A PROPÓSITO DE VENEZUELA: EL RELATO HISTÓRICO COMO ESTRATEGIA PARA ELUDIR LA CRÍTICA
Por MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
A lo largo del tiempo, cada vez que una fuerza de izquierda ha tenido que justificar su entrada en el aparato del Estado burgués, su participación en acuerdos con las clases dominantes o su renuncia a objetivos de transformación radical, ha tratado de encontrar en secuencias de la historia revolucionaria una suerte de refugio argumentativo en el que poder refugiarse ante la posibilidad una hipotetica lluvia de criticas.
En especial, suele recurrirse a pasajes emblemáticos pero excepcionales —como el Tratado de Brest-Litovsk, la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin o hipótesis puntuales en su momento formuladas por Marx— para sostener que, en determinadas condiciones, hay que ceder. Lo que no siempre se aclara es que las cesiones con las que pretenden realizarse analogías justificatorias fueron tácticas temporales motivadas por coyunturas extremadamente críticas, como guerras o bloqueos. No se trató, en ningún caso, de renuncias estratégicas o a principios fundamentales, ni programas de gobierno permanentes.
El debate que parece haberse abierto sobre los acuerdos que podrían estar suscribiéndose entre Venezuela y Estados Unidos ha revivido esta lógica. Algunos analistas vinculados por múltiples razones con el gobierno venezolano han querido justificar los pactos económicos con empresas estadounidenses comparándolos con los acuerdos firmafos por Lenin con el gobierno alemán en 1918.
Esta comparación no es nueva en su forma, pero sí en su función. Sirve como pretexto para defender decisiones que contradicen, en esencia, la promesa de una transformación socialista. Y generalmente se hace desde una lectura deformada de la historia. En este contexto, cabe preguntarse: ¿realmente nos encontramos ante un paralelo histórico? ¿Es Venezuela hoy, despues de veintitres años, un país socialista?, o ¿qué implicaciones tiene justificar la aplicacion de políticas capitalistas desde una retórica supuestamente revolucionaria?
Con este trabajo trataremos de cuestionar, con la rapidez que que requieren los acontecimientos, esa lógica comparativa —entre Brest-Litovsk y la experiencia politica venezolana— a partir de un análisis político, histórico y económico que intentaremos sea riguroso.
Y lo haremos también incorporando una reflexión más amplia sobre cómo esa forma de justificar las concesiones han sido reiteradamente usadas por distintas corrientes de la izquierda, desde el eurocomunismo, la perestroika en la URSS, pasando por el llamado socialismo del siglo XXI o los letales acuerdos de la formacion social griega Syritza con la UE, y de qué forma han contribuido este tipo de estrategias a la desmovilización social, al abandono de los ideales transformadores y al fortalecimiento de las derechas en todo el planeta.
II. EL ANTECEDENTE EUROCOMUNISTA
A finales de los años 60 y durante la década de los 70 se consolidó en Europa occidental una corriente dentro de los partidos comunistas que renunciaba a la vía revolucionaria en favor de una estrategia de acumulación parlamentaria y alianzas progresivas con las fuerzas de la democracia liberal. Esta corriente, conocida como eurocomunismo, tuvo su mayor expresión en partidos como el PCF (Partido Comunista Francés), el PCI (Partido Comunista Italiano) y el PCE (Partido Comunista de España).
Su argumento central consistia en que, en las condiciones de los Estados de democracia burguesa de Europa, las revoluciones socialistas o las insurrecciónes populares no eran viables ni deseables. En lugar de eso, se proponía una "transición al socialismo por vías democráticas", es decir, desde el marco de las instituciones del Estado burgués, a traves de reformas, pactos sociales y participación electoral.
Para justificar este giro copernicano, se recurrió —entre otras— a una hipótesis puntualmente formulada por Marx sobre la posibilidad de que, en circunstancias dadas, se pudiera producir una transición pacífica al socialismo en Inglaterra, teniendo en cuenta su historia y su estructura estatal peculiar. Pero lo que en Marx era una suposición histórica muy puntual, el reformismo socialdemócrata lo convirtió en doctrina general.
Con el paso del tiempo, esta estrategia condujo a la integración plena de estos Partidos comunistas en el marco institucional de sus respectivas democracias burguesas.
El PCE, por ejemplo, que habia jugado un papel clave a traves de la movilizacion social traves de las movilizaciones sociales en el desmantelamiento de la dictadura de Franco, partiendo de las premisas ideologicas del eurocomunismo, terminó aceptando la Monarquia, firmando los Pactos de la Moncloa, y suscribiendo una Constitución en la que se establecia la sociedad de libre mercado como requisito de la nueva institucionalidad establecida. A cambio del reconocimiento legal, moderaron drásticamente su discurso y aceptaron el marco constitucional del capitalismo español.
Esto tuvo efectos directos en el movimiento obrero. Los sindicatos asociados a estos partidos —como Comisiones Obreras en España— pasaron de ser herramientas de lucha a convertirse en meros intermediarios negociadores entre el capital y el trabajo, actores en procesos de negociación y cogestión, alejados de cualquier perspectiva de ruptura, que acabarían integrándose también como aparatos del Estado esenciales para la imposición de sucesivas contrarreformas laborales.
