EL MAYOR SECRETO DE LA HISTORIA: 30.000 AÑOS SIN ESTADO NI AUTORIDAD
¿Vivimos ahora como siempre se ha vivido? ¿ O como nunca se vivió antes?
De manera muy perseverante, desde nuestros primeros años en la escuela nos enseñaron que sin gobiernos todo sería caos. Sin embargo, la historia de la humanidad contradice rotundamente esa hipótesis. Durante decenas de miles de años, las diferentes sociedades de este planeta vivieron sin reyes ni Estados… pero también sin bancos ni empresas. Este artículo de nuestro colaborador Manuel Medina te llevará hasta ese pasado radicalmente distinto, que desmonta tanto el miedo al caos como la fe ciega en el capital.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
¿De verdad siempre existieron los jefes, los gobernantes, castigos y cárceles…? ¿O pudo vivir la humanidad a lo largo de milenios sin su existencia?
La verdad histórica es que durante más de 30.000 años no hubo reyes, ni policías, ni castigos, ni cárceles. Y, sin embargo, no fueron sociedades caóticas. No hubo guerra de todos contra todos.
Hubo otra cosa. Algo que hoy nos cuesta mucho imaginar. Algo que pone en jaque todo lo que creemos saber sobre el poder, la autoridad y la civilización.
“Antes del Estado, hubo igualdad. No es una utopía: es parte de nuestra historia.”
No obstante, si preguntaras hoy a casi cualquier persona si los humanos “necesitamos” jefes, gobernantes o leyes, lo más probable es que te respondan que rotundamente sí. Que sin esas figuras todo sería un desastre. Un caos total. Una especie de selva donde el más fuerte impondría su ley.
Es una idea que nos han metido muy dentro, que repiten las películas, los libros escolares, los noticieros. Pero lo curioso es que esta idea —la de que sin Estado no hay orden posible— no tiene mucho respaldo en la historia real de la humanidad.
Durante al menos el 95% del tiempo que llevamos sobre este planeta, los humanos no tuvimos reyes, ni jueces, ni presidentes. Ni policía, ni cárcel, ni ejército.
Y tampoco había propiedad privada, ni patriarcas, ni bancos, ni empresarios. Lo que había eran pequeñas comunidades organizadas en torno a la cooperación, el cuidado mutuo, el reparto de lo necesario, y un sistema de control basado más en el prestigio y el ejemplo que en el castigo.
Las bandas de cazadores-recolectores —grupos humanos de unas 20 a 150 personas— sabían algo que nosotros parecemos haber olvidado: que el poder corrompe, y que quien se cree más que los demás termina volviéndose peligroso. Por eso, cuando alguien en el grupo empezaba a creerse el centro del mundo, lo bajaban a tierra rápidamente: con bromas, con ironía, con el desprecio colectivo o, en los casos extremos, con la expulsión del grupo.
¿Un tipo más mandón de la cuenta? ¡A la lista negra!. ¡Aquí nadie da órdenes!. Y funcionaba... vaya si funcionaba. La cuestión era que en esas comunidades, todo el mundo se conocía. Todo se compartía. Nadie acumulaba más que otro. No existía el concepto de “riqueza individual”. Nadie “mandaba” en el sentido que hoy lo entendemos. Había liderazgo, sí, pero era rotativo, temporal y limitado. Y el líder, en lugar de ser el que da las órdenes, solía ser el que más escucha y mejor media.
La idea equivocada de que “el ser humano es egoísta por naturaleza” no resiste ni una caminata por la prehistoria. Porque si hubiera sido cierto, nunca habríamos sobrevivido como especie. Lo que nos salvó no fue la competencia, sino la cooperación. Lo que nos sostuvo fue el reparto. Lo que nos hizo fuertes fue el cuidado escrupuloso del grupo.
PERO ¿CÓMO SABEMOS TODO ESTO?
Puede que estés pensando:
“Vale, suena bonito… pero ¿cómo sabemos que las cosas fueron así? ¿Cómo se puede saber hoy cómo vivían los humanos hace 20.000 o 30.000 años si no dejaron libros, ni leyes escritas, ni reyes famosos?”.
Y es una buena pregunta. La respuesta es que no necesitamos libros antiguos cuando la propia tierra es el archivo. Gracias a la arqueología, a la antropología y a la comparación entre culturas, los investigadores han podido reconstruir miles de piezas del enorme rompecabezas: han encontrado viviendas comunales, utensilios sin dueño individual, cementerios donde no hay distinciones entre “ricos” y “pobres”, ni signos de mando o jerarquía.
