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STALINGRADO Y LA "GRAN GUERRA PATRIA": DOS HISTORIAS QUE NUNCA NOS CONTARON EN LAS PELÍCULAS

¿Por qué la Unión Soviética fue clave en la derrota del nazismo y casi nadie lo cuenta así?

El 22 de junio de 1941, Hitler lanzó la mayor invasión terrestre de la historia contra la Unión Soviética. Lo que pretendía ser una victoria rápida se convirtió en el principio del fin del nazismo. Este artículo explora cómo el pueblo soviético transformó la tragedia de la "Operación Barbarroja" en una lección universal de resistencia colectiva y dignidad histórica.

 

POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

     El 22 de junio de 1941 marcó un golpe brutal que sacudió al mundo y alteró para siempre el rumbo de la Segunda Guerra Mundial: las tropas de la Alemania nazi cruzaron la frontera de la Unión Soviética en lo que se conoció como la Operación Barbarroja. Esta invasión no fue simplemente una ofensiva militar; fue la declaración de guerra al mayor Estado obrero existente en aquel momento, al proyecto emancipador que representaba la URSS, y al orden geopolítico que la II Guerra Mundial estaba intentando definir.

 

    Barbarroja fue la mayor ofensiva terrestre en la historia de la humanidad hasta entonces, con más de 3 millones de soldados del Eje —principalmente alemanes, acompañados de unidades de Rumania, Finlandia, Hungría y otros aliados— lanzándose a lo largo de un frente de más de 2.900 kilómetros contra el territorio soviético.

 

   "Lo que debía ser una victoria relámpago terminó en el desastre más grande del ejército nazi."

 

   Su objetivo declarado era rápido y brutal: derrotar militarmente a la Unión Soviética en cuestión de semanas, destruir su capacidad política y económica, y someter sus tierras para la expansión del llamado Lebensraum (“espacio vital”) para el pueblo alemán.

 

    Este plan se construyó en un contexto donde cualquier acuerdo previo entre Berlín y Moscú —como el Pacto de no Agresión firmado en 1939— era visto por Hitler como una táctica temporal, no como una solución duradera.

 

UNA INVASIÓN IMPULSADA POR IDEOLOGÍA Y AMBICIÓN TERRITORIAL

    Mientras que la propaganda nazi hablaba de necesidad estratégica, lo que realmente guiaba la política de Hitler era una mezcla de expansionismo territorial y un odio profundamente arraigado hacia el comunismo y todo lo que este representaba.

 

    La Unión Soviética era percibida como el corazón del [Img #89433]comunismo, pero también como el bastión de una forma de organización social que, desde el punto de vista ideológico del nazismo, contradecía la jerarquía racial que el Tercer Reich quería imponer en Europa.

 

     De este modo, Barbarroja fue mucho más que un movimiento de tropas y tanques: fue también una guerra de aniquilación dirigida contra la sociedad soviética, con especial brutalidad hacia los judíos, comunistas y otros grupos que el régimen nazi consideraba con mucha razon sus enemigos.

 

   Desde los primeros días de la invasión, unidades especializadas como los Einsatzgruppen actuaron detrás del frente, llevando a cabo fusilamientos masivos y persecuciones que preludiaron el genocidio sistemático en Europa Oriental.

 

    No era un conflicto convencional: era una empresa de dominación, despojo y exterminio.

 

   LOS DIAS INICIALES: VICTORIAS RÁPIDAS Y EXPECTATIVAS DE TRIUNFO

      En los primeros días después del lanzamiento de Barbarroja, la Wehrmacht y las fuerzas del Eje avanzaron con rapidez devastadora. Las líneas defensivas soviéticas, sorprendidas y desorganizadas, cedieron ante la fuerza de la Blitzkrieg —la guerra relámpago alemana— que combinaba ataques blindados, maniobras envolventes y apoyo aéreo masivo.

 

     La economía planificada soviética y la fortaleza de su industria no fueron suficientes para detener la furia del ataque inicial —sumidos en un desastre estratégico tras purgas internas y debilidad organizativa en el Ejército Rojo— y millones de soldados soviéticos fueron rodeados y capturados. Sin embargo, a pesar de estas derrotas iniciales, la infraestructura social y política de la URSS, consolidada desde la revolución de 1917 y la década de desarrollo económico socialista, dio muestras de una resistencia que sorprendió incluso a los comandantes alemanes.

 

 

   EL FRENTE ORIENTAL COMO GUERRA TOTAL Y CAMINO HACIA EL DESGASTE

    Contrariamente a lo esperado por Hitler y su Estado mayor, la Unión Soviética no colapsó en semanas. Las cifras hablan por sí mismas: con millones de hombres movilizados, la producción de armamento reorganizada y una moral sostenida por una profunda convicción colectiva, el Ejército Rojo comenzó a transformar el avance alemán en un largo y sangriento estancamiento.

