POR GREG GODELS / MLTODAY
La multipolaridad, -es decir, la idea de que existen varios actores económicos decisivos en la economía global-, es una realidad incuestionable.
El ascenso de la República Popular China (RPC) es su mayor demostración. Su tamaño, su ritmo de crecimiento y la ambiciosa Iniciativa de la Franja y la Ruta indican que China está actuando con un grado considerable de independencia respecto al principal actor del mercado mundial: los Estados Unidos.
LA REACCIÓN DE ESTADOS UNIDOS ANTE EL NUEVO ORDEN
Aunque China evita el uso de lenguaje de confrontación y prefiere presentar su relación ideal con Estados Unidos como una cooperación o asociación, el solo hecho de que Washington rechace ese enfoque, genera un nuevo eje competitivo en la economía mundial, con China como centro.
De forma paralela, las élites estadounidenses han intentado incorporar al mundo postsoviético —Rusia, Europa del Este y otras antiguas naciones aliadas de la URSS— al orden económico dominado por Estados Unidos. Les exigen que se sometan a las mismas reglas o, de lo contrario, queden excluidos del juego. Cuando estos países rechazan tales condiciones, inevitablemente se convierten en polos alternativos.
También otras naciones que en el pasado desempeñaron un papel secundario o subordinado —como Brasil o India— han ganado peso económico, y en consecuencia, comienzan a representar contrapesos al unipolarismo estadounidense.
La tendencia a superar la hegemonía absoluta de Estados Unidos en el mercado internacional define el presente. Ninguna persona sensata puede ignorar esta transformación, aunque esta no se encuentre libre de posibles reversiones.
UN PATRÓN CÍCLICO EN LA HISTORIA DEL COMERCIO
Desde los albores del comercio internacional, la historia ha estado marcada por fuerzas contradictorias: concentración y diversificación, monopolio y competencia, unipolaridad y multipolaridad. Es inherente al propio intercambio mercantil que, en determinado momento, un actor privilegiado emerja para dominar, pero que ese dominio sea desafiado por nuevos competidores, que lo disputan, lo comparten o incluso lo reemplazan, en un proceso que se repite o se invierte. Como afirmara Friedrich Engels:
“En resumen, la competencia desemboca en el monopolio. Pero el monopolio no logra contener la competencia; de hecho, la genera”.
La historia está repleta de ejemplos: el dominio veneciano en el Mediterráneo, el liderazgo neerlandés en el comercio europeo con las Islas de las Especias, el control sucesivo de imperios europeos sobre el comercio de esclavos, el monopolio británico en el tráfico de opio hacia China, entre otros. En la mayoría de los casos, otras potencias surgieron para disputarle la supremacía a los dominantes de turno.
EL PROYECTO HEGEMÓNICO ESTADOUNIDENSE TRAS LA GUERRA FRÍA
En el curso de la Guerra Fría, Estados Unidos asumió con firmeza el rol de garante del orden capitalista, que entonces abarcaba a más de la mitad de la humanidad. Tras la caída de la Unión Soviética, los líderes estadounidenses buscaron ampliar su hegemonía al conjunto del planeta, proyectando un nuevo orden mundial que perpetuara las desigualdades existentes y el desarrollo asimétrico de los países. Ese orden, naturalmente, favorecía los intereses de Washington.
Si esto es lo que se entiende por unipolarismo, entonces resulta evidente que es un modelo insostenible. Tarde o temprano, surgirán actores dispuestos a disputar la supremacía de Estados Unidos. Lo harán mediante la innovación, la manipulación del mercado, la astucia diplomática, las alianzas estratégicas o incluso el conflicto bélico abierto. Así es como funciona el capitalismo.
Y eso es, precisamente, lo que ahora está ocurriendo. Por tanto, las oscilaciones entre unipolaridad y multipolaridad son el resultado natural del funcionamiento del mercado en un mundo dominado por la propiedad privada y los intereses nacionales.
¿MULTIPOLARIDAD SIGNIFICA MEJORA PARA LOS PUEBLOS?
