EL SENADOR SANDERS FRENTE A TRUMP: UNA ADVERTENCIA LÚCIDA DESDE DENTRO DEL SISTEMA
El senador estadounidense Bernie Sanders dice que la humanidad se enfrenta al "presidente mas peligroso de la historia"
Durante años, Bernie Sanders ha sido visto como la voz más incómoda del sistema político estadounidense. Sin embargo, lejos de representar una ruptura profunda, su trayectoria revela a un demócrata reformista que confía en corregir las desigualdades sin salirse del marco institucional actual. Esa apuesta le ha permitido señalar los peligros de Donald Trump con cierta claridad desde el ámbito doméstico estadounidense.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Bernie Sanders ha sido presentado frecuentemente por algunos sectores de los mass media como un “revolucionario” dentro de la política estadounidense, pero esa etiqueta dice más del estrecho margen que ofrece el sistema que a la verdadera posición de esta incómoda "piedra en el zapato" del establishment.
El senador Sanders es, en realidad, solo un demócrata reformista, eso sí, convencido de que las grandes injusticias pueden corregirse desde dentro de las instituciones.
Esa apuesta le ha llevado también a sonoras contradicciones en política exterior: su respaldo a los bombardeos de la OTAN en Yugoslavia en 1999, su apoyo a sanciones económicas contra países como Venezuela o Irán, o su tibieza ante la ayuda militar a Israel en Gaza han llegado a provocar una profunda desilusión entre parte de sus seguidores, que esperaban una ruptura más clara con el letal intervencionismo histórico de Washington.
La entrevista de Sanders aparecida en el periódico madrileño "El País" estos días, no es una más. No parece ser el desahogo de un veterano ni la exageración de un opositor. Es, más bien, una advertencia seca, casi pedagógica, sobre la deriva peligrosa por la que está transcurriendo el gobierno en Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump.
Cuando Sanders afirma que Trump es “el presidente más peligroso de la historia”, no está buscando el titular fácil. Está poniendo palabras a un proceso que lleva tiempo gestándose y que la figura de Trump acelera, desnuda y radicaliza.
Uno de los núcleos más importantes de la entrevista es la idea de que Trump no es una anomalía aislada, como pretenden algunos, sino el producto lógico de un sistema político secuestrado por el dinero y vaciado de contenido democrático.
Sanders ha insistido, a lo largo de la entrevista, en que el actual presidente no gobierna para la mayoría social, sino para una minoría económica muy concreta. Aquí el diagnóstico es claro: cuando las grandes corporaciones y los multimillonarios dictan las reglas del juego, la democracia se convierte en un decorado. Trump no solo no rompe ese esquema; lo lleva al extremo, lo hace visible y lo gobierna sin pudor.
Sanders subraya, con especial énfasis, el desprecio de Trump por las normas básicas, incluso las de la democracia formal. No se trata solo de su lenguaje agresivo o de su estilo bronco que utiliza. El problema es más profundo: el ataque constante a la prensa, la deslegitimación de cualquier institución que no le sea dócil, y la idea de que solo es válido el resultado electoral cuando le favorece. En el curso de la entrevista, Sanders apunta que este comportamiento erosiona lentamente la confianza social en el propio sistema político. Es como serrar, día a día, las patas de la mesa sobre la que se sostiene el país.
Otro de los pasajes más relevantes es cuando Sanders vincula a Trump con el auge del racismo, el machismo y la xenofobia.
No dice que Trump los haya inventado, pero sí que los ha legitimado desde la cima del poder. Cuando el presidente Trump señala a inmigrantes, minorías o periodistas como enemigos, envía un mensaje muy claro: el conflicto social no está arriba, entre quienes concentran la riqueza, sino abajo, entre quienes compiten por sobrevivir. Sanders ve en esto una maniobra clásica de distracción, pero advierte de su enorme peligrosidad en una sociedad armada y profundamente desigual.
La entrevista también destaca por su análisis de la política exterior. El senador describe a Trump como un dirigente imprevisible, capaz de poner en riesgo equilibrios internacionales básicos. El problema, señala, no es solo su ignorancia, sino su concepción del mundo como un negocio personal, donde las alianzas se compran y se venden y los derechos humanos son un estorbo.
En este punto, Sanders deja entrever que el peligro de Trump no se limita a Estados Unidos: se proyecta hacia fuera, contaminando el tablero global.
Especialmente interesante es cuando Sanders conecta la figura de Trump con el fracaso de las élites tradicionales, incluidas las del Partido Demócrata. Reconoce errores, falta de respuesta a la precarización del trabajo y abandono de amplias capas de la población. Trump, dice, se aprovecha de ese vacío, canalizando el enfado social hacia salidas autoritarias. Aquí Sanders no se coloca en un pedestal moral; habla desde la autocrítica y desde la urgencia de construir lo que él entiende por una alternativa real no cosmética.
En conjunto, el comentario de Sanders sobre la “dislocada andadura” del presidente no se centra en esta ocasión, en anécdotas ni en escándalos puntuales. Lo que le preocupa a Bernie Sanders es el daño estructural: la normalización de la mentira, la violencia verbal, el desprecio por lo colectivo y la conversión del Estado en un instrumento al servicio de los más fuertes. Trump aparece así no como un accidente, sino como un síntoma avanzado de una enfermedad política más profunda.
