MARRUECOS E ISRAEL: UNA ALIANZA QUE ESTRANGULA AL SÁHARA OCUPADO Y ACORRALA A CANARIAS
El papel del sionismo como potencia militar en el Atlántico noroccidental
La alianza entre Marruecos e Israel, sellada hace cinco años y fortalecida con un nuevo acuerdo militar en enero de 2026, no sólo consolida la ocupación colonial del Sáhara Occidental. Además, sitúa a Canarias en el epicentro de una creciente tensión geoestratégica, económica y ambiental, mientras el Gobierno español legitima con sus actos la expansión marroquí sobre el Atlántico oriental (...).
Por CRISTÓBAL Gª VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
En diciembre de 2020, Marruecos e Israel firmaban un acuerdo de normalización de relaciones en Rabat, en el marco de los llamados Acuerdos de Abraham promovidos por Estados Unidos.
Esta declaración formal no solo reanudó vínculos diplomáticos interrumpidos décadas atrás entre la dictadura alauita y el régimen sionista. Desencadenó, además, un proceso de colaboración política, económica y militar que ha ido consolidándose hasta convertirse en uno de los factores geopolíticos más relevantes del norte de África y el sur de Europa.
Ahora, cinco años después, la firma de un plan de trabajo militar conjunto para 2026 —suscrito en Tel Aviv por altos mandos de ambos ejércitos este mismo mes de enero— es la expresión tangible de una alianza estratégica cuya evolución no puede entenderse sin remontarse a los hitos que la fueron construyendo.
LA COOPERACIÓN ESTRATÉGICA DE MARRUECOS E ISRAEL
Aunque la normalización de diciembre de 2020 marca el punto de partida oficial de la relación bilateral, las raíces del entendimiento entre Rabat y Tel Aviv son más antiguas y complejas. Desde mediados del siglo XX existen vínculos discretos entre ambos estados, tanto en términos culturales —incluyendo intercambios de población como la migración masiva de judíos marroquíes a Israel durante los años 60— como de inteligencia y seguridad.
El 22 de diciembre de 2020, con la mediación del gobierno de Estados Unidos, Marruecos y el Estado de Israel firmaron una declaración conjunta por la que Rabat reconocía oficialmente a Tel Aviv, se reabrían oficinas de enlace diplomáticas y se comprometían a cooperar en ámbitos civiles y comerciales. A cambio, Washington reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, territorio cuya ocupación desde 1975 ha sido objeto de rechazo por parte de Naciones Unidas y de buena parte de la comunidad internacional.
Pocos meses después, en noviembre de 2021, se firmó un memorando de entendimiento en materia de defensa, durante una visita oficial del entonces ministro de Defensa israelí, Benny Gantz, a Rabat. Este acuerdo —el primero de este tipo entre los dos países— formalizó la cooperación en inteligencia, formación militar, intercambio de información y apoyo logístico, y abrió la puerta a ventas de armamento y tecnología militar israelí a Marruecos.
En marzo de 2022, la relación dio un paso más con la participación de Marruecos en el denominado Negev Summit en Israel, un foro diplomático que reunió a varios países de los Acuerdos de Abraham para discutir seguridad regional. Este tipo de encuentros no solo cimentó relaciones bilaterales sino que introdujo a Rabat en redes de cooperación más amplias que trascienden el Magreb.
Desde entonces, la cooperación militar ha pasado de acuerdos generales a prácticas operativas concretas: ejercicios conjuntos, intercambio de personal, acceso a tecnología avanzada y establecimiento de canales permanentes de coordinación. El más reciente producto de esta tendencia es el plan de trabajo para 2026, que formaliza actividades de entrenamiento, visitas de unidades y debates estratégicos entre las Fuerzas de Defensa de Israel y las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos.
