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Martes, 13 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

WOUNDED KNEE: EL GENOCIDIO COMO POLÍTICA Y LA HISTORIA COMO CAMPO DE BATALLA

¿Por qué se niega el Estado a retirar las medallas por una masacre? ¿Puede una democracia premiar el genocidio y seguir llamándose así? ¿Qué tiene que ver una masacre indígena de 1890 con el presente?

En 1890, el ejército de Estados Unidos masacró a centenares de indígenas lakota en Wounded Knee. Los soldados fueron premiados, las víctimas enterradas en una fosa común y la historia disfrazada de “batalla”. A 135 años, el Estado se niega a revocar las condecoraciones. ¿Qué revela este episodio sobre la memoria, el poder y la violencia fundacional de la democracia norteamericana? ¿Que intereses económicos se escondían tras esa masacre? Una secuencia de la historia de los EE. UU., narrada desde una perspectiva no hollywoodense

POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    A veces la historia se disfraza de cuento. A veces el verdugo escribe fábulas, y los niños crecen creyendo que los monstruos no existen, que todo fue un malentendido, una batalla inevitable, un episodio triste que el tiempo se llevó.

 

   Pero a veces —y solo a veces— el silencio no alcanza. Porque hay muertos que insisten en ser escuchados. Porque hay verdades que no se resignan a ser pisoteadas por la nieve. Wounded Knee es uno de esos lugares donde la historia grita bajo el hielo.

 

     El 29 de diciembre de 1890, en una pradera blanca de Dakota del Sur, el Ejército de los Estados Unidos ejecutó a 300 hombres, mujeres, ancianos y niños del pueblo lakota sioux. No fue una batalla. Fue una masacre. Un acto de exterminio disfrazado de intervención militar. Una escena que resume en unas horas el horror de siglos de conquista, desplazamiento, hambre y odio racial. Pero no se trató solo de un crimen. Se trató de una advertencia. De una pedagogía del terror: así termina quien se resiste.

 

LA CONQUISTA NO TERMINA CON LA GUERRA

    El asesinato colectivo de Wounded Knee no fue un error aislado ni un descontrol improvisado. Fue parte de un largo proceso de colonización y exterminio impulsado por la expansión del capital hacia el oeste del continente.

 

   En nombre del "progreso", la tierra indígena fue convertida en propiedad, los búfalos fueron exterminados para destruir la economía nativa, y las reservas fueron impuestas como campos de confinamiento disfrazados de protección. En el fondo, lo que estaba en juego era quién tenía derecho a existir en el nuevo mundo que el capitalismo estadounidense estaba forjando a sangre y fuego.

 

    Los lakota que murieron ese día no eran guerreros armados resistiendo. Eran familias hambrientas, desplazadas, asediadas por las políticas federales, debilitadas por las enfermedades y por la destrucción sistemática de su forma de vida. La represión final vino cuando los sioux comenzaron a practicar la “Danza de los Espíritus”, un ritual de resistencia cultural que asustó a las autoridades blancas, quienes lo interpretaron como señal de rebelión. Y así fue como, tras la ejecución de Toro Sentado, el ejército rodeó a los últimos grupos lakota y los obligó a entregarse. Se suponía que serían desarmados. Pero bastó un disparo, tal vez accidental, tal vez no, para desatar el infierno.

 

EL RACISMO COMO DISCURSO DE ESTADO

      No fueron solo las balas las que mataron. También lo hicieron las palabras. Días antes de la masacre, un pequeño periódico de Dakota del Sur, el Saturday Pioneer, publicó un editorial que debería helarnos la sangre aún hoy. Su autor, L. Frank Baum —sí, el mismo que escribiría El Mago de Oz años más tarde— justificaba sin tapujos el exterminio indígena como un acto necesario para el avance de la “civilización blanca”.

 

    Decía: “¿Por qué no la aniquilación? Su gloria ha desaparecido”. Y días después de Wounded Knee, redobló la apuesta: “Nuestra única seguridad depende de la exterminación total de los indígenas”. Estas frases no fueron marginales. Reflejaban una ideología dominante. La idea de que los pueblos originarios eran obstáculos biológicos para el mercado, para la propiedad, para el ferrocarril, para el ejército. Para los valores de una república fundada sobre el trabajo esclavo y la tierra robada.

