JUAN NEGRÍN: UNA FIGURA HISTÓRICA QUE LA DERECHA CANARIA PRETENDE BORRAR DE LA MEMORIA DEL ARCHIPIÉLAGO
Negrín fue un destacado científico, médico y presidente, pero aún hay quienes solo ven en él a un enemigo
Juan Negrín, nacido en Las Palmas y último presidente de la Segunda República, fue un médico brillante y un político clave en la lucha contra el fascismo. Hoy, en su tierra natal, su memoria sigue generando polémicas: algunos piden quitar su nombre de un hospital y retirar su estatua de la ciudad. Pero ¿por qué molesta tanto que se le recuerde? ¿Qué dice eso sobre nuestra forma de entender la historia?
POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
En Canarias, la historia pesa. Pero pesa de forma desigual. Algunos nombres se celebran, se enseñan en los colegios, se conmemoran. Otros, en cambio, incomodan. Y hay uno que, pese a ser una de las figuras más importantes de la historia del siglo XX español, sigue siendo discutido, negado e incluso atacado en nuestro Archipiélago. Se trata de Juan Negrín, médico, científico, ministro de Hacienda y último presidente del gobierno de la II República durante la Guerra Civil.
Nacido en Las Palmas de G.C., su figura debería ser motivo de orgullo para todos los canarios, pero para determinados sectores ultraconservadores, su legado sigue siendo una herida que prefieren mantener abierta.
¿QUIÉN FUE JUAN NEGRÍN Y POR QUÉ MOLESTA TANTO SU NOMBRE?
Juan Negrín no fue solo un político. Fue también un científico brillante, catedrático de fisiología con apenas 28 años, políglota y un hombre profundamente comprometido con el conocimiento y el servicio público. Durante la Guerra Civil, asumió el liderazgo de un gobierno que luchaba por sobrevivir frente a un golpe militar apoyado por el fascismo internacional. Su mandato fue tan difícil como decisivo. Bajo su dirección, la República resistió hasta 1939.
Pero Negrín pagó cara su coherencia. Durante la dictadura franquista fue sistemáticamente demonizado como el “hombre de Moscú”, acusado de haber entregado el oro del Banco de España a Stalin —una acusación que hoy los historiadores han desmontado con documentación rigurosísima—, y también de haber prolongado una guerra “ya perdida”. Durante años, se impuso sobre él una especie de silencio obligatorio. Incluso dentro del exilio republicano, sectores socialistas lo abandonaron. Ha sido el gran olvidado de estas últimas décadas.
Por eso, cuando en Canarias se le comenzó a reconocer públicamente —dando su nombre a un Hospital y levantando una estatua en su honor—, las viejas resistencias reaparecieron con fuerza.
EL HOSPITAL JUAN NEGRÍN: SANIDAD PÚBLICA Y MEMORIA HISTÓRICA
En 1999 se inauguró el Hospital Universitario de Gran Canaria Dr. Negrín, hoy el centro hospitalario más moderno y especializado de la isla. El nombre no fue casual: se trataba de devolverle a Negrín un reconocimiento que durante décadas se le había negado. No por razones ideológicas, sino por su doble condición de médico y servidor público. En él se cruzaban la ciencia, el compromiso social y la historia.
Pero el homenaje no fue bien recibido por todos. Desde su apertura, han sido varias las ocasiones en que representantes de la derecha política, medios conservadores y asociaciones vinculadas a la memoria franquista han exigido cambiar el nombre del hospital. Alegan que Negrín fue un “personaje polémico”, que “pertenecía a un bando” o directamente repiten ad nausean la fábula de que “entregó el oro a Moscú”.
Estos reproches no se sostienen históricamente. Hoy sabemos —gracias a investigaciones como las del historiador Ángel Viñas— que el oro fue enviado a la URSS como forma de pago por el material bélico con el que la República pudo resistir durante tres años. No hubo robo ni entrega, sino una transacción desesperada para frenar el avance del fascismo. Pero esa historia, basada en documentos y archivos, choca con un relato que aún se repite como dogma en ciertos sectores: el de la traición, el del “rojo peligroso”, el de un canario que supuestamente vendió a su país.
