NO HAY "RENDICIÓN" SAHARAUI: DESMONTANDO LA CAMPAÑA MARROQUÍ
"La descolonización del Sáhara Occidental no se resuelve en titulares ni en filtraciones interesadas"
En los últimos días -escribe Carlos C. García - la prensa oficial del Majzén ha activado una ofensiva narrativa perfectamente reconocible. Dos ideas se repiten como consignas: que el conflicto del Sáhara Occidental sería, en realidad, un problema entre Marruecos y Argelia (...).
Por CARLOS C. GARCÍA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
En los últimos días, la prensa oficial del Majzén ha activado una ofensiva narrativa perfectamente reconocible. Dos ideas se repiten como consignas: que el conflicto del Sáhara Occidental sería, en realidad, un problema entre Marruecos y Argelia; y que Argelia y el Frente Polisario habrían cedido a las presiones de Donald Trump, aceptando contactos diplomáticos como antesala de una claudicación.
No es un análisis. Es una campaña
Reducir el conflicto a una rivalidad bilateral es un viejo recurso de Rabat: desplazar el eje desde la descolonización hacia la geopolítica regional. Si el problema es Marruecos–Argelia, desaparece el sujeto político central: el pueblo saharaui. Y con él, su derecho a la autodeterminación. El relato majzeniano intenta convertir una ocupación en una “tensión entre vecinos”, diluyendo responsabilidades y normalizando el hecho consumado.
Pero el marco jurídico no lo dicta la propaganda. El Sáhara Occidental sigue inscrito por Naciones Unidas como territorio no autónomo pendiente de descolonización. El sujeto del derecho no es Argelia; es el pueblo saharaui. Y su representante reconocido en el proceso político es el Frente Polisario. Cambiar el encuadre mediático no altera esa arquitectura jurídica.
La segunda pieza de la operación es más sutil: presentar cualquier contacto diplomático como prueba de rendición. Si hay reuniones, es porque se habría aceptado el plan marroquí; si Washington impulsa conversaciones, es porque la presión ha surtido efecto. Se busca instalar la idea de inevitabilidad: que la “autonomía” sería el único horizonte posible y que todos acabarán plegándose.
Es una construcción psicológica dirigida tanto al interior de Marruecos como a socios internacionales. A la opinión pública marroquí se le transmite que la estrategia del Majzén avanza y que la cuestión saharaui está encarrilada. A los actores externos se les sugiere que la resistencia saharaui es residual y que la estabilidad regional pasa por aceptar el marco propuesto por Rabat.
Pero participar en conversaciones no equivale a capitular. La diplomacia —incluso bajo presión— no es sinónimo de renuncia. En procesos de descolonización y conflictos prolongados, los contactos son instrumentos, no desenlaces. Pretender que sentarse a una mesa implica aceptar una solución predeterminada es confundir negociación con sumisión.
La clave de esta campaña está en el desplazamiento del terreno. Se intenta convertir un proceso de descolonización supervisado por la ONU en un expediente estratégico gestionado por grandes potencias. Si Washington aparece como mediador entre Rabat y Argel, el relato marroquí gana oxígeno: el Sáhara deja de ser un caso jurídico para convertirse en un asunto de equilibrio regional.
Sin embargo, ni el Consejo de Seguridad ha reconocido soberanía marroquí sobre el territorio, ni la ONU ha redefinido el conflicto como una disputa bilateral. El derecho internacional permanece. Lo que cambia es el esfuerzo comunicativo por erosionarlo.
Conviene decirlo con claridad: la campaña no busca informar, busca fijar marco. Si el problema es Argelia, Marruecos se presenta como actor razonable frente a un vecino obstruccionista. Si el Polisario “cede”, se intenta minar la moral saharaui y transmitir que la partida está decidida.
No lo está.
La descolonización del Sáhara Occidental no se resuelve en titulares ni en filtraciones interesadas. No depende de la presión mediática ni de la fabricación de consensos ficticios. Depende del respeto al derecho internacional y de la voluntad libremente expresada del pueblo saharaui.
