MERCOSUR, EL ÚLTIMO ENGAÑO
"Un acuerdo al servicio del gran capital que amenaza al campo y a la soberanía alimentaria"
La aprobación del Tratado de Mercosur, presentada como un triunfo del “libre comercio”, es para Lidia Falcón una nueva operación de engaño al servicio del gran capital. Bajo promesas de abundancia y ahorro, el acuerdo amenaza con arruinar al campo, concentrar aún más la propiedad y poner en riesgo la soberanía alimentaria.
Por LIDIA FALCÓN PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
En mi último libro “La Filosofía del engaño” explico cómo el sistema capitalista ha elaborado la filosofía y la ideología más engañosas de la historia del pensamiento humano para convencer a la ciudadanía de que no hay alternativa, y que la sociedad de “mercado libre” es la mejor que existe para subvenir a las necesidades humanas y hacer felices a los individuos.
Con este mensaje nos ha instalado en una sociedad del consumo inútil y el despilfarro que nos arruina. Con este propósito los grandes consorcios mundiales que dominan todos los sectores de producción nos convierten en clientes de los grandes negocios que el mercado de los oligarcas ha organizado y de los que somos clientes obligados.
Este es el propósito del Tratado de Mercosur que acaban de aceptar todos los gobiernos europeos y cinco países latinoamericanos con el objetivo, según nos han contado, de tenernos mejor abastecidos de productos agrícolas y ganaderos y en óptimas condiciones de producción y distribución que significarán ganancias para los productores y ahorro para los consumidores.
Y, en el colmo de la infamia, tanto los políticos que lo han tramitado, como los medios de comunicación, vendidos y comprados, de este occidente “democrático”, se han lanzado, sin vergüenza alguna, a difundir una campaña de elogios por el resultado del tratado, que ha tardado treinta años en negociarse, pero no explican por qué ha sido tan lento. De la misma manera que nos engañaron con el Tratado de la Unión Europea, han conseguido convencer a una mayoría de la población de las ventajas y los beneficios de que se unieran en un mercado único 480 millones de habitantes de ambos lados del Atlántico. Con los ladinos argumentos de la unidad, palabra que nos atrae y que creemos que ha de significar igualdad, solidaridad, reparto equitativo y todas las demás virtudes que contiene el término unión.
Lo que no nos cuentan es a quien une y para qué, y quienes son los beneficiarios de esa solidaridad
Lo que ocultan sibilinamente tanto los ideólogos del tratado como los políticos y ejecutores del mismo, todos al servicio del gran capital, es el funcionamiento del sector de producción de la alimentación humana internacional. Quienes crean que tanto ell sector agrícola como el ganadero es aquel de los sacrificados trabajadores del campo que desde el nacimiento hasta la muerte han roturado los campos, sembrado y recogido los frutos y cuidado los animales. Y, por supuesto que siguen existiendo esos campesinos sin los que ese trabajo no se haría -los que organizan el sector desde sus despachos no van a roturar y escardar los campos y ordeñar las vacas, pero son precisamente los que se quedan con los beneficios.
Las grandes compañías del sector de la alimentación son las propietarias de la mayor parte de las tierras cultivables del mundo. En España los latifundios de la aristocracia constituyen el 55% de las tierras cultivables. Al comenzar la Guerra Civil eran el 50%. En este periplo de tiempo los Grandes duqueses y marqueses han aumentado sus propiedades. Y como la política agraria de la muy alabada Unión Europea distribuye las subvenciones en relación al tamaño de las explotaciones, esos “grandes” son también los que más cantidades reciben. La casa de Alba, en España es la mayor receptora de ayudas económicas del sector agrario europeo, y podemos seguir recontando: el marquesado de Santa Cruz, el duquesado de Medina Sidonia, y tuti cuanti. Y esos, que constituyen los enormes consorcios alimenticios internacionales, serán también los que se beneficien de este tan mentado “Mercosur”, que decidirá qué se produce, cuánto se produce, donde se produce, a qué precio se valora, quién vende, quién compra, quien cobra.