La entrevista deja una sensación incómoda porque, como no podía suceder de otra manera en un hombre de sus características ideológicas, no alcanza a profundizar en la auténtica naturaleza de los problemas de la sociedad en la que vive. Ofrece, eso sí, una brújula: la democracia en los EEUU se vacía y se vuelve vulnerable a figuras como Trump. El peligro, nos viene a decir el senador por Vermont, no es solo quién ocupa la Casa Blanca, sino qué tipo de país es el que se ha permitido llegar hasta ahí.
POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Bernie Sanders ha sido presentado frecuentemente por algunos sectores de los mass media como un “revolucionario” dentro de la política estadounidense, pero esa etiqueta dice más del estrecho margen que ofrece el sistema que a la verdadera posición de esta incómoda "piedra en el zapato" del establishment.
El senador Sanders es, en realidad, solo un demócrata reformista, eso sí, convencido de que las grandes injusticias pueden corregirse desde dentro de las instituciones.
Esa apuesta le ha llevado también a sonoras contradicciones en política exterior: su respaldo a los bombardeos de la OTAN en Yugoslavia en 1999, su apoyo a sanciones económicas contra países como Venezuela o Irán, o su tibieza ante la ayuda militar a Israel en Gaza han llegado a provocar una profunda desilusión entre parte de sus seguidores, que esperaban una ruptura más clara con el letal intervencionismo histórico de Washington.
La entrevista de Sanders aparecida en el periódico madrileño "El País" estos días, no es una más. No parece ser el desahogo de un veterano ni la exageración de un opositor. Es, más bien, una advertencia seca, casi pedagógica, sobre la deriva peligrosa por la que está transcurriendo el gobierno en Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump.
Cuando Sanders afirma que Trump es “el presidente más peligroso de la historia”, no está buscando el titular fácil. Está poniendo palabras a un proceso que lleva tiempo gestándose y que la figura de Trump acelera, desnuda y radicaliza.
Uno de los núcleos más importantes de la entrevista es la idea de que Trump no es una anomalía aislada, como pretenden algunos, sino el producto lógico de un sistema político secuestrado por el dinero y vaciado de contenido democrático.
Sanders ha insistido, a lo largo de la entrevista, en que el actual presidente no gobierna para la mayoría social, sino para una minoría económica muy concreta. Aquí el diagnóstico es claro: cuando las grandes corporaciones y los multimillonarios dictan las reglas del juego, la democracia se convierte en un decorado. Trump no solo no rompe ese esquema; lo lleva al extremo, lo hace visible y lo gobierna sin pudor.
Sanders subraya, con especial énfasis, el desprecio de Trump por las normas básicas, incluso las de la democracia formal. No se trata solo de su lenguaje agresivo o de su estilo bronco que utiliza. El problema es más profundo: el ataque constante a la prensa, la deslegitimación de cualquier institución que no le sea dócil, y la idea de que solo es válido el resultado electoral cuando le favorece. En el curso de la entrevista, Sanders apunta que este comportamiento erosiona lentamente la confianza social en el propio sistema político. Es como serrar, día a día, las patas de la mesa sobre la que se sostiene el país.
Otro de los pasajes más relevantes es cuando Sanders vincula a Trump con el auge del racismo, el machismo y la xenofobia.
No dice que Trump los haya inventado, pero sí que los ha legitimado desde la cima del poder. Cuando el presidente Trump señala a inmigrantes, minorías o periodistas como enemigos, envía un mensaje muy claro: el conflicto social no está arriba, entre quienes concentran la riqueza, sino abajo, entre quienes compiten por sobrevivir. Sanders ve en esto una maniobra clásica de distracción, pero advierte de su enorme peligrosidad en una sociedad armada y profundamente desigual.
La entrevista también destaca por su análisis de la política exterior. El senador describe a Trump como un dirigente imprevisible, capaz de poner en riesgo equilibrios internacionales básicos. El problema, señala, no es solo su ignorancia, sino su concepción del mundo como un negocio personal, donde las alianzas se compran y se venden y los derechos humanos son un estorbo.
En este punto, Sanders deja entrever que el peligro de Trump no se limita a Estados Unidos: se proyecta hacia fuera, contaminando el tablero global.
Especialmente interesante es cuando Sanders conecta la figura de Trump con el fracaso de las élites tradicionales, incluidas las del Partido Demócrata. Reconoce errores, falta de respuesta a la precarización del trabajo y abandono de amplias capas de la población. Trump, dice, se aprovecha de ese vacío, canalizando el enfado social hacia salidas autoritarias. Aquí Sanders no se coloca en un pedestal moral; habla desde la autocrítica y desde la urgencia de construir lo que él entiende por una alternativa real no cosmética.
En conjunto, el comentario de Sanders sobre la “dislocada andadura” del presidente no se centra en esta ocasión, en anécdotas ni en escándalos puntuales. Lo que le preocupa a Bernie Sanders es el daño estructural: la normalización de la mentira, la violencia verbal, el desprecio por lo colectivo y la conversión del Estado en un instrumento al servicio de los más fuertes. Trump aparece así no como un accidente, sino como un síntoma avanzado de una enfermedad política más profunda.
La entrevista deja una sensación incómoda porque, como no podía suceder de otra manera en un hombre de sus características ideológicas, no alcanza a profundizar en la auténtica naturaleza de los problemas de la sociedad en la que vive. Ofrece, eso sí, una brújula: la democracia en los EEUU se vacía y se vuelve vulnerable a figuras como Trump. El peligro, nos viene a decir el senador por Vermont, no es solo quién ocupa la Casa Blanca, sino qué tipo de país es el que se ha permitido llegar hasta ahí.

























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