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FAVORES, VOTOS Y SILENCIOS: EL FENÓMENO DEL "CLIENTELISMO" POLÍTICO EN CANARIAS Y EN ESPAÑA (AUDIO)

Cuando la política se hace con "clientes", no con derechos. ¿Qué se necesita para desmontar las redes de clientelismo?

En España - pero particularmente en las Islas Canarias y otras regiones del Estado con similares características sociales y económicas-, la política muchas veces se juega en los pasillos, en las ventanillas o en los favores que se conceden no a cambio de nada. El fenómeno del clientelismo es la norma silenciosa de un sistema que reparte recursos según obediencias. En este artículo se analiza cómo se sostiene este fenómeno, con base en qué fuentes, por qué es tan fuerte en territorios similares al canario, y que posibilidades hay de quebrarlo desde abajo.

 

POR  CRISTÓBAL Gª VERA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

      En muchos rincones de España —y más aún en Canarias—, la política no siempre se desarrolla en grandes discursos ni en debates ideológicos. A veces se decide en un pasillo del ayuntamiento, en la ventanilla de una consejería o incluso en la puerta de una casa. Basta con que alguien tenga “un contacto”, conozca “a uno del Cabildo” o sepa “quién tiene mano” en tal departamento. La expresión más escuchada es: “yo te lo consigo”.

 

  Lo demás, ya se sabe: una ayuda, una plaza en un plan de empleo, una licencia que parecía imposible. Y, a cambio, un voto, un favor, o simplemente callarse cuando toca.

 

    “El clientelismo convierte los derechos en regalos y los favores en silencios”

 

     Eso es el clientelismo político. Y aunque algunos lo traten como una forma “normal” de hacer las cosas, en realidad es un sistema informal de dominación, que se apoya en la necesidad, en el miedo y, muchas veces, en el silencio. No es una casualidad ni una costumbre inocente: es una herramienta de poder. Y en territorios como Canarias, donde la economía es frágil, el empleo escaso y muchas familias dependen de ayudas públicas para llegar a fin de mes, el clientelismo se convierte en una forma de gobernar sin que parezca que se manda.

 

NO ES AYUDA: ES DEPENDENCIA

    La clave del clientelismo está en cómo se presenta. No se impone con amenazas explícitas. Al contrario: parece un favor. Una concejala que “mete” a tu hijo en un plan de empleo. Un funcionario que agiliza tu expediente. Un partido que “te hace el puente” con una Consejería para que llegue esa subvención. Todo eso, que debería ser parte del funcionamiento normal del Estado, se personaliza. Ya no son derechos universales, sino beneficios selectivos. Y quien los reparte, manda.

 

    Imaginemos a una vecina de un barrio obrero de Las Palmas que necesita renovar una ayuda de emergencia. Va al Ayuntamiento y le dicen que el proceso es largo. Pero alguien le sugiere hablar con un conocido que “tiene hilo directo con el concejal”. A los pocos días, el expediente se mueve. La ayuda llega. Y con ella, el compromiso implícito: no cuestionar, no criticar, no apoyar a “los otros”.

 

    Este sistema funciona porque convierte la necesidad en control. Y en contextos donde el paro juvenil ronda el 30%, donde el turismo precariza buena parte del empleo, y donde muchas zonas rurales o periféricas viven casi exclusivamente del empleo público o subvencionado, ese control se vuelve muy efectivo.

 

EL ESTADO COMO RED CLIENTELAR

     Este fenómeno no es exclusivo de Canarias, ni mucho menos. Pero aquí adquiere una forma especialmente intensa por la estructura misma de su economía. Una economía muy dependiente del exterior, con pocas industrias, con un peso enorme del sector público y del turismo y con una dispersión geográfica que favorece las redes personales frente a los mecanismos impersonales de justicia o reparto equitativo.

 

    Los Cabildos insulares, por ejemplo, gestionan una cantidad enorme de recursos. Y en islas donde todo el mundo se conoce —como La Gomera, El Hierro o La Palma—, la diferencia entre conseguir o no una plaza en un taller de empleo puede depender de una relación familiar, una militancia de partido o una simple recomendación.

