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Martes, 17 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:

YOLANDA DÍAZ Y LOS INFRANQUEABLES LÍMITES DEL REFORMISMO

Entre el relato "progresista" y la lógica del sistema

Convertida por los medios en una artificial esperanza para millones, la vicepresidenta Yolanda Díaz quiso simbolizar la posibilidad de "humanizar el capitalismo" desde el gobierno. Sin embargo, la persistencia de los despidos en empresas perceptoras de grandes beneficios y la intacta capacidad empresarial para poder ajustar plantillas, muestran que el reformismo, lejos de romper con el sistema: lo estabiliza

 

POR JORDI RUIZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

     Durante los últimos años, Yolanda Díaz ha sido presentada [Img #89823]como el rostro amable del nuevo reformismo laboral

 

   También durante casi dos lustros, en los ámbitos de los mass medias pertenecientes  al área del progresismo neoliberal, se ha  apostado con fuerza por la promoción política de la vicepresidenta Díaz.   La ministra -  se decía con mucha seguridad-  iba a revertir la precariedad, a dignificar el empleo y a demostrar que desde el Gobierno se podía corregir el rumbo del mercado de trabajo sin llegar romper nada esencial.

 

  Tanto se insistió que  el  mensaje llegó a calar: menos temporalidad, más contratos indefinidos, diálogo social, estabilidad. Un nuevo clima. Una nueva etapa

[Img #89816]

   

 

     Pero la cuestión es que el problema no consistía en la fácil  gratuidad del  discurso. El problema era la maldita e insobornable realidad. Y es que mientras el Gobierno celebraba a todo trapo las estadísticas, las grandes empresas seguían haciendo lo que siempre han hecho cuando quieren ganar más: despedir, externalizar y abaratar costes. No por imperiosas necesidades. No por crisis sobrevenidas. Por mera y pura rentabilidad.

 

   Y es justo ahí donde el relato mágico construido alrededor de  Yolanda comenzó a resquebrajarse.

 

TELEFÓNICA: DESPEDIR PARA GANAR MÁS

     El ERE de Telefónica fue una auténtica prueba de fuego. Miles de despidos en una empresa con beneficios millonarios. El argumento empresarial fue el habitual: digitalización, eficiencia, modernización.

 

    Pero traducido al lenguaje real significa algo muy simple: reducir plantilla para aumentar márgenes de beneficios.

 

    Cuando una empresa que tiene ganancias multimillonarias decide despedir no está defendiendo su supervivencia. Está defendiendo su tasa de beneficio, lo que es muy diferente. Y el sistema legal imperante, además, le permite que lo haga. Incluso bajo un Ejecutivo que se atrevió a autocalificarse como el Gobierno más  progresista de la historia de España.

 

    Y es que en el marco legal al que nadie se atreve a meterle mano, el empleo deja de ser un derecho y se convierte en un coste ajustable. Es decir, una cifra más en la hoja de cálculo. Y punto pelota.

 

   Y mientras tanto, el trabajo no desaparece. Se traslada a subcontratas, a empresas auxiliares, a trabajadores con menos salario y menos protección. La empresa matriz mantiene el negocio, pero se libera de responsabilidades laborales directas. La precariedad no se elimina. Se reorganiza. Y todo ello respetando escrupulosamente las leyes vigentes.

 

LA PRIVATIZACIÓN Y EL CAMBIO DE LÓGICA

   Conviene recordar algo que resulta repugnantemente incómodo: Telefónica fue una empresa pública. Cuando lo era, el empleo y el servicio tenían un peso político. Tras su privatización, la prioridad pasó a ser el dividendo.

 

    Desde entonces, la lógica se ha convertido en implacable. Si el mercado exige mayor rentabilidad, se recorta empleo. Si la competencia aprieta, se externaliza el negocio. Si la tecnología permite producir con menos trabajadores, se le pone en la "puta calle".

 

    No se trata de un fallo del sistema, como melindrosamente aseguran los socialdemócratas. Es su funcionamiento normal.  Pensar que esta dinámica puede revertirse solo con una regulación parcial  "a lo Yolanda", es ignorar cuál es la raíz del problema.

 

LA REFORMA LABORAL: CORREGIR SIN TOCAR EL NÚCLEO

    La llamada Reforma laboral de Yolanda Díaz redujo la temporalidad formal. Es cierto. Pero ni de coña eliminó la capacidad estructural de las empresas para ajustar plantillas en función de la rentabilidad.

 

    La subcontratación sigue intacta. Los despidos colectivos  permanecen siendo legales, incluso  cuando se producen abundantísimos beneficios. La propiedad privada de sectores estratégicos no se cuestiona. Dicho con mayor contundencia: es incuestionable

 

   En definitiva: Yolanda se dedicó a maquillar los síntomas. Pero como todos -o casi todos- sabíamos, fue incapaz de tocar el núcleo de la cuestión incuestionable.  El mercado laboral  pudo ordenarse un poco más, pero continuó girando en torno al mismo eje: la acumulación privada de capitales.