 

    El avance alemán, que había conquistado amplios territorios incluyendo partes de Ucrania, Bielorrusia y acercamientos a Moscú, empezó a frenarse con la llegada del invierno ruso, un enemigo tan brutal como las armas mismas. Las tropas, exhaustas, mal equipadas para las temperaturas extremas y estiradas a lo largo de un frente gigantesco, se encontraron incapaces de romper la férrea defensa soviética en torno a puntos estratégicos como Moscú, donde la batalla entre octubre de 1941 y enero de 1942 selló el fracaso de las expectativas germánicas de victoria rápida.

 

   Lo que Hitler había concebido como una campaña relámpago se convirtió en una guerra de desgaste donde la superioridad numérica y logística soviética empezó a imponerse ante el agotamiento alemán.

 

CRIMEN Y RESISTENCIA: LA DIMENSIÓN HUMANA DEL CONFLICTO

     "Barbarroja" no solo fue una campaña militar; fue una guerra en la que la violencia alcanzó niveles de atrocidad hasta entonces desconocidos. Junto a las operaciones militares, se extendió una brutal represión contra civiles, marcada por hambrunas provocadas deliberadamente, asesinatos en masa y persecuciones sistemáticas. En las zonas ocupadas, la población civil fue víctima tanto de la violencia directa como de políticas intencionadas de destrucción y limpieza étnica y social.

 

    Mientras tanto, la resistencia dentro de la URSS —desde las milicias populares hasta la estructura institucional del Estado socialista— comenzó a sostener la lucha no solo como una defensa militar, sino como una defensa de la supervivencia colectiva de millones de hombres y mujeres que veían en aquella guerra la defensa de su patria y de su proyecto de sociedad.

 

 

EL LEGADO DE "BARBARROJA": GIRO DECISIVO EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

    Barbarroja terminó transformando el curso de la II Guerra Mundial. Lo que Hitler esperaba que fuera una victoria rápida se convirtió en un punto de inflexión que drenó los recursos alemanes, fortaleció la alianza de los Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS, y cimentó la victoria final sobre el nazismo.

 

    El cruce del Rubicón el 22 de junio de 1941 no solo significó el inicio de un conflicto militar ampliado; significó también el encuentro directo de dos proyectos históricos incompatibles: la dominación racista y totalitaria del Tercer Reich frente a la resistencia organizada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus aliados.

 

    En última instancia, Barbarroja fue el comienzo de una cadena de acontecimientos que llevarían a la derrota del nazismo y al redibujo del mapa político del mundo en la posguerra.
 

 

   BARBARROJA Y LA TRANSFORMACIÓN DEL ORDEN MUNDIAL: EL GIRO GEOPOLÍTICO DE UNA GUERRA DESTRUCTIVA

     Cuando hablamos de la Segunda Guerra Mundial, muchas veces lo hacemos desde un punto de vista occidental: el desembarco en Normandía, las batallas en el norte de África, la liberación de París… pero si ponemos el foco en los números, en los sacrificios y en el peso real de la guerra, el frente oriental —es decir, la lucha entre la Alemania nazi y la Unión Soviética— se revela como el escenario decisivo del conflicto global.

 

    La Operación Barbarroja no solo rompió el pacto de no agresión entre dos potencias; cambió para siempre la naturaleza de la guerra y el equilibrio de poder internacional. Si antes de 1941 Hitler aún podía jugar con la diplomacia, las alianzas temporales y el chantaje militar, a partir de ese momento se lanzó a una guerra total que lo llevaría al desastre.

 

EL FACTOR SOVIÉTICO: DE OBJETIVO A PROTAGONISTA

     La Unión Soviética pasó, en cuestión de meses, de ser un posible socio incómodo a convertirse en el protagonista central de la resistencia contra el fascismo europeo. Y lo hizo a un precio terrible: 27 millones de muertos (entre soldados y civiles), ciudades arrasadas, territorios ocupados y una economía reconfigurada casi por completo para poder sostener el esfuerzo bélico.

 

   "Sin la resistencia soviética, el nazismo no habría sido derrotado; esa es la historia que aún cuesta contar."

 

    Sin embargo, esa brutal experiencia también cimentó algo más: una legitimidad histórica y moral que, al final del conflicto, permitió a la URSS consolidarse como una de las dos grandes superpotencias mundiales. La victoria en Stalingrado, la liberación de Berlín, la participación decisiva en la derrota del nazismo... todo eso le dio al país soviético un lugar en la mesa de los vencedores y la posibilidad de extender su influencia política y social por Europa del Este.

