¿A CUÁNTO COTIZA HOY EL "NOBEL DE LA PAZ" CUANDO LA PAZ ESTORBA AL NEGOCIO?
¿Su concesión se paga en derechos humanos selectivos, bombardeos preventivos o alineamiento estratégico?
¿A cuánto está la medalla en el mercado de los premios Nobel? ¿Sigue cotizando en ideales, o ya se compra en cuotas de influencia, simpatía mediática y oportunismo político? ¿Quién fija el precio de la paz cuando los premiados acumulan más drones que palomas blancas? La pregunta no es retórica: es puramente contable.
POR "ALFIL" PARA CANARIAS SEMANAL
El Premio Nobel de la Paz nació con vocación ética. Hoy
funciona como una suerte de derivado financiero de alto riesgo, sujeto a burbujas narrativas, desplomes de credibilidad y rescates mediáticos. Ya no se concede tanto por lo que se hace, sino por lo que conviene simbolizar en un momento dado.
El caso de Barack Obama marcó un antes y un después. El premio llegó en 2009, cuando la esperanza aún no había sido puesta a prueba por la realidad. Después vinieron los drones, las guerras heredadas y prolongadas, y la confirmación de que la paz podía administrarse desde una sala de mando. Desde entonces, el chiste circula con mala salud: el Nobel no premia resultados, sino expectativas bien redactadas.
La ironía es simple y cruel: se concedió la medalla antes de que ocurriera nada, como quien entrega un premio por asistencia.
La paz como promesa… o como amenaza
A partir de ahí, el Nobel entró en el terreno del humor involuntario. La prensa empezó a hablar de “paz preventiva” y de “pacifismo armado”. En ese clima, no sorprendió que se barajara —con más insistencia de la razonable— la posibilidad de que Donald Trump fuera candidato al Nobel de la Paz.
Los argumentos existieron, las nominaciones circularon y las bromas se multiplicaron. Que un dirigente cuyo capital político ha sido la confrontación permanente pudiera ser considerado para el galardón confirmó una sospecha incómoda: la medalla ya no mide coherencia, sino utilidad estratégica. Si sirve para enviar un mensaje, vale. Si no, se archiva.
El salto cualitativo: pedir invasiones en nombre de la paz
Pero el mercado evoluciona. Y con él, los perfiles. En los últimos años, la sátira periodística ha encontrado nuevo material en figuras políticas que, lejos de mediar conflictos, recomiendan abiertamente soluciones militares externas para sus propios países.
Ahí aparece María Corina Machado, presentada en muchos foros como adalid de la democracia mientras defiende, sin ningún rodeo, la posibilidad de que Estados Unidos invada su propio país, Venezuela. La prensa no ha desaprovechado la paradoja: pedir una intervención militar extranjera como un "acto de amor a la paz".
Las bromas han sido inevitables. Si bombardear tu propio país —eso sí, con bandera ajena— puede considerarse una "contribución a la paz", entonces el Nobel ya no es un premio, sino un ejercicio de retórica extrema. La figura de la multimillonaria opositora ha servido para afinar el sarcasmo: la paz no consiste en evitar la violencia, sino en delegarla en la potencia adecuada.
El casting del Nobel: coherencia no requerida
En este punto, el Nobel de la Paz se parece menos a un reconocimiento y más a un casting ideológico. No se evalúan procesos de reconciliación ni reducción real del conflicto. Se valora el alineamiento, la narrativa exportable y la capacidad de encajar en el discurso correcto.
La prensa lo resume con una frase repetida con resignación: no se premia la paz, se premia la versión de la paz que conviene. Y si para alcanzarla hay que pedir sanciones, bloqueos o invasiones, se hace con tono solemne y vocabulario humanitario.
Entonces, ¿cuánto vale la medalla?
La respuesta es incómoda, pero clara: la medalla vale lo que valga el mensaje que se quiere enviar. Puede costar una guerra presentada como necesaria, una oposición amplificada o una biografía cuidadosamente editada. No tiene precio fijo, pero sí cotización política.
La amargura de la sátira nace de ahí: cuando pedir más violencia suma puntos para un Premio de la Paz, el problema ya no es el galardón, sino el significado mismo de la palabra.