Campesinos y ganaderos españoles, europeos, latinoamericanos, con extensiones modestar de tierra, que cultiven desde hace generaciones para darnos de comer, perder toda esperanza. Ustedes no podrán controlar ni el precio de los insumos, ni el de las ventas, ni accederán a los mercados que tienen controlados las marcas distribuidoras. Si hasta ahora su modo de producción ha sido sacrificado, entregando la vida para alimentar los cuatro continentes, ahora será explotación y expropiación absolutas. Una buena proporción de agricultores lo saben, por eso están con sus tractores en las carreteras protestando por el Tratado. Tardíamente, compañeros. Consiguieron retrasar la firma tres decenios pero no han logrado evitarlo.
Y aquí, y en otros países europeos, se sigue alabando el éxito de haber impuesto la firma, y ¿dónde están las izquierdas mundiales, que han consentido semejante desafuero? ¿Y dónde se publican las críticas y los análisis de los partidos comunistas, de las asociaciones agrarias, sindicales, civiles, feministas, explicando que el “Mercosur” supone el gran mercado para los oligarcas más poderosos y el empobrecimiento y el desempleo para los pequeños propietarios y los trabajadores agrícolas.
En realidad, tendría que preguntar: ¿existe la izquierda y el movimiento comunista en los países occidentales? Los emperadores del mundo: el ya conocido Trump y los demás oligarcas del sector bancario, de las grandes explotaciones agrícolas y ganaderas, el monopolio de la distribución con las exclusivas del transporte, han logrado el éxito de la firma de Mercosur, engañando también a los trabajadores agrícolas de Latinoamérica, que serán los más perjudicados de todos.
No querría ser agorera, pero estoy segura de que acierto cuando hago un llamamiento patético a los hombres y las mujeres -de ese sector me ocuparé en próximos artículos- que dedican su vida a alimentarnos, para que sean conscientes de que si no consiguen anular ese maldito tratado volverán a vivir condiciones económicas y laborales como las que sufrieron en la postguerra.
“Libre comercio”, lo llaman. Como si el comercio fuera libre cuando lo decide un puñado de despachos, lo firman gobiernos de rodillas y lo pagan siempre los mismos: los de abajo, los que producen, los que sostienen el territorio, los que no tienen lobbies ni bufetes a sueldo en Bruselas. A estas alturas ya deberíamos saber leer los eufemismos como se leen las etiquetas de los alimentos, con desconfianza, buscando la trampa. Y la trampa de Mercosur es clara: Europa está dispuesta a cambiar su agricultura asegurando que para los consumidores europeos habrá una rebaja, lo que es absolutamente falso. Ustedes verán subir el precio de los tomates y de las patatas, ahogado el mercado por las importaciones millonarias que asumiremos resignadamente en cumplimiento del Tratado. Lleva más de veinticinco años paseándose por los pasillos de Bruselas, entrando y saliendo de cajones. Desde finales de los noventa se negocia, se congela, se retoca, se vuelve a congelar. Siempre hubo resistencias, siempre hubo conciencia de que el campo europeo era la pieza débil del acuerdo. Y, sin embargo, se reactiva ahora. No antes, no después. Ahora. Cuando Europa está más debilitada, más dependiente, más dispuesta a ceder. Más humillada, más sierva de las grandes potencias del mundo. Cuando la industria necesita mercados y el campo no tiene fuerza suficiente para impedir que lo usen como moneda de cambio.
Lo hemos visto ya. En Ucrania está el manual completo, sin maquillaje. Una guerra que no solo ha arrasado ciudades y pueblos, sino generaciones enteras de jóvenes ucranianos enviados al matadero, además de millones de desplazados condenados a una vida de exilio y precariedad. Una guerra que ha servido para enseñar cómo se socializan los costes de las guerras imperialistas. Para “apoyar a Ucrania”, dijeron, la Unión Europea abrió sus fronteras al cereal ucraniano, suspendiendo aranceles y controles con una ligereza que solo se permite cuando quienes deciden no pisan el barro. Los precios se hundieron, los silos se llenaron, los agricultores europeos se arruinaron. Nadie pidió perdón. Nadie asumió responsabilidades. La guerra no la pagaron los bancos ni las energéticas ni la industria armamentística. La pagaron los agricultores, otra vez, como siempre.
Mientras tanto, la famosa tierra negra ucraniana -una de las más fértiles del planeta- se convertía en botín silencioso. Deuda, urgencia, destrucción. Primero se rompe el país. Luego se compra lo que queda. No es conspiración, es rutina histórica. Ya lo hemos visto demasiadas veces como para fingir sorpresa.
