MI ARRIESGADA AVENTURA DE ABANDONAR LA TECNOLOGíA DE SILICON VALLEY
¿Es posible usar tecnología sin alimentar monopolios? ¿O la independencia digital es solo un espejismo regulado desde Bruselas?
¿Es posible usar tecnología sin alimentar monopolios? ¿O la independencia digital es solo un espejismo regulado desde Bruselas? ¿Es la "soberanía tecnológica" un derecho o un lujo para usuarios concienciados? ¿La "independencia digital" es solo un espejismo regulado desde Bruselas?
POR PACO JOVER PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Durante años, la vida digital ha transcurrido con lo que yo me atrevería a llamar una naturalidad sospechosa, protegida bajo el paraguas de un puñado de empresas estadounidenses.
Buscar en internet significaba Google; hablar con alguien, WhatsApp; comprar, Amazon; trabajar, Windows o macOS. Todo gratis, todo cómodo, todo aparentemente inofensivo. Hasta que alguien se detiene, mira el mapa y descubre que casi todas las carreteras llevan al mismo país… y al mismo modelo de negocio.
La decisión que he tomado de reducir mi dependencia tecnológica de Estados Unidos no nace de un arrebato ideológico sobrevenido, sino de una constatación práctica: el precio de la gratuidad son los datos. Datos que viajan, se almacenan, se analizan y se monetizan bajo legislaciones que poco tienen que ver con la protección europea de la privacidad. A partir de ahí, el cambio me lo planteo como un proceso gradual, no como una quema de dispositivos al amanecer.
Mi primer gesto simbólico va a ser abandonar Google. No porque sea malo —nadie discute su eficacia— sino porque es omnipresente. El correo, la nube, los documentos, el calendario, el navegador y hasta la inteligencia artificial conviven bajo una misma cuenta. Cambiar Gmail por un proveedor europeo de pago supone pasar de pagar con datos a pagar con dinero. Una herejía moderna: pagar por correo electrónico en pleno 2026.
El navegador también va a caer. Por lo pronto, Chrome lo voy a sustituir por una alternativa europea que promete privacidad, aunque, ironías de la vida, siga usando un motor impulsado por Google. Como puede verse, la independencia, al parecer, también admite matices. El buscador cambia de nombre y de país, y con él llega una experiencia menos afinada, más lenta, menos “mágica”. A cambio, resultados sin perfilado y anuncios que no parecen leídos directamente de la conciencia del usuario.
Mi inteligencia artificial tampoco se va a librar de la escabechina que preparo. Las soluciones estadounidenses las voy a reemplazar por una propuesta europea que funciona bien, responde rápido y no promete cambiar el mundo cada dos semanas. Aquí la sátira se escribe sola: renunciar al hype global para quedarse con algo que, simplemente, cumple su función.
Lo de las redes sociales me va a salir peor parado. Algunas las abandono sin ninguna nostalgia; otras las mantendré por obligación profesional. El discurso es claro: no hay alternativas europeas con masa crítica suficiente. La soberanía digital, cuando no hay usuarios, se queda en pura declaración de intenciones. En este terreno, la independencia se va a parecer más a una tregua que a una victoria.
En el comercio electrónico, Amazon tendrá que seguir en pie. No por devoción, sino por falta de reemplazo real. Lo utilizaré como escaparate y, solo como último recurso, como tienda. Entiéndanme: la coherencia tiene límites cuando se vive fuera de una gran capital y se necesita un producto concreto con urgencia.
La música, curiosamente, es el ámbito en el que Europa gana con claridad. Las plataformas europeas ofrecen calidad, catálogo y alternativas reales. Aquí la transición va a ser sencilla, menos dolorosa, casi placentera, como si el continente recordara que también sabe hacer las cosas bien cuando quiere.
Al final, me estoy dando cuenta que el balance va a ser menos épico de lo que me había sugerido la palabra “independencia”. La verdad es que no se va a poder producir una ruptura total entre mí y el imperialismo alado. Creo que apenas me voy a quedar en una especie de reducción consciente. No habrá, pues, pureza ideológica alguna, sino tan solo elecciones informadas. La tecnología estadounidense no desaparece, pero, al menos, dejará de ser mi opción automática.
La conclusión me resulta tremendamente incómoda: mi soberanía digital me va a costar mucho dinero, tiempo y renuncias. Y, aun así, va a ser parcial.
Pero reconozco, -aquí entre nosotros-, que a un socialdemócrata reformista tan tibio yo, mi decisión independentista solo me va a dejar una consoladora certeza: cada cambio, por pequeño que sea, desplazará unos milímetros el centro de gravedad de la correlación de fuerzas. Y en un ecosistema dominado por gigantes avasalladores, este inútil esfuerzo mío, se me presenta como una auténtica gesta revolucionaria.
