Viernes, 16 de Enero de 2026

Actualizada

Viernes, 16 de Enero de 2026 a las 07:37:16 horas

| 30
Sábado, 01 de Noviembre de 2025 Tiempo de lectura:

CRÓNICA DE LOS 50: "LAS PAPÚAS"

“Las Papúas” eran dos hermanas que vivían en la calle Bernardo de la Torre, en la ciudad de Las Palmas en los años 50 del siglo pasado. Se las conocía por su aspecto huesudo y su forma aguda de mirar y hablar, con una ironía afilada que imponía respeto y temor. No trabajaban en nada concreto, pero se mantenían como podían, y eso ya era motivo de preocupadas sospechas por parte de una sociedad que vigilaba lo diferente.

 

Por ARMANDO QUIÑONES PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

 

    La ciudad de Las Palmas de mediados de los años cincuenta del siglo pasado  era una ciudad detenida en mitad del Atlántico, como un barco que hubiera decidido fondear allí para siempre. Sabía poco del exterior y, cuando algo le llegaba, lo hacía filtrado, tarde y mal. Europa era un rumor, la Península una autoridad lejana y África un sol implacable que no pedía permiso. La ciudad vivía de espaldas al mar que la rodeaba, ocupada en vigilarse a sí misma.

 

     En ese escenario cerrado, donde la moral suplía a la información y el chisme hacía de agencia de noticias, vivían las dos hermanas de la calle Bernardo de la Torre. Se las conocía popularmente con el mote de "Las Papúas". Delgadas, huesudas, con rostros afilados como si el hambre y la lucidez compartieran el mismo hueso. Sus ojos grandes no miraban, evaluaban. Se pintaban la cara con una dedicación casi profesional, no por coquetería sino por estrategia. El maquillaje no era adorno, era una declaración de guerra a la sociedad que las rodeaba.

 

    No hablaban mucho. No lo necesitaban. En una ciudad pequeña, la palabra es un bien escaso y peligroso y ellas lo administraban con la frialdad de quien sabe dónde cortar. El silencio era su estado natural; la frase breve, su herramienta. Habían aprendido de su padre, un  tartanero que paseaba a los turistas por la ciudad, que el lenguaje, bien usado, no deja marcas visibles pero sí memoria.

 

  Yo debía tener entonces unos diez años. Corría el año 1954 o, quizás, el 1955. Ya había hecho mi Primera Comunión y aún conservaba la ingenua convicción de que los adultos sabían siempre lo que hacían.

 

   Mi madre estaba entonces embarazada, avanzando por la vida con un vientre enorme, rotundo, que desmentía insolente la figura elegante que siempre había tenido. Aquella barriga no pedía comprensión, la imponía.

 

    Una tarde pasaba solo por la calle Bernardo de la Torre. Desde el patio de una de aquellas casas, una de las hermanas —es decir, una de “Las Papuas”— estaba asomada, ejerciendo esa vigilancia doméstica que hacía innecesaria la presencia de los guindillas municipales. Me miró sin curiosidad, con precisión quirúrgica, y preguntó:

—¿Buscas a tu madre?

Tímidamente asentí.

—Pues la foca de tu madre se fue hacia la playa de Las Canteras.

    No hubo carcajada. No la necesitaba. La frase cayó limpia, perfecta, irrebatible. Me dejó clavado en el suelo, con una mezcla de estupor y una vergüenza que aún hoy no sabría  cómo nombrar. Era la primera vez que alguien se refería a mi madre de aquella manera. O, peor aún, la primera vez que yo entendía que alguien pudiera hacerlo.

 

   No respondí. No lloré. Caminé desconcertado, dando tumbos. Y en ese trayecto corto pero tortuoso, aprendí algo que no me habían enseñado ni en la escuela ni en la iglesia: que la ironía puede ser cruel cuando no reconoce jerarquías, que no distingue entre un niño y un adulto, y que en cierto tipo de ciudades el ingenio se afila porque no hay otro modo de defenderse.

 

    Aquella frase no fue un arrebato. Fue una demostración de poder. Una prueba de que ellas, "Las Papúas", dominaban un territorio donde la moral era hipócrita y el lenguaje, la única moneda fuerte. Por eso se las temía. Por eso se las toleraba con desconfianza. Eran un síntoma incómodo de una ciudad que prefería no mirarse a sí misma demasiado.

 

    El resto del barrio hablaba de ellas en voz baja. No trabajaban en nada concreto, vivían como podían, y eso bastaba para que le hubieran levantado una severa acta de culpabilidad. Se las veía cruzar la calle Ripoche, esa pasarela social que unía el muelle con la Playa Chica, entre marineros, vividores y unas broncas siempre  previsibles. La ciudad ya estaba advertida y, por tanto, tranquila: lo diferente, cuando se etiqueta, deja de ser peligroso.

 

    Hasta que llegó el matrimonio. Uno de ellos, al menos. Una de "Las Papúas" se casó con un orondo locutor peninsular, aguerrido ex combatiente de la División Azul, que encontró en la radio una buena manera de ganarse la vida y, de paso, lavar reputaciones ajenas. El milagro fue inmediato. La lengua afilada se convirtió en carácter fuerte. El maquillaje dejó de ser sospechoso y pasó a ser simplemente un arreglo. La pobreza se trocó en discreción. Y la ciudad, o parte de ella, respiró aliviada.

 

 
Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.135

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.