 

 

LA HISTORIA COMO MENTIRA OFICIAL

     La masacre no terminó con los disparos. La otra masacre —la del relato— comenzó después. El Estado no solo no juzgó a los responsables de la misma, sino que los condecoró. Veinte soldados del 7.º Regimiento de Caballería —el mismo regimiento que había luchado contra los pueblos indígenas en numerosas campañas de represión— recibieron la Medalla de Honor, la más alta distinción militar del país. Así fue como el genocidio se convirtió en gesta. Así fue como el crimen se convirtió en gloria nacional.

 

    Esta reescritura oficial de los hechos forma parte de una estrategia más profunda: la de borrar el carácter criminal del colonialismo interno estadounidense. De presentar las masacres como inevitables, las resistencias como amenazas, las víctimas como salvajes.

 

EL REVISIONISMO NO ES EL PROBLEMA. LA MENTIRA LO ES.

     135 años después, ese relato aún no ha sido desmontado del todo. En 2025, el entonces Secretario de Defensa, Pete Hegseth, se negó a revocar las Medallas de Honor entregadas a los soldados de Wounded Knee. Dijo que hacerlo sería caer en “política woke”. Dijo que no se podía reescribir la historia. Pero lo que se niega a aceptar es que esa historia ya fue escrita con sangre, con silencios y con falsedades. Que no se trata de “borrar” el pasado, sino de contarlo como fue.

 

    Los pueblos indígenas no piden venganza. Piden verdad. Piden memoria. Piden que las medallas al crimen dejen de colgar del pecho de los verdugos. Piden que el país que se dice democrático tenga el valor de reconocer que su historia está manchada de masacres como esta. Y que las heridas no se curan con declaraciones simbólicas sino con justicia concreta.

 

 

LA GUERRA CONTRA QUIENES SOBRAN

     Si uno mira de cerca lo que ocurrió en Wounded Knee, lo que salta a la vista no es solo la violencia. Es el tipo de violencia. Es el hecho de que el objetivo principal no eran soldados enemigos, ni guerrilleros armados. Eran comunidades enteras. Mujeres, niños, ancianos. La intención no era enfrentar una amenaza, sino erradicar una forma de vida. Lo que estaba en juego era el derecho de esos pueblos a existir como tales. Por eso hablamos de genocidio.

 

    El exterminio fue el instrumento privilegiado de una política colonial que no solo buscaba el control territorial, sino la destrucción cultural y económica de los pueblos indígenas. Esta política se articuló en torno a la idea de que había seres humanos “recuperables” —es decir, asimilables al orden blanco-cristiano-capitalista— y otros que debían ser borrados del mapa. En esta lógica, los lakota no representaban solo una nación vencida, sino una amenaza al relato triunfal del progreso.

 

LA TIERRA COMO BOTÍN

     Detrás de la masacre no solo había odio racial. Había una razón clave: la tierra. La colonización del Oeste estadounidense no fue un simple desplazamiento de fronteras, fue un proceso de expropiación sistemática. Los pueblos indígenas eran desalojados no porque sí, sino porque sus tierras eran valiosas para la expansión del ferrocarril, para la instalación de colonos blancos, para la agricultura capitalista. El sistema de reservas fue la forma jurídica que acompañó a la espada.

 

    La tierra no era solo un espacio físico, sino una condición de existencia. Para los pueblos nativos, la tierra era su modo de vida, su economía, su espiritualidad. Para los colonizadores, en cambio, era un recurso que debía ser mercantilizado. Y donde la resistencia a la mercantilización se volvía fuerte, llegaba la caballería.

 

   Como señala el análisis marxista, toda forma de producción necesita ciertas condiciones para existir: acceso a la fuerza de trabajo, control del territorio, dominación ideológica. En el caso del capitalismo estadounidense en expansión, eso significó despojar a los pueblos indígenas de su medio de producción: la tierra comunal. Y transformar a sus sobrevivientes en población sobrante, sin rol productivo, encerrada en reservas, convertida en objeto de vigilancia y asistencia.

 

EL PAPEL DEL ESTADO EN EL EXTERMINIO

     El Estado estadounidense no fue un actor pasivo en esta historia. Fue el organizador, el ejecutor y el legitimador del genocidio. Las campañas militares contra las naciones indígenas no fueron desviaciones de la democracia, sino parte de su consolidación. El aparato estatal sirvió para imponer las condiciones necesarias para el desarrollo del capitalismo agrario e industrial. Las matanzas no fueron errores ni excesos, sino acciones perfectamente coherentes con la lógica de acumulación primitiva.

