YOLANDA DÍAZ Y LOS INFRANQUEABLES LÍMITES DEL REFORMISMO
Entre el relato "progresista" y la lógica del sistema
Convertida por los medios en una artificial esperanza para millones, la vicepresidenta Yolanda Díaz quiso simbolizar la posibilidad de "humanizar el capitalismo" desde el gobierno. Sin embargo, la persistencia de los despidos en empresas perceptoras de grandes beneficios y la intacta capacidad empresarial para poder ajustar plantillas, muestran que el reformismo, lejos de romper con el sistema: lo estabiliza
POR JORDI RUIZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Durante los últimos años, Yolanda Díaz ha sido presentada
como el rostro amable del nuevo reformismo laboral.
También durante casi dos lustros, en los ámbitos de los mass medias pertenecientes al área del progresismo neoliberal, se ha apostado con fuerza por la promoción política de la vicepresidenta Díaz. La ministra - se decía con mucha seguridad- iba a revertir la precariedad, a dignificar el empleo y a demostrar que desde el Gobierno se podía corregir el rumbo del mercado de trabajo sin llegar romper nada esencial.
Tanto se insistió que el mensaje llegó a calar: menos temporalidad, más contratos indefinidos, diálogo social, estabilidad. Un nuevo clima. Una nueva etapa.
![[Img #89816]](https://canarias-semanal.org/upload/images/02_2026/7580_yolanda.jpg)
Pero la cuestión es que el problema no consistía en la fácil gratuidad del discurso. El problema era la maldita e insobornable realidad. Y es que mientras el Gobierno celebraba a todo trapo las estadísticas, las grandes empresas seguían haciendo lo que siempre han hecho cuando quieren ganar más: despedir, externalizar y abaratar costes. No por imperiosas necesidades. No por crisis sobrevenidas. Por mera y pura rentabilidad.
Y es justo ahí donde el relato mágico construido alrededor de Yolanda comenzó a resquebrajarse.
TELEFÓNICA: DESPEDIR PARA GANAR MÁS
El ERE de Telefónica fue una auténtica prueba de fuego. Miles de despidos en una empresa con beneficios millonarios. El argumento empresarial fue el habitual: digitalización, eficiencia, modernización.
Pero traducido al lenguaje real significa algo muy simple: reducir plantilla para aumentar márgenes de beneficios.
Cuando una empresa que tiene ganancias multimillonarias decide despedir no está defendiendo su supervivencia. Está defendiendo su tasa de beneficio, lo que es muy diferente. Y el sistema legal imperante, además, le permite que lo haga. Incluso bajo un Ejecutivo que se atrevió a autocalificarse como el Gobierno más progresista de la historia de España.
Y es que en el marco legal al que nadie se atreve a meterle mano, el empleo deja de ser un derecho y se convierte en un coste ajustable. Es decir, una cifra más en la hoja de cálculo. Y punto pelota.
Y mientras tanto, el trabajo no desaparece. Se traslada a subcontratas, a empresas auxiliares, a trabajadores con menos salario y menos protección. La empresa matriz mantiene el negocio, pero se libera de responsabilidades laborales directas. La precariedad no se elimina. Se reorganiza. Y todo ello respetando escrupulosamente las leyes vigentes.
LA PRIVATIZACIÓN Y EL CAMBIO DE LÓGICA
Conviene recordar algo que resulta repugnantemente incómodo: Telefónica fue una empresa pública. Cuando lo era, el empleo y el servicio tenían un peso político. Tras su privatización, la prioridad pasó a ser el dividendo.
Desde entonces, la lógica se ha convertido en implacable. Si el mercado exige mayor rentabilidad, se recorta empleo. Si la competencia aprieta, se externaliza el negocio. Si la tecnología permite producir con menos trabajadores, se le pone en la "puta calle".
No se trata de un fallo del sistema, como melindrosamente aseguran los socialdemócratas. Es su funcionamiento normal. Pensar que esta dinámica puede revertirse solo con una regulación parcial "a lo Yolanda", es ignorar cuál es la raíz del problema.
