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Miércoles, 28 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

TOM HOMAN: BIOGRAFÍA PUNTUAL DE UN VERDUGO DE NUESTROS DÍAS

¿Qué revela el el hecho de que la Administracion Trump haya escogido a Tom Homan para aplastar la insurreccion popular en Minneapolis?

Tras dos muertes provocadas por agentes federales en Minneapolis, la Casa Blanca vuelve a llamar al gendarme más temido de las últimas décadas: Tom Homan. Lo presentan como un hombre de orden, pero tras su currículo se oculta una trayectoria tejida con miedo, redadas y un desprecio metódico por la dignidad humana. Este artículo reconstruye su carrera, su pensamiento y las consecuencias invisibles de una figura diseñada para ejecutar, no para pensar. Aday Quesada nos da puntuales referencias de la atribulada biografía del personaje

 

 

POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

   

   A principios del presente mes enero, cuando las calles de Minneapolis aún estaban impregnadas del humo de las últimas revueltas, Donald Trump  ha decidido nombrar a su antiguo brazo ejecutor como "zar de la frontera", con jurisdicción extraordinaria en esa ciudad del norte. Su nombre, seco y filoso como una orden militar, volvió a resonar en los grandes titulares: Tom Homan.
 

     Pero no era su primer regreso. Homan siempre ha tenido ese aire de funcionario que nunca se va del todo, como una mancha que no se borra o un agente encubierto que permanece agazapado esperando que el miedo vuelva a necesitarlo. Su retorno a la escena nacional no ha sido casual: dos tiroteos fatales entre agentes migratorios y residentes desataron una crisis política y social que la Casa Blanca quiere sofocar con lo que mejor sabe hacer: mano dura, mucho espectáculo y una promesa de castigo brutal.

 

    Así, Minneapolis, una ciudad que se ha hecho conocida por haber encendido el grito internacional contra la violencia policial, se ha  convertido nuevamente en laboratorio de  política represiva aplicada por la Administracion Trump. Y el encargado del experimento, fiel al molde, ha recaido en manos de este viejo operador de la maquinaria migratoria.

 

   Tom Homan llega a Minneapolis envuelto en el aura de quien ni pide permiso ni da explicaciones. Lo llaman el "zar de las fronteras", pero detrás de ese título de opereta se oculta una carrera tejida con miedo, deportaciones y una lógica de hierro oxidado por el desprecio humano.

 

    Porque este hombre no es solo un burócrata. No es un gestor, ni un simple ejecutor de órdenes. Es la mentalidad  encarnada del Estado . Y como toda mentalidad autoritaria, se justifica a sí misma. El problema es que en su caso, esa justificación arrastra a miles de personas a la tragedia.

 

 DE LA CARRETERA A LA CÁRCEL: LA FABRICACIÓN DE UN VERDUGO

    Thomas Douglas Homan nació en 1961 en el pequeño pueblo de West Carthage, Nueva York, entre iglesias metodistas y escuelas públicas grises como las estaciones de autobuses rurales. Como muchos ejecutores de la ley norteamericana, se forjó en un ambiente donde la autoridad no se discute, y donde el "forastero" siempre fue visto como una peligrosa amenaza.

 

     Su paso por las fuerzas del orden comenzó en los años 80, y pronto pasó del uniforme local al traje federal. Fue en el viejo INS (Servicio de Inmigración y Naturalización) donde Homan se hizo nombre: un tipo duro, tenaz, obediente hasta el extremo.

 

  Cuando esa agencia fue absorbida por el Departamento de Seguridad Nacional en 2003, no tardó en ascender hasta la cima de ICE, la temida Agencia de Control de Inmigración y Aduanas. Allí, Homan encontró su elemento: estructuras opacas, operaciones nocturnas, deportaciones exprés.

 

   Durante la primera Administración de Trump (2017–2020), se convirtió en el director en funciones de ICE y diseñó una política que desbordó incluso las líneas tradicionales del conservadurismo. No era solo cuestión de expulsar a quienes tuvieran antecedentes penales. En el universo Homan, la mera existencia indocumentada era un crimen, y por tanto debía ser implacablemente castigada (1).

 

    Su filosofía era clara: no hay matices, no hay contextos, no hay familias. Solo hay "legales" e "ilegales". Todo lo demás son blandos sentimentalismos que debilitan el Estado.

 

 EL MÉTODO HOMAN: ENTRE EL CÓDIGO PENAL Y EL FETICHISMO DE LA LEY

     Una de las frases más siniestras que dejó durante su mandato fue pronunciada por él ante el mismisimo  Congreso de los EEUU:

    “Si estás en este país ilegalmente, y cometes un solo acto más —ya sea manejar sin licencia o comprar con una identificación falsa—, mereces ser deportado automáticamente.”

 

    La contundencia de esta visión no es simplemente burocrática, sino moralizante y vengativa. La ley, en manos de Homan, no es una herramienta de justicia, sino una trampa sin salida para el pobre, el desplazado y el desesperado.

