MINNEAPOLIS: CUANDO LA RABIA PRENDE FUEGO Y LA AMÉRICA PROFUNDA SE REBELA
Una reflexion aterrada sobre justo el momento en el que el miedo reemplaza a la política
Minneápolis no es una ciudad inventada: es un espejo deformante de muchas de las sociedades actuales. En ella, el miedo ya no es solo una emoción: es una herramienta de gobierno. Este texto propone un recorrido por las formas en que la vigilancia, el castigo y el control se integran en la vida cotidiana hasta hacerla irreconocible. ¿Qué tipo de humanidad sobrevive cuando el poder se ejerce con el rostro del orden?
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
En una esquina de Minneapolis, un niño se tapa los oídos. No quiere escuchar. Le enseñaron que el mundo es una gran escuela donde las lecciones más importantes se dan a golpes. Por la televisión, por la radio, por las sirenas, por los disparos. Y a veces, por el silencio.
Hace unos días, las calles de esta ciudad se llenaron de humo, de gritos, de piedras que volaron como preguntas. Una vez más, la policía hizo su trabajo: enseñar. Enseñar que respirar puede ser un delito, que la piel oscura es sospechosa, que los cuerpos tienen precio y los gritos, tarifa.
Pero estos hechos no son nuevos. Ni exclusivo. En cada rincón del mundo, los que mandan construyen universidades del miedo. No dan títulos ni becas, pero egresan millones. Se aprende desde chico: a tener miedo del otro, del pobre, del inmigrante, del negro, del joven, del que no obedece.
En Minneapolis, como en tantas otras ciudades con nombres anglos y penas latinas, hay una pedagogía sin pizarras ni cuadernos. Las balas hacen de tiza, los patrulleros de pupitre, y el aula se extiende hasta los supermercados saqueados.
En Minneapolis no se enseña a pensar. Se enseña a temer. Y eso basta. Porque quien teme, se calla. Quien teme, se queda quieto. Quien teme, repite sin preguntar. Y si no alcanza, siempre hay un bastón a mano para subrayar el aprendizaje.
Los medios —esos viejos profesores de lo improbable— corrigen a los rebeldes con la voz de la moral: “disturbios”, “vandalismo”, “caos”. No importa que la violencia haya empezado antes, mucho antes, en la tranquilidad del sistema. En esa calma donde el racismo tiene modales de salón y el desempleo viste corbata. Los noticieros no informan, amonestan. Y cada palabra es un ladrillo más en la muralla del miedo.
Mientras tanto, en alguna otra parte del planeta, se dictan clases avanzadas. Allá te enseñan a desconfiar del que lucha. Acá, te entrenan para no mirar. En el norte, te convencen de que el sistema es lo mejor que se pudo inventar. En el sur, te premian si no molestas.
En esta cátedra universal del miedo, los alumnos aprenden a agachar la cabeza aunque les queme el cuello. Aprenden que los que mandan tienen razón, aunque mientan. Que los pobres son culpables, aunque no hayan hecho nada. Que los ricos son salvadores, aunque te roben la comida del plato.
¿Y qué ocurre cuando un alumno rompe la regla y responde a la lección con fuego?
Entonces los profes se asustan. Las autoridades piden calma. El presidente Trump se esconde tras un tuit. Los periodistas enarbolan la ley. Y las ventanas se llenan de cámaras para registrar el pecado: un vidrio roto, una tienda saqueada, un policía con miedo.
No importa que la violencia sea anterior, estructural, diaria. Lo que duele no es el muerto o la muerta, sino el auto quemado. Lo que indigna no es el racismo, sino el grito.
En las calles de Minneapolis, ahora mismo, a mediados de enero del 2026, los carteles ya no estan pidiendo permiso. Gritan que el miedo cambió de bando. Que los silenciados decidieron hablar con fuego. Que ya no quieren más clases de resignación. Que ya aprendieron todo lo que había que aprender: que obedecer no salva, que callar no protege, que morir es fácil y vivir muy caro.
Y por eso arden los techos, y por eso tiemblan los uniformes. Porque algo se rompió en la cadena de la enseñanza. Porque los alumnos dijeron basta. Porque al miedo —cuando se acumula demasiado— le da por incendiar.