MILITARES Y TECNOLOGÍA: LA CONSOLIDACIÓN DE UNA ALIANZA BÉLICA
La cooperación militar entre Marruecos e Israel tiene consecuencias tácticas, estratégicas y políticas concretas que se traducen en capacidades ampliadas para las Fuerzas Armadas marroquíes e influencia directa de la tecnología israelí en la región del Sáhara Occidental.
Desde 2021, Marruecos ha comprado drones de reconocimiento y ataque de fabricación israelí —como los Heron, WanderB y ThunderB—, así como municiones guiadas y sistemas de contramedidas electrónicas. Estas compras no solo modernizan las capacidades marroquíes sino que posicionan al reino como un cliente relevante de la industria de defensa israelí.
Además, parte de la cooperación ha incluido el establecimiento de infraestructura industrial conjunta, con fábricas para ensamblar drones de tipo “kamikaze” —como los SpyX— directamente en territorio marroquí. Esta modalidad de producción no solo reduce los costes de adquisición de armamento, sino que también crea una base de transferencia tecnológica.
La introducción de sistemas antiaéreos y de defensa electrónica, así como formación especializada proporcionada por expertos israelíes, significa que la presencia militar en el noroeste africano ya no es la de un ejército tradicional limitado a sus fronteras, sino la de un actor dotado de capacidades modernas con alcance estratégico. Todo ello se enmarca en un contexto donde Marruecos busca proyectar fuerza regional no solo contra adversarios históricos como Argelia o el Frente Polisario, sino también en un tablero global cada vez más competitivo.
EL SÁHARA OCCIDENTAL: TERRITORIO POR DESCOLONIZAR
El Sáhara Occidental, sin embargo, no es solo un escenario donde se despliega tecnología militar israelí al servicio de Marruecos. Es, ante todo, un territorio pendiente de descolonización, ocupado desde 1975 tras la retirada de España, y cuyo estatuto jurídico internacional no ha sido resuelto. Tanto la ONU como la Unión Africana reconocen el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación, pero ni hay referéndum ni hay proceso político efectivo: hay una ocupación consolidada por la fuerza y legitimada de facto por intereses económicos y alianzas militares.
Marruecos gobierna la mayor parte del territorio —incluidas sus principales ciudades y recursos—, mientras que el Frente Polisario administra zonas interiores y mantiene una resistencia político‑militar desde la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), reconocida por más de 40 Estados y miembro fundador de la Unión Africana. Esta disputa no es un “conflicto congelado”, como repiten los diplomáticos: es una situación colonial contemporánea sostenida por un Estado aliado de Occidente, lo cual explica el bajo coste político internacional de la ocupación.
La entrada de Israel en este tablero no surge por solidaridad política, sino por convergencia de intereses materiales: Marruecos obtiene tecnología militar, acceso diplomático y legitimidad exterior; Israel gana presencia estratégica en el Magreb, abre mercados para su industria de defensa y se posiciona en el Atlántico Sur frente a Argelia, Irán y Rusia. No hay motivaciones religiosas o civilizatoria, sino economía política del territorio y geoestrategia imperial.
La militarización del Sáhara, por tanto, cumple una doble función. En el plano interno, refuerza el control territorial sobre una población que no ha renunciado a luchar por su libre autodeterminación. . En el plano externo, permite a Marruecos proyectar fuerza hacia el Atlántico, el Sahel y el Mediterráneo occidental, redefiniendo su posición en el eje Washington–Tel Aviv–Rabat. El muro militar que divide el Sáhara en dos —y que se extiende por casi 2.700 kilómetros— no es solo una línea defensiva frente al Polisario: es una infraestructura colonial que facilita la extracción y exportación de fosfatos, pesca, energía eólica e hidrocarburos, bienes que financian una ocupación no reconocida y vulneran el derecho internacional.
La presencia de drones de combate, sistemas de vigilancia electrónica, misiles tierra‑aire y bases de datos de inteligencia en el territorio ocupado no puede leerse únicamente como una modernización militar. Es la tecnificación de la ocupación, una forma de gobernanza colonial basada en el control del espacio, del movimiento y de los recursos naturales. El apoyo israelí no hace “más eficiente” solo a las Fuerzas Armadas Reales; hace más rentable a la ocupación.