 

    En este contexto, los partidos locales y también los nacionales se han adaptado a esta lógica. En vez de disputar políticamente el modelo económico y social, han optado muchas veces por repartirse parcelas de poder que administran como redes clientelares. Eso se traduce en enchufes, contratos temporales antes de elecciones, subvenciones direccionadas e incluso en medios de comunicación locales que sobreviven gracias a la publicidad institucional.

 

    “En Canarias, el poder no siempre se gana con votos: en no pocas ocasiones se compra con contratos.”

 

    No hay ideología que valga cuando todo se convierte en transacción. Da igual si se es de "izquierdas" o de derechas. El clientelismo borra las diferencias políticas y las sustituye por relaciones de favores, donde el que más reparte, más controla.

 

UNA HERENCIA DE SIGLOS, ACTUALIZADA EN DEMOCRACIA

    Algunos dirán que esto viene de lejos. Y es cierto. Durante siglos, en las zonas rurales de Canarias —como en muchas partes de Andalucía o Galicia—, el cacique local decidía quién trabajaba, quién cobraba y quién callaba. Con la llegada de las libertades democráticas, esas prácticas no desaparecieron, solo cambiaron de cara. Los caciques se convirtieron en alcaldes, consejeros, diputados o presidentes de cabildo. Cambió la forma, pero no el fondo: la política siguió siendo una forma de repartir poder a cambio de obediencia.

 

   Hoy ese clientelismo no se ve como antes. No siempre es evidente. Se camufla detrás de convocatorias públicas, de contratos “legales” o de procesos selectivos donde casualmente siempre entran los mismos. Pero el resultado es el mismo: la ciudadanía no se organiza para exigir derechos, sino que se resigna a pedir favores.

  

   EL PRECIO DE LOS FAVORES

    El clientelismo no solo es injusto. También es profundamente antidemocrático. Porque donde manda el favor, no hay igualdad. Y donde el silencio se recompensa, no hay participación. En las Islas —y también en muchas partes del resto del Estado—, esto significa que la ciudadanía se convierte en espectadora de una política que solo entienden los que están dentro.

 

  “El clientelismo no es una "costumbre popular": es una estrategia de las élites

 

   En un sistema sano, los recursos públicos se reparten con criterios claros, y las personas acceden a ellos por necesidad o mérito, no por vínculos personales. Pero cuando el clientelismo manda, las instituciones se vuelven opacas. Todo pasa por “conocer a alguien”, y eso genera desconfianza, apatía y frustración.

 

   Un joven que quiere acceder a un puesto de trabajo en su municipio, pero ve que siempre entran los mismos, no se va a afiliar a un sindicato ni a presentar propuestas. Lo más probable es que se aleje de la política o que termine aceptando la lógica de “buscarse un padrino”. 

 

   Y peor aún: se impide que las personas se organicen colectivamente para exigir lo que les corresponde. Porque si todo depende de un contacto, ¿qué sentido tiene reunirse con otros vecinos para reclamar derechos? El clientelismo rompe la posibilidad de pensar en lo común, de optar por soluciones colectivas. Cada uno queda atrapado en su necesidad y en su relación individual con el poder.

 

UNA ECONOMÍA DE LA DEPENDENCIA

    Todo esto no se explica solo por una supuesta “cultura política” atrasada. Hay que mirar el fondo. Y el fondo es una economía construida sobre la dependencia. En Canarias, por ejemplo, más del 80% del PIB depende del turismo y de servicios asociados. Una gran parte del empleo es estacional, mal pagado, y en manos de empresas externas. La industria es casi inexistente y la agricultura está abandonada en muchas zonas.

 

    Esto hace que el Estado y las administraciones públicas se conviertan en los principales generadores de empleo. Ayuntamientos, Cabildos, gobierno autonómico: todos manejan presupuestos que sostienen desde empresas públicas hasta planes de empleo, pasando por asociaciones, ONGs y medios de comunicación. En ese contexto, quien controla esos recursos controla la vida de miles de personas.