Y cuando Europa aún digería ese golpe, ocurrió lo que debería haber marcado un punto de no retorno: la voladura del Nord Stream. Un gasoducto civil, infraestructura estratégica, destruido en aguas europeas. Un acto de guerra, dicho sin rodeos. Un ataque que exigía una respuesta firme, digna, soberana. Alemania y la Unión Europea tenían la obligación de reaccionar. No lo hicieron. Callaron. Pagaron la energía más cara. Aceptaron la destrucción de su industria. Empujaron a su población a la precariedad. No fue prudencia. Fue sumisión. Y fue una señal para el mundo: Europa no se defiende, se deja hacer. Desde entonces, cualquier paso más allá resulta posible. También poner en el punto de mira territorios como Groenlandia, no tanto por lo que representan en sí mismos, sino para comprobar hasta dónde llega el servilismo europeo cuando el amo aprieta un poco más y nadie alza la voz.
Ese silencio no fue una anomalía. Encaja demasiado bien en una historia larga. Los que vuelan gasoductos son, en última instancia, los mismos que han devastado Irak, Afganistán, Libia, Siria y ahora también Ucrania, los mismos que hoy amenazan a Irán y utilizan la energía y el comercio como armas; los mismos que han practicado, sin ningún pudor, el secuestro colonial de Nicolás Maduro y de su esposa, como demostración obscena de que no reconocen soberanías cuando estas estorban. Ese es el poder que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, mantiene a Europa tutelada, obediente, incapaz de decidir siquiera sobre su propia infraestructura.
En ese contexto no nace Mercosur, pero sí se reactiva y se impone. Un tratado que llevaba décadas atascado se acelera cuando la industria europea, especialmente la alemana, tocada por la crisis energética y por una guerra que no responde a los intereses de sus pueblos, necesita desesperadamente mercados donde colocar sus productos. Mercosur reaparece entonces como tabla de salvación. Y, como siempre, el precio lo paga quien no manda: el sector primario. La agricultura. El campo. La soberanía alimentaria.
A todo esto se suma una traición menos visible, pero profunda: la de demasiados sindicatos generalistas y de no pocos sindicatos agrarios mayoritarios. Organizaciones que nacieron para defender a trabajadores y productores y que hoy parecen más preocupadas por conservar sillones, mesas de negociación y subvenciones que por incomodar al poder que arruina a sus afiliados. Cuando se depende de subvenciones, se acaba defendiendo a quien las concede. El conflicto se administra, se diluye, se aplaza. Y el campo queda, otra vez, solo.
No es casualidad que, ante esta claudicación, estén surgiendo asociaciones agrarias independientes que han decidido romper la baraja. Organizaciones sostenidas por sus afiliados, no por subvenciones, que salen a la calle sin pedir permiso. UNASPI es una de ellas. No porque tenga la verdad revelada, sino porque ha entendido algo elemental: cuando quienes dicen representarte te abandonan, solo queda organizarse por fuera y dar la cara.
Mercosur no solo hundirá a miles de agricultores y ganaderos. Eso es solo el principio. Después vendrán las compras de tierras a saldo, la concentración, el cambio de modelo. El agricultor convertido en proveedor precario, en falso autónomo, en siervo moderno que pone el tractor, la nave, la deuda y la vida al servicio de grandes cadenas y fondos de inversión. Primero te arruinan. Luego te compran. Luego te alquilan tu propia existencia. No es una metáfora exagerada; es el camino que ya hemos recorrido en otros sectores.
Y cuando el campo desaparece, no vuelve. No se reconstruye con discursos ni con planes estratégicos redactados por consultoras. Se pierde para generaciones. Yo ya he visto demasiadas derrotas como para creer en milagros de despacho.
Por eso esta no es una lucha sectorial. No va solo de agricultores. Va de todos. De algo tan simple y tan brutal como poder comer mañana. Los hombres y mujeres que hoy salen a las carreteras y a las plazas no están defendiendo un privilegio; están defendiendo que nuestros hijos no dependan de un carguero, de una sanción, de una guerra lejana o de la decisión de un despacho extranjero para llevarse un plato a la boca.
No basta con comprenderlo ni con aplaudir desde lejos. Hay que acompañarlos. Estar con ellos. Porque si hoy los dejamos solos, mañana quizá no tengamos ni siquiera la fuerza para lamentarnos.