Lo demás es propaganda.
(*) Carlos C. García. De la "Plataforma de apoyo al pueblo saharaui"
Por CARLOS C. GARCÍA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
En los últimos días, la prensa oficial del Majzén ha activado una ofensiva narrativa perfectamente reconocible. Dos ideas se repiten como consignas: que el conflicto del Sáhara Occidental sería, en realidad, un problema entre Marruecos y Argelia; y que Argelia y el Frente Polisario habrían cedido a las presiones de Donald Trump, aceptando contactos diplomáticos como antesala de una claudicación.
No es un análisis. Es una campaña
Reducir el conflicto a una rivalidad bilateral es un viejo recurso de Rabat: desplazar el eje desde la descolonización hacia la geopolítica regional. Si el problema es Marruecos–Argelia, desaparece el sujeto político central: el pueblo saharaui. Y con él, su derecho a la autodeterminación. El relato majzeniano intenta convertir una ocupación en una “tensión entre vecinos”, diluyendo responsabilidades y normalizando el hecho consumado.
Pero el marco jurídico no lo dicta la propaganda. El Sáhara Occidental sigue inscrito por Naciones Unidas como territorio no autónomo pendiente de descolonización. El sujeto del derecho no es Argelia; es el pueblo saharaui. Y su representante reconocido en el proceso político es el Frente Polisario. Cambiar el encuadre mediático no altera esa arquitectura jurídica.
La segunda pieza de la operación es más sutil: presentar cualquier contacto diplomático como prueba de rendición. Si hay reuniones, es porque se habría aceptado el plan marroquí; si Washington impulsa conversaciones, es porque la presión ha surtido efecto. Se busca instalar la idea de inevitabilidad: que la “autonomía” sería el único horizonte posible y que todos acabarán plegándose.
Es una construcción psicológica dirigida tanto al interior de Marruecos como a socios internacionales. A la opinión pública marroquí se le transmite que la estrategia del Majzén avanza y que la cuestión saharaui está encarrilada. A los actores externos se les sugiere que la resistencia saharaui es residual y que la estabilidad regional pasa por aceptar el marco propuesto por Rabat.
Pero participar en conversaciones no equivale a capitular. La diplomacia —incluso bajo presión— no es sinónimo de renuncia. En procesos de descolonización y conflictos prolongados, los contactos son instrumentos, no desenlaces. Pretender que sentarse a una mesa implica aceptar una solución predeterminada es confundir negociación con sumisión.
La clave de esta campaña está en el desplazamiento del terreno. Se intenta convertir un proceso de descolonización supervisado por la ONU en un expediente estratégico gestionado por grandes potencias. Si Washington aparece como mediador entre Rabat y Argel, el relato marroquí gana oxígeno: el Sáhara deja de ser un caso jurídico para convertirse en un asunto de equilibrio regional.
Sin embargo, ni el Consejo de Seguridad ha reconocido soberanía marroquí sobre el territorio, ni la ONU ha redefinido el conflicto como una disputa bilateral. El derecho internacional permanece. Lo que cambia es el esfuerzo comunicativo por erosionarlo.
Conviene decirlo con claridad: la campaña no busca informar, busca fijar marco. Si el problema es Argelia, Marruecos se presenta como actor razonable frente a un vecino obstruccionista. Si el Polisario “cede”, se intenta minar la moral saharaui y transmitir que la partida está decidida.
No lo está.
La descolonización del Sáhara Occidental no se resuelve en titulares ni en filtraciones interesadas. No depende de la presión mediática ni de la fabricación de consensos ficticios. Depende del respeto al derecho internacional y de la voluntad libremente expresada del pueblo saharaui.
Lo demás es propaganda.
(*) Carlos C. García. De la "Plataforma de apoyo al pueblo saharaui"


























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