EL GOBIERNO POLACO PONE FUERA DE LA LEY A LOS COMUNISTAS
¿Qué nos está diciendo esta ofensiva anticomunista sobre el presente de Europa?
La ilegalización del Partido Comunista de Polonia en diciembre de 2025 ha despertado preocupación y repudio en los sectores sociales más avanzados de todo el continente. Pero más allá del caso concreto, este hecho forma parte de una tendencia inquietante: la creciente persecución del pensamiento crítico en el corazón mismo de Europa. ¿Qué revela este fenómeno sobre los miedos del poder y las grietas del sistema?
POR HANSI QUEDNAU PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
En diciembre de 2025, mientras las luces navideñas decoraban las calles de Varsovia, una decisión judicial dejaba
en claro que algunos antiguos fantasmas siguen molestando demasiado.
El Tribunal Constitucional de Polonia decidió ilegalizar al Partido Comunista de Polonia (KPP), un pequeño grupo que ha carecido hasta ahora de peso electoral, que no tiene representación parlamentaria, sin acceso a los grandes medios, pero con una osadía imperdonable: no avergonzarse de llamarse comunista en un país donde las estatuas de Lenin ya no existen y donde decir "lucha de clases" es casi interpretado como una provocación.
“Cuando una idea molesta tanto que hay que prohibirla, es porque aún tiene fuerza.”
La medida no sorprendió a nadie que hubiera seguido el hilo de una ya vieja y obsesiva persecución. Llevaban años empujándolos al margen, aplicándoles multas, persiguiendo sus publicaciones, clausurando sus actos. El Estado polaco solo oficializó lo que ya venía haciendo: borrar de la vida pública cualquier expresión que no encaje en su relato histórico, pulido y conservador.
Y, sin embargo, este no es solo un asunto polaco. Porque detrás de esta censura hay algo más grande, más profundo y más peligroso.
PROHIBIR IDEAS, NO HECHOS
El argumento usado por el Tribunal polaco para ilegalizar al KPP es revelador: el partido promueve una "ideología totalitaria". No hay una acusación concreta sobre actividades ilegales, ni pruebas de que sus miembros hubieran promovido la violencia, ni llamados al golpe. Solo hay una idea —el comunismo— puesta en la mira. Eso es lo que molesta. No lo que hacen, sino lo que piensan.
Esta es una lógica que ya conocemos. Es la lógica del miedo. Porque si el sistema tuviera tanta confianza en su solidez, no necesitaría prohibir a quien lo critica. No necesitaría censurar libros, borrar símbolos, multar militantes por llevar una pancarta con la hoz y el martillo.
Lo que está en juego no es una cuestión de legalidad, sino de hegemonía. En otras palabras: de quién tiene el derecho a decir cómo fue la historia y cómo debería ser el futuro.
LA GUERRA CONTRA LA MEMORIA
Desde hace más de una década, Polonia —como otros países del Este— vive una ofensiva sistemática contra todo lo que huela a pasado socialista. Se han demolido monumentos, cambiado nombres de calles, y perseguido las expresiones culturales que no encajen en la versión oficial. Esta no es una lucha por la verdad, sino por el olvido.
Se busca instalar la idea de que el comunismo y el fascismo son la misma cosa. Que los dos fueron "regímenes totalitarios" y que, por lo tanto, deben ser condenados por igual. Pero esa equiparación no resiste ni un repaso superficial a la historia: mientras uno organizó genocidios, limpiezas étnicas y guerras imperialistas, el otro promovió alfabetización, sanidad pública, industrialización y procesos de descolonización.
Reducir todo a "extremos" es una forma elegante de evitar la verdadera pregunta: ¿qué fue lo que hizo que millones de personas en todo el mundo abrazaran ideas comunistas? ¿Qué carencias, qué injusticias, qué explotaciones originaron esas luchas?
UNA COARTADA EUROPEA
La prohibición del KPP no ocurre en el vacío. Forma parte de una tendencia continental. En la República Checa, expresar ideas comunistas puede costarte cinco años de cárcel. En Rumanía, están intentando que esa pena llegue a diez. Todo en nombre de la democracia, claro. Una democracia que, al parecer, no tolera que alguien cuestione la propiedad privada, el lucro o la competencia como motores de la vida social.
Y mientras se demonizan ideas que apelan a la igualdad y la solidaridad, se normaliza el avance de partidos abiertamente reaccionarios, racistas o xenófobos. Se los presenta como "populistas" o como parte de la diversidad del paisaje político. La vara es doble.