Debe advertirse, no obstante, que esta dinámica -si todo lo demás permanece constante- no garantiza mejoras ni perjuicios para los trabajadores. Los cambios en la posición relativa de los Estados dentro de la economía global no afectan, por sí mismos, el destino de quienes viven en sociedades estructuradas por clases sociales. Un obrero o un campesino podría no beneficiarse en absoluto de un desplazamiento del poder económico desde un mundo unipolar hacia otro multipolar. Las posibles mejoras o perjuicios dependerán de otros factores.
Existe, sin embargo, una concepción completamente distinta de la multipolaridad, desconectada de la dinámica objetiva de la competencia global. Desde los tiempos de Karl Kautsky, ciertos sectores de la izquierda han abrazado la idea de la multipolaridad como una respuesta moral al imperialismo, como un remedio frente a la explotación económica. Han visto en ella una forma de antiimperialismo. Según esta visión, los Estados-nación podrían llegar a aceptar racionalmente un orden mundial estable, basado en intereses comunes y relaciones justas y equitativas (¡si tan solo se lograra domar a los depredadores imperialistas!). Lenin ridiculizó duramente esta idea, y la Primera Guerra Mundial se encargó de demolerla completamente.
Pero la ilusión continúa persistiendo. La ilusoria fantasía de una fraternidad de potencias capitalistas dispuestas a convivir bajo principios de equidad continúa estando viva, aunque haya sido desmentida una y otra vez por la historia.
Tras la Primera Guerra Mundial, liberales y socialdemócratas depositaron sus esperanzas en la Sociedad de Naciones, un intento de redefinir las normas de la política y la economía internacional. Se esperaba que tanto las potencias grandes como las pequeñas coexistieran de forma pacífica bajo su protección. Esta institución prometía contener la agresión y el ansia de dominación de las grandes potencias. Sin embargo, menos de veinte años después, el mundo volvía a hundirse en la guerra.
Después de la Segunda Guerra Mundial, nació una nueva institución “multipolar”: las Naciones Unidas. Dominada por potencias capitalistas —la mayoría de ellas vinculadas directa o indirectamente a la clase dirigente estadounidense—, la promesa de un equilibrio pacífico y justo entre polos diversos se diluyó en la manipulación, la indecisión y, en el mejor de los casos, la inoperancia. La ONU, institución que hoy representa el multilateralismo dentro de un orden capitalista, es poco más que una farsa contemporánea.
LOS BRICS: UNA ALIANZA LIMITADA POR INTERESES DIVERSOS
Ahora contamos con los BRICS: una alianza de Estados dispares en ideología, modelo de gobierno, estructura económica, nivel de desarrollo y compromiso con la justicia social. Los une, no obstante, un interés común: sacar provecho de una reorganización del orden mundial actual. Sectores del centro político e incluso de la izquierda han adoptado los BRICS (y su versión ampliada, BRICS+) como una suerte de frente antiimperialista. Pero lo hacen sin una reflexión histórica profunda, sin valorar la enorme diversidad interna del bloque y, sobre todo, sin comprender la lógica intrínseca de las economías de mercado. Imaginan que Estados guiados por sus propios intereses sabrán construir una organización basada en intereses compartidos. Kautsky habría celebrado este optimismo ingenuo. Lenin lo habría descartado de inmediato.
He tratado de sostener, con coherencia y firmeza, que esta visión de la multipolaridad como forma de antiimperialismo está profundamente equivocada. Los BRICS no representam una solución al imperialismo más de lo que una alianza de grandes empresas podría representar una solución a la explotación capitalista.
CRÍTICA A LA FE INGENUA EN LOS BRICS COMO SOLUCIÓN
Y esa es precisamente la tragedia del "enfoque BRICS": no aborda el origen del imperialismo, que es el propio sistema capitalista. Distrae a quienes luchan por la justicia social —incluso a ciertos marxistas— de la raíz del problema: la creciente desigualdad dentro de los países y entre ellos. Por ignorancia o frustración, promueven la falsa esperanza de que se puede mitigar la explotación sin confrontar al capitalismo.