Este proceso tiene repercusiones directas para España y Canarias. La proximidad geográfica del archipiélago al Sáhara ocupado —menos de 100 kilómetros en algunos tramos— convierte cualquier transformación militar o extractiva en un asunto de seguridad europea y soberanía energética. No se trata solo de drones y radares: se trata de que Marruecos entrega concesiones para hidrocarburos, gas y energías renovables en un área marítima cuya delimitación no está resuelta por el Derecho del Mar, y que choca con la Zona Económica Exclusiva (ZEE) que España reclama para Canarias.
Así, el Sáhara Occidental aparece como un nudo geopolítico donde convergen colonialismo, militarización y capitalismo extractivo, con la población saharaui como sujeto oprimido, Marruecos como potencia ocupante, Israel como proveedor estratégico, y España como antigua metrópoli que mira hacia otro lado mientras el nuevo tablero atlántico se redefine sin ella. Y esa redefinición se hace a las puertas de Canarias, no en una región remota de interés académico.
CANARIAS, TERRITORIO FRONTERA EN EL NUEVO ATLÁNTICO MILITARIZADO
Las Islas Canarias se encuentran hoy en una posición geoestratégica que ha dejado de ser periférica para convertirse en frontera. La cooperación militar entre Marruecos e Israel, desplegada sobre el Sáhara Occidental y su fachada atlántica se desarrolla a entre 96 y 130 kilómetros del Archipiélago, en un espacio que opera como nexo entre África, Europa y América. En términos geopolíticos, el sur del Sáhara funciona como un laboratorio militar y extractivo para Rabat y Tel Aviv, mientras que Canarias queda expuesta como retaguardia europea sin capacidad de control sobre el proceso.
El despliegue de infraestructuras militares, sistemas de vigilancia, bases de drones y radares de largo alcance implica que el Archipiélago ya no vive de espaldas al continente. Al contrario: está entrando en una fase en la que su seguridad marítima, su espacio aéreo y su soberanía energética pueden verse condicionados por actores que operan a escasos minutos de vuelo.
A ello se suma la dimensión económico-ambiental, inseparable de la militar. La concesión marroquí de licencias a empresas israelíes para la exploración de hidrocarburos en aguas del Sáhara —todavía no delimitadas por el Derecho del Mar en lo relativo a la ZEE canaria— no solo amenaza la biodiversidad oceánica y el turismo, sino que abre un conflicto latente sobre los derechos marítimos españoles y los recursos energéticos del Atlántico oriental. En caso de accidentes o maniobras agresivas de perforación, el Archipiélago podría pagar la factura ecológica y económica.
Finalmente, el aumento del turismo israelí hacia Dajla y Bojador, la instalación de cadenas hoteleras y la “normalización” económica de la ocupación sahariana constituyen una arista silenciosa del conflicto: mientras Marruecos e Israel legitiman el control territorial a través del mercado, Canarias observa expectante cómo el mapa turístico del Atlántico se reconfigura sin su participación y potencialmente en su contra.
La alianza estratégica entre Marruecos e Israel sitúa al Archipiélago canario en el centro de un tablero geopolítico cada vez más tenso, con un vecino cuyas pretensiones expansionistas cuentan no solo con el aval de Estados Unidos, sino con la colaboración directa, en el terreno, de una potencia militar altamente belicista, plenamente dispuesta a emplear fuerza masiva y capaz de cometer crímenes como el genocidio que se ejecuta actualmente en Palestina.
En este contexto, el Gobierno español ha sido uno de los principales impulsores europeos de la estrategia marroquí, avalando públicamente el plan de autonomía para el Sáhara Occidental —instrumento que busca perpetuar y legalizar la ocupación colonial—, y contribuyendo así añ envalentonamiento a Rabat en otros frentes, como la reivindicación sobre aguas próximas a Canarias y potenciales demandas futuras.