CUANDO EL SILENCIO NO ALCANZA
La pregunta que ronda todo este asunto es: ¿por qué un partido tan pequeño molesta tanto? ¿Qué amenaza representa un grupo sin poder real, sin diputados, sin acceso a los grandes micrófonos?
La respuesta es sencilla: porque representa una posibilidad. Porque aunque hoy parezca marginal, el discurso comunista sigue señalando lo que nadie quiere ver: que este sistema no funciona para la mayoría. Que mientras se acumula riqueza en manos de unos pocos, crecen la precariedad, la ansiedad, el desempleo, el odio. Que el capitalismo —con su lógica de competencia infinita, consumo voraz y explotación constante— no solo está agotado, sino que ya no puede ni simular estabilidad.
Y eso asusta. Porque cuando una idea persiste a pesar de los golpes, la censura y el ridículo, es porque tiene raíces más hondas que cualquier partido.
LA RESPUESTA NO SE HACE ESPERAR
El Partido Comunista de Grecia (KKE) fue uno de los pocos en reaccionar con contundencia. Denunció la medida como lo que es: un ataque a los derechos democráticos y a la libertad de pensamiento. Pero también fue más allá: colocó esta ofensiva en un contexto más amplio, el del rearme militar de Europa, el avance del imperialismo y la pérdida sistemática de derechos laborales y sociales.
Según el KKE, lo que está ocurriendo en Polonia no es una excepción, sino solo un síntoma: el síntoma de que el sistema capitalista, en su fase actual de crisis y polarización, ya no se siente cómodo conviviendo con ideas que lo desafíen. Por eso las quiere callar. No porque sean violentas, sino porque son peligrosas. Peligrosas en el sentido más subversivo: el de recordar que otro mundo es posible.
CUANDO PROHIBIR NO BASTA
La historia nos enseña algo simple pero poderoso: las ideas no se matan con sentencias. El socialismo no desapareció porque cayera un muro, y el comunismo no se extingue porque se prohíba un partido. Mientras existan desigualdad, explotación y miseria, existirán también quienes las denuncien y las combatan. Pueden perseguirlos, ridiculizarlos o invisibilizarlos, pero no podrán borrar la pregunta que late en millones de cabezas: ¿de verdad esto es lo mejor que podemos hacer como sociedad?
Quizás eso es lo que más les asusta. Que la gente empiece a preguntarse y a contestarse.
POR HANSI QUEDNAU PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
En diciembre de 2025, mientras las luces navideñas decoraban las calles de Varsovia, una decisión judicial dejaba
en claro que algunos antiguos fantasmas siguen molestando demasiado.
El Tribunal Constitucional de Polonia decidió ilegalizar al Partido Comunista de Polonia (KPP), un pequeño grupo que ha carecido hasta ahora de peso electoral, que no tiene representación parlamentaria, sin acceso a los grandes medios, pero con una osadía imperdonable: no avergonzarse de llamarse comunista en un país donde las estatuas de Lenin ya no existen y donde decir "lucha de clases" es casi interpretado como una provocación.
“Cuando una idea molesta tanto que hay que prohibirla, es porque aún tiene fuerza.”
La medida no sorprendió a nadie que hubiera seguido el hilo de una ya vieja y obsesiva persecución. Llevaban años empujándolos al margen, aplicándoles multas, persiguiendo sus publicaciones, clausurando sus actos. El Estado polaco solo oficializó lo que ya venía haciendo: borrar de la vida pública cualquier expresión que no encaje en su relato histórico, pulido y conservador.
Y, sin embargo, este no es solo un asunto polaco. Porque detrás de esta censura hay algo más grande, más profundo y más peligroso.
PROHIBIR IDEAS, NO HECHOS
El argumento usado por el Tribunal polaco para ilegalizar al KPP es revelador: el partido promueve una "ideología totalitaria". No hay una acusación concreta sobre actividades ilegales, ni pruebas de que sus miembros hubieran promovido la violencia, ni llamados al golpe. Solo hay una idea —el comunismo— puesta en la mira. Eso es lo que molesta. No lo que hacen, sino lo que piensan.
Esta es una lógica que ya conocemos. Es la lógica del miedo. Porque si el sistema tuviera tanta confianza en su solidez, no necesitaría prohibir a quien lo critica. No necesitaría censurar libros, borrar símbolos, multar militantes por llevar una pancarta con la hoz y el martillo.