La historia no suele dar segundas oportunidades. Y el hambre, cuando llega, no entiende de tratados
(*) Lidia Falcón – Presidenta Partido Feminista de España.
Por LIDIA FALCÓN PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
En mi último libro “La Filosofía del engaño” explico cómo el sistema capitalista ha elaborado la filosofía y la ideología más engañosas de la historia del pensamiento humano para convencer a la ciudadanía de que no hay alternativa, y que la sociedad de “mercado libre” es la mejor que existe para subvenir a las necesidades humanas y hacer felices a los individuos.
Con este mensaje nos ha instalado en una sociedad del consumo inútil y el despilfarro que nos arruina. Con este propósito los grandes consorcios mundiales que dominan todos los sectores de producción nos convierten en clientes de los grandes negocios que el mercado de los oligarcas ha organizado y de los que somos clientes obligados.
Este es el propósito del Tratado de Mercosur que acaban de aceptar todos los gobiernos europeos y cinco países latinoamericanos con el objetivo, según nos han contado, de tenernos mejor abastecidos de productos agrícolas y ganaderos y en óptimas condiciones de producción y distribución que significarán ganancias para los productores y ahorro para los consumidores.
Y, en el colmo de la infamia, tanto los políticos que lo han tramitado, como los medios de comunicación, vendidos y comprados, de este occidente “democrático”, se han lanzado, sin vergüenza alguna, a difundir una campaña de elogios por el resultado del tratado, que ha tardado treinta años en negociarse, pero no explican por qué ha sido tan lento. De la misma manera que nos engañaron con el Tratado de la Unión Europea, han conseguido convencer a una mayoría de la población de las ventajas y los beneficios de que se unieran en un mercado único 480 millones de habitantes de ambos lados del Atlántico. Con los ladinos argumentos de la unidad, palabra que nos atrae y que creemos que ha de significar igualdad, solidaridad, reparto equitativo y todas las demás virtudes que contiene el término unión.
Lo que no nos cuentan es a quien une y para qué, y quienes son los beneficiarios de esa solidaridad
Lo que ocultan sibilinamente tanto los ideólogos del tratado como los políticos y ejecutores del mismo, todos al servicio del gran capital, es el funcionamiento del sector de producción de la alimentación humana internacional. Quienes crean que tanto ell sector agrícola como el ganadero es aquel de los sacrificados trabajadores del campo que desde el nacimiento hasta la muerte han roturado los campos, sembrado y recogido los frutos y cuidado los animales. Y, por supuesto que siguen existiendo esos campesinos sin los que ese trabajo no se haría -los que organizan el sector desde sus despachos no van a roturar y escardar los campos y ordeñar las vacas, pero son precisamente los que se quedan con los beneficios.
Las grandes compañías del sector de la alimentación son las propietarias de la mayor parte de las tierras cultivables del mundo. En España los latifundios de la aristocracia constituyen el 55% de las tierras cultivables. Al comenzar la Guerra Civil eran el 50%. En este periplo de tiempo los Grandes duqueses y marqueses han aumentado sus propiedades. Y como la política agraria de la muy alabada Unión Europea distribuye las subvenciones en relación al tamaño de las explotaciones, esos “grandes” son también los que más cantidades reciben. La casa de Alba, en España es la mayor receptora de ayudas económicas del sector agrario europeo, y podemos seguir recontando: el marquesado de Santa Cruz, el duquesado de Medina Sidonia, y tuti cuanti. Y esos, que constituyen los enormes consorcios alimenticios internacionales, serán también los que se beneficien de este tan mentado “Mercosur”, que decidirá qué se produce, cuánto se produce, donde se produce, a qué precio se valora, quién vende, quién compra, quien cobra.
Campesinos y ganaderos españoles, europeos, latinoamericanos, con extensiones modestar de tierra, que cultiven desde hace generaciones para darnos de comer, perder toda esperanza. Ustedes no podrán controlar ni el precio de los insumos, ni el de las ventas, ni accederán a los mercados que tienen controlados las marcas distribuidoras. Si hasta ahora su modo de producción ha sido sacrificado, entregando la vida para alimentar los cuatro continentes, ahora será explotación y expropiación absolutas. Una buena proporción de agricultores lo saben, por eso están con sus tractores en las carreteras protestando por el Tratado. Tardíamente, compañeros. Consiguieron retrasar la firma tres decenios pero no han logrado evitarlo.
