DEFENDER CUBA A CUALQUIER PRECIO: UN IMPERATIVO ESTRATÉGICO PARA LOS ASALARIADOS DE TODO EL MUNDO
Trump y su lugarteniente Marco Rubio quieren acabar con cualquier vestigio de socialismo y soberanía en Cuba. Y lo lograrán si los dejamos
Pese a las amenazas de Donald Trump, la Isla que no se rinde, sigue resistiendo bajo el peso de un cerco brutal. No habla solo de sí misma. Está hablando de todos nosotros, de los trabajadores de todo el mundo. Porque defender a Cuba hoy es defender la posibilidad de un mundo que no esté hecho de obediencia y mercancías, sino de dignidad y justicia. Así de simple.
POR MANUEL MEDINA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
Cuba no es una isla: es un desafío.
Una insolencia.
Un grito.
Desde hace más de seis décadas, el imperio la quiere de rodillas. Le bloquea los pulmones, le corta la luz, le niega el pan. No por lo que dice, sino por lo que hace. No por su historia, sino por su terquedad de futuro.
Y ahora, otra vez. Otra vuelta de tuerca, otra mordida a la garganta. Amenazas, sanciones, chantajes y castigos. La Administración Trump afinó el colmillo y la bestia continúa masticando. No se trata de errores ni de caprichos diplomáticos.
Es la vieja historia del amo que no tolera al esclavo fugado, del verdugo que no perdona al rebelde que no se deja matar.
Pero Cuba sigue ahí. Sitiada, sí. Asfixiada, también. Pero viva. Y eso, en este mundo donde todo se compra y todo se vende, es más escandaloso que cualquier discurso.
Porque la revolución cubana no fue un cambio de uniforme. Fue un terremoto. Expropió el capital, desmontó la sumisión, convirtió el hambre en escuelas, la tristeza en medicina, la dependencia en soberanía. Y ese pecado, en el catecismo del capital, no se perdona.
El bloqueo no busca conquistar. Busca agotar. No bombardea con misiles, sino con escasez. Apunta al estómago, a los hospitales, al transporte, a los sueños. Intenta que el cansancio derrote a la esperanza. Que los días grises borren la memoria. Que el pueblo, cansado de resistir, pida rendición como quien pide pan.
Pero no. La gente sigue resistiendo. Canta. Se organiza. Aprende. Hace de la penuria una escuela, del esfuerzo una trinchera. La revolución, dijo Fidel, no se destruye solo con balas. Se erosiona, si se deja sola. Y por eso, cada gesto de solidaridad, cada abrazo, cada denuncia al bloqueo y a los proyectos de ahogarla o atacarla, es una barricada en esa guerra que no se ve por televisión.
El socialismo cubano no es perfecto. Pero existe. Y eso ya es un escándalo. Porque demuestra que se puede. Que no todo tiene precio. Que la salud, la educación, la dignidad, pueden ser principios y no mercancías. Que el futuro no está escrito con dólares, ni firmado en Wall Street.
Cuba ha sido un faro para los pueblos en lucha. Su medicina curó en África, sus maestros enseñaron en los rincones olvidados del continente, sus soldados murieron en tierras ajenas porque sabían que el internacionalismo no es limosna: es defensa propia. Porque cuando un pueblo se levanta, levanta a todos los pueblos.
Por eso la atacan con tanta rabia. Porque su ejemplo molesta. Porque la obediencia global exige silencio, y Cuba habla. Porque el sistema necesita convencer al mundo de que no hay alternativa. Y si Cuba cae, dirán que el socialismo fue un error, una nostalgia, una utopía ridícula.
Pero si Cuba resiste, si sigue caminando a pesar del fango, entonces la historia no se terminó. Entonces, todavía se puede. Y eso da miedo. A los que mandan. A los que venden. A los que gobiernan con calculadora y corazón vacío.
Las clases trabajadoras del mundo no pueden permitirse el lujo de mirar para otro lado. No es cuestión de caridad ni romanticismo. Es cuestión de estrategia. Si Cuba cae, no será solo una isla la que se hunda. Será también la esperanza la que lo. Será la posibilidad.