Cuando los argumentos teóricos no convencen, he propuesto una prueba práctica para evaluar la supuesta vocación antiimperialista de los BRICS. Si este bloque realmente representa una alternativa al imperialismo, entonces debería manifestarse con firmeza frente a los actos más flagrantes de dominación. En este sentido, he sostenido que la respuesta de los países BRICS ante las atrocidades cometidas en Gaza constituiría una auténtica prueba de fuego. Y los BRICS ha fracasado rotundamente.
Cabría esperar que la reciente votación del Consejo de Seguridad de la ONU, que respaldó el plan estadounidense-israelí para continuar sometiendo a Gaza como una especie de semicolonia —gobernada con una brutalidad comparable a la del antiguo Congo belga—, hubiese despertado algún tipo de oposición por parte de los supuestos defensores del antiimperialismo en los BRICS. Sin embargo, los Estados más cercanos a la causa palestina dentro del bloque optaron por abstenerse.
Y sí, es lógico pensar que esas escandalosas abstenciones deberían llevar a muchos defensores de la multipolaridad a cuestionar sus ilusiones respecto a BRICS como eje antiimperialista.
Algunos sectores de la izquierda no han tardado en reaccionar con dureza. El Partido Comunista Palestino condenó la votación, al igual que diversos partidos comunistas y obreros. En un artículo titulado “BRICS son los nuevos defensores del libre comercio, la OMC, el FMI y el Banco Mundial, y apoyan el genocidio al continuar comerciando con Israel”, Yves Smith, del portal Naked Capitalism, formula una crítica feroz a la actitud de los BRICS frente a Gaza. También se suman voces como la de la comunicadora Fiorella Isabel o la periodista Vanessa Beeley.
No obstante, existen también quienes justifican las abstenciones, como el grupo "Friends of Socialist China" ("Amigos de la China socialista"), que argumenta que China o Rusia no ejercieron su veto para no debilitar su posición frente al mundo árabe e islámico, y evitar así fortalecer la de Estados Unidos. Una explicación que suena absurda: como si votar contra la resolución los alejara de ciertos gobiernos árabes que ya han traicionado la causa palestina, y como si oponerse al plan estadounidense fortaleciera de alguna manera la posición de Washington.
Tras la votación sobre Gaza, Estados Unidos lanzó una nueva ofensiva contra la soberanía de Venezuela. Ha desplegado fuerzas militares en sus aguas cercanas, exigiendo que el país caribeño se pliegue a su voluntad. La amenaza es real y ha ido acompañada de demostraciones repugnantes de fuerza, como el asesinato de tripulaciones en aguas internacionales, actos carentes de toda legitimidad.
EL CASO VENEZUELA: OTRA OPORTUNIDAD PERDIDA
¿Y cómo han respondido la República Popular China y Rusia -las supuestas “vanguardias” del antiimperialismo en los BRICS-? En un artículo publicado por The Wall Street Journal, los periodistas Kejal Vyas y James T. Areddy afirman, con tono condescendiente:
“Durante dos décadas, Venezuela cultivó alianzas antiestadounidenses con países como Rusia, China, Cuba e Irán, con la esperanza de forjar un nuevo orden mundial que desafiara a Washington. No está funcionando”.
Y agregan:
“Cuba e Irán carecen de capacidad económica para asistir a Venezuela. Y Rusia y China están actualmente negociando acuerdos importantes con Trump, por lo que carecen de interés en arriesgar su capital político en defensa de Caracas”.
Es importante reconocer que Rusia, China y otros países de BRICS tienen pleno derecho a definir su política exterior según sus propios intereses. Pero también es cierto que, a diferencia de lo ocurrido durante la Guerra Fría, hoy ninguna gran potencia está dispuesta a enfrentarse seriamente a otra en nombre de principios antiimperialistas. Y esa disposición ha sido, históricamente, la medida real del compromiso con el antiimperialismo.
En consecuencia, quienes elevan a los países BRICS al rango de modelos antiimperialistas están perjudicando seriamente a la izquierda. Por muy loables que sean algunas de las intenciones de sus dirigentes, los BRICS están muy lejos de constituir un bloque con vocación antiimperialista. Insistir en esa fantasía solo servirá para desviar la atención de la izquierda respecto a la verdadera raíz del problema: el capitalismo.
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