GREG GODELS: ¿RUSIA Y CHINA CONTRA EL IMPERIALISMO O DENTRO DE ÉL?
¿Se puede ser antiimperialista sin ser anticapitalista?
A más de un siglo de su formulación, la teoría del imperialismo de Lenin continúa siendo clave para entender el mundo actual. Pero en tiempos de intensa confusión ideológica, donde se confunde multipolaridad con antiimperialismo, muchos/as olvidan que el verdadero enemigo no es solo una potencia, sino un sistema.
Título original: “Ajuste de cuentas” sobre la cuestión del imperialismo"
POR GREG GODELS (MLTODAY)
En 1908 —seis años antes de la Primera Gran Guerra
interimperialista y ocho antes de escribir su obra clave sobre el imperialismo—, Lenin advertía sobre los múltiples obstáculos ideológicos que el marxismo había tenido que superar para afianzarse en el movimiento obrero.
Primero, Marx tuvo que “ajustar cuentas” con los jóvenes hegelianos; luego con el proudhonismo, el bakuninismo, y así sucesivamente, hasta que el socialismo científico se consolidó como la corriente dominante de la izquierda obrera a finales del siglo XIX.
Más tarde, el mayor peligro para la unidad ideológica vino de las "revisiones" del marxismo, sobre todo las que surgieron desde la derecha, que diluían el núcleo revolucionario heredado de Marx y Engels. Como escribiera Lenin:
“La segunda mitad de existencia del marxismo comenzó -en los años 90- con la lucha contra una corriente hostil al marxismo dentro del propio marxismo”.
Hoy, esas tendencias desorientadoras han perdido fuerza tanto dentro como fuera del movimiento marxista. Paradójicamente, a medida que el comunismo despierta más interés entre la juventud del corazón mismo de la reacción —Estados Unidos—, también crece la confusión sobre cuestiones que antaño estaban resueltas. Las enseñanzas de aquellas duras batallas ideológicas se pierden en el olvido.
Reconstruir la tradición marxista que lideró el movimiento obrero anticapitalista en el siglo XX es una tarea titánica, pero imprescindible ante la desigualdad, el caos y la devastación provocados por el capitalismo desenfrenado y sus defensores. Y para ello, es esencial recuperar la claridad ideológica.
Una cuestión crítica que enfrenta hoy la izquierda es la naturaleza y el comportamiento del capitalismo contemporáneo a escala mundial, lo que Lenin definió como imperialismo.
En los últimos tiempos he intervenido en este debate, sobre todo para arrojar luz sobre las dos guerras más recientes y peligrosas: la de Ucrania y la de Gaza. Entender estos conflictos es imposible sin comprender el imperialismo actual. Y no se puede comprender este sin someterlo a la prueba práctica de explicar estas guerras brutales.
Mi intervención más reciente fue cuestionada por Rainer Shea en su boletín de Substack y en X. Su artículo, “El esfuerzo del KKE/Trotskismo por redefinir el imperialismo y cómo socava la lucha obrera global”, es en gran medida una defensa repetitiva de la postura de Carlos Garrido, ya abordada por mí. Aunque no aporta mucho nuevo, sí ofrece una oportunidad para seguir aclarando.
Shea me reprocha no presentar supuestos ejemplos de acciones imperialistas por parte de Rusia o China. Pero eso no era mi objetivo. Más bien, mi intención era clarificar qué es el imperialismo, rechazar la idea de que la multipolaridad equivale al antiimperialismo y proponer que el apoyo activo al pueblo palestino es una buena prueba del compromiso antiimperialista.
Siempre he sostenido que el imperialismo es un sistema, y que los Estados-nación capitalistas participan en él de diferentes formas: como agresores, víctimas y, en muchos casos, como ambos. Lo que define el imperialismo es la maduración del capitalismo en su fase monopolista y la fusión del capital bancario con el capital industrial.