Lo que se presentó, de forma propagandística, como una forma "madura" y "realista" de hacer política fue, en realidad, una rendición estratégica que provocó un enorme vacío organizativo y subjetivo en los sectores populares más combativos, con unas consecuencias notoriamente visibles en la configuracion de la España actual
Décadas después, el eurocomunismo ha dejado un legado de desmovilización, crisis ideológica y desaparición de partidos comunistas con implantación real. El PCI se disolvió, el PCF es marginal, y el PCE ha quedado reducido a un papel de apéndice de otras formaciones "progresistas".
En todos los casos, aquellas concesiones no trajo consigo más "democracia", ni un socialismo gradual. Trajo derrotas, dispersión y avance de las derechas, especialmente en los sectores populares que dejaron de encontrar una representación auténtica.
III. EL MODELO LATINOAMERICANO DEL “SOCIALISMO DEL SIGLO XXI”
En América Latina, especialmente desde comienzos del siglo XXI, varios gobiernos progresistas accedieron al poder impulsados por grandes movilizaciones sociales, luchas indígenas, una crisis profunda provocada por las prácticas neoliberales y un discurso de recuperación de la soberanía popular. En ese marco, surgió el concepto de “socialismo del siglo XXI”, asociado sobre todo al proceso venezolano iniciado por el comandante Hugo Chávez.
Ahora bien, es importante subrayar con claridad que Venezuela no ha sido, ni es, una sociedad socialista, si entendemos el socialismo como un sistema basado en la socialización de los medios de producción. Aunque durante el gobierno de Chávez hubo intentos de establecer mecanismos de participación popular y de control estatal sobre sectores estratégicos —como el petróleo—, así como de impulsar experiencias comunales, el modelo venezolano ha seguido siendo, en lo estructural, un modelo de capitalismo periférico.
Los datos respaldan esta afirmación.
Una parte significativa del PIB venezolano proviene de sectores como el comercio, servicios, minería y manufactura, todos ellos dominados por relaciones de mercado y propiedad privada.
El peso del sector privado en la economía ha sido históricamente muy alto. Incluso en los momentos de mayor intervención estatal, el sector privado mantuvo una fuerte presencia en áreas clave.
Venezuela sigue inserta en los mercados internacionales como un país exportador de materias primas, dependiente de las fluctuaciones del precio del crudo y de las inversiones extranjeras.
En la última década, además, se ha producido una regresión en la repartición de la riqueza. Según datos oficiales del Banco Central de Venezuela, citados por el intelectual bolivariano Luis Britto García,
“hacia el año 2015, la repartición del PIB en Venezuela era aproximadamente igual entre el empresariado y la clase trabajadora, mientras que actualmente dos terceras partes van a manos de los empresarios y solo una tercera parte a la clase trabajadora".
En resumen, la Venezuela contemporánea ha experimentado políticas progresistas, sí, y ha tenido una retórica antiimperialista, también. Pero no ha roto, ni de lejos ,con el modo de producción capitalista. Por tanto, compararla con la Rusia soviética de 1918 —donde los bolcheviques habían expropiado a la burguesía, abolido la propiedad privada y comenzado a construir un Estado obrero— constituye una distorsión histórica que puede funcionar como "argumento" propagandístico pero no puede fundamentar ningún análisis riguroso.
IV. LA RENUNCIA CHINA
Otro de los ejemplos más llamativos de cómo se utilizan argumentos históricos para justificar decisiones de fondo es el "caso de China".
A diferencia de Venezuela, China sí fue durante décadas una sociedad socialista en términos económicos: expropió la gran propiedad, nacionalizó la industria, estableció una planificación centralizada y organizó la producción a través de formas estatales y colectivas.
Pero esa situación cambió drásticamente a partir del giro encabezado por Deng Xiaoping a fines de los años 70.
Desde entonces, la economía china fue progresivamente adoptando una lógica capitalista hasta convertirse hoy en una potencia mundial de primer orden con características claramente capitalistas:
El sector privado representa más del 60 % del PIB de China y emplea más del 80 % de la población activa urbana.
El 96 % de las empresas registradas son privadas, y estas generan alrededor del 90 % de los nuevos empleos.
China participa activamente en el mercado global, invierte en el extranjero como cualquier potencia capitalista y promueve grandes conglomerados económicos que operan bajo lógicas de acumulación.
Aunque el Partido Comunista Chino sigue gobernando y mantiene bajo su control sectores estratégicos, la estructura productiva del país funciona como una economía capitalista de Estado: hay propiedad privada, hay competencia mercantil, hay acumulación y desigualdad. Y si bien el Estado sigue jugando un papel importante, lo hace más como un regulador y no como un agente de transformación socialista.
Por eso, comparar el modelo chino actual con las medidas tácticas adoptadas por Lenin durante la NEP es caer en el mismo error que analizamos en el caso venezolano: usar la historia para justificar una transformación estructural hacia el capitalismo. Porque lo que en Lenin fue una retirada parcial, en China se ha vuelto un modelo permanente. Y lo que fue presentado como una estrategia temporal destinada a consolidar el poder revolucionario, en el caso chino ha terminado siendo la base de una potencia imperialista en ascenso.
