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Sábado, 01 de Noviembre de 2025 Tiempo de lectura:

EE.UU.: LA "NUEVA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD" O CÓMO SE REDIBUJA EL PODER GLOBAL

¿Qué hay detrás de las nuevas estrategias militares y económicas de las potencias? Descúbralo a través de sus propios documentos.

Una "Nueva Estrategia Global" acaba de ser oficializada desde el gobierno Washington. Promete la paz pero, sin embargo, está redactada en un lenguaje de guerra. Redibuja fronteras, pero a base de aranceles, sanciones, despliegues e intervenciones militares. Con esta "Nueva Estrategia trumpista, América Latina vuelve a ocupar el centro del tablero, no como aliada, sino como escenario de la codicia del imperio del norte. Y lo que en el documento oficial aparece perfilarse no es un futuro de seguridad, sino de sometimiento. Los lectores de Canarias Semanal podran acceder a la lectura íntegra del documento oficial estadounidense, a través de un enlace de descarga en esta misma página.

 

 

  EXTRACTO DE UN CAPÍTULO DEL LIBRO "EL GRAN REAJUSTE", DE PRÓXIMA APARICIÓN EN LAS LIBRERÍAS

     Si uno  se limitara a leer  exclusivamente los primeros párrafos del documento editado el pasado mes de Noviembre por el gobierno estadounidense, titulado como   la  nueva “Estrategia de [Img #88971]Seguridad Nacional de los Estados Unidos 2025”,  llegaría a la equivocada conclusión de  que el mundo acaba de ser salvado por una suerte de superhéroe global entorchado con una flamante capa profusamente estrellada.

 

   Segun el documento que vamos a comentar,  en apenas ocho meses se han resuelto felizmente ocho conflictos internacionales, se ha erradicado el “extremismo woke”, se ha destruido el programa nuclear iraní, se sellaron fronteras y se restauró el respeto global hacia EE.UU. Y todo ello adornado con frases que hablan de “fortaleza restaurada”, “paz lograda” y “estabilidad garantizada”.

 

    Pero cuando uno se detiene a leer con atención,  se hace evidente que  lo que se expresa en este documento no es un canto a la paz, sino un nuevo y auténtico mapa de guerra. La supuesta restauración del orden no está basasa en acuerdos multilaterales ni en diplomacia preventiva. Se basa en militarismo, intervenciones unilaterales y la reafirmación de un liderazgo global que no se negocia, sino que se impone. Todo ello presentado, claro, como un servicio desinteresado al mundo.

 

    El ejemplo más claro es la llamada Operación Martillo de Medianoche, con la que EE.UU. destruyó la capacidad de enriquecimiento nuclear de Irán. Lo que en otro momento se habría considerado un acto de guerra directa ahora se vende como una “acción quirúrgica para la paz”. Esta lógica se repite con la designación de múltiples organizaciones —entre ellas cárteles y “bandas extranjeras”— como Organizaciones Terroristas Extranjeras, lo cual abre igualmente la puerta legal y política para intervenir militarmente en cualquier país del mundo sin necesidad de aprobación internacional.

 

    Detrás del lenguaje triunfalista se esconde una peligrosa reinterpretación del derecho internacional: si EE.UU. considera que algo o alguien representa una amenaza, ello bastárá para que tenga el derecho de neutralizarlo, en cualquier parte del planeta, sin importar la soberanía de los países involucrados. Es un regreso brutal a la lógica imperial del siglo XIX, disfrazada de defensa de los valores democráticos.

 

AMÉRICA LATINA EN LA MIRA: UNA DOCTRINA DE DOMINACIÓN RENOVADA

    Y es aquí donde el documento cobra especial gravedad para América Latina. Porque lo que aparece como “una región crítica para la seguridad nacional estadounidense” se traduce, en la práctica, en una intensificación de la injerencia directa sobre los gobiernos, territorios y recursos latinoamericanos. La retórica del enemigo se ha desplazado desde el comunismo clásico hacia una categoría mucho más difusa: el “narcoterrorismo”.

 

    Al declarar a los cárteles y bandas criminales como terroristas, EE.UU. se reserva el derecho de operar militarmente en países como México, Colombia, Venezuela o las naciones de Centroamérica, alegando razones de seguridad nacional”. Es un reciclaje de la Doctrina Monroe, que vuelve con fuerza renovada: América para los americanos... del Norte.

 

    El peligro aquí no es solo el intervencionismo armado. Es también la criminalización de todo aquello que desafíe el orden neoliberal continental. Un gobierno que nacionalice recursos, que se acerque a China o Rusia o que plantee alternativas al libre comercio puede ser fácilmente asociado al “caos”, al “extremismo” o al “crimen organizado”.