La paradoja es brutal: un hospital que salva miles de vidas, símbolo de la sanidad pública, lleva el nombre de un médico que dedicó su vida al servicio público... y aún así, hay quienes prefieren borrarlo del mapa.
LA ESTATUA EN LAS PALMAS: BRONCE QUE MOLESTA
Pero no solo el hospital ha sido objeto de ataques. También la estatua de Juan Negrín, ubicada en una de las arterias principales de Las Palmas de Gran Canaria, ha sido blanco de críticas. Erigida como símbolo de memoria y justicia histórica, la escultura no ha dejado de provocar debates. No por su estética, ni por su coste, sino por lo que representa: la presencia visible, reconocida y digna de un político republicano en el espacio público canario.
En una ciudad donde durante décadas las calles y plazas llevaron los nombres de militares golpistas sin que nadie lo cuestionara, la estatua de Negrín ha sido, para algunos, un recordatorio incómodo. No porque tenga un fusil en la mano —que no lo tiene—, ni porque predique ideologías —que tampoco—, sino porque recuerda que en Canarias hubo quien resistió al fascismo, y que esa resistencia también merece memoria.
Lo más llamativo es que, mientras se pide retirar su imagen de una calle, nadie cuestiona que durante años haya estatuas dedicadas a Franco, placas en iglesias y nombres de calles que glorifican a los que provocaron la guerra.
UNA MEMORIA EN DISPUTA: ¿POR QUÉ SIGUE SIN SER ACEPTADO?
Pero lo que ocurre con Negrín en Canarias no es un caso aislado. En realidad, forma parte de un problema mucho más amplio. La forma en que España ha tratado su memoria democrática. En lugar de asumir su historia con honestidad, la llamada Transición que sirvió para imponer la restauración monárquica en la figura del sucesor de Franco, Juan Carlos de Borbón, dejó en la memoria colectiva todos los vacíos necesarios para que los herederos de la dictadura pudieran ocupar ese espacio.
La figura de Negrín molesta no tanto por lo que hizo, sino por lo que simboliza. Representa la resistencia. El no rendirse. El intento de sostener una legalidad democrática frente a un golpe militar. Y eso es algo que aún incomoda en un país donde los consensos de la Transición se construyeron a costa del silencio.
En Canarias, donde Negrín debería ser una figura de orgullo, su nombre aún se discute. No se enseña como merece en los colegios. No se celebra como símbolo de entrega, ciencia y política al servicio del pueblo. Al contrario: se le recuerda —cuando se le recuerda— desde el recelo, desde el prejuicio, desde una historia que aún no se ha limpiado del todo.
NINGÚN PUEBLO QUE OLVIDA SU HISTORIA SE CONOCE A SÍ MISMO
Las estatuas, los nombres en las calles, los hospitales no son solo placas o esculturas. Son formas de construir memoria colectiva. Cuando se niega el nombre de Juan Negrín en su propia tierra, lo que se niega no es solo un capítulo del pasado, sino una parte de la dignidad de Canarias. Porque Negrín no fue un traidor. Fue un médico, un intelectual, un político que decidió no rendirse cuando todo parecía perdido para la República y la democracia. Podrá gustar o no su estrategia. Podrán debatirse sus decisiones. Pero lo que no se puede hacer es reducir su figura a una vulgar caricatura.
Su estatua no impone un relato. Solo ocupa el espacio que por justicia le corresponde. Y su nombre en un hospital no debería dividir, sino recordar que hubo un tiempo en que la política era también un acto de coraje.
FUENTES CONSULTADAS
- Viñas, Ángel. El honor de la República. Crítica, 2023.
- Viñas, Ángel. El oro de Moscú. Crítica, 2005.
- Preston, Paul. El final de la guerra. Debolsillo, 2010.