LA REFORMA LABORAL: CORREGIR SIN TOCAR EL NÚCLEO
La llamada Reforma laboral de Yolanda Díaz redujo la temporalidad formal. Es cierto. Pero ni de coña eliminó la capacidad estructural de las empresas para ajustar plantillas en función de la rentabilidad.
La subcontratación sigue intacta. Los despidos colectivos permanecen siendo legales, incluso cuando se producen abundantísimos beneficios. La propiedad privada de sectores estratégicos no se cuestiona. Dicho con mayor contundencia: es incuestionable
En definitiva: Yolanda se dedicó a maquillar los síntomas. Pero como todos -o casi todos- sabíamos, fue incapaz de tocar el núcleo de la cuestión incuestionable. El mercado laboral pudo ordenarse un poco más, pero continuó girando en torno al mismo eje: la acumulación privada de capitales.
EL ESTADO COMO GESTOR, NO COMO TRANSFORMADOR
Aquí aparece el límite real del reformismo. El Ministerio de Trabajo puede negociar mejores condiciones. Puede reducir algunos abusos lacerantes. Puede suavizar levemente los impactos. Pero lo que no puede hacer es alterar la lógica central de una economía en la que el beneficio es el criterio decisivo. Mientras las grandes Corporaciones conserven la propiedad y el control de sectores estratégicos, conservarán también el poder y la facultad legal de despedir cuando lo consideren rentable.
Y en un aparato del Estado en manos de reformistas, en lugar de confrontar esa lógica, termina gestionándola. No se trata de una traición personal. Se trata de una función estructural: el Estado garantiza estabilidad, no transformación radical.
DIÁLOGO SOCIAL Y DESACTIVACIÓN DEL CONFLICTO
Yolanda Diaz presentó su apuesta por el diálogo social como un signo de madurez política. De casta le venía al galgo, si atendemos a su genealogía ideológica. Acuerdos tripartitos, pactos, consensos. Pero ese diálogo tiene una condición: todas las partes aceptan las reglas del juego. Y esas reglas no se han modificado ni un solo ápice desde el mismo día que el sistema las inventó
Cuando la conflictividad social es sustituida por la negociación permanente, el margen de presión colectiva disminuye. Sin presión sostenida desde abajo, las reformas tienden a quedarse en los limites de lo administrable. Pero los grandes avances laborales de la historia no surgieron de la armonía, sino del conflicto. Sin desequilibrio de fuerzas, el sistema apenas se mueve.
LA CONTRADICCIÓN DE FONDO
El dilema, sin embargo, no es una cuestión personal. No se trata ni de carisma ni de capacidad técnica. Es una contradicción ideológica, estructural. No se puede prometer estabilidad laboral duradera, mientras se mantiene intacto un modelo basado en la competencia, la rentabilidad y la acumulación. Viene a ser algo así como 2+2=4
No se puede defender empleo digno mientras las empresas dispongan de libertad para despedir en nombre de la eficiencia. No se puede combatir la precariedad sin cuestionar la propiedad y el control de los sectores estratégicos de la economía. El reformismo puede mejorar algunas condiciones de manera muy efímera. Puede amortiguar algunos golpes. Pero ni de lejos elimina la lógica que lo genera.
ENTRE EXPECTATIVAS Y LÍMITES
Yolanda Díaz simbolizó para la dirigencia de los sindicatos institucionales, para el PSOE y para una parte del totum revolutum situado a su izquierda, una esperanza de cambio dentro del sistema.
Sin embargo, los despidos en empresas rentables, la expansión explosiva de la subcontratación y la persistencia de la inseguridad laboral muestran que los límites están marcados muy claramente desde el principio. Otra cosa es que las ambiciones personales o el maremoto de las ilusiones ingenuas impida que mucha gente sea incapaz de detectarlos.
El problema no es, pues, que no haya habido avances. El problema es que esos avances conviven con una estructura económica tan poderosa que reproduce per se, desigualdad y precariedad de forma constante.
Mientras el beneficio privado siga siendo el motor central de la vida económica, el empleo seguirá siendo una simple variable subordinada. Y esa es la contradicción que ninguna estadística puede ni borrar ni ocultar, porque son la calle y la vida cotidiana la que se encarga de desmentirla.
