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RECHAZO AL HONORIS CAUSA DE LA ULPGC A LA REINA EMÉRITA SOFÍA: "NO REPRESENTA EL SABER, SINO EL LINAJE"

Profesorado y personal laboral cuestionan en un escrito público este reconocimiento académico ofrecido por la universidad

La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria ha otorgado el doctorado honoris causa a la reina emérita Sofía. Una decisión que ha generado rechazo entre parte del profesorado y personal laboral, que denuncian el vaciamiento simbólico de este reconocimiento. Señalan que se premia el estatus y no la trayectoria intelectual. Recuerdan que la universidad debe sostener el pensamiento crítico, no legitimar el poder heredado. El gesto abre un debate sobre el sentido y el rumbo de la institución pública.

Por EUGENIO FERNÁNDEZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

  Recientemente, la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) aprobaba  la concesión del doctorado honoris causa a la reina Sofía.

 

   La decisión apenas ha generado atención fuera del ámbito universitario, pero sí ha motivado un posicionamiento crítico por parte de un grupo de docentes y personal laboral de la propia universidad, que han hecho público un manifiesto en el que cuestionan el sentido y la pertinencia de este reconocimiento.

 

   El texto, titulado “¿Qué significa honrar a alguien en nombre de la universidad?”,  y firmada por un total de 17 personas entre profesorado y personal laboral, es una reflexión política y académica sobre el significado del honoris causa y sobre el papel que debería desempeñar una universidad pública en una sociedad democrática.

 

  Los firmantes parten de una premisa clara: el doctorado honoris causa no debería ser un gesto ornamental ni una cortesía institucional. Es el máximo reconocimiento académico que puede conceder una universidad y, como tal, debería estar vinculado a trayectorias relacionadas con el desarrollo del conocimiento, la investigación, el pensamiento crítico o la transformación cultural y social.

 

  Desde esa perspectiva, sostienen que la trayectoria pública de la reina emérita Sofía no responde a esos criterios.

 

  “Su papel institucional —señalan— ha estado ligado fundamentalmente a funciones de representación de la monarquía, con un componente filantrópico y protocolario que puede considerarse respetable, pero que no constituye una aportación intelectual, científica o académica”.

 

  Los firmantes de esta protesta pública no caben dudas de que el papel institucional desempeñado por la reina consorte de Juan Carlos I no justifica, en ningún caso,  un reconocimiento académico como el que le ha concedido la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

 

 SIN PRESTIGIO ACADÉMICO RECONOCIDO

 

  Los firmantes del manifiesto inciden en lo contraproducente de conceder un reconocimiento académico de este tipo a una figura cuyo reconocimiento público deriva del linaje y de la posición institucional heredada.

 

  “Ello implica -apuntan - equiparar dos formas de autoridad que no son equivalentes: la autoridad del poder y la autoridad del conocimiento”.

 

  “La universidad —recuerdan— no existe para legitimar jerarquías simbólicas ya consolidadas, sino para producir saber, cuestionar el orden existente y sostener el pensamiento crítico. Cuando el máximo reconocimiento académico se otorga por razones ajenas a esa función, se corre el riesgo de vaciarlo de contenido y convertirlo en una herramienta de legitimación externa”.

 

  La decisión del Equipo de Gobierno de la ULPGC encabezado por el rector Lluís Serra Majem forma parte de una deriva más amplia en la que las universidades buscan visibilidad o reconocimiento institucional realizando gestos simbólico hacia figuras de poder, o “prestigio institucional”, aunque éstas no tenga nada que ver con la producción de conocimiento.

 

DEFENSA DE LA AUTONOMÍA UNIVERSITARIA

 

  Los docentes y miembros del personal laboral de la Universidad que cuestionan el reconocimiento a la reina emérita sostiene que  su posición es “un gesto a favor de la universidad”.

 

  “Defender la dignidad del honoris causa equivale -explican -  a defender la autonomía académica frente a presiones simbólicas, políticas o sociales”.

 

  Los firmantes sostienen que la universidad no pierde prestigio cuando es crítica, sino cuando se subordina a lógicas externas a su propia razón de ser.

 

  “Convertir un honor académico en un rito de cortesía institucional no fortalece a la universidad; la debilita, porque diluye el sentido del mérito intelectual y lo sustituye por el peso del estatus social”.

 

  Este planteamiento enlaza el debate concreto con una cuestión más amplia: qué tipo de universidad se quiere construir y a qué intereses debe responder.

 

  Una universidad pública no debería funcionar como instancia de consagración simbólica del poder, sino como un espacio de producción crítica de conocimiento.

 

LOS VALORES QUE SÍ REPRESENTA LA DINASTÍA DE LA REINA SOFÍA

  

   Más allá del debate estrictamente universitario, lo cierto es que la figura de la reina Sofía no puede analizarse de forma aislada de su contexto histórico y político.

 

  Nacida como princesa de Grecia y Dinamarca, Sofía pertenece a una dinastía estrechamente vinculada a los sectores más conservadores del poder europeo del siglo XX.

 

  Su padre, el rey Pablo I de Grecia, fue una figura clave del bloque monárquico y anticomunista que se impuso tras la Guerra Civil griega, un conflicto que terminó con una durísima derrota de la izquierda y con la represión sistemática de amplios sectores populares. La monarquía griega se alineó sin ambigüedades con las potencias occidentales y con las fuerzas sociales más reaccionarias del país.

 

  Este posicionamiento alcanzó uno de sus puntos más graves durante la dictadura de los coroneles (1967–1974), un régimen militar de extrema derecha que persiguió, encarceló y torturó a opositores políticos. El hermano de Sofía, Constantino II, entonces rey de Grecia, respaldó el golpe de Estado y solo se distanció cuando su intento de contragolpe fracasó. La monarquía formó parte del entramado político que hizo posible este régimen dictatorial.

 

  En el ámbito español, la reina Sofía ha mantenido siempre una imagen pública asociada al conservadurismo social y religioso. Su defensa reiterada de los llamados “valores cristianos tradicionales”, su oposición a derechos como el aborto o el matrimonio igualitario, y su silencio ante episodios de corrupción y prácticas poco democráticas dentro de la institución monárquica refuerzan una trayectoria coherente con una visión del mundo profundamente conservadora.

 

  Estos son, en términos históricos y políticos, los valores que sí representa la dinastía a la que pertenece. La continuidad del poder heredado, el alineamiento con regímenes autoritarios en momentos clave y la resistencia a los avances sociales impulsados desde abajo.

 

  Valores que difícilmente pueden asociarse con el espíritu crítico, la emancipación intelectual o la producción de conocimiento que justifican un reconocimiento académico. 

 
 
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