 

    Venezuela, por ejemplo, ya ha sido estigmatizada durante años bajo esta lógica. Pero ahora el marco legal y estratégico para una intervención directa queda perfectamente determinado. Basta con que alguna fracción armada, real o fabricada, sea etiquetada como organización terrorista y el terreno estará listo para aplicar la “estrategia 2025” en nombre de la paz y la seguridad hemisférica.

 

    Este enfoque no solo amenaza a los Estados más inestables. También alinea a los gobiernos latinoamericanos con la obligación de apoyar o al menos tolerar las acciones de EE.UU. Es decir, se redefine la soberanía como algo condicional: se es "soberano" si se obedece al patrón de seguridad establecido por Washington.

 

    Y, mientras tanto, se multiplican los acuerdos militares, se entrenan fuerzas especiales, se envían asesores, se instalan bases logísticas... todo sin necesidad de una declaración de guerra. Es una ocupación difusa, silenciosa, pero cada vez más agresiva. América Latina está siendo reconfigurada como retaguardia estratégica del imperio del Norte. 

 

LOS INTERESES QUE LA PARIERON: ¿A QUIÉN SIRVE ESTA ESTRATEGIA?

     Toda estrategia tiene detrás intereses concretos y esta no es la excepción. Bajo la apariencia de un proyecto de orden y estabilidad global, la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 está diseñada para restablecer, por la vía de la fuerza, el dominio político y económico de EE.UU. sobre un mundo en crisis. No se trata de un “plan de defensa”, sino de un programa de ofensiva estructurada del capital norteamericano en una época de competencia geopolítica feroz.

 

    La declaración de guerra al “extremismo interno”, el desmantelamiento del “Estado woke”, el rearme con un billón de dólares, la recuperación de industrias mediante aranceles históricos, la militarización de fronteras y la restauración de las alianzas bajo nuevos términos... todo eso no se explica solo como reacción a amenazas externas, sino como una respuesta agresiva a un colapso interno: el colapso del relato liberal que alguna vez prometió “prosperidad global con rostro humano”.

 

    Tras la pandemia, la inflación y el aumento del descontento social, la clase dominante estadounidense necesitaba urgentemente una narrativa que cohesionara a su base política y movilizara su aparato productivo. La estrategia 2025 lo logra creando un “otro” al que culpar: los migrantes, China, Irán, el narcotráfico, los “enemigos internos”, y —por supuesto— los movimientos sociales que cuestionan el sistema.

 

   Al mismo tiempo, el complejo militar-industrial se beneficia de este relanzamiento imperial. Desde el rearme de la OTAN hasta las nuevas operaciones en América Latina, África y Asia, se reabren miles de contratos públicos para empresas armamentistas, tecnológicas y energéticas que ven en esta nueva “pax americana” una codiciada mina de oro.

 

    El capitalismo en crisis ya no puede garantizar la cohesión interna con consumo y salarios. Ahora lo tratará de hacer con miedo, militarización y guerra por recursos. Y América Latina, rica en litio, agua, petróleo y biodiversidad, es uno de los principales escenarios de esta disputa.

 

RUSIA Y CHINA: CÓMO Y POR QUÉ LEEN CON INTERÉS ESTA ESTRATEGIA

    Para Rusia y China, este documento es más que una simple hoja de ruta norteamericana: es una confesión explícita de que los EE.UU. vuelve a la lógica imperial directa. Esto no los toma por sorpresa. Hace tiempo que ambos países vienen consolidando sus propios bloques geopolíticos. Pero la "estrategia 2025" les pone en las manos argumentos claros para justificar sus propios avances.

 

    Rusia, en particular, encuentra en este documento una[Img #88973] razón para reforzar su discurso sobre la “defensa de la soberanía multipolar”. La estrategia estadounidense confirma que no hay lugar para neutralidades: o se está dentro del orden estadounidense o se es considerado enemigo. En este sentido, la aparición de esta estrategia contribuirá a acelerar la consolidación de un orden alternativo liderado por China y Rusia, articulado en torno a organismos como la Organización de Cooperación de Shanghái o los BRICS ampliados.

 

    Para Moscú, además, la doctrina estadounidense servirá como justificación para sus propias políticas de control regional y de rearme, presentadas ahora como “defensivas” frente al evidente avance imperial. En un mundo dividido en bloques, cualquier movimiento agresivo puede ser presentado como reacción legítima...