Muy posiblemente no sea el principio de nada. O quizás sí. Vaya usted a saber. Pero en cada grito, en cada piedra, hay una verdad que duele más que las estadísticas: la cátedra del miedo ha empezado a quedarse sin alumnos.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
En una esquina de Minneapolis, un niño se tapa los oídos. No quiere escuchar. Le enseñaron que el mundo es una gran escuela donde las lecciones más importantes se dan a golpes. Por la televisión, por la radio, por las sirenas, por los disparos. Y a veces, por el silencio.
Hace unos días, las calles de esta ciudad se llenaron de humo, de gritos, de piedras que volaron como preguntas. Una vez más, la policía hizo su trabajo: enseñar. Enseñar que respirar puede ser un delito, que la piel oscura es sospechosa, que los cuerpos tienen precio y los gritos, tarifa.
Pero estos hechos no son nuevos. Ni exclusivo. En cada rincón del mundo, los que mandan construyen universidades del miedo. No dan títulos ni becas, pero egresan millones. Se aprende desde chico: a tener miedo del otro, del pobre, del inmigrante, del negro, del joven, del que no obedece.
En Minneapolis, como en tantas otras ciudades con nombres anglos y penas latinas, hay una pedagogía sin pizarras ni cuadernos. Las balas hacen de tiza, los patrulleros de pupitre, y el aula se extiende hasta los supermercados saqueados.
En Minneapolis no se enseña a pensar. Se enseña a temer. Y eso basta. Porque quien teme, se calla. Quien teme, se queda quieto. Quien teme, repite sin preguntar. Y si no alcanza, siempre hay un bastón a mano para subrayar el aprendizaje.
Los medios —esos viejos profesores de lo improbable— corrigen a los rebeldes con la voz de la moral: “disturbios”, “vandalismo”, “caos”. No importa que la violencia haya empezado antes, mucho antes, en la tranquilidad del sistema. En esa calma donde el racismo tiene modales de salón y el desempleo viste corbata. Los noticieros no informan, amonestan. Y cada palabra es un ladrillo más en la muralla del miedo.
Mientras tanto, en alguna otra parte del planeta, se dictan clases avanzadas. Allá te enseñan a desconfiar del que lucha. Acá, te entrenan para no mirar. En el norte, te convencen de que el sistema es lo mejor que se pudo inventar. En el sur, te premian si no molestas.
En esta cátedra universal del miedo, los alumnos aprenden a agachar la cabeza aunque les queme el cuello. Aprenden que los que mandan tienen razón, aunque mientan. Que los pobres son culpables, aunque no hayan hecho nada. Que los ricos son salvadores, aunque te roben la comida del plato.
¿Y qué ocurre cuando un alumno rompe la regla y responde a la lección con fuego?
Entonces los profes se asustan. Las autoridades piden calma. El presidente Trump se esconde tras un tuit. Los periodistas enarbolan la ley. Y las ventanas se llenan de cámaras para registrar el pecado: un vidrio roto, una tienda saqueada, un policía con miedo.
No importa que la violencia sea anterior, estructural, diaria. Lo que duele no es el muerto o la muerta, sino el auto quemado. Lo que indigna no es el racismo, sino el grito.
En las calles de Minneapolis, ahora mismo, a mediados de enero del 2026, los carteles ya no estan pidiendo permiso. Gritan que el miedo cambió de bando. Que los silenciados decidieron hablar con fuego. Que ya no quieren más clases de resignación. Que ya aprendieron todo lo que había que aprender: que obedecer no salva, que callar no protege, que morir es fácil y vivir muy caro.
Y por eso arden los techos, y por eso tiemblan los uniformes. Porque algo se rompió en la cadena de la enseñanza. Porque los alumnos dijeron basta. Porque al miedo —cuando se acumula demasiado— le da por incendiar.
Muy posiblemente no sea el principio de nada. O quizás sí. Vaya usted a saber. Pero en cada grito, en cada piedra, hay una verdad que duele más que las estadísticas: la cátedra del miedo ha empezado a quedarse sin alumnos.

























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