Y entonces sí, habrán vencido. Habrán convencido a los pobres de que su única tarea es sobrevivir. Habrán convencido a los jóvenes de que no hay nada más allá del consumo y el desencanto. Habrán convertido al mundo entero en una gigantesca tienda sin puertas.
Pero si Cuba resiste, nos recordará que la historia no está cerrada. Que el capitalismo no es un destino. Que los pueblos están en condiciones de escribir otros capítulos. Con sangre, con esfuerzo, con dudas, pero también con alegría, con ternura, con justicia.
Cuba, pequeña, sitiada, imperfecta, nos habla. Nos dice que otro mundo no solo es necesario. Es, además, posible. Y que vale la pena luchar por él.
LA GUERRA QUE NO SE DECLARA PERO MATA
Hay guerras que se filman. Bombas, soldados, discursos de presidentes. Y hay guerras que no salen en las noticias. Guerras silenciosas, de papeles y decretos, de cifras y aduanas. Guerras que matan con burocracia y lentitud. Así es el bloqueo contra Cuba.
Un niño necesita antibióticos. No los hay. Un hospital necesita piezas para sus máquinas. No llegan. Un tractor se detiene en el campo porque falta una pieza mínima. Pero esa pieza no puede comprarse en ningún país, porque alguien en Washington ha decidido que Cuba no tiene derecho a comprarla. Y todo eso —que no parece violencia— es la forma más perversa de violencia. Es hambre que se planea. Dolor que se calcula. Miseria fabricada a propósito.
El bloqueo no solo aprieta la economía. Intenta doblegar los cuerpos, disciplinar los corazones. Es un castigo ejemplar. Una advertencia. Una jaula colocada en medio del Caribe para que el mundo la mire y aprenda la lección: esto les pasa a quienes se atreven a desobedecer.
Y, sin embargo, Cuba desobedece.
La revolución no es un souvenir para turistas. No es un recuerdo en blanco y negro. Es una lucha cotidiana por sostener lo que el mercado desecha: la educación gratuita, la salud universal, la soberanía alimentaria, la cultura como derecho. Cuba no solo resiste al bloqueo: resiste a la lógica de un mundo donde la vida vale menos que una acción en la Bolsa.
El imperialismo no puede permitir eso. No porque Cuba tenga petróleo, oro o tierras infinitas. Sino porque Cuba ha demostrado que otro modelo es posible. Que los derechos no dependen del bolsillo. Que una economía puede estar al servicio de la gente y no al revés.
Por eso la guerra. Por eso el asedio. Por eso los titulares mentirosos, los informes amañados, las campañas de odio. No se trata solo de que Cuba caiga. Se trata de que, si cae, puedan decirnos que nunca tuvo sentido. Que fue un error. Una anomalía.
Pero no lo es. Cuba es la prueba viva de que las revoluciones no se hacen solo en los libros. Se hacen en la calle, en el aula, en el consultorio, en la fábrica. Se hacen cada día, en medio de la escasez, de los apagones, de las colas. Y aun así, sobreviven. No por milagro, sino por convicción.
Che Guevara lo dijo con palabras de fuego: “al imperialismo, ni tantico así”. Y ese “ni un tantico” es la medida de la dignidad cubana. Una dignidad que no se mide en dólares ni en PIB, sino en la frente en alto de un pueblo que no acepta rendirse.
No hay neutralidad posible. O se está con la dignidad, o con el verdugo. O se abraza a quien resiste, o se calla y uno se convierte en cómplice. Porque cada silencio es un ladrillo más en el muro del bloqueo. Cada justificación es gasolina para el fuego del imperialismo.
Defender a Cuba es defender la posibilidad de un mundo distinto. No uno perfecto. Pero sí uno donde el pan no sea un privilegio. Donde la salud no sea mercancía. Donde un niño no nazca condenado por el lugar de su cuna.
