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LA HORA DE LOS HORNOS: CUBA Y LA PRUEBA FINAL

"El mundo tiene una deuda de honor con la Isla de la dignidad"

Las recientes amenazas de Washington contra Cuba, sumadas al ataque militar a Venezuela, podrían marcar el inicio de una nueva ofensiva imperialista en América Latina. La historia -firma José Manuel Rivero - convoca a los pueblos a tomar posición con urgencia ante un escenario donde la defensa de Cuba podría definir el destino del proyecto emancipador en el continente.

Por JOSÉ MANUEL RIVERO PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

[Img #89583]   Ante la escalada retórica y fáctica que el imperialismo estadounidense ha desplegado en este inicio de 2026, la historia nos convoca a la encrucijada definitiva. Las recientes declaraciones de Donald Trump sentenciando que "Cuba no sobrevivirá", sumadas a la orden ejecutiva de la Casa Blanca que cataloga a la isla como una amenaza existencial, no son bravuconadas electorales: son la antesala de una agresión calculada. La brutal y criminal acción reciente del ataque militar imperialista a Venezuela el pasado 3 de enero, con el secuestro del Presidente constitucional y de su esposa, que aún tenemos fresca en la memoria como una herida abierta en la soberanía latinoamericana, nos enseña sin margen de error que el imperio, en su declive orgánico, no duda en recurrir a la fuerza bruta y al sabotaje directo para intentar disciplinar lo que considera su propiedad natural.

 

   Sin embargo, este no es momento para el lamento, sino para la definición absoluta. Como sentenció José Martí: "Es la hora de los hornos, y no se ha de ver más que la luz". Esa luz hoy exige una respuesta en dos frentes simultáneos e inquebrantables: la fuerza geopolítica y la movilización popular.

 

   Porque defender a Cuba no es solo defender una frontera o un gobierno; es defender el patrimonio moral de la humanidad. El odio imperial no es gratuito: se castiga a Cuba por su "pecado" histórico de haber entregado todo por la liberación de los pueblos sin pedir nada a cambio más que la recogida de los restos de sus combatientes. La Revolución de Fidel fue la voz de los cinco continentes; su internacionalismo fue decisivo para romper las cadenas del colonialismo en África y derrotar al apartheid, así como sus brigadas de batas blancas han llevado vida donde el capitalismo solo lleva muerte. El mundo tiene una deuda de honor con la Isla de la dignidad. Si Cuba se sacrificó por la humanidad, hoy la humanidad —y las potencias que aspiran a un mundo multipolar— deben volcarse en su defensa.

 

   La respuesta del canciller Bruno Rodríguez, rechazando con dignidad la arrogancia de Washington, marca la postura ética necesaria, pero la diplomacia sin respaldo material es insuficiente ante un enemigo que solo respeta la coacción. Coincido con el análisis de que hemos llegado al momento de la verdad, donde la escalada imperialista no se detiene con advertencias. China, Rusia y los BRICS no pueden permitir que Cuba sea estrangulada. La caída de la Revolución no sería solo una tragedia hemisférica, sino la prueba de la impotencia de las nuevas potencias ante el unilateralismo de Washington. Es imperativo romper el bloqueo no con peticiones, sino con acciones físicas: un puente marítimo y aéreo de insumos, energía, armas y tecnología, protegido militarmente por las potencias aliadas  que garantice la invulnerabilidad de la Isla.

 

   Pero esta batalla no se dirime solo en los despachos del Kremlin o Pekín; requiere del despertar de la conciencia colectiva global. Es urgente activar una movilización popular internacional sin precedentes. Los pueblos del mundo, las organizaciones de clase y los movimientos antiimperialistas deben tomar las calles y convertir cada embajada estadounidense en un foco de protesta permanente. El internacionalismo no es una consigna vacía, es la ternura de los pueblos armada de organización y lucha. No basta con que lleguen barcos con petróleo, armas y alimentos escoltados por armadas amigas; es necesario que el costo político para Estados Unidos sea inasumible gracias no sólo a la disuasión militar, sino, también, a la presión social global, que incluya a la población estadounidense, que denuncie y combata el criminal bloqueo.

 

  El imperialismo debe recibir una lección total: el Caribe no es su Mare Nostrum y la soberanía de Cuba es una línea roja trazada por la fuerza de las potencias emergentes y por la fuerza de la voluntad de los pueblos libres. Si Washington ha decidido que es la hora de la asfixia, tenemos que adoptar la decisión que es la hora de la agitación y la organización. O se rompe el cerco ahora, con la disuasión y con las masas, o se acepta la sumisión. Y desde una concepción revolucionaria y transformadora de las condiciones para una vida digna y en igualdad  respecto a  la Humanidad, la sumisión jamás ha sido una opción.

 

(*) José Manuel Rivero. Abogado y analista político.

 

 
 
 
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