V. LA LÓGICA CÍCLICA DE LAS JUSTIFICACIONES
Lo que une a todos estos procesos —el eurocomunismo, el socialismo del siglo XXI y el giro capitalista de China— es una lógica cíclica de justificación política que recurre a los mismos argumentos cada vez que se da un paso hacia atrás.
Se trata de un tramposo mecanismo discursivo que tiene tres fases:
- primero se presenta la retirada como una concesión táctica;
- luego se normaliza como una forma de “madurez política”;
- y finalmente se convierte en la línea política permanente, desligada por completo de los objetivos originales del proyecto revolucionario.
Este ciclo ha sido especialmente funcional en contextos donde los gobiernos de izquierda enfrentan contradicciones profundas: presiones externas (como sanciones o bloqueos), crisis económicas internas o límites estructurales del Estado capitalista.
En lugar de reconocer que se está renunciando a los principios transformadores se recurre a insostenibles comparaciones históricas, planteadas de forma engañosa, para justificar decisiones que en realidad obedecen a una lógica de supervivencia institucional.
Así, Lenin y su política de concesiones temporales pasan a ser el comodín con el que se intenta blanquear cualquier retroceso: desde la apertura al capital extranjero hasta el desmantelamiento del tejido organizativo popular o las concesiones a las exigencias y chantajes de los Estados Unidos. Pero lo que se olvida es que Lenin nunca dejó de señalar la necesidad de la dictadura del proletariado, ni dejó de considerar las medidas de la Nueva Política Económica como retrocesos transitorios. La historia no debe utilizarse como un manual de citas útiles para enmascarar cualquier interés espurio, sino como una disciplina científica que exige rigor, coherencia y honestidad intelectual en el uso de las analogías y las comparaciones.
Esta lógica cíclica de las justificaciones anestesia la conciencia crítica de las bases sociales. Si todo puede justificarse como “una fase”, entonces nunca se admite que algo está mal. Nunca se rompe con los límites del Estado burgués, porque siempre se está en camino a algo que nunca llega, aunque la senda que se esté transitando se dirija en la dirección opuesta a lo que afirma la propaganda. Pero en este proceso lo que sí ocurre es el desgaste, la desmovilización, el abandono de los cuadros y la pérdida de dirección política que, más tarde o más temprano, conduce a la derrota.
VI. LA RETÓRICA REVOLUCIONARIA COMO COBERTURA IDEOLÓGICA
Uno de los elementos clave en estos procesos de justificación es el uso de una retórica revolucionaria que encubre las prácticas capitalistas o reformistas. Es decir, los gobiernos, partidos o intelectuales que renuncian a los principios del socialismo real, no lo hacen explícitamente, sino que – consciente o inconscientemente- lo disfrazan con un lenguaje que remite constantemente a la revolución, al pueblo, al antiimperialismo o a la historia del movimiento obrero. Se trata de una especie de mascarada ideológica que impide ver la naturaleza real de las decisiones que se toman.
Este recurso ha sido particularmente evidente no solo en América Latina, donde mucho de los líderes han recurrido constantemente al léxico de la revolución o de Bolívar, incluso cuando las políticas concretas adoptadas se encontraban muy lejos de romper con la lógica capitalista.
En Venezuela, por ejemplo, mientras se hablaba de “poder popular” y de “revolución bolivariana”, las estructuras básicas de acumulación privada y la explotación del trabajo han permanecido intactas.
En China, la situación es aún más extrema. El Partido Comunista sigue utilizando símbolos, terminología y hasta manuales de marxismo-leninismo, mientras impulsa una economía que opera bajo criterios de rentabilidad privada y competencia de mercado. Esta dualidad genera una profunda confusión, tanto dentro como fuera del país, ya que el uso del lenguaje revolucionario sirve para legitimar una estructura económica absolutamente capitalista. Ese es, en definitiva, el objetivo que se persigue.
En la Union Soviética de los años ochenta del siglo pasado, Mihail Gorbachov insistía también en que lo que se pretendía con la Perestroika y la Glasnot era profundizar aún más en el socialismo. Hoy, gracias a la documentación existente se ha podido acreditar que mientras se proclamaban ese tipo de consignas, la burocracia que se atrincheraba tras el aparato del Estado de la URSS preparaba ya los planes de privatización de una gigantesca propiedad pública, conseguida a través del enorme sacrificio de generaciones enteras de soviéticos desde la Revolución de 1917.
En Europa, el fenómeno de la lógica cíclica de las justificaciones también se dio durante la fase eurocomunista. Los partidos mantuvieron la simbología obrera, los nombres históricos y las banderas rojas, pero paralelamente aceptaban la legalidad del sistema burgués, renunciaban al horizonte de ruptura y acabaron siendo parte del aparato institucional. El discurso revolucionario quedó reducido a una cáscara vacía e inservible.