 

    ¿Qué tipo de Estado  es el necesita a un funcionario que no siente ni la duda?

 

   Esta obsesión punitiva no se detuvo en los adultos: bajo su directiva, niños migrantes fueron separados de sus padres en la frontera, en una política conocida eufemísticamente como "tolerancia cero". Niños. Bebés. Colocados en jaulas, durmiendo en suelos fríos, etiquetados como problemas a eliminar (2).

 

    Homan defendió esa política hasta el final. “La ley es la ley”, repetía como si de una letanía se tratara. Pero lo que no decía es que esa ley podía interpretarse, suavizarse, contextualizarse. Lo que él hacía no era aplicar la ley, sino hacer de ella una picadora de carne burocrática. Y como en toda maquinaria de crueldad institucional, las víctimas desaparecen de la narrativa, convertidas en estadísticas, expedientes cerrados, cuerpos deportados.

 

 EL LEGADO DE LOS "INDEPORTABLES"

      ¿Quién puede saber cuántas historias arrasó este hombre? ¿Cuántos hijos quedaron huérfanos de padres que nunca volvieron de una entrevista con ICE? ¿Cuántos estudiantes, trabajadores, mujeres embarazadas, enfermos, ancianos, fueron empujados al exilio o a la muerte silenciosa tras un operativo rutinario?


    El horror de su gestión fue tal que incluso sus propios subordinados comenzaron a hablar en voz baja de “órdenes inhumanas”, “ambientes tóxicos” y “moral rota” (3).

 

    Pero el verdadero horror no fue solo lo que hizo, sino cómo lo celebró. En entrevistas televisivas, Homan se regodeaba de sus logros como si fueran trofeos de caza. Sonreía cuando hablaba de redadas en comunidades latinas. Repetía con voz calma que “nadie está por encima de la ley”, mientras miles de niños quedaban por debajo de toda humanidad. Y ahora ha regresado.

 

    No como un funcionario cualquiera, sino como una figura simbólica de un régimen que quiere restaurar la represión como política de Estado.

 

    Minneapolis es apenas el inicio. En el plan de Trump, Homan será el arquitecto de una nueva ofensiva contra la inmigración, con recursos ampliados, poderes excepcionales y cero frenos legales. No es un simple “zar”. Es el gendarme que sonríe cuando el sistema aprieta el cuello.

 

V. EL HOMBRE QUE NUNCA SE EQUIVOCA

    Para entender al personaje hay que entrar en su psicología, o al menos intentar el asalto. Quien observa a Homan en comparecencias públicas descubre un rasgo que incomoda más que su dureza: la absoluta falta de duda. En su mundo no existe la tragedia, solo procedimientos. No existe el dilema ético, solo formularios. Los periodistas le han preguntado si siente remordimientos por las consecuencias humanas de sus políticas. Él mira fijo, ladea la cabeza con frialdad de animal que no entiende la pregunta, y responde con un lema marmóreo: “La ley debe cumplirse” (4).

 

     Esa incapacidad de reconocer matices no es un defecto accidental, sino parte esencial del personaje. Lo convierte en un ejecutor ideal para gobiernos que necesitan funcionarios que no piensen demasiado, que no empaticen demasiado y que no se detengan jamás. Porque en ese ecosistema la compasión es una fuga de energía, y la reflexión, una traición. El aparato estatal no quiere filósofos: quiere hombres como él.

 

     Lo irónico es que Homan se ha convertido en una especie de celebridad dentro de ciertos círculos nacionalistas, donde se le venera como símbolo de “orden” y se le disculpan hasta las sombras más oscuras. El “zar” es ahora un héroe austero, el hombre que baja la cabeza y hace el trabajo sucio que otros no se atreven a hacer. Una caricatura perfecta para tiempos trastornados.

 

DE LA FRONTERA AL ESCENARIO: EL NUEVO SHOW DE LA CRUELDAD

      Desde su nombramiento para Minneapolis, Homan parece disfrutar la exposición. Los noticieros conservadores lo presentan como el “hombre indicado”, el “que traerá calma”. Pero cualquiera mínimamente informado entiende que a Homan no se le llama cuando se busca paz, sino cuando se necesita miedo.

 

    Los cálculos políticos son transparentes: en una ciudad atravesada por tensiones raciales y desconfianza hacia las fuerzas de seguridad, el gobierno federal envía al gendarme más áspero del país para demostrar que el Estado no negocia con las críticas, sino que las aplasta. Y mientras tanto, el “zar” recorre platós televisivos asegurando que todo lo que hace es por la seguridad del país. Al verlo hablar, uno tiene la impresión de estar observando a un veterano cazador describiendo cómo limpia su rifle.