Y aquí, y en otros países europeos, se sigue alabando el éxito de haber impuesto la firma, y ¿dónde están las izquierdas mundiales, que han consentido semejante desafuero? ¿Y dónde se publican las críticas y los análisis de los partidos comunistas, de las asociaciones agrarias, sindicales, civiles, feministas, explicando que el “Mercosur” supone el gran mercado para los oligarcas más poderosos y el empobrecimiento y el desempleo para los pequeños propietarios y los trabajadores agrícolas.
En realidad, tendría que preguntar: ¿existe la izquierda y el movimiento comunista en los países occidentales? Los emperadores del mundo: el ya conocido Trump y los demás oligarcas del sector bancario, de las grandes explotaciones agrícolas y ganaderas, el monopolio de la distribución con las exclusivas del transporte, han logrado el éxito de la firma de Mercosur, engañando también a los trabajadores agrícolas de Latinoamérica, que serán los más perjudicados de todos.
No querría ser agorera, pero estoy segura de que acierto cuando hago un llamamiento patético a los hombres y las mujeres -de ese sector me ocuparé en próximos artículos- que dedican su vida a alimentarnos, para que sean conscientes de que si no consiguen anular ese maldito tratado volverán a vivir condiciones económicas y laborales como las que sufrieron en la postguerra.
“Libre comercio”, lo llaman. Como si el comercio fuera libre cuando lo decide un puñado de despachos, lo firman gobiernos de rodillas y lo pagan siempre los mismos: los de abajo, los que producen, los que sostienen el territorio, los que no tienen lobbies ni bufetes a sueldo en Bruselas. A estas alturas ya deberíamos saber leer los eufemismos como se leen las etiquetas de los alimentos, con desconfianza, buscando la trampa. Y la trampa de Mercosur es clara: Europa está dispuesta a cambiar su agricultura asegurando que para los consumidores europeos habrá una rebaja, lo que es absolutamente falso. Ustedes verán subir el precio de los tomates y de las patatas, ahogado el mercado por las importaciones millonarias que asumiremos resignadamente en cumplimiento del Tratado. Lleva más de veinticinco años paseándose por los pasillos de Bruselas, entrando y saliendo de cajones. Desde finales de los noventa se negocia, se congela, se retoca, se vuelve a congelar. Siempre hubo resistencias, siempre hubo conciencia de que el campo europeo era la pieza débil del acuerdo. Y, sin embargo, se reactiva ahora. No antes, no después. Ahora. Cuando Europa está más debilitada, más dependiente, más dispuesta a ceder. Más humillada, más sierva de las grandes potencias del mundo. Cuando la industria necesita mercados y el campo no tiene fuerza suficiente para impedir que lo usen como moneda de cambio.
Lo hemos visto ya. En Ucrania está el manual completo, sin maquillaje. Una guerra que no solo ha arrasado ciudades y pueblos, sino generaciones enteras de jóvenes ucranianos enviados al matadero, además de millones de desplazados condenados a una vida de exilio y precariedad. Una guerra que ha servido para enseñar cómo se socializan los costes de las guerras imperialistas. Para “apoyar a Ucrania”, dijeron, la Unión Europea abrió sus fronteras al cereal ucraniano, suspendiendo aranceles y controles con una ligereza que solo se permite cuando quienes deciden no pisan el barro. Los precios se hundieron, los silos se llenaron, los agricultores europeos se arruinaron. Nadie pidió perdón. Nadie asumió responsabilidades. La guerra no la pagaron los bancos ni las energéticas ni la industria armamentística. La pagaron los agricultores, otra vez, como siempre.
Mientras tanto, la famosa tierra negra ucraniana -una de las más fértiles del planeta- se convertía en botín silencioso. Deuda, urgencia, destrucción. Primero se rompe el país. Luego se compra lo que queda. No es conspiración, es rutina histórica. Ya lo hemos visto demasiadas veces como para fingir sorpresa.