Marxistas como Eugen Varga en la URSS profundizaron en estos desarrollos durante las décadas de 1920 y 1930. En EE.UU., marxistas como Anna Rochester y Victor Perlo analizaron a fondo esa fusión mediante relaciones entre consejos directivos, compras de acciones, fusiones, etc. Identificaron grupos organizados en torno a instituciones financieras e industrias monopólicas.
La hiperacumulación de capital, generada por corporaciones industriales y financieras monopolistas, exige la exportación de capital, así como esquemas financieros arriesgados que prometen nuevas oportunidades de inversión o —más a menudo— grandes crisis.
Los agentes de este proceso son las corporaciones monopolistas depredadoras —tanto industriales como financieras—, cuya actuación conlleva inevitablemente la creación de esferas de influencia (lo que Lenin llamaba “el reparto del mundo entre los grandes trust internacionales”). Son los Estados más poderosos quienes imponen este reparto del mundo en beneficio de las corporaciones monopolistas, ya sea mediante ocupación, fuerza, amenazas o estrategias diversas.
Esta es, en esencia, la teoría del imperialismo de Lenin. Una explicación de cómo funciona el sistema capitalista global bajo ciertas condiciones específicas y en evolución. No es una herramienta para etiquetar a Estados como imperialistas o antiimperialistas. El imperialismo es simplemente el capitalismo en su fase madura, actuando a escala internacional. Y no desaparecerá mientras exista el capitalismo.
Lenin puede ayudarnos a entender mejor las fallas del “nuevo imperialismo” defendido por Shea y Garrido. Escribiendo a fines de 1916, en “El imperialismo y la escisión del socialismo”, Lenin ridiculiza la idea de Kautsky de que, con una Inglaterra debilitada (por entonces el poder capitalista dominante, como lo es hoy EE. UU.), “no habría nada por lo que luchar”. Por el contrario —señala Lenin— los capitalistas no sólo tienen motivos para luchar, sino que no pueden evitarlo si quieren preservar el sistema, ya que sin una nueva división forzada de las colonias, las potencias imperialistas emergentes no pueden acceder a los privilegios de las ya establecidas, aunque estas últimas estén en decadencia.
Lenin tenía razón. Kautsky, no. Tras la Primera Guerra Mundial, Inglaterra perdió su lugar dominante en el sistema imperialista, siendo sustituida por EE. UU., que actuó con aún más prepotencia a escala global.
¿Hay alguna razón de peso —contra lo que dice Lenin— para creer, como sostiene Shea, que “una de nuestras principales tareas es derrotar la hegemonía de EE.UU., lo que haría colapsar todo el sistema imperialista”? Al igual que Kautsky, Shea cree que si EE.UU. cae, no habría más conflictos…
Pero nuestra mejor estrategia para derrotar el imperialismo no es aplaudir a los rivales de EE.UU., sino combatir el capitalismo desde dentro, motor de la dominación estadounidense y del sistema imperialista.
Garrido y Shea, en su afán por presentar a Rusia y China como contrapesos al imperialismo, terminan desviando la atención de la lucha contra el capitalismo. Aunque todos —es decir, todos los que amamos la paz— debemos oponernos a la agresión de EE.UU. contra Rusia, China o cualquier otro país, eso no debe confundirse con la lucha contra el imperialismo, que es, en su esencia, una lucha contra el capitalismo.
Quienes nos identificamos como marxistas, socialistas o comunistas no ganamos nada separando el imperialismo del capitalismo. Pensar que podría existir un capitalismo sin imperialismo —si tan sólo EE.UU. fuese derrotado— es una ilusión peligrosa.
La explotación del trabajo y la apropiación de plusvalía siguen siendo el motor del modo de producción capitalista, también en su fase actual: el imperialismo. No estamos, como afirma Garrido, en una nueva etapa dominada por “la deuda y los intereses”. Los trabajadores del llamado “Sur Global” son explotados principalmente por sus propias burguesías o por multinacionales (los “carteles” de Lenin), no por bancos que emiten tarjetas de crédito o hipotecas, ni por aseguradoras voraces.