- Moradiellos, Enrique. Franco frente a Stalin. Siglo XXI, 2005.
- Archivos de prensa regional canaria (La Provincia, Canarias7) sobre polémicas con el Hospital Dr. Negrín.
- Declaraciones públicas recogidas por RTVE, EFE y medios locales entre 2010 y 2023.
POR ADAY QUESADA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
En Canarias, la historia pesa. Pero pesa de forma desigual. Algunos nombres se celebran, se enseñan en los colegios, se conmemoran. Otros, en cambio, incomodan. Y hay uno que, pese a ser una de las figuras más importantes de la historia del siglo XX español, sigue siendo discutido, negado e incluso atacado en nuestro Archipiélago. Se trata de Juan Negrín, médico, científico, ministro de Hacienda y último presidente del gobierno de la II República durante la Guerra Civil.
Nacido en Las Palmas de G.C., su figura debería ser motivo de orgullo para todos los canarios, pero para determinados sectores ultraconservadores, su legado sigue siendo una herida que prefieren mantener abierta.
¿QUIÉN FUE JUAN NEGRÍN Y POR QUÉ MOLESTA TANTO SU NOMBRE?
Juan Negrín no fue solo un político. Fue también un científico brillante, catedrático de fisiología con apenas 28 años, políglota y un hombre profundamente comprometido con el conocimiento y el servicio público. Durante la Guerra Civil, asumió el liderazgo de un gobierno que luchaba por sobrevivir frente a un golpe militar apoyado por el fascismo internacional. Su mandato fue tan difícil como decisivo. Bajo su dirección, la República resistió hasta 1939.
Pero Negrín pagó cara su coherencia. Durante la dictadura franquista fue sistemáticamente demonizado como el “hombre de Moscú”, acusado de haber entregado el oro del Banco de España a Stalin —una acusación que hoy los historiadores han desmontado con documentación rigurosísima—, y también de haber prolongado una guerra “ya perdida”. Durante años, se impuso sobre él una especie de silencio obligatorio. Incluso dentro del exilio republicano, sectores socialistas lo abandonaron. Ha sido el gran olvidado de estas últimas décadas.
Por eso, cuando en Canarias se le comenzó a reconocer públicamente —dando su nombre a un Hospital y levantando una estatua en su honor—, las viejas resistencias reaparecieron con fuerza.
EL HOSPITAL JUAN NEGRÍN: SANIDAD PÚBLICA Y MEMORIA HISTÓRICA
En 1999 se inauguró el Hospital Universitario de Gran Canaria Dr. Negrín, hoy el centro hospitalario más moderno y especializado de la isla. El nombre no fue casual: se trataba de devolverle a Negrín un reconocimiento que durante décadas se le había negado. No por razones ideológicas, sino por su doble condición de médico y servidor público. En él se cruzaban la ciencia, el compromiso social y la historia.
Pero el homenaje no fue bien recibido por todos. Desde su apertura, han sido varias las ocasiones en que representantes de la derecha política, medios conservadores y asociaciones vinculadas a la memoria franquista han exigido cambiar el nombre del hospital. Alegan que Negrín fue un “personaje polémico”, que “pertenecía a un bando” o directamente repiten ad nausean la fábula de que “entregó el oro a Moscú”.
Estos reproches no se sostienen históricamente. Hoy sabemos —gracias a investigaciones como las del historiador Ángel Viñas— que el oro fue enviado a la URSS como forma de pago por el material bélico con el que la República pudo resistir durante tres años. No hubo robo ni entrega, sino una transacción desesperada para frenar el avance del fascismo. Pero esa historia, basada en documentos y archivos, choca con un relato que aún se repite como dogma en ciertos sectores: el de la traición, el del “rojo peligroso”, el de un canario que supuestamente vendió a su país.
La paradoja es brutal: un hospital que salva miles de vidas, símbolo de la sanidad pública, lleva el nombre de un médico que dedicó su vida al servicio público... y aún así, hay quienes prefieren borrarlo del mapa.