Lo que está en juego no es una cuestión de legalidad, sino de hegemonía. En otras palabras: de quién tiene el derecho a decir cómo fue la historia y cómo debería ser el futuro.
LA GUERRA CONTRA LA MEMORIA
Desde hace más de una década, Polonia —como otros países del Este— vive una ofensiva sistemática contra todo lo que huela a pasado socialista. Se han demolido monumentos, cambiado nombres de calles, y perseguido las expresiones culturales que no encajen en la versión oficial. Esta no es una lucha por la verdad, sino por el olvido.
Se busca instalar la idea de que el comunismo y el fascismo son la misma cosa. Que los dos fueron "regímenes totalitarios" y que, por lo tanto, deben ser condenados por igual. Pero esa equiparación no resiste ni un repaso superficial a la historia: mientras uno organizó genocidios, limpiezas étnicas y guerras imperialistas, el otro promovió alfabetización, sanidad pública, industrialización y procesos de descolonización.
Reducir todo a "extremos" es una forma elegante de evitar la verdadera pregunta: ¿qué fue lo que hizo que millones de personas en todo el mundo abrazaran ideas comunistas? ¿Qué carencias, qué injusticias, qué explotaciones originaron esas luchas?
UNA COARTADA EUROPEA
La prohibición del KPP no ocurre en el vacío. Forma parte de una tendencia continental. En la República Checa, expresar ideas comunistas puede costarte cinco años de cárcel. En Rumanía, están intentando que esa pena llegue a diez. Todo en nombre de la democracia, claro. Una democracia que, al parecer, no tolera que alguien cuestione la propiedad privada, el lucro o la competencia como motores de la vida social.
Y mientras se demonizan ideas que apelan a la igualdad y la solidaridad, se normaliza el avance de partidos abiertamente reaccionarios, racistas o xenófobos. Se los presenta como "populistas" o como parte de la diversidad del paisaje político. La vara es doble.
CUANDO EL SILENCIO NO ALCANZA
La pregunta que ronda todo este asunto es: ¿por qué un partido tan pequeño molesta tanto? ¿Qué amenaza representa un grupo sin poder real, sin diputados, sin acceso a los grandes micrófonos?
La respuesta es sencilla: porque representa una posibilidad. Porque aunque hoy parezca marginal, el discurso comunista sigue señalando lo que nadie quiere ver: que este sistema no funciona para la mayoría. Que mientras se acumula riqueza en manos de unos pocos, crecen la precariedad, la ansiedad, el desempleo, el odio. Que el capitalismo —con su lógica de competencia infinita, consumo voraz y explotación constante— no solo está agotado, sino que ya no puede ni simular estabilidad.
Y eso asusta. Porque cuando una idea persiste a pesar de los golpes, la censura y el ridículo, es porque tiene raíces más hondas que cualquier partido.
LA RESPUESTA NO SE HACE ESPERAR
El Partido Comunista de Grecia (KKE) fue uno de los pocos en reaccionar con contundencia. Denunció la medida como lo que es: un ataque a los derechos democráticos y a la libertad de pensamiento. Pero también fue más allá: colocó esta ofensiva en un contexto más amplio, el del rearme militar de Europa, el avance del imperialismo y la pérdida sistemática de derechos laborales y sociales.
Según el KKE, lo que está ocurriendo en Polonia no es una excepción, sino solo un síntoma: el síntoma de que el sistema capitalista, en su fase actual de crisis y polarización, ya no se siente cómodo conviviendo con ideas que lo desafíen. Por eso las quiere callar. No porque sean violentas, sino porque son peligrosas. Peligrosas en el sentido más subversivo: el de recordar que otro mundo es posible.
CUANDO PROHIBIR NO BASTA
La historia nos enseña algo simple pero poderoso: las ideas no se matan con sentencias. El socialismo no desapareció porque cayera un muro, y el comunismo no se extingue porque se prohíba un partido. Mientras existan desigualdad, explotación y miseria, existirán también quienes las denuncien y las combatan. Pueden perseguirlos, ridiculizarlos o invisibilizarlos, pero no podrán borrar la pregunta que late en millones de cabezas: ¿de verdad esto es lo mejor que podemos hacer como sociedad?
Quizás eso es lo que más les asusta. Que la gente empiece a preguntarse y a contestarse.



























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