Y como suele suceder con los mascarones de proa que encabezan las fantasías políticas, ha bastado con que la realidad descorriera el telón, para que el artificio quedara al descubierto y el deslumbramiento se disipara con la velocidad con la que un globo de feria se desinfla al primer pinchazo.
Eso, exactamente eso, es lo que le ha ocurrido con Yolanda Díaz: una estrella de feria electoral, inflada por interesados entusiasmos mediáticos, cuyo brillo se desvaneció tan pronto como el relato que le sirvió de fuelle tuvo que enfrentarse con el áspero peso de los hechos.
A estas alturas, ni la misma Yolanda parece haber logrado descifrar cómo pudo ser posible que un día llegara a encarnar una esperanza de futuro para millones.
POR JORDI RUIZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Durante los últimos años, Yolanda Díaz ha sido presentada
como el rostro amable del nuevo reformismo laboral.
También durante casi dos lustros, en los ámbitos de los mass medias pertenecientes al área del progresismo neoliberal, se ha apostado con fuerza por la promoción política de la vicepresidenta Díaz. La ministra - se decía con mucha seguridad- iba a revertir la precariedad, a dignificar el empleo y a demostrar que desde el Gobierno se podía corregir el rumbo del mercado de trabajo sin llegar romper nada esencial.
Tanto se insistió que el mensaje llegó a calar: menos temporalidad, más contratos indefinidos, diálogo social, estabilidad. Un nuevo clima. Una nueva etapa.
![[Img #89816]](https://canarias-semanal.org/upload/images/02_2026/7580_yolanda.jpg)
Pero la cuestión es que el problema no consistía en la fácil gratuidad del discurso. El problema era la maldita e insobornable realidad. Y es que mientras el Gobierno celebraba a todo trapo las estadísticas, las grandes empresas seguían haciendo lo que siempre han hecho cuando quieren ganar más: despedir, externalizar y abaratar costes. No por imperiosas necesidades. No por crisis sobrevenidas. Por mera y pura rentabilidad.
Y es justo ahí donde el relato mágico construido alrededor de Yolanda comenzó a resquebrajarse.
TELEFÓNICA: DESPEDIR PARA GANAR MÁS
El ERE de Telefónica fue una auténtica prueba de fuego. Miles de despidos en una empresa con beneficios millonarios. El argumento empresarial fue el habitual: digitalización, eficiencia, modernización.
Pero traducido al lenguaje real significa algo muy simple: reducir plantilla para aumentar márgenes de beneficios.
Cuando una empresa que tiene ganancias multimillonarias decide despedir no está defendiendo su supervivencia. Está defendiendo su tasa de beneficio, lo que es muy diferente. Y el sistema legal imperante, además, le permite que lo haga. Incluso bajo un Ejecutivo que se atrevió a autocalificarse como el Gobierno más progresista de la historia de España.
Y es que en el marco legal al que nadie se atreve a meterle mano, el empleo deja de ser un derecho y se convierte en un coste ajustable. Es decir, una cifra más en la hoja de cálculo. Y punto pelota.
Y mientras tanto, el trabajo no desaparece. Se traslada a subcontratas, a empresas auxiliares, a trabajadores con menos salario y menos protección. La empresa matriz mantiene el negocio, pero se libera de responsabilidades laborales directas. La precariedad no se elimina. Se reorganiza. Y todo ello respetando escrupulosamente las leyes vigentes.
LA PRIVATIZACIÓN Y EL CAMBIO DE LÓGICA
Conviene recordar algo que resulta repugnantemente incómodo: Telefónica fue una empresa pública. Cuando lo era, el empleo y el servicio tenían un peso político. Tras su privatización, la prioridad pasó a ser el dividendo.
Desde entonces, la lógica se ha convertido en implacable. Si el mercado exige mayor rentabilidad, se recorta empleo. Si la competencia aprieta, se externaliza el negocio. Si la tecnología permite producir con menos trabajadores, se le pone en la "puta calle".
No se trata de un fallo del sistema, como melindrosamente aseguran los socialdemócratas. Es su funcionamiento normal. Pensar que esta dinámica puede revertirse solo con una regulación parcial "a lo Yolanda", es ignorar cuál es la raíz del problema.