Pero, no solo eso. Han observado —todavía hoy— a comunidades indígenas que viven en la actualidad de formas muy similares a las de la prehistoria. Y al estudiarlas, han podido comprender cómo se organizaban, cómo resolvían los conflictos, cómo repartían los recursos. No son meras conjeturas: es ciencia, pura ciencia. Y lo que nos dice es muy claro. Antes de la existencia del Estado, hubo igualdad entre los seres humanos
NI JEFE, NI MERCADO LIBRE: UNA ACLARACIÓN NECESARIA
Ahora bien, en estos turbulentos tiempos nuestros, en los que determinados discursos defienden eliminación el Estado para “liberar al individuo” —como los que promueven los anarcocapitalistas, trumpistas o Milei y otros extremistas neoliberales — resulta importante que no confundamos las cosas. Algunos podrían leer este artículo y decir:
“Ah, bueno. Entonces lo mejor sería eliminar el Estado y dejar que sea el mercado el que libremente decida”.
Pero detrás de esa propuesta se esconde una trampa.
“Los anarcoliberales quieren menos Estado, pero nunca menos desigualdad.”
Porque el mundo, sin el Estado del que hemos hablamos ahora aquí, tampoco tenía mercado, ni propiedad privada, ni bancos, ni grandes fortunas, ni empresas, ni desigualdad social. La vida sin Estado del paleolítico no era una utopía liberal, sino una forma de organización completamente comunal, basada en el reparto de todo, la cooperación directa y el control colectivo de la vida común.
Cuando hoy los ultraliberales reclaman hoy “menos Estado”, no lo hacen para que vivamos como iguales, sino para que el capital pueda actuar sin ningún tipo de límites. Su propuesta no es una sociedad de cooperación, sino una jungla regulada por la ley del más fuerte, donde los poderosos no tienen freno y los débiles no tienen a quién acudir. En cambio, el Estado moderno —aunque deformado, burocrático y casi siempre al servicio de los de arriba— sigue siendo, al menos en parte, un espacio de disputa popular, un terreno donde se luchan derechos, salarios, salud pública, pensiones, y hasta dignidad.
Por eso no se trata simplemente de eliminar el Estado, sino de transformar radicalmente las relaciones sociales, de acabar con la raíz de las desigualdades, de reimaginar el poder desde lo colectivo. El problema no es el Estado en sí, sino su subordinación al capital. Lo que necesitamos no es “menos Estado”, sino otro Estado, surgido de otra lógica: la del común, no la del beneficio.
EL NACIMIENTO DE LOS DUEÑOS Y DE LOS DIOSES
Entonces, ¿cuándo cambió todo? La ruptura fue clara: se produjo con la aparición de la agricultura.
Cuando algunas comunidades humanas aprendieron a cultivar la tierra y a domesticar animales, se hizo posible —por primera vez en la historia— acumular excedentes. Y con ellos, también apareció algo completamente nuevo: la posibilidad de que unos pocos controlaran lo que otros necesitaban para vivir.
Donde antes había reparto, empezó a haber apropiación. Donde antes todos decidían, ahora solo unos pocos “sabían” lo que convenía al resto.
Y con esa transformación, surgió la desigualdad social. Algunos comenzaron a tener más tierras, más objetos, más poder que los demás. Y para proteger y garantizar la existencia de ese privilegio, crearon castigos, dioses, leyes, Ejércitos y Estados.
Y lo más brillante —y siniestro— de todo esto fue que esas estructuras no se presentaron como imposiciones injustas, sino como cosas “naturales”, “inevitables”, “ordenadas por los dioses” o “necesarias para el bien de todos”.
Desde entonces, la historia del poder ha sido, en gran parte, la historia de cómo justificar el mando de unos sobre otros, y cómo hacer que parezca que todo eso es por nuestro propio bien.
UN PRESENTE QUE OLVIDA SU PASADO
Hoy nos cuesta imaginar una sociedad sin presidentes, sin jueces, sin policías. Pero es importante recordar que la humanidad ya vivió así durante miles y miles de años. Y no lo hizo en condiciones de caos, sino en formas de vida profundamente comunitarias, igualitarias y sostenibles.
Esto no significa que debamos volver literalmente a vivir como se vivía en las sociedades de cazadores-recolectores. Pero sí que podemos y debemos repensar las estructuras que hoy damos por inamovibles.
Porque si el poder es un invento, entonces también puede ser desmontado, repensado, redistribuido.
Y si las jerarquías sociales tienen historia —es decir, si tuvieron un origen— eso también quiere decir que pueden tener un final.
En un mundo donde el poder parece más grande que nunca —con cámaras por todos lados, algoritmos vigilando nuestros movimientos, y desigualdades cada vez más absurdas— saber que hubo un tiempo donde nadie mandaba, y todos decidían, no es una nostalgia: es una esperanza.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa materia
FUENTES UTILIZADAS
-
Marvin Harris, Jefes, cabecillas, abusones, Alianza Editorial.