Mientras el discurso institucional pretende que “nada ha cambiado”, el mapa geoestratégico del noroeste africano ya se ha redibujado a costa del Sáhara y a las puertas mismas del Archipielago sin que la capital de la metrópoli se haya atrevido a pronunciarse.
Por CRISTÓBAL Gª VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
En diciembre de 2020, Marruecos e Israel firmaban un acuerdo de normalización de relaciones en Rabat, en el marco de los llamados Acuerdos de Abraham promovidos por Estados Unidos.
Esta declaración formal no solo reanudó vínculos diplomáticos interrumpidos décadas atrás entre la dictadura alauita y el régimen sionista. Desencadenó, además, un proceso de colaboración política, económica y militar que ha ido consolidándose hasta convertirse en uno de los factores geopolíticos más relevantes del norte de África y el sur de Europa.
Ahora, cinco años después, la firma de un plan de trabajo militar conjunto para 2026 —suscrito en Tel Aviv por altos mandos de ambos ejércitos este mismo mes de enero— es la expresión tangible de una alianza estratégica cuya evolución no puede entenderse sin remontarse a los hitos que la fueron construyendo.
LA COOPERACIÓN ESTRATÉGICA DE MARRUECOS E ISRAEL
Aunque la normalización de diciembre de 2020 marca el punto de partida oficial de la relación bilateral, las raíces del entendimiento entre Rabat y Tel Aviv son más antiguas y complejas. Desde mediados del siglo XX existen vínculos discretos entre ambos estados, tanto en términos culturales —incluyendo intercambios de población como la migración masiva de judíos marroquíes a Israel durante los años 60— como de inteligencia y seguridad.
El 22 de diciembre de 2020, con la mediación del gobierno de Estados Unidos, Marruecos y el Estado de Israel firmaron una declaración conjunta por la que Rabat reconocía oficialmente a Tel Aviv, se reabrían oficinas de enlace diplomáticas y se comprometían a cooperar en ámbitos civiles y comerciales. A cambio, Washington reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, territorio cuya ocupación desde 1975 ha sido objeto de rechazo por parte de Naciones Unidas y de buena parte de la comunidad internacional.
Pocos meses después, en noviembre de 2021, se firmó un memorando de entendimiento en materia de defensa, durante una visita oficial del entonces ministro de Defensa israelí, Benny Gantz, a Rabat. Este acuerdo —el primero de este tipo entre los dos países— formalizó la cooperación en inteligencia, formación militar, intercambio de información y apoyo logístico, y abrió la puerta a ventas de armamento y tecnología militar israelí a Marruecos.
En marzo de 2022, la relación dio un paso más con la participación de Marruecos en el denominado Negev Summit en Israel, un foro diplomático que reunió a varios países de los Acuerdos de Abraham para discutir seguridad regional. Este tipo de encuentros no solo cimentó relaciones bilaterales sino que introdujo a Rabat en redes de cooperación más amplias que trascienden el Magreb.
Desde entonces, la cooperación militar ha pasado de acuerdos generales a prácticas operativas concretas: ejercicios conjuntos, intercambio de personal, acceso a tecnología avanzada y establecimiento de canales permanentes de coordinación. El más reciente producto de esta tendencia es el plan de trabajo para 2026, que formaliza actividades de entrenamiento, visitas de unidades y debates estratégicos entre las Fuerzas de Defensa de Israel y las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos.
MILITARES Y TECNOLOGÍA: LA CONSOLIDACIÓN DE UNA ALIANZA BÉLICA
La cooperación militar entre Marruecos e Israel tiene consecuencias tácticas, estratégicas y políticas concretas que se traducen en capacidades ampliadas para las Fuerzas Armadas marroquíes e influencia directa de la tecnología israelí en la región del Sáhara Occidental.