 

   Barbarroja, entonces, no fue solo una invasión fallida: fue el inicio de un nuevo orden internacional bipolar, con la URSS liderando un bloque socialista y anticolonial frente al bloque capitalista encabezado por Estados Unidos.

 

   ¿Y OCCIDENTE? ¿DÓNDE QUEDARON LOS DEMÁS MIENTRAS LA URSS RESISTÍA?

     Aquí aparece un dato incómodo que pocas veces se menciona con énfasis: durante los primeros tres años de la guerra, el frente occidental no existía. Francia estaba ocupada, Gran Bretaña resistía aislada y Estados Unidos aún no había entrado plenamente en combate. Quienes mantuvieron el peso de la lucha contra el nazismo fueron los soviéticos, que enfrentaron a más del 70% de las fuerzas militares alemanas desde 1941 hasta 1944.  

 

    Mientras las tropas alemanas eran contenidas en Moscú, se desangraban en Stalingrado y colapsaban en Kursk, los aliados occidentales posponían el segundo frente que insistentemente le habian prometido a los soviéticos. Solo en 1944, con el desembarco de Normandía, Estados Unidos y Gran Bretaña iniciaron una ofensiva terrestre significativa en Europa.

 

    Este retraso no fue ni casual ni estratégico: fue político. Había una expectativa - o quizas una esperanza -  de que Alemania y la URSS se destruyeran mutuamente, dejando a las potencias capitalistas del Atlántico como árbitros del nuevo orden global. Pero la resistencia soviética frustró ese cálculo.

 

  BARBARROJA COMO CRISIS DEL RACISMO COLONIAL

     Desde otra perspectiva, Barbarroja también marca un momento clave en el colapso del viejo orden colonial. Hitler pretendía convertir el este de Europa en un nuevo espacio de colonización racial, donde los eslavos serían sometidos o eliminados para dejar lugar a la expansión del pueblo “ario”. Pero ese proyecto chocó de frente con una realidad inesperada: una población organizada, movilizada por un sistema que, pese a sus enormes contradicciones internas, aún se sostenía sobre bases de igualdad formal, educación masiva y movilización colectiva.

 

    La guerra, entonces, no solo destruyó físicamente el aparato del nazismo; también desacreditó moralmente el imperialismo europeo, al mostrar hasta dónde podía llegar un régimen fundado en la superioridad racial y la conquista militar. Y, en ese proceso, abrió las puertas a los movimientos de liberación nacional que estallarían en Asia, África y América Latina tras el final del conflicto.

 

     Barbarroja —y la resistencia soviética— fue, en ese sentido, la grieta por donde se coló la historia del siglo XX.

 

MEMORIA SELECTIVA Y OLVIDO HISTÓRICO

     Curiosamente, pese a su importancia decisiva, la Operación Barbarroja y la guerra en el Este siguen siendo minimizadas en muchos relatos escolares y mediáticos en Occidente. El papel de la URSS ha sido sistemáticamente ninguneado, especialmente desde el inicio de la Guerra Fría, cuando reconocer su protagonismo podía dar alas a los movimientos comunistas en Europa y otras regiones.

 

    La imagen dominante aún es la del soldado estadounidense liberando Europa, cuando en realidad fue el Ejército Rojo quien liberó Auschwitz, quien rompió el espinazo de la Wehrmacht, y quien izó la bandera sobre el Reichstag. La narrativa oficial suele olvidar que, sin la defensa de Moscú, sin la victoria en Stalingrado, sin la ofensiva final sobre Berlín, el fascismo no habría sido derrotado.

 

    Rescatar la verdad histórica no es una tarea académica: es un acto de justicia hacia millones de personas que entregaron su vida en esa lucha. Y también es una forma de desactivar las versiones tóxicas que hoy resurgen, esas que minimizan el nazismo, que blanquean la historia, o que pretenden que el conflicto fue simplemente una guerra entre imperios, y no también una lucha de clases, una defensa de la dignidad humana contra el exterminio sistemático.
 

STALINGRADO: EL PRINCIPIO DEL FIN PARA EL NAZISMO

     Toda guerra tiene su punto de quiebre. En el caso de la Segunda Guerra Mundial, ese punto se llama Stalingrado. Y no es casualidad que sea precisamente allí, en esa ciudad a orillas del Volga, donde se selló el destino del proyecto nazi. La batalla de Stalingrado, entre agosto de 1942 y febrero de 1943, fue el mayor enfrentamiento militar del siglo XX. Pero también fue mucho más: fue la prueba de fuego del pueblo soviético, el momento en que la historia giró hacia otro horizonte.

 

    La Operación Barbarroja había logrado avanzar profundamente en territorio soviético, pero no consiguió derrotar a la URSS. En lugar de colapsar, el país resistió. En lugar de desmoronarse, se organizó. Y en Stalingrado, toda la lógica de la guerra relámpago fue triturada, paso a paso, casa por casa, metro a metro.