 

    Este concepto —“acumulación originaria”— fue desarrollado para explicar cómo el capital necesita, en sus fases iniciales, apoderarse por la fuerza de medios de producción ajenos: tierras, cuerpos, recursos. Lo que ocurrió en el Oeste de Estados Unidos en el siglo XIX fue exactamente eso. El genocidio indígena fue el precio de la creación de un mercado nacional unificado, de la expansión del ferrocarril, de la integración del territorio bajo la propiedad privada. La sangre era el cemento del nuevo Estado.

 

CUANDO EL MONSTRUO SE DISFRAZA DE CUENTO

     El caso de L. Frank Baum es especialmente revelador porque ilustra la hipocresía de la ideología dominante. ¿Cómo [Img #89129]puede ser que el mismo hombre que pedía el exterminio indígena en sus editoriales se convirtiera en el autor de El Mago de Oz, un clásico de la literatura infantil? ¿Cómo puede convivir el racismo genocida con la ternura narrativa? La respuesta es que no son opuestos. Son dos caras de un mismo sistema cultural.

 

    La ideología dominante no es simplemente un discurso explícito de odio. También se manifiesta en formas aparentemente inocentes, en relatos que ocultan las violencias fundacionales de la sociedad. El problema no es solo lo que se dice, sino lo que se calla. La historia oficial norteamericana ha sido una fábrica de silencios: presenta la conquista del Oeste como un proceso heroico, a los indígenas como obstáculos culturales, a los colonos como valientes pioneros. El genocidio no aparece. Y cuando lo hace, es como[Img #89130] un mal necesario.

 

RECORDAR NO ES SUFICIENTE

     En 1990, el Congreso de los EE. UU. expresó su “profundo pesar” por la masacre de Wounded Knee. Un siglo después, sin justicia, sin reparación, sin devolución de tierras, esa declaración fue poco más que un gesto simbólico. Mientras tanto, las medallas a los asesinos siguen vigentes. Los responsables históricos nunca fueron juzgados. La memoria se convirtió en conmemoración vacía.

 

    En 2025, ante la presión creciente de líderes indígenas y activistas por la retirada de las medallas, el gobierno respondió con desprecio. Pete Hegseth, al frente del Departamento de Defensa, defendió la masacre como si fuera una “batalla legítima”. Acusó de “revisionismo histórico” a quienes pedían rendición de cuentas. Pero, ¿no es acaso la versión oficial —esa que llama héroes a los asesinos— el verdadero revisionismo?

 

   Nombrar las cosas como fueron no es una amenaza a la historia. Es una forma de protegerla. Las comunidades lakota no piden una estatua ni una disculpa vacía. Piden que los crímenes dejen de ser celebrados. Que las medallas se devuelvan. Que los símbolos de muerte dejen de formar parte del orgullo nacional. Y que la historia no se escriba más desde el punto de vista del fusil.

 

LA VERDAD COMO ARMA POLÍTICA

     En este contexto, luchar por la memoria no es un gesto simbólico. Es un acto político. Por eso los pueblos lakota, oglala y otras naciones indígenas han convertido Wounded Knee en un punto de partida. En los años 70, el movimiento AIM (American Indian Movement) ocupó el sitio de la masacre como parte de su lucha por los derechos indígenas. No fue solo un homenaje: fue una forma de reapropiarse de su historia y convertirla en herramienta de lucha.

 

    Hoy, cada campaña por la recuperación de tierras, cada exigencia de que se devuelvan las Medallas de Honor, cada denuncia del racismo estructural, se conecta directamente con la memoria de Wounded Knee. Porque no se trata solo de cambiar los libros de historia. Se trata de disputar el sentido mismo de la historia. De pelear por quién tiene derecho a contarla. Y por quién tiene derecho a existir sin ser considerado una amenaza.

 

    Lo que está en juego no es el pasado, sino el presente. No se trata de volver atrás, sino de dejar de repetir. Como han dicho muchos líderes indígenas, no se puede construir una reconciliación verdadera sin justicia. Y no hay justicia posible mientras se sigan premiando crímenes de guerra y silenciando a los pueblos que aún luchan por sobrevivir. Y es que, además, cuando la historia no se enseña, vuelve a repitirse.

 

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