Desde 2021, Marruecos ha comprado drones de reconocimiento y ataque de fabricación israelí —como los Heron, WanderB y ThunderB—, así como municiones guiadas y sistemas de contramedidas electrónicas. Estas compras no solo modernizan las capacidades marroquíes sino que posicionan al reino como un cliente relevante de la industria de defensa israelí.
Además, parte de la cooperación ha incluido el establecimiento de infraestructura industrial conjunta, con fábricas para ensamblar drones de tipo “kamikaze” —como los SpyX— directamente en territorio marroquí. Esta modalidad de producción no solo reduce los costes de adquisición de armamento, sino que también crea una base de transferencia tecnológica.
La introducción de sistemas antiaéreos y de defensa electrónica, así como formación especializada proporcionada por expertos israelíes, significa que la presencia militar en el noroeste africano ya no es la de un ejército tradicional limitado a sus fronteras, sino la de un actor dotado de capacidades modernas con alcance estratégico. Todo ello se enmarca en un contexto donde Marruecos busca proyectar fuerza regional no solo contra adversarios históricos como Argelia o el Frente Polisario, sino también en un tablero global cada vez más competitivo.
EL SÁHARA OCCIDENTAL: TERRITORIO POR DESCOLONIZAR
El Sáhara Occidental, sin embargo, no es solo un escenario donde se despliega tecnología militar israelí al servicio de Marruecos. Es, ante todo, un territorio pendiente de descolonización, ocupado desde 1975 tras la retirada de España, y cuyo estatuto jurídico internacional no ha sido resuelto. Tanto la ONU como la Unión Africana reconocen el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación, pero ni hay referéndum ni hay proceso político efectivo: hay una ocupación consolidada por la fuerza y legitimada de facto por intereses económicos y alianzas militares.
Marruecos gobierna la mayor parte del territorio —incluidas sus principales ciudades y recursos—, mientras que el Frente Polisario administra zonas interiores y mantiene una resistencia político‑militar desde la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), reconocida por más de 40 Estados y miembro fundador de la Unión Africana. Esta disputa no es un “conflicto congelado”, como repiten los diplomáticos: es una situación colonial contemporánea sostenida por un Estado aliado de Occidente, lo cual explica el bajo coste político internacional de la ocupación.
La entrada de Israel en este tablero no surge por solidaridad política, sino por convergencia de intereses materiales: Marruecos obtiene tecnología militar, acceso diplomático y legitimidad exterior; Israel gana presencia estratégica en el Magreb, abre mercados para su industria de defensa y se posiciona en el Atlántico Sur frente a Argelia, Irán y Rusia. No hay motivaciones religiosas o civilizatoria, sino economía política del territorio y geoestrategia imperial.
La militarización del Sáhara, por tanto, cumple una doble función. En el plano interno, refuerza el control territorial sobre una población que no ha renunciado a luchar por su libre autodeterminación. . En el plano externo, permite a Marruecos proyectar fuerza hacia el Atlántico, el Sahel y el Mediterráneo occidental, redefiniendo su posición en el eje Washington–Tel Aviv–Rabat. El muro militar que divide el Sáhara en dos —y que se extiende por casi 2.700 kilómetros— no es solo una línea defensiva frente al Polisario: es una infraestructura colonial que facilita la extracción y exportación de fosfatos, pesca, energía eólica e hidrocarburos, bienes que financian una ocupación no reconocida y vulneran el derecho internacional.
La presencia de drones de combate, sistemas de vigilancia electrónica, misiles tierra‑aire y bases de datos de inteligencia en el territorio ocupado no puede leerse únicamente como una modernización militar. Es la tecnificación de la ocupación, una forma de gobernanza colonial basada en el control del espacio, del movimiento y de los recursos naturales. El apoyo israelí no hace “más eficiente” solo a las Fuerzas Armadas Reales; hace más rentable a la ocupación.