¡Menuda estupidez!, ¿verdad?
POR PACO JOVER PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Durante años, la vida digital ha transcurrido con lo que yo me atrevería a llamar una naturalidad sospechosa, protegida bajo el paraguas de un puñado de empresas estadounidenses.
Buscar en internet significaba Google; hablar con alguien, WhatsApp; comprar, Amazon; trabajar, Windows o macOS. Todo gratis, todo cómodo, todo aparentemente inofensivo. Hasta que alguien se detiene, mira el mapa y descubre que casi todas las carreteras llevan al mismo país… y al mismo modelo de negocio.
La decisión que he tomado de reducir mi dependencia tecnológica de Estados Unidos no nace de un arrebato ideológico sobrevenido, sino de una constatación práctica: el precio de la gratuidad son los datos. Datos que viajan, se almacenan, se analizan y se monetizan bajo legislaciones que poco tienen que ver con la protección europea de la privacidad. A partir de ahí, el cambio me lo planteo como un proceso gradual, no como una quema de dispositivos al amanecer.
Mi primer gesto simbólico va a ser abandonar Google. No porque sea malo —nadie discute su eficacia— sino porque es omnipresente. El correo, la nube, los documentos, el calendario, el navegador y hasta la inteligencia artificial conviven bajo una misma cuenta. Cambiar Gmail por un proveedor europeo de pago supone pasar de pagar con datos a pagar con dinero. Una herejía moderna: pagar por correo electrónico en pleno 2026.
El navegador también va a caer. Por lo pronto, Chrome lo voy a sustituir por una alternativa europea que promete privacidad, aunque, ironías de la vida, siga usando un motor impulsado por Google. Como puede verse, la independencia, al parecer, también admite matices. El buscador cambia de nombre y de país, y con él llega una experiencia menos afinada, más lenta, menos “mágica”. A cambio, resultados sin perfilado y anuncios que no parecen leídos directamente de la conciencia del usuario.
Mi inteligencia artificial tampoco se va a librar de la escabechina que preparo. Las soluciones estadounidenses las voy a reemplazar por una propuesta europea que funciona bien, responde rápido y no promete cambiar el mundo cada dos semanas. Aquí la sátira se escribe sola: renunciar al hype global para quedarse con algo que, simplemente, cumple su función.
Lo de las redes sociales me va a salir peor parado. Algunas las abandono sin ninguna nostalgia; otras las mantendré por obligación profesional. El discurso es claro: no hay alternativas europeas con masa crítica suficiente. La soberanía digital, cuando no hay usuarios, se queda en pura declaración de intenciones. En este terreno, la independencia se va a parecer más a una tregua que a una victoria.
En el comercio electrónico, Amazon tendrá que seguir en pie. No por devoción, sino por falta de reemplazo real. Lo utilizaré como escaparate y, solo como último recurso, como tienda. Entiéndanme: la coherencia tiene límites cuando se vive fuera de una gran capital y se necesita un producto concreto con urgencia.
La música, curiosamente, es el ámbito en el que Europa gana con claridad. Las plataformas europeas ofrecen calidad, catálogo y alternativas reales. Aquí la transición va a ser sencilla, menos dolorosa, casi placentera, como si el continente recordara que también sabe hacer las cosas bien cuando quiere.
Al final, me estoy dando cuenta que el balance va a ser menos épico de lo que me había sugerido la palabra “independencia”. La verdad es que no se va a poder producir una ruptura total entre mí y el imperialismo alado. Creo que apenas me voy a quedar en una especie de reducción consciente. No habrá, pues, pureza ideológica alguna, sino tan solo elecciones informadas. La tecnología estadounidense no desaparece, pero, al menos, dejará de ser mi opción automática.
La conclusión me resulta tremendamente incómoda: mi soberanía digital me va a costar mucho dinero, tiempo y renuncias. Y, aun así, va a ser parcial.
Pero reconozco, -aquí entre nosotros-, que a un socialdemócrata reformista tan tibio yo, mi decisión independentista solo me va a dejar una consoladora certeza: cada cambio, por pequeño que sea, desplazará unos milímetros el centro de gravedad de la correlación de fuerzas. Y en un ecosistema dominado por gigantes avasalladores, este inútil esfuerzo mío, se me presenta como una auténtica gesta revolucionaria.
¡Menuda estupidez!, ¿verdad?



























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