 

    Más allá del discurso diplomático, la lectura política de estas declaraciones es clara: el mundo ya está siendo “reordenado” en zonas de influencia, y Moscú lo ve con buenos ojos, siempre que su esfera —Eurasia, Europa del Este, el Cáucaso— sea rigurosamente respetada.

 

    La respuesta de Dmitry Medvedev, actual vicejefe del Consejo de Seguridad ruso, fue incluso más explícita. Llamó a la nueva doctrina una señal de “disposición a discutir una nueva arquitectura de seguridad global, que —según él— "resuena con las ideas rusas de soberanía, equilibrio multipolar y respeto mutuo".(sic)

 

   Y añadió una frase que parece sacada de una novela distópica:

     “Es un eco inesperado de lo que hemos dicho durante años: seguridad compartida y soberanía respetada”.

 

   Esto no significa que Estados Unidos y Rusia se hayan convertido en aliados. Todo lo contrario: los intereses económicos de sus respectivas élites siguen siendo contradictorios y seguirán chocando allí donde sus esferas de influencia se superpongan.

 

   Pero sí parece inaugurarse una etapa distinta, donde la confrontación global no adopta la forma de un gran bloque ideológico enfrentado a otro —como ocurría durante la Guerra Fría—, sino la de un reparto coyuntural y negociado de zonas de influencia. Un reparto inestable, por definición, porque en el capitalismo no hay alianzas estratégicas duraderas, sino intereses nacionales en competencia permanente.

 

    Lo que hoy es  presentado como colaboración o diálogo pragmático, mañana puede convertirse en un conflicto abierto. Porque los mercados, los recursos y las rutas estratégicas son limitados, pero la necesidad de expansión del capital es implacable. Esa contradicción es la que garantiza que toda tregua entre potencias imperialistas no sea más que un compás de espera en la disputa constante por la dominación global.

 

  Cada gran potencia capitalista juega sus propias cartas. Estados Unidos refuerza su control sobre América Latina y el eje Asia‑Pacífico, priorizando el “patio trasero” y conteniendo a China en sus propias fronteras marítimas.

 

    China, por su parte, amplía su presencia económica y estratégica en África, América del Sur y el Sudeste Asiático, precisamente en regiones que EE.UU. considera claves para su seguridad y hegemonía. Ahí es donde el choque entre ambas potencias se vuelve más directo y estructural.

 

    En cambio, con Rusia, el enfrentamiento parece haber entrado en una fase de estabilización táctica. Al menos de momento, Estados Unidos deja de considerar prioritaria la región de Eurasia, que durante décadas fue central en su estrategia global —como lo mostraban claramente las formulaciones de estratega polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinski sobre el “Gran Tablero de Ajedrez”—, para centrarse ahora en frenar el avance chino y recuperar control en su propio hemisferio.

 

    El resultado de este nuevo equilibrio inestable es que gran parte del planeta —la mayoría de la humanidad— queda atrapada en una lógica de una competencia imperial que no ha elegido, convertida en escenario y botín de disputas que se deciden muy lejos de sus necesidades reales.

 

VENEZUELA: ¿EL PRIMER LABORATORIO DE ESTA NUEVA DOCTRINA?

    Venezuela aparece como un escenario perfecto para inaugurar una aplicación concreta de esta doctrina sin costos inmediatos de gran escala. No solo por su aislamiento político regional, sino porque el discurso de la “lucha contra el narcoterrorismo” encaja a la perfección con la narrativa imperial.

    Ya en años anteriores se ha intentado vincular al gobierno venezolano con redes criminales internacionales, y el nuevo marco de “Organización Terrorista Extranjera” permite una intervención sin necesidad de nuevas resoluciones internacionales. Todo lo que se necesita es una operación bien engrasada de inteligencia, una escalada de sanciones, y alguna acción encubierta para justificar una respuesta armada o “humanitaria”.

 

    Además, Venezuela es rica en petróleo, gas, oro, coltán y otras materias primas críticas para las industrias militares y tecnológicas. Su control —aunque sea indirecto— significaría una victoria estratégica para EE.UU. en su disputa con China y Rusia por el control de recursos en el hemisferio occidental.

 

    ¿Se está escribiendo el primer capítulo de esta nueva estrategia en el Caribe? Es probable. Y si no es Venezuela, será Haití o Colombia, o incluso alguna combinación de intervenciones múltiples, al estilo de los años 80.

 

    Lo cierto es que el laboratorio ya está listo, el guion está escrito y la maquinaria ya se está moviendo.

 
 
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