Este proceso tiene repercusiones directas para España y Canarias. La proximidad geográfica del archipiélago al Sáhara ocupado —menos de 100 kilómetros en algunos tramos— convierte cualquier transformación militar o extractiva en un asunto de seguridad europea y soberanía energética. No se trata solo de drones y radares: se trata de que Marruecos entrega concesiones para hidrocarburos, gas y energías renovables en un área marítima cuya delimitación no está resuelta por el Derecho del Mar, y que choca con la Zona Económica Exclusiva (ZEE) que España reclama para Canarias.
Así, el Sáhara Occidental aparece como un nudo geopolítico donde convergen colonialismo, militarización y capitalismo extractivo, con la población saharaui como sujeto oprimido, Marruecos como potencia ocupante, Israel como proveedor estratégico, y España como antigua metrópoli que mira hacia otro lado mientras el nuevo tablero atlántico se redefine sin ella. Y esa redefinición se hace a las puertas de Canarias, no en una región remota de interés académico.
CANARIAS, TERRITORIO FRONTERA EN EL NUEVO ATLÁNTICO MILITARIZADO
Las Islas Canarias se encuentran hoy en una posición geoestratégica que ha dejado de ser periférica para convertirse en frontera. La cooperación militar entre Marruecos e Israel, desplegada sobre el Sáhara Occidental y su fachada atlántica se desarrolla a entre 96 y 130 kilómetros del Archipiélago, en un espacio que opera como nexo entre África, Europa y América. En términos geopolíticos, el sur del Sáhara funciona como un laboratorio militar y extractivo para Rabat y Tel Aviv, mientras que Canarias queda expuesta como retaguardia europea sin capacidad de control sobre el proceso.
El despliegue de infraestructuras militares, sistemas de vigilancia, bases de drones y radares de largo alcance implica que el Archipiélago ya no vive de espaldas al continente. Al contrario: está entrando en una fase en la que su seguridad marítima, su espacio aéreo y su soberanía energética pueden verse condicionados por actores que operan a escasos minutos de vuelo.
A ello se suma la dimensión económico-ambiental, inseparable de la militar. La concesión marroquí de licencias a empresas israelíes para la exploración de hidrocarburos en aguas del Sáhara —todavía no delimitadas por el Derecho del Mar en lo relativo a la ZEE canaria— no solo amenaza la biodiversidad oceánica y el turismo, sino que abre un conflicto latente sobre los derechos marítimos españoles y los recursos energéticos del Atlántico oriental. En caso de accidentes o maniobras agresivas de perforación, el Archipiélago podría pagar la factura ecológica y económica.
Finalmente, el aumento del turismo israelí hacia Dajla y Bojador, la instalación de cadenas hoteleras y la “normalización” económica de la ocupación sahariana constituyen una arista silenciosa del conflicto: mientras Marruecos e Israel legitiman el control territorial a través del mercado, Canarias observa expectante cómo el mapa turístico del Atlántico se reconfigura sin su participación y potencialmente en su contra.
La alianza estratégica entre Marruecos e Israel sitúa al Archipiélago canario en el centro de un tablero geopolítico cada vez más tenso, con un vecino cuyas pretensiones expansionistas cuentan no solo con el aval de Estados Unidos, sino con la colaboración directa, en el terreno, de una potencia militar altamente belicista, plenamente dispuesta a emplear fuerza masiva y capaz de cometer crímenes como el genocidio que se ejecuta actualmente en Palestina.
En este contexto, el Gobierno español ha sido uno de los principales impulsores europeos de la estrategia marroquí, avalando públicamente el plan de autonomía para el Sáhara Occidental —instrumento que busca perpetuar y legalizar la ocupación colonial—, y contribuyendo así añ envalentonamiento a Rabat en otros frentes, como la reivindicación sobre aguas próximas a Canarias y potenciales demandas futuras.
Mientras el discurso institucional pretende que “nada ha cambiado”, el mapa geoestratégico del noroeste africano ya se ha redibujado a costa del Sáhara y a las puertas mismas del Archipielago sin que la capital de la metrópoli se haya atrevido a pronunciarse.



























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.174