 

    Su retórica es quirúrgicamente diseñada: habla de “criminales”, “narcotraficantes”, “pandillas internacionales”, pero detrás de ese catálogo tenebroso se esconde el verdadero objetivo: el migrante pobre, vulnerable y sin papeles. El enemigo preferido de Homan siempre ha sido el que no puede defenderse, el que no tiene abogado, el que no habla el idioma, el que no sabe qué formulario llenar ni qué juez implorar (5).

 

     Lo que resulta más inquietante es cómo su discurso se ha vuelto más agresivo con los años. Si antes hablaba de deportaciones como necesidad legal, ahora habla como quien emprende una guerra. Usa términos militares, alude a invasiones, compara caravanas de refugiados con tropas enemigas. Esa narrativa no es accidental: es el relato del conquistador, y en él Homan siempre será el conquistador.

 

EL LEGADO DE LAS SOMBRAS: LO QUE DEJA A SU PASO

      Hay una especie de rastro invisible que queda tras las operaciones de Homan. No se mide en estadísticas oficiales ni en informes para el Congreso. Se mide en cicatrices, en silencios, en vidas fracturadas. En barrios enteros —de Los Ángeles a Houston, de Phoenix a Minneapolis— su nombre todavía se pronuncia en voz baja, con ese tono que usan las familias para referirse a la desgracia que no quieren invocar.

 

    Los periodistas que han seguido sus pasos describen escenas que parecen tomadas de programas policiales: madres detenidas en la puerta de la escuela, redadas en centros de trabajo a las cinco de la mañana, vecinos que se esconden en baños y áticos, niños llorando mientras una agente los arrastra por el brazo. La fría eficiencia con la que Homan celebra estas operaciones solo puede describirse como desapego institucionalizado (6).

 

    Y sin embargo, para sus seguidores, nada de esto es cuestionable. Dicen que “la ley es la ley”, que “si no querían problemas no habrían venido”. Esa es la coartada perfecta del verdugo moderno: culpar al condenado por existir. En esa lógica, el verdugo jamás se equivoca. Solo cumple órdenes. Y así la maquinaria sigue girando.

 

 

 EPÍLOGO EN MINNEAPOLIS: EL CÍRCULO SE CIERRA

    Hoy Tom Homan camina por Minneapolis como un operador curtido que vuelve al negocio familiar. Observa la ciudad como quien examina un mapa táctico. Se reúne con policías, con agentes federales, con gobernadores hostiles que no pueden impedir su despliegue. Se le nota cómodo. Al fin y al cabo, este es su entorno natural: ciudades tensas, población nerviosa, cámaras prendidas y poder sin filtros.

 

    Trump lo eligió porque lo conoce bien. Sabe que Homan no escucha a abogados de derechos humanos, ni a alcaldes, ni a organizaciones civiles, ni a madres llorando frente a centros de detención. Sabe que no negocia ni duda. Sabe que hará lo que se le pida y luego lo defenderá en televisión con una sonrisa que nunca delata culpa. Por eso está aquí.

 

   Y quizás por eso —aunque nadie lo diga en voz alta— Minneapolis se siente hoy como el preludio de algo más grande y más oscuro. Porque si la historia reciente enseña algo es que cuando a Tom Homan se le entrega poder, cuerpos y vidas comienzan a caer por grietas administrativas. Lo llaman zar. Pero en realidad es otra cosa: el ejecutor perfecto del país imperfecto.

 

Fuentes consultadas:

The Bulwark: Trump’s Migration Czar Is a Terrible Person
Crítica profunda al perfil ideológico de Tom Homan
https://www.thebulwark.com/p/trumps-migration-czar-is-a-terrible

The Independent (UK): Tom Homan: Trump border czar faces growing outrage over deportation tactics
https://www.independent.co.uk/news/world/americas/us-politics/tom-homan-trump-border-czar-minneapolis-b2908083.html

NY Post: Border czar Tom Homan says criticism from AOC means I’m doing the right thing
https://nypost.com/2025/03/19/us-news/border-czar-tom-homan-says-criticism-from-aoc-means-im-doing-the-right-thing

AP News: Minneapolis tensions rise after federal deployment: Trump appoints Homan https://apnews.com/article/29e2d3b1ba1cab7cfe971f92ee04abd6

Reuters: UN experts condemn US move to strip migrant children of legal aid
https://www.reuters.com/legal/government/un-experts-condemn-us-move-strip-migrant-children-legal-aid-2026-01-27/

REFERENCIAS

(1) Su visión dicotómica de la ilegalidad como crimen absoluto está documentada en audiencias del Congreso y declaraciones públicas.
(2) La política de separación familiar fue defendida por Homan como mecanismo disuasorio durante la era Trump.
(3) Exfuncionarios describieron prácticas internas como moralmente corrosivas en informes periodísticos y testimonios.
(4) Su falta de cuestionamiento ético aparece de forma recurrente en notas de prensa y entrevistas grabadas.
(5) Su retórica equiparando migración con crimen organizado está registrada en intervenciones mediáticas.
(6) Reportajes de redadas federales muestran el impacto humano de su estrategia operativa.

 

 

 

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