 

EL ESTADO COMO GESTOR, NO COMO TRANSFORMADOR

    Aquí aparece el límite real del reformismo. El Ministerio de Trabajo puede negociar mejores condiciones. Puede reducir algunos abusos lacerantes. Puede suavizar levemente los impactos. Pero lo que no puede hacer es alterar la lógica central de una economía en la que el beneficio es el criterio decisivo. Mientras las grandes Corporaciones conserven la propiedad y el control de sectores estratégicos, conservarán también el poder  y la facultad legal de despedir cuando lo consideren rentable. 

    Y en un aparato del  Estado en manos de reformistas, en lugar de confrontar esa lógica, termina gestionándola. No se trata de una traición personal. Se trata de una función estructural: el Estado garantiza estabilidad, no transformación radical.

 

DIÁLOGO SOCIAL Y DESACTIVACIÓN DEL CONFLICTO

    Yolanda Diaz presentó  su apuesta por el diálogo social  como un signo de madurez política. De casta le venía al galgo, si atendemos a su genealogía ideológica.  Acuerdos tripartitos, pactos, consensos. Pero  ese diálogo tiene una condición: todas las partes aceptan las reglas del juego. Y esas reglas no se han modificado ni un solo ápice desde el mismo día que  el sistema las inventó 

 

    Cuando la conflictividad social es sustituida por la negociación permanente, el margen de presión colectiva disminuye. Sin presión sostenida desde abajo, las reformas tienden a quedarse en los limites de  lo administrable. Pero los grandes avances laborales de la historia no surgieron de la armonía, sino del conflicto. Sin desequilibrio de fuerzas, el sistema apenas se mueve.

 

LA CONTRADICCIÓN DE FONDO

   El dilema, sin embargo, no es una cuestión personal. No se trata ni de carisma ni de capacidad técnica. Es una contradicción ideológica, estructural. No se puede prometer estabilidad laboral duradera, mientras se mantiene intacto un modelo basado en la competencia, la rentabilidad y la acumulación. Viene a ser algo así como 2+2=4

 

   No se puede defender empleo digno mientras las empresas dispongan de libertad para despedir en nombre de la eficiencia. No se puede combatir la precariedad sin cuestionar la propiedad y el control de los sectores estratégicos de la economía. El reformismo puede mejorar algunas condiciones de manera muy efímera. Puede amortiguar algunos golpes. Pero ni de lejos elimina la lógica que lo genera.

 

ENTRE EXPECTATIVAS Y LÍMITES

     Yolanda Díaz simbolizó para la dirigencia de los sindicatos institucionales, para el PSOE y para una parte del totum revolutum situado a su izquierda, una esperanza de cambio dentro del sistema.

  Sin embargo, los despidos en empresas rentables, la expansión explosiva de la subcontratación y la persistencia de la inseguridad laboral muestran que  los límites están marcados muy claramente desde el principio. Otra cosa es que las ambiciones personales o el maremoto de las ilusiones ingenuas impida  que mucha gente sea incapaz de detectarlos.  

     El problema no es, pues,  que no haya habido avances. El problema es que esos avances conviven con una estructura económica tan poderosa que reproduce per se, desigualdad y precariedad de forma constante.

 

    Mientras el beneficio privado siga siendo el motor central de la vida económica, el empleo seguirá siendo una simple variable subordinada. Y esa es la contradicción que ninguna estadística puede ni borrar ni ocultar, porque son la calle y la vida cotidiana la que se encarga de desmentirla.

     Y como suele suceder con los mascarones de proa que encabezan las fantasías políticas, ha bastado con que la realidad descorriera el telón, para que el artificio quedara al descubierto y el deslumbramiento se disipara con la velocidad  con la que un globo de feria se desinfla al primer pinchazo.

 

   Eso, exactamente eso, es lo que le ha ocurrido con Yolanda Díaz: una estrella de feria electoral, inflada por interesados entusiasmos mediáticos, cuyo brillo se desvaneció  tan pronto como el relato que  le sirvió de fuelle  tuvo que enfrentarse con el  áspero peso  de los hechos.

 

     A estas alturas,  ni la misma Yolanda parece haber logrado descifrar cómo pudo ser posible que un día llegara a encarnar una esperanza de futuro para millones.  

 

 
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  • Daniel Mateo

    Daniel Mateo | Martes, 17 de Febrero de 2026 a las 09:41:49 horas

    Yolanda Díaz es uno de los mayores fraudes que ha habido en la politica española, que ya estaba llena de fraudes.

    Accede para responder

  • Ramiro

    Ramiro | Martes, 17 de Febrero de 2026 a las 09:26:58 horas

    Veamos: el Estado capitalista, cuál sea, sirve a la burguesía. Esto es así desde que surgió como Estado de clase para proteger las incipientes propiedades de las primeras familias de pastores, que se iban paulatinamente separando del sistema tribal y que fueron las que introdujeron el esclavismo.
    Ahora los Estados protegen a sus burguesías frente a los trabajadores, lo mismo que este primer Estado de pastores protegía a sus esclavistas frente a los esclavos que apresaban en guerras de pillaje.
    Los partidos políticos de los sistemas burgueses administran el Estado burgués y su dictadura de clase. Y estos partidos pueden denominarse progresistas o conservadores... Es una broma pensar que se puede ser comunista o socialista y servir cómo ministro en un Gobierno de la burguesía y ser del todo inocente... o decir que se está sirviendo a la clase trabajadora...

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