-
Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884.
-
Marta Harnecker, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Siglo XXI, 1976.
-
La ideología alemana, Karl Marx y Friedrich Engels.
-
Estudios de antropología comparada sobre sociedades igualitarias sin Estado.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
¿De verdad siempre existieron los jefes, los gobernantes, castigos y cárceles…? ¿O pudo vivir la humanidad a lo largo de milenios sin su existencia?
La verdad histórica es que durante más de 30.000 años no hubo reyes, ni policías, ni castigos, ni cárceles. Y, sin embargo, no fueron sociedades caóticas. No hubo guerra de todos contra todos.
Hubo otra cosa. Algo que hoy nos cuesta mucho imaginar. Algo que pone en jaque todo lo que creemos saber sobre el poder, la autoridad y la civilización.
“Antes del Estado, hubo igualdad. No es una utopía: es parte de nuestra historia.”
No obstante, si preguntaras hoy a casi cualquier persona si los humanos “necesitamos” jefes, gobernantes o leyes, lo más probable es que te respondan que rotundamente sí. Que sin esas figuras todo sería un desastre. Un caos total. Una especie de selva donde el más fuerte impondría su ley.
Es una idea que nos han metido muy dentro, que repiten las películas, los libros escolares, los noticieros. Pero lo curioso es que esta idea —la de que sin Estado no hay orden posible— no tiene mucho respaldo en la historia real de la humanidad.
Durante al menos el 95% del tiempo que llevamos sobre este planeta, los humanos no tuvimos reyes, ni jueces, ni presidentes. Ni policía, ni cárcel, ni ejército.
Y tampoco había propiedad privada, ni patriarcas, ni bancos, ni empresarios. Lo que había eran pequeñas comunidades organizadas en torno a la cooperación, el cuidado mutuo, el reparto de lo necesario, y un sistema de control basado más en el prestigio y el ejemplo que en el castigo.
Las bandas de cazadores-recolectores —grupos humanos de unas 20 a 150 personas— sabían algo que nosotros parecemos haber olvidado: que el poder corrompe, y que quien se cree más que los demás termina volviéndose peligroso. Por eso, cuando alguien en el grupo empezaba a creerse el centro del mundo, lo bajaban a tierra rápidamente: con bromas, con ironía, con el desprecio colectivo o, en los casos extremos, con la expulsión del grupo.
¿Un tipo más mandón de la cuenta? ¡A la lista negra!. ¡Aquí nadie da órdenes!. Y funcionaba... vaya si funcionaba. La cuestión era que en esas comunidades, todo el mundo se conocía. Todo se compartía. Nadie acumulaba más que otro. No existía el concepto de “riqueza individual”. Nadie “mandaba” en el sentido que hoy lo entendemos. Había liderazgo, sí, pero era rotativo, temporal y limitado. Y el líder, en lugar de ser el que da las órdenes, solía ser el que más escucha y mejor media.
La idea equivocada de que “el ser humano es egoísta por naturaleza” no resiste ni una caminata por la prehistoria. Porque si hubiera sido cierto, nunca habríamos sobrevivido como especie. Lo que nos salvó no fue la competencia, sino la cooperación. Lo que nos sostuvo fue el reparto. Lo que nos hizo fuertes fue el cuidado escrupuloso del grupo.
PERO ¿CÓMO SABEMOS TODO ESTO?
Puede que estés pensando:
“Vale, suena bonito… pero ¿cómo sabemos que las cosas fueron así? ¿Cómo se puede saber hoy cómo vivían los humanos hace 20.000 o 30.000 años si no dejaron libros, ni leyes escritas, ni reyes famosos?”.
Y es una buena pregunta. La respuesta es que no necesitamos libros antiguos cuando la propia tierra es el archivo. Gracias a la arqueología, a la antropología y a la comparación entre culturas, los investigadores han podido reconstruir miles de piezas del enorme rompecabezas: han encontrado viviendas comunales, utensilios sin dueño individual, cementerios donde no hay distinciones entre “ricos” y “pobres”, ni signos de mando o jerarquía.
Pero, no solo eso. Han observado —todavía hoy— a comunidades indígenas que viven en la actualidad de formas muy similares a las de la prehistoria. Y al estudiarlas, han podido comprender cómo se organizaban, cómo resolvían los conflictos, cómo repartían los recursos. No son meras conjeturas: es ciencia, pura ciencia. Y lo que nos dice es muy claro. Antes de la existencia del Estado, hubo igualdad entre los seres humanos
NI JEFE, NI MERCADO LIBRE: UNA ACLARACIÓN NECESARIA
Ahora bien, en estos turbulentos tiempos nuestros, en los que determinados discursos defienden eliminación el Estado para “liberar al individuo” —como los que promueven los anarcocapitalistas, trumpistas o Milei y otros extremistas neoliberales — resulta importante que no confundamos las cosas. Algunos podrían leer este artículo y decir:
“Ah, bueno. Entonces lo mejor sería eliminar el Estado y dejar que sea el mercado el que libremente decida”.