La deuda nacional y los pagos de intereses agobiantes que sufren los países menos desarrollados se asemejan a las deudas personales de los trabajadores. Pero esa subordinación no se resolverá reformando bancos ni instituciones internacionales. Creer que con una reestructuración del orden capitalista mundial desaparecerán la deuda, los intereses o la explotación es una ingenuidad. ¿Alguien cree que desaparecerían si se reformasen los bancos nacionales? ¿Si disolvieran Goldman Sachs?
Fue el sueño de los socialdemócratas de posguerra y de muchos frentepopulistas construir un sistema de comercio global “justo” para grandes y pequeños, fuertes y débiles. Imaginaban instituciones que garantizasen una competencia equitativa, manteniendo al mismo tiempo las relaciones capitalistas. Pero esas instituciones fracasaron —como ya ocurrió con la Sociedad de Naciones tras la Primera Guerra Mundial—. En ambos casos, los grandes y poderosos acabaron dominando las instituciones, y con ellas a los más débiles.
¿Por qué deberíamos esperar —incluso Garrido— que ahora ocurra algo distinto si EE.UU. abandonara su rol dominante? ¿No nos enseña nada la historia?
Garrido se ha dejado seducir por economistas burgueses como Michael Hudson, que sueñan con un jubileo de deuda dentro del sistema actual, y creen que bastaría con destronar a EE.UU. para alcanzar ese objetivo. Son distracciones de las luchas más urgentes del presente.
No podría cerrar este artículo sin mencionar la gratuita difamación de Shea contra el Partido Comunista Griego (KKE). Asociarlo con el trotskismo muestra un profundo desconocimiento de ambos. Si bien el KKE puede defender por sí mismo su posición, conviene recordar su historia combativa y ejemplar, su papel en la resistencia contra el fascismo alemán, italiano y griego, sus sacrificios por la liberación nacional y el socialismo, su firmeza ideológica y, más recientemente, su esfuerzo decidido por reconstruir la unidad comunista.
Se puede criticar al KKE sin tildarlo de "trotskista", sin recurrir a insultos anticomunistas. Hacerlo solo sirve para empobrecer el debate y desacreditar a quien así lo hace, sobre todo si no tiene experiencia ni conocimiento del Movimiento comunista.
Título original: “Ajuste de cuentas” sobre la cuestión del imperialismo"
POR GREG GODELS (MLTODAY)
En 1908 —seis años antes de la Primera Gran Guerra
interimperialista y ocho antes de escribir su obra clave sobre el imperialismo—, Lenin advertía sobre los múltiples obstáculos ideológicos que el marxismo había tenido que superar para afianzarse en el movimiento obrero.
Primero, Marx tuvo que “ajustar cuentas” con los jóvenes hegelianos; luego con el proudhonismo, el bakuninismo, y así sucesivamente, hasta que el socialismo científico se consolidó como la corriente dominante de la izquierda obrera a finales del siglo XIX.
Más tarde, el mayor peligro para la unidad ideológica vino de las "revisiones" del marxismo, sobre todo las que surgieron desde la derecha, que diluían el núcleo revolucionario heredado de Marx y Engels. Como escribiera Lenin:
“La segunda mitad de existencia del marxismo comenzó -en los años 90- con la lucha contra una corriente hostil al marxismo dentro del propio marxismo”.
Hoy, esas tendencias desorientadoras han perdido fuerza tanto dentro como fuera del movimiento marxista. Paradójicamente, a medida que el comunismo despierta más interés entre la juventud del corazón mismo de la reacción —Estados Unidos—, también crece la confusión sobre cuestiones que antaño estaban resueltas. Las enseñanzas de aquellas duras batallas ideológicas se pierden en el olvido.
Reconstruir la tradición marxista que lideró el movimiento obrero anticapitalista en el siglo XX es una tarea titánica, pero imprescindible ante la desigualdad, el caos y la devastación provocados por el capitalismo desenfrenado y sus defensores. Y para ello, es esencial recuperar la claridad ideológica.
Una cuestión crítica que enfrenta hoy la izquierda es la naturaleza y el comportamiento del capitalismo contemporáneo a escala mundial, lo que Lenin definió como imperialismo.
