidente del Gobierno Felipe González aseguró que votará en blanco si Pedro Sánchez vuelve a ser candidato del PSOE. No votará a otro partido, no abandonará la militancia. Simplemente, depositará la papeleta vacía, como quien deja un aviso en la mesa.
La noticia fue presentada con sorpresa por parte de los medios. Pero, para quien observe la trayectoria histórica de este personaje, el gesto no tiene nada de inédito. Si algo ha caracterizado a González a lo largo de toda su carrera política no ha sido la fidelidad a un programa ideológico, sino la habilidad para convertir su permanencia en moneda de cambio.
-En 1979 lanzó su primer órdago célebre: si el PSOE no abandonaba el marxismo, él se iría. Y el PSOE abandonó el marxismo.
- En 1986, frente al Referéndum sobre la OTAN, dejó caer otro aviso: si el resultado fuera negativo, él se marcharía del gobierno. El resultado fue favorable. Y él se quedó.
- Hoy, medio siglo después, la fórmula no ha cambiado: si el candidato no me gusta, voto en blanco. Pero no me voy.
Como podrá constatarse, más que amenazas fue siempre una metodologia.
EL SOCIALISMO SIN MARXISMO: ANATOMÍA DE UNA CONVERSIÓN
Desde una lectura marxista, - que es desde donde el que esto rubrica formula las presentes valoraciones-, el fenómeno no es psicológico sino ideológico. González nunca fue un dirigente incómodo para el capital. Fue, más bien, su traductor más eficaz dentro de la socialdemocracia española. La reconversión industrial, la entrada en la OTAN, la integración disciplinada en la arquitectura económica europea y la consolidación de un modelo productivo dependiente no fueron simples deslices, fueron decisiones de clase.
Su ruptura formal con el marxismo en 1979, no fue tampoco una anécdota doctrinal. Fue la señal de que el partido obrero histórico donde militaba, aceptaba convertirse en gestor incondicional del orden que había heredado. Un orden que, por cierto, permitió que amplios sectores del aparato económico y judicial del franquismo pudieran sobrevivir previo pase de una manita de pintura democrática.
Y ahora, cuando amenaza con no votar al PSOE, no está traicionando ninguna tradición revolucionaria. Está siendo coherente con la función histórica que siempre desempeñó: disciplinar a la izquierda, normalizar el consenso entre las clases sociales y garantizar la continuidad el escenario político creado por la Constitución del 78. Es decir, impedir que nada esencial pudiera moverse demasiado.
EL ARTE DE "IRSE SIN IRSE"
Lo verdaderamente fascinante no es que González anuncie su voto en blanco. Es que lo haga sin abandonar el partido. La amenaza funciona porque nunca se consuma. Es una coreografía: insinuar ruptura para reforzar influencia.
En clave estrictamente marxista, el gesto truculento de
González no está delatando temor a una ruptura sistémica que, sencillamente, no existe ni de lejos.
Pedro Sánchez no encarna ni ha encarnado nunca una amenaza al orden heredado; es, más bien, un producto refinado del mismo ecosistema político que González contribuyó a consolidar.
Lo que realmente incomoda al expresidente —como a la derecha clásica del PP— no es que en el país se produzca transformación material del país, sino cualquier desviación simbólica del guion diseñado durante la Transición.
La amnistía, los acuerdos parlamentarios con Bildu o la coalición con IU, Sumar o Podemos no alteran los fundamentos económicos ni la arquitectura del poder; apenas reconfiguran la escenografía. Pero para aquellos que quedaron congelados en la liturgia política de los años setenta y ochenta, toda variación del decorado es percibida como una amenaza existencial. La ironía es que los actuales socios gubernamentales de Sánchez ni siquiera llegan a desbordar el marco socialdemócrata que el propio González ayudó a fijar: lo administran, ciertamente, con otro tono, pero no con otra lógica.
EL "BLANCO" COMO METÁFORA
El voto en blanco, en este caso, no es neutralidad. Es una declaración política. Es el gesto de quien nunca se sintió cómodo con el marxismo y ahora se incomoda ante cualquier atisbo superficial de tensión social que pueda desbordar el marco que el mismo construyó
Felipe González no ha amenazado con irse: amenaza con quedarse influyendo. Y quizá lo más honesto de toda esta historia sea admitir que no estamos ante la caída de un referente de izquierdas, sino ante la persistencia de alguien que nunca llegó a serlo en términos ideológicos.
Su dardo abstencionista, al final, no ha ido contra un partido concreto, sino contra la memoria selectiva que convirtió la gestión del orden en una falsa epopeya progresista.
Cuando dentro de algunas décadas se escriban los balances fríos de la historia política reciente, sucederá que Felipe González no aparecerá como el último gran líder de la izquierda española, sino como el arquitecto eficaz que contribuyó a su domesticación. No será conocido como el heredero del socialismo obrero, sino como el administrador solvente de su renuncia.
Su lugar histórico no estará en las páginas del conflicto social, sino en las notas al pie, donde se explicará cómo una fuerza nacida teóricamente para acabar con el sistema, terminó garantizando su estabilidad y continuidad.
Tampoco será recordado por haber amenazado con irse, sino por haber logrado que casi todo cambiara lo justo para que nada esencial se moviera.
Y en ese equilibrio —tan celebrado por los mercados, y tan soportable para los restos del viejo Régimen— descansa, con incómoda coherencia, la verdadera medida de su miserable legado.

























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