IRÁN EN LA MIRA: CUANDO LA GUERRA ES UN NEGOCIO
¿Se puede hablar de prevención cuando lo que se busca es dominación? ¿Nos encontramos ante un nuevo Irak disfrazado de "ayuda humanitaria"?
La reciente amenaza de Estados Unidos de atacar preventivamente a Irán no es un hecho aislado. Encaja en una estrategia global de intervención donde la guerra se presenta como solución a las crisis que el propio sistema ha creado. Más allá de los discursos oficiales, lo que está en juego es el control económico y político de una región estratégica.
POE CARLOS SERNA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La reciente declaración del secretario de Estado
norteamericano, Marco Rubio, advirtiendo que Estados Unidos podría lanzar un ataque “preventivo” contra Irán, no es una simple amenaza más en la larga lista de tensiones entre Washington y Teherán.
Es un síntoma revelador de cómo los grandes poderes militares continúan utilizando la guerra como herramienta para mantener su hegemonía global. Bajo el pretexto de prevenir, lo que en realidad se planifica es una intervención para mantener bajo control una región que escapa cada vez más a su dominio.
El contexto de esta declaración no es menor. Irán atraviesa una profunda crisis económica agravada por una drástica devaluación de su moneda, el rial. Este colapso financiero provocó protestas que, según diversas fuentes, derivaron en disturbios con miles de muertos. Las cifras oficiales hablan de 3.000 víctimas, aunque hay quienes aseguran que el número es mucho mayor. Las protestas solo cesaron cuando se bloqueó el acceso a la red de comunicaciones Starlink, lo cual, según las autoridades iraníes, fue un sabotaje promovido por Estados Unidos e Israel.
Estas acusaciones no deben verse como meras excusas. En el mundo contemporáneo, el control de la información y las redes digitales se ha convertido en una eficaz forma más de dominación. El corte de comunicaciones en Irán fue tan efectivo como un bombardeo silencioso: aisló a la población, rompió la capacidad de organización y dejó el terreno preparado para el discurso “humanitario” de intervención.
Mientras tanto, desde su cuenta de X (antes Twitter), el presidente Donald Trump alentaba a los manifestantes con frases como “La ayuda está en camino”, reafirmando el guion conocido: primero, el caos interno; luego, el auxilio externo; finalmente, el cambio de régimen.
Este patrón no es nuevo. En América Latina, África y Medio Oriente, los movimientos de protesta legítimos han sido usados muchas veces como plataforma para imponer gobiernos afines a los intereses de las grandes potencias. Lo que se presenta como una lucha por la libertad suele esconder una estrategia de recolonización disfrazada de democracia. Y en este caso, Irán representa un doble desafío: no solo mantiene una política exterior independiente de Washington, sino que además controla vastos recursos energéticos, lo que lo convierte en un objetivo codiciado.
Hablar de “ataque preventivo” implica un giro retórico peligroso. La noción de prevención, en teoría, busca evitar una amenaza inminente. Pero en la práctica se ha transformado en una coartada para desatar guerras basadas en suposiciones, como ya ocurrió en Irak en 2003 con el falso argumento de las armas de destrucción masiva. Las consecuencias son conocidas: destrucción, miles de muertos, desestabilización regional y el surgimiento de nuevas fuerzas violentas.
"Narco" Rubio reconoce que un cambio de régimen en Irán no sería fácil. Claro que no lo sería: Irán ha desarrollado una fuerte red de alianzas regionales, y su población, a pesar del descontento, ha vivido en carne propia los efectos del aislamiento internacional y las sanciones. La experiencia histórica ha enseñado que cuando la soberanía nacional es atacada desde fuera, incluso los sectores críticos tienden a cerrarse en defensa de la autodeterminación.
En este escenario, lo que está en juego no es solo el destino de Irán, sino también el modelo de orden internacional que se impone. Mientras unos pocos países se arrogan el derecho de decidir quién gobierna dónde, el resto del mundo observa cómo se utiliza la fuerza para disciplinar a quienes se desvían del guion. La guerra no es el resultado de un malentendido entre naciones, sino el instrumento de una lógica global en la que los intereses económicos se defienden con bombas, sanciones y propaganda.