Y por eso Cuba importa. No solo para los cubanos. Importa para todos. Porque si un pueblo logra levantarse sin permiso, construir sin capitales, resistir sin rendirse, entonces todos podemos volver a creer.
Y si Cuba cayera, no lo haría sola. Con ella caerían también nuestras esperanzas.
POR MANUEL MEDINA PARA CANARIAS SEMANAL.ORG.-
Cuba no es una isla: es un desafío.
Una insolencia.
Un grito.
Desde hace más de seis décadas, el imperio la quiere de rodillas. Le bloquea los pulmones, le corta la luz, le niega el pan. No por lo que dice, sino por lo que hace. No por su historia, sino por su terquedad de futuro.
Y ahora, otra vez. Otra vuelta de tuerca, otra mordida a la garganta. Amenazas, sanciones, chantajes y castigos. La Administración Trump afinó el colmillo y la bestia continúa masticando. No se trata de errores ni de caprichos diplomáticos.
Es la vieja historia del amo que no tolera al esclavo fugado, del verdugo que no perdona al rebelde que no se deja matar.
Pero Cuba sigue ahí. Sitiada, sí. Asfixiada, también. Pero viva. Y eso, en este mundo donde todo se compra y todo se vende, es más escandaloso que cualquier discurso.
Porque la revolución cubana no fue un cambio de uniforme. Fue un terremoto. Expropió el capital, desmontó la sumisión, convirtió el hambre en escuelas, la tristeza en medicina, la dependencia en soberanía. Y ese pecado, en el catecismo del capital, no se perdona.
El bloqueo no busca conquistar. Busca agotar. No bombardea con misiles, sino con escasez. Apunta al estómago, a los hospitales, al transporte, a los sueños. Intenta que el cansancio derrote a la esperanza. Que los días grises borren la memoria. Que el pueblo, cansado de resistir, pida rendición como quien pide pan.
Pero no. La gente sigue resistiendo. Canta. Se organiza. Aprende. Hace de la penuria una escuela, del esfuerzo una trinchera. La revolución, dijo Fidel, no se destruye solo con balas. Se erosiona, si se deja sola. Y por eso, cada gesto de solidaridad, cada abrazo, cada denuncia al bloqueo y a los proyectos de ahogarla o atacarla, es una barricada en esa guerra que no se ve por televisión.
El socialismo cubano no es perfecto. Pero existe. Y eso ya es un escándalo. Porque demuestra que se puede. Que no todo tiene precio. Que la salud, la educación, la dignidad, pueden ser principios y no mercancías. Que el futuro no está escrito con dólares, ni firmado en Wall Street.
Cuba ha sido un faro para los pueblos en lucha. Su medicina curó en África, sus maestros enseñaron en los rincones olvidados del continente, sus soldados murieron en tierras ajenas porque sabían que el internacionalismo no es limosna: es defensa propia. Porque cuando un pueblo se levanta, levanta a todos los pueblos.
Por eso la atacan con tanta rabia. Porque su ejemplo molesta. Porque la obediencia global exige silencio, y Cuba habla. Porque el sistema necesita convencer al mundo de que no hay alternativa. Y si Cuba cae, dirán que el socialismo fue un error, una nostalgia, una utopía ridícula.
Pero si Cuba resiste, si sigue caminando a pesar del fango, entonces la historia no se terminó. Entonces, todavía se puede. Y eso da miedo. A los que mandan. A los que venden. A los que gobiernan con calculadora y corazón vacío.
Las clases trabajadoras del mundo no pueden permitirse el lujo de mirar para otro lado. No es cuestión de caridad ni romanticismo. Es cuestión de estrategia. Si Cuba cae, no será solo una isla la que se hunda. Será también la esperanza la que lo. Será la posibilidad.
Y entonces sí, habrán vencido. Habrán convencido a los pobres de que su única tarea es sobrevivir. Habrán convencido a los jóvenes de que no hay nada más allá del consumo y el desencanto. Habrán convertido al mundo entero en una gigantesca tienda sin puertas.