LA ESTATUA EN LAS PALMAS: BRONCE QUE MOLESTA
Pero no solo el hospital ha sido objeto de ataques. También la estatua de Juan Negrín, ubicada en una de las arterias principales de Las Palmas de Gran Canaria, ha sido blanco de críticas. Erigida como símbolo de memoria y justicia histórica, la escultura no ha dejado de provocar debates. No por su estética, ni por su coste, sino por lo que representa: la presencia visible, reconocida y digna de un político republicano en el espacio público canario.
En una ciudad donde durante décadas las calles y plazas llevaron los nombres de militares golpistas sin que nadie lo cuestionara, la estatua de Negrín ha sido, para algunos, un recordatorio incómodo. No porque tenga un fusil en la mano —que no lo tiene—, ni porque predique ideologías —que tampoco—, sino porque recuerda que en Canarias hubo quien resistió al fascismo, y que esa resistencia también merece memoria.
Lo más llamativo es que, mientras se pide retirar su imagen de una calle, nadie cuestiona que durante años haya estatuas dedicadas a Franco, placas en iglesias y nombres de calles que glorifican a los que provocaron la guerra.
UNA MEMORIA EN DISPUTA: ¿POR QUÉ SIGUE SIN SER ACEPTADO?
Pero lo que ocurre con Negrín en Canarias no es un caso aislado. En realidad, forma parte de un problema mucho más amplio. La forma en que España ha tratado su memoria democrática. En lugar de asumir su historia con honestidad, la llamada Transición que sirvió para imponer la restauración monárquica en la figura del sucesor de Franco, Juan Carlos de Borbón, dejó en la memoria colectiva todos los vacíos necesarios para que los herederos de la dictadura pudieran ocupar ese espacio.
La figura de Negrín molesta no tanto por lo que hizo, sino por lo que simboliza. Representa la resistencia. El no rendirse. El intento de sostener una legalidad democrática frente a un golpe militar. Y eso es algo que aún incomoda en un país donde los consensos de la Transición se construyeron a costa del silencio.
En Canarias, donde Negrín debería ser una figura de orgullo, su nombre aún se discute. No se enseña como merece en los colegios. No se celebra como símbolo de entrega, ciencia y política al servicio del pueblo. Al contrario: se le recuerda —cuando se le recuerda— desde el recelo, desde el prejuicio, desde una historia que aún no se ha limpiado del todo.
NINGÚN PUEBLO QUE OLVIDA SU HISTORIA SE CONOCE A SÍ MISMO
Las estatuas, los nombres en las calles, los hospitales no son solo placas o esculturas. Son formas de construir memoria colectiva. Cuando se niega el nombre de Juan Negrín en su propia tierra, lo que se niega no es solo un capítulo del pasado, sino una parte de la dignidad de Canarias. Porque Negrín no fue un traidor. Fue un médico, un intelectual, un político que decidió no rendirse cuando todo parecía perdido para la República y la democracia. Podrá gustar o no su estrategia. Podrán debatirse sus decisiones. Pero lo que no se puede hacer es reducir su figura a una vulgar caricatura.
Su estatua no impone un relato. Solo ocupa el espacio que por justicia le corresponde. Y su nombre en un hospital no debería dividir, sino recordar que hubo un tiempo en que la política era también un acto de coraje.
FUENTES CONSULTADAS
- Viñas, Ángel. El honor de la República. Crítica, 2023.
- Viñas, Ángel. El oro de Moscú. Crítica, 2005.
- Preston, Paul. El final de la guerra. Debolsillo, 2010.
- Moradiellos, Enrique. Franco frente a Stalin. Siglo XXI, 2005.
- Archivos de prensa regional canaria (La Provincia, Canarias7) sobre polémicas con el Hospital Dr. Negrín.
- Declaraciones públicas recogidas por RTVE, EFE y medios locales entre 2010 y 2023.


























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.19