Y cuando Europa aún digería ese golpe, ocurrió lo que debería haber marcado un punto de no retorno: la voladura del Nord Stream. Un gasoducto civil, infraestructura estratégica, destruido en aguas europeas. Un acto de guerra, dicho sin rodeos. Un ataque que exigía una respuesta firme, digna, soberana. Alemania y la Unión Europea tenían la obligación de reaccionar. No lo hicieron. Callaron. Pagaron la energía más cara. Aceptaron la destrucción de su industria. Empujaron a su población a la precariedad. No fue prudencia. Fue sumisión. Y fue una señal para el mundo: Europa no se defiende, se deja hacer. Desde entonces, cualquier paso más allá resulta posible. También poner en el punto de mira territorios como Groenlandia, no tanto por lo que representan en sí mismos, sino para comprobar hasta dónde llega el servilismo europeo cuando el amo aprieta un poco más y nadie alza la voz.
Ese silencio no fue una anomalía. Encaja demasiado bien en una historia larga. Los que vuelan gasoductos son, en última instancia, los mismos que han devastado Irak, Afganistán, Libia, Siria y ahora también Ucrania, los mismos que hoy amenazan a Irán y utilizan la energía y el comercio como armas; los mismos que han practicado, sin ningún pudor, el secuestro colonial de Nicolás Maduro y de su esposa, como demostración obscena de que no reconocen soberanías cuando estas estorban. Ese es el poder que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, mantiene a Europa tutelada, obediente, incapaz de decidir siquiera sobre su propia infraestructura.
En ese contexto no nace Mercosur, pero sí se reactiva y se impone. Un tratado que llevaba décadas atascado se acelera cuando la industria europea, especialmente la alemana, tocada por la crisis energética y por una guerra que no responde a los intereses de sus pueblos, necesita desesperadamente mercados donde colocar sus productos. Mercosur reaparece entonces como tabla de salvación. Y, como siempre, el precio lo paga quien no manda: el sector primario. La agricultura. El campo. La soberanía alimentaria.
A todo esto se suma una traición menos visible, pero profunda: la de demasiados sindicatos generalistas y de no pocos sindicatos agrarios mayoritarios. Organizaciones que nacieron para defender a trabajadores y productores y que hoy parecen más preocupadas por conservar sillones, mesas de negociación y subvenciones que por incomodar al poder que arruina a sus afiliados. Cuando se depende de subvenciones, se acaba defendiendo a quien las concede. El conflicto se administra, se diluye, se aplaza. Y el campo queda, otra vez, solo.
No es casualidad que, ante esta claudicación, estén surgiendo asociaciones agrarias independientes que han decidido romper la baraja. Organizaciones sostenidas por sus afiliados, no por subvenciones, que salen a la calle sin pedir permiso. UNASPI es una de ellas. No porque tenga la verdad revelada, sino porque ha entendido algo elemental: cuando quienes dicen representarte te abandonan, solo queda organizarse por fuera y dar la cara.
Mercosur no solo hundirá a miles de agricultores y ganaderos. Eso es solo el principio. Después vendrán las compras de tierras a saldo, la concentración, el cambio de modelo. El agricultor convertido en proveedor precario, en falso autónomo, en siervo moderno que pone el tractor, la nave, la deuda y la vida al servicio de grandes cadenas y fondos de inversión. Primero te arruinan. Luego te compran. Luego te alquilan tu propia existencia. No es una metáfora exagerada; es el camino que ya hemos recorrido en otros sectores.
Y cuando el campo desaparece, no vuelve. No se reconstruye con discursos ni con planes estratégicos redactados por consultoras. Se pierde para generaciones. Yo ya he visto demasiadas derrotas como para creer en milagros de despacho.
Por eso esta no es una lucha sectorial. No va solo de agricultores. Va de todos. De algo tan simple y tan brutal como poder comer mañana. Los hombres y mujeres que hoy salen a las carreteras y a las plazas no están defendiendo un privilegio; están defendiendo que nuestros hijos no dependan de un carguero, de una sanción, de una guerra lejana o de la decisión de un despacho extranjero para llevarse un plato a la boca.
No basta con comprenderlo ni con aplaudir desde lejos. Hay que acompañarlos. Estar con ellos. Porque si hoy los dejamos solos, mañana quizá no tengamos ni siquiera la fuerza para lamentarnos.
La historia no suele dar segundas oportunidades. Y el hambre, cuando llega, no entiende de tratados
(*) Lidia Falcón – Presidenta Partido Feminista de España.


























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