Esta reiterada cobertura ideológica es extremadamente peligrosa, porque actúa como una barrera frente a la crítica. El pueblo, que sigue identificándose con ciertos símbolos revolucionarios, puede no percibir que lo que realmente está ocurriendo en la práctica, no es más que una pura y dura gestión del capitalismo. Y, mientras tanto, los efectos de esa gestión —desigualdad, extractivismo, desindustrialización, corrupción— continúan debilitando las condiciones de vida de las mayorías populares, sin que estas encuentren herramientas que les permitan interpretar críticamente la naturaleza del fenómeno que se está produciendo.
VII. LA DESMOVILIZACIÓN COMO RESULTADO
Uno de los efectos más graves de este proceso de justificación permanente —que hemos conocido en el eurocomunismo, el llamado socialismo del siglo XXI o el modelo chino— es la desmovilización de las bases sociales.
Cuando las organizaciones, los partidos y los gobiernos que se presentan como transformadores empiezan a gestionar el orden existente en lugar de cuestionarlo, lo que se debilita no es solo la credibilidad de esas instituciones, sino también la capacidad de los sectores populares para pensar en términos de cambio profundo.
La política se convierte en un terreno de administradores. Se transforma en un juego de equilibrios, pactos, discursos calculados y gestos simbólicos. Lo importante ya no es transformar la estructura de la sociedad, sino “resistir”, “gobernar lo posible” o “evitar un mal mayor”. Y cuando esa lógica se instala, lo que antes era voluntad de ruptura se convierte en resignación. Ya no se lucha por una sociedad distinta, sino por mantener lo poco que se tiene.
Esto tiene un impacto directo, y terrible, en la subjetividad política de millones de personas. Las nuevas generaciones crecen sin referencias revolucionarias reales, sin ejemplos de organización desde abajo, sin experiencias de poder popular duraderas. La política se les aparece como algo ajeno, burocrático, institucional, lejano a su vida cotidiana. Y frente a eso, no se produce necesariamente un corrimiento hacia la izquierda radical, sino muchas veces una retirada total o, en otros casos, un desplazamiento hacia formas reaccionarias de representación.
En ese sentido, el vaciamiento político que ha dejado el eurocomunismo en Europa - con todas sus formas y variantes- resulta enormemente ilustrativo: allí donde antes existían partidos de masas, sindicatos combativos y redes de solidaridad proletaria, hoy hay apatía, desconfianza y fragmentación.
El resultado no ha sido un espacio libre para nuevas fuerzas de la izquierda radical, sino el avance de la ultraderecha, que ha sabido ocupar el lenguaje del malestar, de la soberanía y de la confrontación con el sistema.
En América Latina, la decepción frente a las experiencias progresistas ha generado procesos similares. En algunos países, sectores populares que antes acompañaban gobiernos de izquierda hoy se sienten traicionados o simplemente desilusionados. La izquierda institucional ha perdido su capacidad de convocatoria, y las calles han sido retomadas —en muchos casos— por fuerzas conservadoras, reaccionarias o abiertamente fascistas. Cuando la esperanza se diluye, el odio encuentra un terreno fértil.
Esta desmovilización no es un accidente, sino la consecuencia lógica de una estrategia que sustituye la transformación social por la gestión del capital. No se puede mantener una mística revolucionaria sobre una práctica reformista sin que eso tenga consecuencias devastadoras en la conciencia colectiva. Las palabras se gastan, los símbolos se vacían, las banderas se marchitan. Y cuando eso ocurre, el terreno queda abierto para el cinismo, el pragmatismo y la normalización de lo existente.
VIII. LA HISTORIA COMO HERRAMIENTA, NO COMO COARTADA
La historia de las revoluciones no puede ser usada como una carta blanca para justificar cualquier decisión coyuntural. El Tratado de Brest-Litovsk no puede convertirse en el salvoconducto para justificar acuerdos con potencias imperialistas sin romper con el capitalismo; la NEP no puede servir como excusa permanente de la falta de decisión para romper con la economía capitalista y las hipótesis de Marx no pueden transformarse en dogmas que contradigan su propio método dialéctico. (yo pondría aquí que contradigan sus tesis fundamentales sobre el Estado, la revolución y la sociedad capitalista).
Lo que estos procesos nos muestran es que cada vez que una izquierda deja de lado la ruptura con el sistema, tiende a justificarse acudiendo al pasado revolucionario. Pero esa justificación es solo una fachada. La renuncia al horizonte socialista, a la organización desde abajo, a la transformación de las estructuras económicas y políticas tiene consecuencias reales: debilitamiento de la conciencia, desmovilización social, avance de la derecha y consolidación del capitalismo.
No se trata de fetichizar la revolución ni de repetir fórmulas del pasado, sino de reconstruir un horizonte de transformación que no se disfrace con palabras huecas, que no tema al conflicto y que no pierda de vista que el socialismo no es una estética, ni una marca, ni una retórica, sino una forma concreta de organizar la vida social. Solo así la historia puede ser una herramienta para el presente y no una coartada para la resignación y la renuncia.