Pero detrás de esa propuesta se esconde una trampa.
“Los anarcoliberales quieren menos Estado, pero nunca menos desigualdad.”
Porque el mundo, sin el Estado del que hemos hablamos ahora aquí, tampoco tenía mercado, ni propiedad privada, ni bancos, ni grandes fortunas, ni empresas, ni desigualdad social. La vida sin Estado del paleolítico no era una utopía liberal, sino una forma de organización completamente comunal, basada en el reparto de todo, la cooperación directa y el control colectivo de la vida común.
Cuando hoy los ultraliberales reclaman hoy “menos Estado”, no lo hacen para que vivamos como iguales, sino para que el capital pueda actuar sin ningún tipo de límites. Su propuesta no es una sociedad de cooperación, sino una jungla regulada por la ley del más fuerte, donde los poderosos no tienen freno y los débiles no tienen a quién acudir. En cambio, el Estado moderno —aunque deformado, burocrático y casi siempre al servicio de los de arriba— sigue siendo, al menos en parte, un espacio de disputa popular, un terreno donde se luchan derechos, salarios, salud pública, pensiones, y hasta dignidad.
Por eso no se trata simplemente de eliminar el Estado, sino de transformar radicalmente las relaciones sociales, de acabar con la raíz de las desigualdades, de reimaginar el poder desde lo colectivo. El problema no es el Estado en sí, sino su subordinación al capital. Lo que necesitamos no es “menos Estado”, sino otro Estado, surgido de otra lógica: la del común, no la del beneficio.
EL NACIMIENTO DE LOS DUEÑOS Y DE LOS DIOSES
Entonces, ¿cuándo cambió todo? La ruptura fue clara: se produjo con la aparición de la agricultura.
Cuando algunas comunidades humanas aprendieron a cultivar la tierra y a domesticar animales, se hizo posible —por primera vez en la historia— acumular excedentes. Y con ellos, también apareció algo completamente nuevo: la posibilidad de que unos pocos controlaran lo que otros necesitaban para vivir.
Donde antes había reparto, empezó a haber apropiación. Donde antes todos decidían, ahora solo unos pocos “sabían” lo que convenía al resto.
Y con esa transformación, surgió la desigualdad social. Algunos comenzaron a tener más tierras, más objetos, más poder que los demás. Y para proteger y garantizar la existencia de ese privilegio, crearon castigos, dioses, leyes, Ejércitos y Estados.
Y lo más brillante —y siniestro— de todo esto fue que esas estructuras no se presentaron como imposiciones injustas, sino como cosas “naturales”, “inevitables”, “ordenadas por los dioses” o “necesarias para el bien de todos”.
Desde entonces, la historia del poder ha sido, en gran parte, la historia de cómo justificar el mando de unos sobre otros, y cómo hacer que parezca que todo eso es por nuestro propio bien.
UN PRESENTE QUE OLVIDA SU PASADO
Hoy nos cuesta imaginar una sociedad sin presidentes, sin jueces, sin policías. Pero es importante recordar que la humanidad ya vivió así durante miles y miles de años. Y no lo hizo en condiciones de caos, sino en formas de vida profundamente comunitarias, igualitarias y sostenibles.
Esto no significa que debamos volver literalmente a vivir como se vivía en las sociedades de cazadores-recolectores. Pero sí que podemos y debemos repensar las estructuras que hoy damos por inamovibles.
Porque si el poder es un invento, entonces también puede ser desmontado, repensado, redistribuido.
Y si las jerarquías sociales tienen historia —es decir, si tuvieron un origen— eso también quiere decir que pueden tener un final.
En un mundo donde el poder parece más grande que nunca —con cámaras por todos lados, algoritmos vigilando nuestros movimientos, y desigualdades cada vez más absurdas— saber que hubo un tiempo donde nadie mandaba, y todos decidían, no es una nostalgia: es una esperanza.
(*) Manuel Medina es profesor de Historia y divulgador de temas relacionados con esa materia
FUENTES UTILIZADAS
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Marvin Harris, Jefes, cabecillas, abusones, Alianza Editorial.
-
Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884.
-
Marta Harnecker, Los conceptos elementales del materialismo histórico, Siglo XXI, 1976.
-
La ideología alemana, Karl Marx y Friedrich Engels.
-
Estudios de antropología comparada sobre sociedades igualitarias sin Estado.


























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