 

LA BATALLA TOTAL

     Stalingrado no fue solo una batalla entre Ejércitos: fue una guerra total, en todos los sentidos. Cientos de miles de civiles quedaron atrapados en una ciudad convertida en ruinas, pero no abandonaron sus puestos. Las fábricas siguieron funcionando bajo bombardeos. Los trabajadores se convirtieron en milicianos. Las mujeres, en francotiradoras, médicas, obreras de guerra. No había retaguardia: toda la ciudad era el frente.

 

    Los alemanes, convencidos de que la ciudad debía caer para asegurar el control del Cáucaso y sus campos petrolíferos, desplegaron todo su poder. Pero no calcularon un detalle crucial: en esa ciudad, que llevaba el nombre de Stalin, no estaba solo en juego el control territorial, sino la dignidad colectiva de un pueblo que no iba a rendirse.

 

    Cuando el Ejército Rojo lanzó su contraofensiva en noviembre de 1942, y cercó al 6.º Ejército alemán, el tablero cambió para siempre. Lo que había empezado como una ofensiva imperial terminó con 300.000 soldados del Eje rodeados, hambrientos, derrotados, y con el general Friedrich von Paulus rindiéndose en febrero de 1943. Era la primera gran capitulación de una fuerza nazi en toda la guerra.

 

 ¿POR QUÉ FUE TAN DECISIVA?

     Porque fue el fin del mito de la invencibilidad alemana. Porque mostró que el Ejército Rojo no solo podía resistir, sino también atacar, avanzar y vencer. Y porque desde Stalingrado hasta Berlín, el avance soviético ya no se detendría.

 

     Además, Stalingrado envió un mensaje a todos los pueblos ocupados por el fascismo: sí se puede vencer al monstruo. Las resistencias antifascistas crecieron en Francia, Italia, Yugoslavia, Grecia. La moral de los pueblos cambió. El miedo dejó paso a la organización. Y el impulso llegó de un lugar que muchos daban por perdido: una ciudad en ruinas, sostenida por la terquedad colectiva de los que no tenían opción más que resistir.

 

LA SIMBOLOGÍA DE UNA VICTORIA

      Stalingrado no fue solo una batalla ganada: fue, además, una victoria ideológica. Mostró que un país socialista, con todas sus limitaciones y errores, podía organizarse colectivamente para enfrentar la maquinaria militar más poderosa del mundo. Mostró que la solidaridad y el esfuerzo común no eran  palabras vacías, sino realidades capaces de transformar la historia.

 

      Y eso era intolerable para muchos sectores del poder occidental. Por eso se intentó minimizar su importancia. Por eso, durante la Guerra Fría, se reescribieron manuales y documentales para evitar decir que la URSS ganó la batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial. Pero los datos, los hechos, las tumbas y las ruinas siguen allí para desmentir la historia oficial.

 

DE STALINGRADO A BERLÍN

     Tras la victoria, el Ejército Rojo no se detuvo. Liberó Kiev, Minsk, Varsovia, Budapest, Viena… y, finalmente, Berlín. La bandera roja con la hoz y el martillo ondeó en el corazón del Reichstag. El nazismo se desplomó no por una operación quirúrgica en el oeste, sino por una gigantesca ofensiva popular desde el este, impulsada por la misma fuerza que resistió en Stalingrado.

 

    Y esa victoria no fue solo militar. También fue política. En los años posteriores, buena parte de Europa del Este adoptaría modelos de inspiración socialista, en algunos casos deformados, en otros más cercanos a los ideales originales, pero siempre con la conciencia clara de que fue el pueblo organizado el que derrotó al fascismo, no las élites ilustradas ni los acuerdos entre diplomáticos.

 

¿QUÉ NOS QUEDA HOY DE TODO ESTO?

      Nos queda una enseñanza poderosa: cuando los pueblos se organizan, pueden frenar incluso a las peores máquinas de muerte. Nos queda también la advertencia de lo que ocurre cuando se naturaliza el odio, el racismo, el exterminio. Nos queda la responsabilidad de no olvidar, de no permitir que la historia se repita bajo nuevos disfraces.

 

    La "Operación Barbarroja" no fue solo el intento de invadir un país: fue el intento de borrar una idea, la idea de que otro mundo era posible. Y fracasó. Lo pagó con millones de vidas, con sufrimiento, con ruinas. Pero fracasó.

      Y por eso, aunque algunos prefieran recordarlo con elocuentes silencios, Stalingrado sigue siendo una ciudad invencible en la memoria de la humanidad.

 

  (*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa materia.

 
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