La pregunta entonces no debe ser si EE.UU. atacará Irán, sino por qué seguimos aceptando que la supuesta "seguridad" de unos se construya sobre la ruina de otros.
POE CARLOS SERNA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
La reciente declaración del secretario de Estado
norteamericano, Marco Rubio, advirtiendo que Estados Unidos podría lanzar un ataque “preventivo” contra Irán, no es una simple amenaza más en la larga lista de tensiones entre Washington y Teherán.
Es un síntoma revelador de cómo los grandes poderes militares continúan utilizando la guerra como herramienta para mantener su hegemonía global. Bajo el pretexto de prevenir, lo que en realidad se planifica es una intervención para mantener bajo control una región que escapa cada vez más a su dominio.
El contexto de esta declaración no es menor. Irán atraviesa una profunda crisis económica agravada por una drástica devaluación de su moneda, el rial. Este colapso financiero provocó protestas que, según diversas fuentes, derivaron en disturbios con miles de muertos. Las cifras oficiales hablan de 3.000 víctimas, aunque hay quienes aseguran que el número es mucho mayor. Las protestas solo cesaron cuando se bloqueó el acceso a la red de comunicaciones Starlink, lo cual, según las autoridades iraníes, fue un sabotaje promovido por Estados Unidos e Israel.
Estas acusaciones no deben verse como meras excusas. En el mundo contemporáneo, el control de la información y las redes digitales se ha convertido en una eficaz forma más de dominación. El corte de comunicaciones en Irán fue tan efectivo como un bombardeo silencioso: aisló a la población, rompió la capacidad de organización y dejó el terreno preparado para el discurso “humanitario” de intervención.
Mientras tanto, desde su cuenta de X (antes Twitter), el presidente Donald Trump alentaba a los manifestantes con frases como “La ayuda está en camino”, reafirmando el guion conocido: primero, el caos interno; luego, el auxilio externo; finalmente, el cambio de régimen.
Este patrón no es nuevo. En América Latina, África y Medio Oriente, los movimientos de protesta legítimos han sido usados muchas veces como plataforma para imponer gobiernos afines a los intereses de las grandes potencias. Lo que se presenta como una lucha por la libertad suele esconder una estrategia de recolonización disfrazada de democracia. Y en este caso, Irán representa un doble desafío: no solo mantiene una política exterior independiente de Washington, sino que además controla vastos recursos energéticos, lo que lo convierte en un objetivo codiciado.
Hablar de “ataque preventivo” implica un giro retórico peligroso. La noción de prevención, en teoría, busca evitar una amenaza inminente. Pero en la práctica se ha transformado en una coartada para desatar guerras basadas en suposiciones, como ya ocurrió en Irak en 2003 con el falso argumento de las armas de destrucción masiva. Las consecuencias son conocidas: destrucción, miles de muertos, desestabilización regional y el surgimiento de nuevas fuerzas violentas.
"Narco" Rubio reconoce que un cambio de régimen en Irán no sería fácil. Claro que no lo sería: Irán ha desarrollado una fuerte red de alianzas regionales, y su población, a pesar del descontento, ha vivido en carne propia los efectos del aislamiento internacional y las sanciones. La experiencia histórica ha enseñado que cuando la soberanía nacional es atacada desde fuera, incluso los sectores críticos tienden a cerrarse en defensa de la autodeterminación.
En este escenario, lo que está en juego no es solo el destino de Irán, sino también el modelo de orden internacional que se impone. Mientras unos pocos países se arrogan el derecho de decidir quién gobierna dónde, el resto del mundo observa cómo se utiliza la fuerza para disciplinar a quienes se desvían del guion. La guerra no es el resultado de un malentendido entre naciones, sino el instrumento de una lógica global en la que los intereses económicos se defienden con bombas, sanciones y propaganda.
La pregunta entonces no debe ser si EE.UU. atacará Irán, sino por qué seguimos aceptando que la supuesta "seguridad" de unos se construya sobre la ruina de otros.


























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