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DESCUBREN UN SISTEMA SOLAR “AL REVÉS”, QUE DESCOLOCA LO QUE CREÍAMOS SOBRE LOS PLANETAS

¿Nos encontramos ante una extraña excepción o frente una nueva regla del universo?

Un sistema planetario situado a 117 años luz ha alterado el mapa mental de los astrónomos. Allí, donde la teoría predecía un mundo gaseoso, aparece un planeta rocoso de gran tamaño. El hallazgo obliga a replantear cómo nacen y evolucionan los sistemas solares. El universo vuelve a recordarnos que no sigue guiones prefijados.

REDACCIÓN CANARIAS SEMANAL.ORG

 

   Hay momentos en la historia de la ciencia en los que una observación, aparentemente técnica y distante, actúa como una grieta en el edificio de nuestras certezas. No es un estallido espectacular, no es una imagen deslumbrante como las que a veces nos regala el universo profundo. Es algo más sutil: un detalle que no encaja. Un orden que se rompe. Un sistema que parece estar “al revés”.

 

    Eso es lo que ha ocurrido con un pequeño conjunto de mundos que orbitan alrededor de una estrella discreta, una enana roja situada a 117 años luz de nosotros, en la constelación del Lince. La estrella se llama LHS 1903. No brilla con la intensidad de nuestro Sol: posee aproximadamente la mitad de su masa y apenas el 5% de su luminosidad. Es un astro modesto, uno más entre los miles de millones que pueblan la Vía Láctea. Y, sin embargo, su sistema planetario ha obligado a los astrónomos a detenerse y reconsiderar lo que creían saber.

 

     El hallazgo se realizó con el telescopio espacial CHEOPS, una misión de la Agencia Espacial Europea dedicada a estudiar exoplanetas —planetas que orbitan otras estrellas— con precisión milimétrica. Desde la década de 1990 hemos confirmado la existencia de más de seis mil exoplanetas. Hemos visto mundos gigantes abrasados por sus estrellas, supertierras rocosas, mini-Neptunos envueltos en densas atmósferas, e incluso sistemas compactos donde varios planetas giran en órbitas increíblemente cercanas. Poco a poco, el cosmos ha dejado de ser una abstracción para convertirse en una cartografía en expansión.

 

      Y, sin embargo, seguimos apoyándonos en un esquema básico para entender cómo nacen los sistemas planetarios. Según ese paradigma, los planetas se forman en un disco de gas y polvo que rodea a una estrella joven. En las regiones más próximas, donde el calor es intenso, solo pueden consolidarse materiales rocosos y metálicos. Allí nacen mundos pequeños, densos y con poca o ninguna atmósfera. Más lejos, en zonas frías donde el gas y el hielo abundan, se forman los gigantes gaseosos y los planetas con envolturas espesas.

 

   Nuestro propio sistema solar parece confirmar esta lógica: Mercurio, Venus, Tierra y Marte son rocosos; Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno son gaseosos o ricos en hielo. El orden parece natural, casi inevitable.

 

  Pero en torno a LHS 1903 ese orden se altera.

 

    El sistema está compuesto por cuatro planetas. El más cercano a la estrella es rocoso. Los dos siguientes son gaseosos, clasificados como mini-Neptunos. Hasta aquí, nada extraordinario. El problema aparece en el cuarto planeta, el más externo del conjunto: también es rocoso. Es decir, más allá de dos mundos ricos en gas, aparece un planeta sólido, una supertierra con una masa 5,8 veces superior a la de la Tierra.

 

    Es como si en nuestro sistema solar, más allá de Saturno, encontráramos un planeta denso y pétreo del tamaño de una supertierra. El guion no encaja.

 

    Los investigadores han planteado varias hipótesis. Una posibilidad es que los planetas no se formaran simultáneamente, sino de manera secuencial. En ese escenario, los dos mundos gaseosos habrían capturado la mayor parte del gas disponible en el disco protoplanetario antes de que el cuarto planeta terminara de formarse. Cuando este último alcanzó el tamaño suficiente para atraer una atmósfera significativa, el combustible ya se había agotado. El resultado sería un planeta grande, pero desnudo de gas.

 

    Otra hipótesis apunta a un origen más dramático: el cuarto planeta podría haber nacido con una envoltura gaseosa que perdió posteriormente en una colisión catastrófica. No es una idea extravagante. Se cree que la propia Luna surgió del impacto entre la proto-Tierra y un cuerpo del tamaño de Marte. El universo no es un laboratorio ordenado; es un escenario de choques, migraciones orbitales y reajustes violentos.

 

   Hay un elemento adicional que aumenta el interés de este mundo atípico: su temperatura estimada ronda los 60 grados Celsius. Es elevada, pero comparable a las máximas registradas en la Tierra. No es un infierno incandescente. Esto abre, con cautela, la puerta a preguntas sobre su potencial habitabilidad, que futuras observaciones con el James Webb Space Telescope podrían ayudar a responder.

 

   Sin embargo, más allá de la curiosidad concreta por este planeta, lo verdaderamente significativo es el mensaje implícito. La formación planetaria no es un mecanismo rígido que produzca siempre el mismo resultado. Es un proceso dinámico, sensible al tiempo, a la disponibilidad de materiales, a la interacción entre cuerpos y a accidentes cósmicos que pueden cambiarlo todo.

 

   Cada nuevo sistema descubierto es una lección de humildad. Durante siglos, el sistema solar fue nuestra única referencia. Después creímos haber identificado patrones universales. Ahora comprendemos que la diversidad es la norma, no la excepción. Hay sistemas compactos, sistemas caóticos, mundos que migran desde las regiones exteriores hacia el interior, y, como en este caso, configuraciones que parecen construidas “de dentro hacia fuera”.

 

  Este pequeño sistema en torno a una estrella tenue nos recuerda que el universo no está obligado a seguir nuestras expectativas. La ciencia avanza precisamente cuando algo no encaja. Cuando una anomalía se convierte en pregunta, y la pregunta en investigación.

 

   Quizá dentro de unas décadas estos sistemas “invertidos” resulten comunes y nuestras teorías se amplíen para integrarlos sin sobresalto. O quizá descubramos que cada estrella es una historia singular, escrita con las condiciones específicas de su nacimiento.

 

      Sea cual sea el desenlace, este hallazgo actúa como prólogo de una comprensión más amplia: la arquitectura del cosmos es más flexible de lo que imaginábamos. Y en esa flexibilidad reside, paradójicamente, su coherencia más profunda.

 
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