En los últimos tiempos he intervenido en este debate, sobre todo para arrojar luz sobre las dos guerras más recientes y peligrosas: la de Ucrania y la de Gaza. Entender estos conflictos es imposible sin comprender el imperialismo actual. Y no se puede comprender este sin someterlo a la prueba práctica de explicar estas guerras brutales.
Mi intervención más reciente fue cuestionada por Rainer Shea en su boletín de Substack y en X. Su artículo, “El esfuerzo del KKE/Trotskismo por redefinir el imperialismo y cómo socava la lucha obrera global”, es en gran medida una defensa repetitiva de la postura de Carlos Garrido, ya abordada por mí. Aunque no aporta mucho nuevo, sí ofrece una oportunidad para seguir aclarando.
Shea me reprocha no presentar supuestos ejemplos de acciones imperialistas por parte de Rusia o China. Pero eso no era mi objetivo. Más bien, mi intención era clarificar qué es el imperialismo, rechazar la idea de que la multipolaridad equivale al antiimperialismo y proponer que el apoyo activo al pueblo palestino es una buena prueba del compromiso antiimperialista.
Siempre he sostenido que el imperialismo es un sistema, y que los Estados-nación capitalistas participan en él de diferentes formas: como agresores, víctimas y, en muchos casos, como ambos. Lo que define el imperialismo es la maduración del capitalismo en su fase monopolista y la fusión del capital bancario con el capital industrial.
Marxistas como Eugen Varga en la URSS profundizaron en estos desarrollos durante las décadas de 1920 y 1930. En EE.UU., marxistas como Anna Rochester y Victor Perlo analizaron a fondo esa fusión mediante relaciones entre consejos directivos, compras de acciones, fusiones, etc. Identificaron grupos organizados en torno a instituciones financieras e industrias monopólicas.
La hiperacumulación de capital, generada por corporaciones industriales y financieras monopolistas, exige la exportación de capital, así como esquemas financieros arriesgados que prometen nuevas oportunidades de inversión o —más a menudo— grandes crisis.
Los agentes de este proceso son las corporaciones monopolistas depredadoras —tanto industriales como financieras—, cuya actuación conlleva inevitablemente la creación de esferas de influencia (lo que Lenin llamaba “el reparto del mundo entre los grandes trust internacionales”). Son los Estados más poderosos quienes imponen este reparto del mundo en beneficio de las corporaciones monopolistas, ya sea mediante ocupación, fuerza, amenazas o estrategias diversas.
Esta es, en esencia, la teoría del imperialismo de Lenin. Una explicación de cómo funciona el sistema capitalista global bajo ciertas condiciones específicas y en evolución. No es una herramienta para etiquetar a Estados como imperialistas o antiimperialistas. El imperialismo es simplemente el capitalismo en su fase madura, actuando a escala internacional. Y no desaparecerá mientras exista el capitalismo.
Lenin puede ayudarnos a entender mejor las fallas del “nuevo imperialismo” defendido por Shea y Garrido. Escribiendo a fines de 1916, en “El imperialismo y la escisión del socialismo”, Lenin ridiculiza la idea de Kautsky de que, con una Inglaterra debilitada (por entonces el poder capitalista dominante, como lo es hoy EE. UU.), “no habría nada por lo que luchar”. Por el contrario —señala Lenin— los capitalistas no sólo tienen motivos para luchar, sino que no pueden evitarlo si quieren preservar el sistema, ya que sin una nueva división forzada de las colonias, las potencias imperialistas emergentes no pueden acceder a los privilegios de las ya establecidas, aunque estas últimas estén en decadencia.
Lenin tenía razón. Kautsky, no. Tras la Primera Guerra Mundial, Inglaterra perdió su lugar dominante en el sistema imperialista, siendo sustituida por EE. UU., que actuó con aún más prepotencia a escala global.