(*) Manuel Medina es profesor de historia, divulgador de esta materia y analista político.
Por MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
A lo largo del tiempo, cada vez que una fuerza de izquierda ha tenido que justificar su entrada en el aparato del Estado burgués, su participación en acuerdos con las clases dominantes o su renuncia a objetivos de transformación radical, ha tratado de encontrar en secuencias de la historia revolucionaria una suerte de refugio argumentativo en el que poder refugiarse ante la posibilidad una hipotetica lluvia de criticas.
En especial, suele recurrirse a pasajes emblemáticos pero excepcionales —como el Tratado de Brest-Litovsk, la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin o hipótesis puntuales en su momento formuladas por Marx— para sostener que, en determinadas condiciones, hay que ceder. Lo que no siempre se aclara es que las cesiones con las que pretenden realizarse analogías justificatorias fueron tácticas temporales motivadas por coyunturas extremadamente críticas, como guerras o bloqueos. No se trató, en ningún caso, de renuncias estratégicas o a principios fundamentales, ni programas de gobierno permanentes.
El debate que parece haberse abierto sobre los acuerdos que podrían estar suscribiéndose entre Venezuela y Estados Unidos ha revivido esta lógica. Algunos analistas vinculados por múltiples razones con el gobierno venezolano han querido justificar los pactos económicos con empresas estadounidenses comparándolos con los acuerdos firmafos por Lenin con el gobierno alemán en 1918.
Esta comparación no es nueva en su forma, pero sí en su función. Sirve como pretexto para defender decisiones que contradicen, en esencia, la promesa de una transformación socialista. Y generalmente se hace desde una lectura deformada de la historia. En este contexto, cabe preguntarse: ¿realmente nos encontramos ante un paralelo histórico? ¿Es Venezuela hoy, despues de veintitres años, un país socialista?, o ¿qué implicaciones tiene justificar la aplicacion de políticas capitalistas desde una retórica supuestamente revolucionaria?
Con este trabajo trataremos de cuestionar, con la rapidez que que requieren los acontecimientos, esa lógica comparativa —entre Brest-Litovsk y la experiencia politica venezolana— a partir de un análisis político, histórico y económico que intentaremos sea riguroso.
Y lo haremos también incorporando una reflexión más amplia sobre cómo esa forma de justificar las concesiones han sido reiteradamente usadas por distintas corrientes de la izquierda, desde el eurocomunismo, la perestroika en la URSS, pasando por el llamado socialismo del siglo XXI o los letales acuerdos de la formacion social griega Syritza con la UE, y de qué forma han contribuido este tipo de estrategias a la desmovilización social, al abandono de los ideales transformadores y al fortalecimiento de las derechas en todo el planeta.
II. EL ANTECEDENTE EUROCOMUNISTA
A finales de los años 60 y durante la década de los 70 se consolidó en Europa occidental una corriente dentro de los partidos comunistas que renunciaba a la vía revolucionaria en favor de una estrategia de acumulación parlamentaria y alianzas progresivas con las fuerzas de la democracia liberal. Esta corriente, conocida como eurocomunismo, tuvo su mayor expresión en partidos como el PCF (Partido Comunista Francés), el PCI (Partido Comunista Italiano) y el PCE (Partido Comunista de España).
Su argumento central consistia en que, en las condiciones de los Estados de democracia burguesa de Europa, las revoluciones socialistas o las insurrecciónes populares no eran viables ni deseables. En lugar de eso, se proponía una "transición al socialismo por vías democráticas", es decir, desde el marco de las instituciones del Estado burgués, a traves de reformas, pactos sociales y participación electoral.
Para justificar este giro copernicano, se recurrió —entre otras— a una hipótesis puntualmente formulada por Marx sobre la posibilidad de que, en circunstancias dadas, se pudiera producir una transición pacífica al socialismo en Inglaterra, teniendo en cuenta su historia y su estructura estatal peculiar. Pero lo que en Marx era una suposición histórica muy puntual, el reformismo socialdemócrata lo convirtió en doctrina general.
Con el paso del tiempo, esta estrategia condujo a la integración plena de estos Partidos comunistas en el marco institucional de sus respectivas democracias burguesas.
El PCE, por ejemplo, que habia jugado un papel clave a traves de la movilizacion social traves de las movilizaciones sociales en el desmantelamiento de la dictadura de Franco, partiendo de las premisas ideologicas del eurocomunismo, terminó aceptando la Monarquia, firmando los Pactos de la Moncloa, y suscribiendo una Constitución en la que se establecia la sociedad de libre mercado como requisito de la nueva institucionalidad establecida. A cambio del reconocimiento legal, moderaron drásticamente su discurso y aceptaron el marco constitucional del capitalismo español.
Esto tuvo efectos directos en el movimiento obrero. Los sindicatos asociados a estos partidos —como Comisiones Obreras en España— pasaron de ser herramientas de lucha a convertirse en meros intermediarios negociadores entre el capital y el trabajo, actores en procesos de negociación y cogestión, alejados de cualquier perspectiva de ruptura, que acabarían integrándose también como aparatos del Estado esenciales para la imposición de sucesivas contrarreformas laborales.
