POR CATERINA OLIVEIRA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Cuando se recorre el Alentejo profundo, todavía se pueden ver, a veces desdibujadas por el sol, viejas pinturas en las fachadas de antiguas cooperativas agrícolas: el puño en alto, la estrella de cinco puntas, el lema de lucha obrera. Murales que resisten como fantasmas mudos de una época en que Portugal soñó con cambiarse desde abajo.
Hoy, esas mismas calles votan a quienes desprecian ese pasado. En Serpa, Beja, Moura, regiones donde la hoz y el martillo fueron emblemas de dignidad rural, la ultraderecha ha emergido como fuerza hegemónica. El partido Chega (1) , que hace apenas unos pocos años era una caricatura grotesca y ubicada en la más absoluta marginalidad, se ha convertido en la voz de una rabia desordenada, pero ferozmente movilizada.
¿Qué ha pasado en este país que, tras deshacerse de su dictadura con claveles en las armas, acoge ahora con fervor a quienes niegan las raíces mismas de aquella hermosa revolución?
LA IZQUIERDA QUE SE DESVANECE
No fue una derrota: fue una retirada sin aviso. El Partido Comunista Portugués (PCP), que durante décadas mantuvo una presencia tenaz en las regiones más empobrecidas del sur, ha sido desplazado sin lucha. No porque sus ideas hayan sido derrotadas en debate público, sino porque su voz se volvió inaudible para quienes más necesitaban ser escuchados.
Durante años, el PCP resistió la seducción neoliberal, mantuvo su arraigo en los sindicatos y en las cámaras municipales, pero no logró renovar su lenguaje. Habló de lucha de clases cuando la gente hablaba de hipotecas, habló de imperialismo cuando las madres pedían guarderías. No es que se equivocara en el diagnóstico, pero no supo traducirlo.
Y mientras tanto, la ultraderecha sí aprendió a hablar el idioma del dolor: ese dialecto cotidiano que no necesita grandes doctrinas, sino enemigos fáciles y soluciones ficticias.
LOS PERDEDORES DE LA MODERNIZACIÓN
La revolución de los claveles prometió tierra para quien la trabaja. Pero el siglo XXI trajo otra promesa: la del turismo, los servicios, el crecimiento urbano. Y en medio de esa modernización desigual, vastas regiones agrícolas quedaron al margen.
Allí, donde el trabajo escasea, los jóvenes se marchan y los mayores sobreviven con pensiones mínimas, creció un resentimiento sordo. Un resentimiento que, con el tiempo, encontró eco en las proclamas de Chega: “¡ellos tienen la culpa!”. Ellos: los inmigrantes, los burócratas, los políticos de Lisboa, los que hablan de derechos, pero no pisan el barro.
La izquierda tradicional, incapaz de renovar su arraigo local, cedió el terreno sin saber que lo estaba cediendo. Cuando quiso volver, ya no la esperaban.
LA ULTRADERECHA, HIJA DEL ABANDONO
Chega no llegó con tanques como hacía antes, ni tampoco con discursos doctos. Llegó con cámaras de móvil, con TikTok, con frases simples, con una estética de barrio y un desprecio por lo correcto. Se instaló en el vacío dejado por una política desconectada de lo real. Habló de “los nuestros primero” en pueblos donde hace años no hay inversión pública, donde el hospital más cercano está a 40 minutos y donde la escuela secundaria cerró por falta de alumnos.
Su avance fue silencioso pero eficaz. No convenció, pero supo canalizar. No educó, pero agitó. No construyó una alternativa, sino la ilusión de una válvula de escape.
DE LA MEMORIA A LA RABIA
En una cafetería de Évora, una mujer de 78 años —viuda de un antiguo sindicalista comunista— me confesó, entre lágrimas:
“Mi nieto votó por Chega. Me ha dolido mucho. Pero él dice que no hay futuro, que los de antes ya tuvieron su oportunidad y no hicieron nada”.
