EL PETRÓLEO COMO BOTÍN: TRUMP Y LA NUEVA CARA DEL ACTUAL SAQUEO VENEZOLANO
Venezuela, Trump, petróleo, imperialismo, geopolítica, mercancía, saqueo, hipocresía, relaciones internacionales, dominación.
La reciente afirmación de Donald Trump sobre el control del petróleo venezolano junto a EE.UU. no solo desnuda las ambiciones energéticas del imperialismo, sino que pone en evidencia la lógica de subordinación y saqueo con la que opera el capitalismo global. ¿Qué hay detrás de este discurso amable y brutal a la vez?
POR CARLOS SERNA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La recientísima declaración de Donald Trump afirmando que “nosotros, ahora con el petróleo venezolano, tenemos el 68 %
del petróleo del mundo”, no es una simple observación técnica sobre recursos naturales.
Es, en realidad, un mensaje cargado de simbolismo, ambiciones geoestratégicas y cinismo imperial. Esta afirmación se produce tras una brutal agresión militar que culminó con el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
A pesar de este hecho violento, Trump habló con aparente naturalidad de la “gran relación” entre Washington y Caracas, celebrando el envío de millones de barriles hacia Houston.
El problema aquí no es solo lo que Trump dice, sino lo que oculta. Esta declaración revela sin tapujos su concepción de Venezuela como una pieza más en el tablero de los intereses energéticos globales, y no como una nación soberana. Y al hacerlo, deja al desnudo las lógicas profundas del capitalismo imperial contemporáneo.
¿DE QUÉ HABLA REALMENTE TRUMP CUANDO HABLA DE PETRÓLEO?
Trump no se refiere al petróleo como un recurso de uso social, necesario para calefaccionar hogares o mover ambulancias. Habla de él como un botín. El petróleo no es solo una mercancía: en el sistema capitalista es una forma concentrada de poder político. Controlar el petróleo es controlar la industria, el transporte, la guerra y hasta la agricultura.
Pero, ¿de dónde sale ese 68 %? Aunque se trata una cifra dudosa verosimilitud —pues no existe registro oficial que la respalde exactamente— lo que está claro es que Venezuela posee las mayores reservas probadas del planeta. Y eso la convirtió en un objetivo clave de las grandes potencias capitalistas hegemonicas. El petróleo no es solo riqueza; es también tentación para quienes basan su crecimiento económico en la expropiación ajena.
Trump celebra cinicamente la buena relación con Caracas mientras ignora (o disimula) que esa relación está atravesada por sanciones económicas, bloqueos financieros y agresiones encubiertas, y posiblemente también por la artera traición de alguno de sus políticos La hipocresía de esta narrativa no debería pasar desapercibida. Es la versión moderna de la doctrina Monroe: América Latina como patio trasero, como despensa energética del imperio.
PETRÓLEO, MERCANCÍA Y FETICHISMO
Para entender mejor lo que está en juego, hay que recordar qué es una mercancía. En el capitalismo, cualquier cosa producida para el mercado —sea petróleo, pan o trabajo humano— es una mercancía. Pero no todas las mercancías son iguales. Algunas, como el petróleo, tienen un peso específico gigantesco en la economía mundial. Son lo que se llama mercancías estratégicas.
En este contexto, el petróleo se fetichiza: es decir, parece una cosa con vida propia, con valor en sí misma. Pero ese valor solo se explica por las relaciones sociales que esconde. Cuando Trump habla de barriles, en realidad esta hablando de relaciones de fuerza, de alianzas y sometimientos, de flujos de capital y sangre. Venezuela, desde esta lógica, no importa como país, sino como yacimiento.
¿POR QUÉ SEGUIR DICIENDO “GRAN RELACIÓN”?
El uso de esta expresión por parte de Trump —"gran relación" con Venezuela— tras la agresión militar es más que un cinismo. Es parte de una estrategia discursiva típica del poder imperial: legitimar la violencia con palabras amables. La “relación” entre EE.UU. y Venezuela no es una relación simétrica ni consensuada, sino un vínculo de subordinación impuesto por la fuerza económica, política y militar.
Este discurso recuerda al lenguaje colonial clásico: el conquistador que asegura traer “civilización” mientras se dediva a exterminar pueblos. Hoy, las guerras no siempre se libran con balas, sino con bloqueos, sanciones, desinformación y control de recursos clave como el petróleo. Y eso es lo que se juega en este caso.
LOS COSTOS SOCIALES DE ESTA LÓGICA IMPERIAL
La utilización del petróleo como instrumento de dominación tiene consecuencias devastadoras para los pueblos. En Venezuela, el asedio económico ha provocado escasez, hiperinflación, deterioro sanitario y migración masiva. Pero esto no es un daño colateral: es parte del plan. Se busca el colapso del modelo alternativo para imponer uno funcional a los intereses del capital extranjero.
Históricamente, esto ya ha ocurrido en muchas ocasiones a lo largo de los últimos 100 años: en Irán con Mossadegh (1953), en Chile con Allende (1973), en Libia con Gadafi (2011). En todos estos y otros casos, el control de los recursos naturales fue el verdadero motivo de las intervenciones, aunque los medios se enmierdaran la boca hablando de “democracia” o “derechos humanos”.
EL PETRÓLEO COMO CAMPO DE BATALLA
Lo que Trump afirma con orgullo debería alertar a los pueblos. No es una simple frase, sino una confesión de parte. Habla desde la lógica del saqueo, la lógica de quienes ven en cada recurso una oportunidad para ganar más, aunque eso implique destruir sociedades enteras.