¿Hay alguna razón de peso —contra lo que dice Lenin— para creer, como sostiene Shea, que “una de nuestras principales tareas es derrotar la hegemonía de EE.UU., lo que haría colapsar todo el sistema imperialista”? Al igual que Kautsky, Shea cree que si EE.UU. cae, no habría más conflictos…
Pero nuestra mejor estrategia para derrotar el imperialismo no es aplaudir a los rivales de EE.UU., sino combatir el capitalismo desde dentro, motor de la dominación estadounidense y del sistema imperialista.
Garrido y Shea, en su afán por presentar a Rusia y China como contrapesos al imperialismo, terminan desviando la atención de la lucha contra el capitalismo. Aunque todos —es decir, todos los que amamos la paz— debemos oponernos a la agresión de EE.UU. contra Rusia, China o cualquier otro país, eso no debe confundirse con la lucha contra el imperialismo, que es, en su esencia, una lucha contra el capitalismo.
Quienes nos identificamos como marxistas, socialistas o comunistas no ganamos nada separando el imperialismo del capitalismo. Pensar que podría existir un capitalismo sin imperialismo —si tan sólo EE.UU. fuese derrotado— es una ilusión peligrosa.
La explotación del trabajo y la apropiación de plusvalía siguen siendo el motor del modo de producción capitalista, también en su fase actual: el imperialismo. No estamos, como afirma Garrido, en una nueva etapa dominada por “la deuda y los intereses”. Los trabajadores del llamado “Sur Global” son explotados principalmente por sus propias burguesías o por multinacionales (los “carteles” de Lenin), no por bancos que emiten tarjetas de crédito o hipotecas, ni por aseguradoras voraces.
La deuda nacional y los pagos de intereses agobiantes que sufren los países menos desarrollados se asemejan a las deudas personales de los trabajadores. Pero esa subordinación no se resolverá reformando bancos ni instituciones internacionales. Creer que con una reestructuración del orden capitalista mundial desaparecerán la deuda, los intereses o la explotación es una ingenuidad. ¿Alguien cree que desaparecerían si se reformasen los bancos nacionales? ¿Si disolvieran Goldman Sachs?
Fue el sueño de los socialdemócratas de posguerra y de muchos frentepopulistas construir un sistema de comercio global “justo” para grandes y pequeños, fuertes y débiles. Imaginaban instituciones que garantizasen una competencia equitativa, manteniendo al mismo tiempo las relaciones capitalistas. Pero esas instituciones fracasaron —como ya ocurrió con la Sociedad de Naciones tras la Primera Guerra Mundial—. En ambos casos, los grandes y poderosos acabaron dominando las instituciones, y con ellas a los más débiles.
¿Por qué deberíamos esperar —incluso Garrido— que ahora ocurra algo distinto si EE.UU. abandonara su rol dominante? ¿No nos enseña nada la historia?
Garrido se ha dejado seducir por economistas burgueses como Michael Hudson, que sueñan con un jubileo de deuda dentro del sistema actual, y creen que bastaría con destronar a EE.UU. para alcanzar ese objetivo. Son distracciones de las luchas más urgentes del presente.
No podría cerrar este artículo sin mencionar la gratuita difamación de Shea contra el Partido Comunista Griego (KKE). Asociarlo con el trotskismo muestra un profundo desconocimiento de ambos. Si bien el KKE puede defender por sí mismo su posición, conviene recordar su historia combativa y ejemplar, su papel en la resistencia contra el fascismo alemán, italiano y griego, sus sacrificios por la liberación nacional y el socialismo, su firmeza ideológica y, más recientemente, su esfuerzo decidido por reconstruir la unidad comunista.
Se puede criticar al KKE sin tildarlo de "trotskista", sin recurrir a insultos anticomunistas. Hacerlo solo sirve para empobrecer el debate y desacreditar a quien así lo hace, sobre todo si no tiene experiencia ni conocimiento del Movimiento comunista.

































karl | Domingo, 30 de Noviembre de 2025 a las 13:11:05 horas
¡Hay que godelse!
Las tontadas que hay que ver....
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