Quizá el Nobel de la Paz no esté devaluado. Quizá simplemente cambió de función. Ya no distingue a quienes reducen el conflicto, sino a quienes saben justificarlo mejor. La medalla sigue brillando. Pero lo que ya no está claro es qué es lo que realmente refleja.
POR "ALFIL" PARA CANARIAS SEMANAL
El Premio Nobel de la Paz nació con vocación ética. Hoy
funciona como una suerte de derivado financiero de alto riesgo, sujeto a burbujas narrativas, desplomes de credibilidad y rescates mediáticos. Ya no se concede tanto por lo que se hace, sino por lo que conviene simbolizar en un momento dado.
El caso de Barack Obama marcó un antes y un después. El premio llegó en 2009, cuando la esperanza aún no había sido puesta a prueba por la realidad. Después vinieron los drones, las guerras heredadas y prolongadas, y la confirmación de que la paz podía administrarse desde una sala de mando. Desde entonces, el chiste circula con mala salud: el Nobel no premia resultados, sino expectativas bien redactadas.
La ironía es simple y cruel: se concedió la medalla antes de que ocurriera nada, como quien entrega un premio por asistencia.
La paz como promesa… o como amenaza
A partir de ahí, el Nobel entró en el terreno del humor involuntario. La prensa empezó a hablar de “paz preventiva” y de “pacifismo armado”. En ese clima, no sorprendió que se barajara —con más insistencia de la razonable— la posibilidad de que Donald Trump fuera candidato al Nobel de la Paz.
Los argumentos existieron, las nominaciones circularon y las bromas se multiplicaron. Que un dirigente cuyo capital político ha sido la confrontación permanente pudiera ser considerado para el galardón confirmó una sospecha incómoda: la medalla ya no mide coherencia, sino utilidad estratégica. Si sirve para enviar un mensaje, vale. Si no, se archiva.
El salto cualitativo: pedir invasiones en nombre de la paz
Pero el mercado evoluciona. Y con él, los perfiles. En los últimos años, la sátira periodística ha encontrado nuevo material en figuras políticas que, lejos de mediar conflictos, recomiendan abiertamente soluciones militares externas para sus propios países.
Ahí aparece María Corina Machado, presentada en muchos foros como adalid de la democracia mientras defiende, sin ningún rodeo, la posibilidad de que Estados Unidos invada su propio país, Venezuela. La prensa no ha desaprovechado la paradoja: pedir una intervención militar extranjera como un "acto de amor a la paz".
Las bromas han sido inevitables. Si bombardear tu propio país —eso sí, con bandera ajena— puede considerarse una "contribución a la paz", entonces el Nobel ya no es un premio, sino un ejercicio de retórica extrema. La figura de la multimillonaria opositora ha servido para afinar el sarcasmo: la paz no consiste en evitar la violencia, sino en delegarla en la potencia adecuada.
El casting del Nobel: coherencia no requerida
En este punto, el Nobel de la Paz se parece menos a un reconocimiento y más a un casting ideológico. No se evalúan procesos de reconciliación ni reducción real del conflicto. Se valora el alineamiento, la narrativa exportable y la capacidad de encajar en el discurso correcto.
La prensa lo resume con una frase repetida con resignación: no se premia la paz, se premia la versión de la paz que conviene. Y si para alcanzarla hay que pedir sanciones, bloqueos o invasiones, se hace con tono solemne y vocabulario humanitario.
Entonces, ¿cuánto vale la medalla?
La respuesta es incómoda, pero clara: la medalla vale lo que valga el mensaje que se quiere enviar. Puede costar una guerra presentada como necesaria, una oposición amplificada o una biografía cuidadosamente editada. No tiene precio fijo, pero sí cotización política.
La amargura de la sátira nace de ahí: cuando pedir más violencia suma puntos para un Premio de la Paz, el problema ya no es el galardón, sino el significado mismo de la palabra.
Quizá el Nobel de la Paz no esté devaluado. Quizá simplemente cambió de función. Ya no distingue a quienes reducen el conflicto, sino a quienes saben justificarlo mejor. La medalla sigue brillando. Pero lo que ya no está claro es qué es lo que realmente refleja.


























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