Lo que se presentó, de forma propagandística, como una forma "madura" y "realista" de hacer política fue, en realidad, una rendición estratégica que provocó un enorme vacío organizativo y subjetivo en los sectores populares más combativos, con unas consecuencias notoriamente visibles en la configuracion de la España actual
Décadas después, el eurocomunismo ha dejado un legado de desmovilización, crisis ideológica y desaparición de partidos comunistas con implantación real. El PCI se disolvió, el PCF es marginal, y el PCE ha quedado reducido a un papel de apéndice de otras formaciones "progresistas".
En todos los casos, aquellas concesiones no trajo consigo más "democracia", ni un socialismo gradual. Trajo derrotas, dispersión y avance de las derechas, especialmente en los sectores populares que dejaron de encontrar una representación auténtica.
III. EL MODELO LATINOAMERICANO DEL “SOCIALISMO DEL SIGLO XXI”
En América Latina, especialmente desde comienzos del siglo XXI, varios gobiernos progresistas accedieron al poder impulsados por grandes movilizaciones sociales, luchas indígenas, una crisis profunda provocada por las prácticas neoliberales y un discurso de recuperación de la soberanía popular. En ese marco, surgió el concepto de “socialismo del siglo XXI”, asociado sobre todo al proceso venezolano iniciado por el comandante Hugo Chávez.
Ahora bien, es importante subrayar con claridad que Venezuela no ha sido, ni es, una sociedad socialista, si entendemos el socialismo como un sistema basado en la socialización de los medios de producción. Aunque durante el gobierno de Chávez hubo intentos de establecer mecanismos de participación popular y de control estatal sobre sectores estratégicos —como el petróleo—, así como de impulsar experiencias comunales, el modelo venezolano ha seguido siendo, en lo estructural, un modelo de capitalismo periférico.
Los datos respaldan esta afirmación.
Una parte significativa del PIB venezolano proviene de sectores como el comercio, servicios, minería y manufactura, todos ellos dominados por relaciones de mercado y propiedad privada.
El peso del sector privado en la economía ha sido históricamente muy alto. Incluso en los momentos de mayor intervención estatal, el sector privado mantuvo una fuerte presencia en áreas clave.
Venezuela sigue inserta en los mercados internacionales como un país exportador de materias primas, dependiente de las fluctuaciones del precio del crudo y de las inversiones extranjeras.
En la última década, además, se ha producido una regresión en la repartición de la riqueza. Según datos oficiales del Banco Central de Venezuela, citados por el intelectual bolivariano Luis Britto García,
“hacia el año 2015, la repartición del PIB en Venezuela era aproximadamente igual entre el empresariado y la clase trabajadora, mientras que actualmente dos terceras partes van a manos de los empresarios y solo una tercera parte a la clase trabajadora".
En resumen, la Venezuela contemporánea ha experimentado políticas progresistas, sí, y ha tenido una retórica antiimperialista, también. Pero no ha roto, ni de lejos ,con el modo de producción capitalista. Por tanto, compararla con la Rusia soviética de 1918 —donde los bolcheviques habían expropiado a la burguesía, abolido la propiedad privada y comenzado a construir un Estado obrero— constituye una distorsión histórica que puede funcionar como "argumento" propagandístico pero no puede fundamentar ningún análisis riguroso.
IV. LA RENUNCIA CHINA
Otro de los ejemplos más llamativos de cómo se utilizan argumentos históricos para justificar decisiones de fondo es el "caso de China".
A diferencia de Venezuela, China sí fue durante décadas una sociedad socialista en términos económicos: expropió la gran propiedad, nacionalizó la industria, estableció una planificación centralizada y organizó la producción a través de formas estatales y colectivas.
Pero esa situación cambió drásticamente a partir del giro encabezado por Deng Xiaoping a fines de los años 70.
Desde entonces, la economía china fue progresivamente adoptando una lógica capitalista hasta convertirse hoy en una potencia mundial de primer orden con características claramente capitalistas:
El sector privado representa más del 60 % del PIB de China y emplea más del 80 % de la población activa urbana.
El 96 % de las empresas registradas son privadas, y estas generan alrededor del 90 % de los nuevos empleos.
China participa activamente en el mercado global, invierte en el extranjero como cualquier potencia capitalista y promueve grandes conglomerados económicos que operan bajo lógicas de acumulación.
Aunque el Partido Comunista Chino sigue gobernando y mantiene bajo su control sectores estratégicos, la estructura productiva del país funciona como una economía capitalista de Estado: hay propiedad privada, hay competencia mercantil, hay acumulación y desigualdad. Y si bien el Estado sigue jugando un papel importante, lo hace más como un regulador y no como un agente de transformación socialista.
Por eso, comparar el modelo chino actual con las medidas tácticas adoptadas por Lenin durante la NEP es caer en el mismo error que analizamos en el caso venezolano: usar la historia para justificar una transformación estructural hacia el capitalismo. Porque lo que en Lenin fue una retirada parcial, en China se ha vuelto un modelo permanente. Y lo que fue presentado como una estrategia temporal destinada a consolidar el poder revolucionario, en el caso chino ha terminado siendo la base de una potencia imperialista en ascenso.