La frase, dura como una piedra, resume una verdad incómoda: el pasado no basta. La memoria, sola, no alimenta ni ilusiona.
Las generaciones que crecieron bajo promesas rotas ya no creen en el legado. Quieren presente. Y la izquierda, que debería ofrecerlo, se ha perdido en debates internos, en lenguajes universitarios, en la gestión de lo posible.
LA CATÁSTROFE ELECTORAL DEL PARTIDO COMUNISTA PORTUGUÉS
El Partido Comunista Portugués (PCP), uno de los partidos comunistas más antiguos y con mayor tradición de Europa occidental, participó en las elecciones presidenciales de Portugal celebradas el pasado domingo respaldando al candidato António Filipe, en el marco de su coalición con Los Verdes (PEV), conocida como CDU (Coalición Democrática Unitaria).
El resultado fue catastróficamente desfavorable para el PCP: António Filipe obtuvo apenas el 1,6 % de los votos, quedando excluido de la segunda vuelta. Este resultado supone el peor desempeño histórico del partido en unas elecciones presidenciales desde la Revolución de los Claveles (1974) y evidencia el proceso de debilitamiento electoral que viene atravesando el partido desde hace varios años, especialmente entre el electorado joven.
La segunda vuelta enfrentará al socialista António José Seguro y al ultraderechista André Ventura, dejando fuera de juego a las candidaturas a la izquierda del Partido Socialista. El PCP ha denunciado el avance del extremismo de derechas en el país y ha llamado a resistir los intentos de criminalización de las luchas obreras y populares.
A pesar de los resultados electorales adversos, el PCP sigue, no obstante, teniendo una presencia significativa en los movimientos sindicales, el sector público y en la defensa de los derechos laborales, así como una sólida base en algunos municipios rurales e industriales del país.
LA GUERRA CULTURAL COMO ESCUDO
En vez de redistribución, la política portuguesa se ha llenado de símbolos. La ultraderecha no tiene un programa económico realista, pero sí un enemigo simbólico: el feminismo, la inmigración, la “ideología de género”. Y esos enemigos sirven para canalizar frustraciones que tienen causas mucho más profundas: la precariedad, la soledad, el miedo al futuro.
Mientras tanto, los partidos progresistas debaten sobre cuotas, lenguaje inclusivo, energías verdes… en regiones donde la gente sigue cocinando con bombonas de gas y trabajando en condiciones semiesclavas en la agroindustria.
UNA SOCIEDAD DIVIDIDA ENTRE EL MIEDO Y EL DESPRECIO
La distancia entre las élites urbanas y el Portugal profundo se ha convertido en abismo. La izquierda habla desde Lisboa, desde Oporto, desde los platós. Pero el país real está en Aljustrel, en Grândola, en Reguengos. Allí donde el comunismo fue pan y cultura, hoy la ultraderecha es protesta disfrazada de orden.
Y el resultado es brutal: una sociedad donde quienes más necesitaron justicia social, hoy se sienten traicionados por quienes alegan defenderla.
Portugal no gira a la derecha porque ame sus ideas, sino porque ha perdido la fe en las otras. No es un cambio ideológico, es un vacío llenado por el resentimiento. Las regiones que ayer soñaban con la revolución hoy gritan su rabia en las urnas, abrazando proyectos que niegan todo lo que una vez fueron.
Y sin embargo, bajo las capas del miedo y del odio, aún late la dignidad. No todo está perdido. Pero quien quiera recuperarlo deberá bajar de los atriles, pisar el polvo, escuchar el silencio. Porque sólo desde abajo, desde los olvidados, volverá a nacer una política que no dé vergüenza hablar en voz alta.
Notas:
1) El "partido Chega" de Portugal toma su nombre de la palabra portuguesa "Chega", que se traduce literalmente como “¡Basta!” o “¡Ya es suficiente!”.
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