Pero si Cuba resiste, nos recordará que la historia no está cerrada. Que el capitalismo no es un destino. Que los pueblos están en condiciones de escribir otros capítulos. Con sangre, con esfuerzo, con dudas, pero también con alegría, con ternura, con justicia.
Cuba, pequeña, sitiada, imperfecta, nos habla. Nos dice que otro mundo no solo es necesario. Es, además, posible. Y que vale la pena luchar por él.
LA GUERRA QUE NO SE DECLARA PERO MATA
Hay guerras que se filman. Bombas, soldados, discursos de presidentes. Y hay guerras que no salen en las noticias. Guerras silenciosas, de papeles y decretos, de cifras y aduanas. Guerras que matan con burocracia y lentitud. Así es el bloqueo contra Cuba.
Un niño necesita antibióticos. No los hay. Un hospital necesita piezas para sus máquinas. No llegan. Un tractor se detiene en el campo porque falta una pieza mínima. Pero esa pieza no puede comprarse en ningún país, porque alguien en Washington ha decidido que Cuba no tiene derecho a comprarla. Y todo eso —que no parece violencia— es la forma más perversa de violencia. Es hambre que se planea. Dolor que se calcula. Miseria fabricada a propósito.
El bloqueo no solo aprieta la economía. Intenta doblegar los cuerpos, disciplinar los corazones. Es un castigo ejemplar. Una advertencia. Una jaula colocada en medio del Caribe para que el mundo la mire y aprenda la lección: esto les pasa a quienes se atreven a desobedecer.
Y, sin embargo, Cuba desobedece.
La revolución no es un souvenir para turistas. No es un recuerdo en blanco y negro. Es una lucha cotidiana por sostener lo que el mercado desecha: la educación gratuita, la salud universal, la soberanía alimentaria, la cultura como derecho. Cuba no solo resiste al bloqueo: resiste a la lógica de un mundo donde la vida vale menos que una acción en la Bolsa.
El imperialismo no puede permitir eso. No porque Cuba tenga petróleo, oro o tierras infinitas. Sino porque Cuba ha demostrado que otro modelo es posible. Que los derechos no dependen del bolsillo. Que una economía puede estar al servicio de la gente y no al revés.
Por eso la guerra. Por eso el asedio. Por eso los titulares mentirosos, los informes amañados, las campañas de odio. No se trata solo de que Cuba caiga. Se trata de que, si cae, puedan decirnos que nunca tuvo sentido. Que fue un error. Una anomalía.
Pero no lo es. Cuba es la prueba viva de que las revoluciones no se hacen solo en los libros. Se hacen en la calle, en el aula, en el consultorio, en la fábrica. Se hacen cada día, en medio de la escasez, de los apagones, de las colas. Y aun así, sobreviven. No por milagro, sino por convicción.
Che Guevara lo dijo con palabras de fuego: “al imperialismo, ni tantico así”. Y ese “ni un tantico” es la medida de la dignidad cubana. Una dignidad que no se mide en dólares ni en PIB, sino en la frente en alto de un pueblo que no acepta rendirse.
No hay neutralidad posible. O se está con la dignidad, o con el verdugo. O se abraza a quien resiste, o se calla y uno se convierte en cómplice. Porque cada silencio es un ladrillo más en el muro del bloqueo. Cada justificación es gasolina para el fuego del imperialismo.
Defender a Cuba es defender la posibilidad de un mundo distinto. No uno perfecto. Pero sí uno donde el pan no sea un privilegio. Donde la salud no sea mercancía. Donde un niño no nazca condenado por el lugar de su cuna.
Y por eso Cuba importa. No solo para los cubanos. Importa para todos. Porque si un pueblo logra levantarse sin permiso, construir sin capitales, resistir sin rendirse, entonces todos podemos volver a creer.
Y si Cuba cayera, no lo haría sola. Con ella caerían también nuestras esperanzas.

























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