V. LA LÓGICA CÍCLICA DE LAS JUSTIFICACIONES
Lo que une a todos estos procesos —el eurocomunismo, el socialismo del siglo XXI y el giro capitalista de China— es una lógica cíclica de justificación política que recurre a los mismos argumentos cada vez que se da un paso hacia atrás.
Se trata de un tramposo mecanismo discursivo que tiene tres fases:
- primero se presenta la retirada como una concesión táctica;
- luego se normaliza como una forma de “madurez política”;
- y finalmente se convierte en la línea política permanente, desligada por completo de los objetivos originales del proyecto revolucionario.
Este ciclo ha sido especialmente funcional en contextos donde los gobiernos de izquierda enfrentan contradicciones profundas: presiones externas (como sanciones o bloqueos), crisis económicas internas o límites estructurales del Estado capitalista.
En lugar de reconocer que se está renunciando a los principios transformadores se recurre a insostenibles comparaciones históricas, planteadas de forma engañosa, para justificar decisiones que en realidad obedecen a una lógica de supervivencia institucional.
Así, Lenin y su política de concesiones temporales pasan a ser el comodín con el que se intenta blanquear cualquier retroceso: desde la apertura al capital extranjero hasta el desmantelamiento del tejido organizativo popular o las concesiones a las exigencias y chantajes de los Estados Unidos. Pero lo que se olvida es que Lenin nunca dejó de señalar la necesidad de la dictadura del proletariado, ni dejó de considerar las medidas de la Nueva Política Económica como retrocesos transitorios. La historia no debe utilizarse como un manual de citas útiles para enmascarar cualquier interés espurio, sino como una disciplina científica que exige rigor, coherencia y honestidad intelectual en el uso de las analogías y las comparaciones.
Esta lógica cíclica de las justificaciones anestesia la conciencia crítica de las bases sociales. Si todo puede justificarse como “una fase”, entonces nunca se admite que algo está mal. Nunca se rompe con los límites del Estado burgués, porque siempre se está en camino a algo que nunca llega, aunque la senda que se esté transitando se dirija en la dirección opuesta a lo que afirma la propaganda. Pero en este proceso lo que sí ocurre es el desgaste, la desmovilización, el abandono de los cuadros y la pérdida de dirección política que, más tarde o más temprano, conduce a la derrota.
VI. LA RETÓRICA REVOLUCIONARIA COMO COBERTURA IDEOLÓGICA
Uno de los elementos clave en estos procesos de justificación es el uso de una retórica revolucionaria que encubre las prácticas capitalistas o reformistas. Es decir, los gobiernos, partidos o intelectuales que renuncian a los principios del socialismo real, no lo hacen explícitamente, sino que – consciente o inconscientemente- lo disfrazan con un lenguaje que remite constantemente a la revolución, al pueblo, al antiimperialismo o a la historia del movimiento obrero. Se trata de una especie de mascarada ideológica que impide ver la naturaleza real de las decisiones que se toman.
Este recurso ha sido particularmente evidente no solo en América Latina, donde mucho de los líderes han recurrido constantemente al léxico de la revolución o de Bolívar, incluso cuando las políticas concretas adoptadas se encontraban muy lejos de romper con la lógica capitalista.
En Venezuela, por ejemplo, mientras se hablaba de “poder popular” y de “revolución bolivariana”, las estructuras básicas de acumulación privada y la explotación del trabajo han permanecido intactas.
En China, la situación es aún más extrema. El Partido Comunista sigue utilizando símbolos, terminología y hasta manuales de marxismo-leninismo, mientras impulsa una economía que opera bajo criterios de rentabilidad privada y competencia de mercado. Esta dualidad genera una profunda confusión, tanto dentro como fuera del país, ya que el uso del lenguaje revolucionario sirve para legitimar una estructura económica absolutamente capitalista. Ese es, en definitiva, el objetivo que se persigue.
En la Union Soviética de los años ochenta del siglo pasado, Mihail Gorbachov insistía también en que lo que se pretendía con la Perestroika y la Glasnot era profundizar aún más en el socialismo. Hoy, gracias a la documentación existente se ha podido acreditar que mientras se proclamaban ese tipo de consignas, la burocracia que se atrincheraba tras el aparato del Estado de la URSS preparaba ya los planes de privatización de una gigantesca propiedad pública, conseguida a través del enorme sacrificio de generaciones enteras de soviéticos desde la Revolución de 1917.
En Europa, el fenómeno de la lógica cíclica de las justificaciones también se dio durante la fase eurocomunista. Los partidos mantuvieron la simbología obrera, los nombres históricos y las banderas rojas, pero paralelamente aceptaban la legalidad del sistema burgués, renunciaban al horizonte de ruptura y acabaron siendo parte del aparato institucional. El discurso revolucionario quedó reducido a una cáscara vacía e inservible.