 

    Y si además añadimos la brecha con el Estado central, la cosa se complica más. Porque las decisiones importantes —fiscales, laborales, de inversión— se toman en Madrid, pero sus efectos se sufren en las islas. Y muchas veces, los partidos estatales que actúan en Canarias se adaptan al clientelismo local para no perder votos ni espacios de poder. Cierran los ojos, se reparten cargos y perpetúan la lógica del “quítate tú, pa ponerme yo”.

 

¿SE PUEDE ROMPER EL CÍRCULO?

    Sí, pero no es fácil. El clientelismo no se deshace solo con denunciarlo. Porque, como dijimos antes, se sostiene en la necesidad. Y mientras haya tanta precariedad, tantas personas dependiendo de un contrato temporal, de una ayuda puntual, de un “empujón” para conseguir algo que debería ser un derecho, el miedo al castigo y la costumbre del favor seguirán funcionando.

 

   Por eso, para romper este círculo hacen falta dos cosas: organización y conciencia.

 

    Organización, para que la gente deje de depender individualmente y empiece a actuar colectivamente. Para que no haya que pedir ayuda a un político, sino que se exija que esa ayuda esté garantizada para todos, como un derecho.

 

    Y conciencia, para entender que ese “favor” que hoy parece una solución, mañana puede ser una trampa. Que lo que llega de manera discrecional también se puede ir sin explicación. Y que la dignidad no se negocia con una bolsa de comida ni con un contrato de tres meses.

 

     En Canarias hay ejemplos de esto. Colectivos vecinales que luchan por el acceso al agua o a la vivienda sin pedirle permiso a ningún partido. Trabajadores que denuncian los abusos laborales en hoteles o fincas de plátaneras, aunque eso les cueste quedarse sin empleo. Madres organizadas en barrios que no quieren migajas, sino escuelas y servicios públicos dignos.

 

    Ese es el otro camino. Y sí, es más lento. Pero es el único que rompe con la dependencia.

 

 NO ES CULTURA, ES ESTRATEGIA

     Resumidamente, el clientelismo político en Canarias —y en otras muchas zonas del Estado— no es una “cultura” popular" ni una deformación menor del sistema. Es una estrategia de dominación perfectamente adaptada a un modelo económico desigual, dependiente y centrado en administrar la escasez sin repartir el poder.

 

    No es un invento del pueblo: es una herramienta que las élites - locales o estatales- usan para mantenerse arriba, usando los recursos públicos como moneda de cambio. Y funciona mientras la mayoría esté demasiado ocupada sobreviviendo como para organizarse.

 

    Pero hay otra posibilidad: la del poder popular. La que no se basa en favores, sino en derechos. La que no pregunta “¿a quién conoces?”, sino “¿qué podemos hacer juntos?”. La que no se calla por miedo, sino que habla en voz alta porque sabe que solo el pueblo salva al pueblo.

 

-Documentacion consultada: "El clientelismo político. Perspectiva socioantropológica".Jose A, Gonzalez Alcantud. Editorial Anthropos.

 

 

- AUDIO RELACIONADO: LOS DIRIGENTES DE "NUEVA CANARIAS" AL DESCUBIERTO, CACIQUISMO, ENCHUFES Y "LISTAS NEGRAS"

     Hace ya algunos años, una "garganta profunda" filtraba las grabaciones efectuadas por la Guardia Civil a tres conocidos dirigentes de la formacion politica "Nueva Canarias". Los que participaron en la peculiar e indiscret a"tertulia radiofónica" fueron alcaldes de Sta. Lucía y Telde, Silverio Matos y Francisco Santiago, y el secretario de Organización, Carmelo Ramírez.  Los audios en cuestion no sólo retratan la catadura moral de estos políticos supuestamente "progresistas", sino que son un ejemplo paradigmático del tipo de "clientelismo" que ha caracterizado a la política local en el Archipiélago canario tanto a derecha como a "izquierda", y que hemos tratado de describir en este articulo.  

 

 

 

 

 
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