Por eso, más que analizar la frase de Trump como una curiosidad política, debemos interpretarla como una muestra clara del funcionamiento de la economía capitalista global. Una economía que, como dijo un viejo pensador, convierte las relaciones entre personas en relaciones entre cosas. Donde el petróleo no es energía, sino dominación. Y donde Venezuela no es una nación, sino una cifra en la cuenta de ganancias de Houston.
POR CARLOS SERNA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La recientísima declaración de Donald Trump afirmando que “nosotros, ahora con el petróleo venezolano, tenemos el 68 %
del petróleo del mundo”, no es una simple observación técnica sobre recursos naturales.
Es, en realidad, un mensaje cargado de simbolismo, ambiciones geoestratégicas y cinismo imperial. Esta afirmación se produce tras una brutal agresión militar que culminó con el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
A pesar de este hecho violento, Trump habló con aparente naturalidad de la “gran relación” entre Washington y Caracas, celebrando el envío de millones de barriles hacia Houston.
El problema aquí no es solo lo que Trump dice, sino lo que oculta. Esta declaración revela sin tapujos su concepción de Venezuela como una pieza más en el tablero de los intereses energéticos globales, y no como una nación soberana. Y al hacerlo, deja al desnudo las lógicas profundas del capitalismo imperial contemporáneo.
¿DE QUÉ HABLA REALMENTE TRUMP CUANDO HABLA DE PETRÓLEO?
Trump no se refiere al petróleo como un recurso de uso social, necesario para calefaccionar hogares o mover ambulancias. Habla de él como un botín. El petróleo no es solo una mercancía: en el sistema capitalista es una forma concentrada de poder político. Controlar el petróleo es controlar la industria, el transporte, la guerra y hasta la agricultura.
Pero, ¿de dónde sale ese 68 %? Aunque se trata una cifra dudosa verosimilitud —pues no existe registro oficial que la respalde exactamente— lo que está claro es que Venezuela posee las mayores reservas probadas del planeta. Y eso la convirtió en un objetivo clave de las grandes potencias capitalistas hegemonicas. El petróleo no es solo riqueza; es también tentación para quienes basan su crecimiento económico en la expropiación ajena.
Trump celebra cinicamente la buena relación con Caracas mientras ignora (o disimula) que esa relación está atravesada por sanciones económicas, bloqueos financieros y agresiones encubiertas, y posiblemente también por la artera traición de alguno de sus políticos La hipocresía de esta narrativa no debería pasar desapercibida. Es la versión moderna de la doctrina Monroe: América Latina como patio trasero, como despensa energética del imperio.
PETRÓLEO, MERCANCÍA Y FETICHISMO
Para entender mejor lo que está en juego, hay que recordar qué es una mercancía. En el capitalismo, cualquier cosa producida para el mercado —sea petróleo, pan o trabajo humano— es una mercancía. Pero no todas las mercancías son iguales. Algunas, como el petróleo, tienen un peso específico gigantesco en la economía mundial. Son lo que se llama mercancías estratégicas.
En este contexto, el petróleo se fetichiza: es decir, parece una cosa con vida propia, con valor en sí misma. Pero ese valor solo se explica por las relaciones sociales que esconde. Cuando Trump habla de barriles, en realidad esta hablando de relaciones de fuerza, de alianzas y sometimientos, de flujos de capital y sangre. Venezuela, desde esta lógica, no importa como país, sino como yacimiento.
¿POR QUÉ SEGUIR DICIENDO “GRAN RELACIÓN”?
El uso de esta expresión por parte de Trump —"gran relación" con Venezuela— tras la agresión militar es más que un cinismo. Es parte de una estrategia discursiva típica del poder imperial: legitimar la violencia con palabras amables. La “relación” entre EE.UU. y Venezuela no es una relación simétrica ni consensuada, sino un vínculo de subordinación impuesto por la fuerza económica, política y militar.
Este discurso recuerda al lenguaje colonial clásico: el conquistador que asegura traer “civilización” mientras se dediva a exterminar pueblos. Hoy, las guerras no siempre se libran con balas, sino con bloqueos, sanciones, desinformación y control de recursos clave como el petróleo. Y eso es lo que se juega en este caso.
LOS COSTOS SOCIALES DE ESTA LÓGICA IMPERIAL
La utilización del petróleo como instrumento de dominación tiene consecuencias devastadoras para los pueblos. En Venezuela, el asedio económico ha provocado escasez, hiperinflación, deterioro sanitario y migración masiva. Pero esto no es un daño colateral: es parte del plan. Se busca el colapso del modelo alternativo para imponer uno funcional a los intereses del capital extranjero.
Históricamente, esto ya ha ocurrido en muchas ocasiones a lo largo de los últimos 100 años: en Irán con Mossadegh (1953), en Chile con Allende (1973), en Libia con Gadafi (2011). En todos estos y otros casos, el control de los recursos naturales fue el verdadero motivo de las intervenciones, aunque los medios se enmierdaran la boca hablando de “democracia” o “derechos humanos”.
EL PETRÓLEO COMO CAMPO DE BATALLA
Lo que Trump afirma con orgullo debería alertar a los pueblos. No es una simple frase, sino una confesión de parte. Habla desde la lógica del saqueo, la lógica de quienes ven en cada recurso una oportunidad para ganar más, aunque eso implique destruir sociedades enteras.
Por eso, más que analizar la frase de Trump como una curiosidad política, debemos interpretarla como una muestra clara del funcionamiento de la economía capitalista global. Una economía que, como dijo un viejo pensador, convierte las relaciones entre personas en relaciones entre cosas. Donde el petróleo no es energía, sino dominación. Y donde Venezuela no es una nación, sino una cifra en la cuenta de ganancias de Houston.



























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