Esta reiterada cobertura ideológica es extremadamente peligrosa, porque actúa como una barrera frente a la crítica. El pueblo, que sigue identificándose con ciertos símbolos revolucionarios, puede no percibir que lo que realmente está ocurriendo en la práctica, no es más que una pura y dura gestión del capitalismo. Y, mientras tanto, los efectos de esa gestión —desigualdad, extractivismo, desindustrialización, corrupción— continúan debilitando las condiciones de vida de las mayorías populares, sin que estas encuentren herramientas que les permitan interpretar críticamente la naturaleza del fenómeno que se está produciendo.
VII. LA DESMOVILIZACIÓN COMO RESULTADO
Uno de los efectos más graves de este proceso de justificación permanente —que hemos conocido en el eurocomunismo, el llamado socialismo del siglo XXI o el modelo chino— es la desmovilización de las bases sociales.
Cuando las organizaciones, los partidos y los gobiernos que se presentan como transformadores empiezan a gestionar el orden existente en lugar de cuestionarlo, lo que se debilita no es solo la credibilidad de esas instituciones, sino también la capacidad de los sectores populares para pensar en términos de cambio profundo.
La política se convierte en un terreno de administradores. Se transforma en un juego de equilibrios, pactos, discursos calculados y gestos simbólicos. Lo importante ya no es transformar la estructura de la sociedad, sino “resistir”, “gobernar lo posible” o “evitar un mal mayor”. Y cuando esa lógica se instala, lo que antes era voluntad de ruptura se convierte en resignación. Ya no se lucha por una sociedad distinta, sino por mantener lo poco que se tiene.
Esto tiene un impacto directo, y terrible, en la subjetividad política de millones de personas. Las nuevas generaciones crecen sin referencias revolucionarias reales, sin ejemplos de organización desde abajo, sin experiencias de poder popular duraderas. La política se les aparece como algo ajeno, burocrático, institucional, lejano a su vida cotidiana. Y frente a eso, no se produce necesariamente un corrimiento hacia la izquierda radical, sino muchas veces una retirada total o, en otros casos, un desplazamiento hacia formas reaccionarias de representación.
En ese sentido, el vaciamiento político que ha dejado el eurocomunismo en Europa - con todas sus formas y variantes- resulta enormemente ilustrativo: allí donde antes existían partidos de masas, sindicatos combativos y redes de solidaridad proletaria, hoy hay apatía, desconfianza y fragmentación.
El resultado no ha sido un espacio libre para nuevas fuerzas de la izquierda radical, sino el avance de la ultraderecha, que ha sabido ocupar el lenguaje del malestar, de la soberanía y de la confrontación con el sistema.
En América Latina, la decepción frente a las experiencias progresistas ha generado procesos similares. En algunos países, sectores populares que antes acompañaban gobiernos de izquierda hoy se sienten traicionados o simplemente desilusionados. La izquierda institucional ha perdido su capacidad de convocatoria, y las calles han sido retomadas —en muchos casos— por fuerzas conservadoras, reaccionarias o abiertamente fascistas. Cuando la esperanza se diluye, el odio encuentra un terreno fértil.
Esta desmovilización no es un accidente, sino la consecuencia lógica de una estrategia que sustituye la transformación social por la gestión del capital. No se puede mantener una mística revolucionaria sobre una práctica reformista sin que eso tenga consecuencias devastadoras en la conciencia colectiva. Las palabras se gastan, los símbolos se vacían, las banderas se marchitan. Y cuando eso ocurre, el terreno queda abierto para el cinismo, el pragmatismo y la normalización de lo existente.
VIII. LA HISTORIA COMO HERRAMIENTA, NO COMO COARTADA
La historia de las revoluciones no puede ser usada como una carta blanca para justificar cualquier decisión coyuntural. El Tratado de Brest-Litovsk no puede convertirse en el salvoconducto para justificar acuerdos con potencias imperialistas sin romper con el capitalismo; la NEP no puede servir como excusa permanente de la falta de decisión para romper con la economía capitalista y las hipótesis de Marx no pueden transformarse en dogmas que contradigan su propio método dialéctico. (yo pondría aquí que contradigan sus tesis fundamentales sobre el Estado, la revolución y la sociedad capitalista).
Lo que estos procesos nos muestran es que cada vez que una izquierda deja de lado la ruptura con el sistema, tiende a justificarse acudiendo al pasado revolucionario. Pero esa justificación es solo una fachada. La renuncia al horizonte socialista, a la organización desde abajo, a la transformación de las estructuras económicas y políticas tiene consecuencias reales: debilitamiento de la conciencia, desmovilización social, avance de la derecha y consolidación del capitalismo.
No se trata de fetichizar la revolución ni de repetir fórmulas del pasado, sino de reconstruir un horizonte de transformación que no se disfrace con palabras huecas, que no tema al conflicto y que no pierda de vista que el socialismo no es una estética, ni una marca, ni una retórica, sino una forma concreta de organizar la vida social. Solo así la historia puede ser una herramienta para el presente y no una coartada para la resignación y la renuncia.
(*) Manuel Medina es profesor de historia, divulgador de esta materia y analista político.

























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