LA REFORMA LABORAL: CORREGIR SIN TOCAR EL NÚCLEO
La llamada Reforma laboral de Yolanda Díaz redujo la temporalidad formal. Es cierto. Pero ni de coña eliminó la capacidad estructural de las empresas para ajustar plantillas en función de la rentabilidad.
La subcontratación sigue intacta. Los despidos colectivos permanecen siendo legales, incluso cuando se producen abundantísimos beneficios. La propiedad privada de sectores estratégicos no se cuestiona. Dicho con mayor contundencia: es incuestionable
En definitiva: Yolanda se dedicó a maquillar los síntomas. Pero como todos -o casi todos- sabíamos, fue incapaz de tocar el núcleo de la cuestión incuestionable. El mercado laboral pudo ordenarse un poco más, pero continuó girando en torno al mismo eje: la acumulación privada de capitales.
EL ESTADO COMO GESTOR, NO COMO TRANSFORMADOR
Aquí aparece el límite real del reformismo. El Ministerio de Trabajo puede negociar mejores condiciones. Puede reducir algunos abusos lacerantes. Puede suavizar levemente los impactos. Pero lo que no puede hacer es alterar la lógica central de una economía en la que el beneficio es el criterio decisivo. Mientras las grandes Corporaciones conserven la propiedad y el control de sectores estratégicos, conservarán también el poder y la facultad legal de despedir cuando lo consideren rentable.
Y en un aparato del Estado en manos de reformistas, en lugar de confrontar esa lógica, termina gestionándola. No se trata de una traición personal. Se trata de una función estructural: el Estado garantiza estabilidad, no transformación radical.
DIÁLOGO SOCIAL Y DESACTIVACIÓN DEL CONFLICTO
Yolanda Diaz presentó su apuesta por el diálogo social como un signo de madurez política. De casta le venía al galgo, si atendemos a su genealogía ideológica. Acuerdos tripartitos, pactos, consensos. Pero ese diálogo tiene una condición: todas las partes aceptan las reglas del juego. Y esas reglas no se han modificado ni un solo ápice desde el mismo día que el sistema las inventó
Cuando la conflictividad social es sustituida por la negociación permanente, el margen de presión colectiva disminuye. Sin presión sostenida desde abajo, las reformas tienden a quedarse en los limites de lo administrable. Pero los grandes avances laborales de la historia no surgieron de la armonía, sino del conflicto. Sin desequilibrio de fuerzas, el sistema apenas se mueve.
LA CONTRADICCIÓN DE FONDO
El dilema, sin embargo, no es una cuestión personal. No se trata ni de carisma ni de capacidad técnica. Es una contradicción ideológica, estructural. No se puede prometer estabilidad laboral duradera, mientras se mantiene intacto un modelo basado en la competencia, la rentabilidad y la acumulación. Viene a ser algo así como 2+2=4
No se puede defender empleo digno mientras las empresas dispongan de libertad para despedir en nombre de la eficiencia. No se puede combatir la precariedad sin cuestionar la propiedad y el control de los sectores estratégicos de la economía. El reformismo puede mejorar algunas condiciones de manera muy efímera. Puede amortiguar algunos golpes. Pero ni de lejos elimina la lógica que lo genera.
ENTRE EXPECTATIVAS Y LÍMITES
Yolanda Díaz simbolizó para la dirigencia de los sindicatos institucionales, para el PSOE y para una parte del totum revolutum situado a su izquierda, una esperanza de cambio dentro del sistema.
Sin embargo, los despidos en empresas rentables, la expansión explosiva de la subcontratación y la persistencia de la inseguridad laboral muestran que los límites están marcados muy claramente desde el principio. Otra cosa es que las ambiciones personales o el maremoto de las ilusiones ingenuas impida que mucha gente sea incapaz de detectarlos.
El problema no es, pues, que no haya habido avances. El problema es que esos avances conviven con una estructura económica tan poderosa que reproduce per se, desigualdad y precariedad de forma constante.
Mientras el beneficio privado siga siendo el motor central de la vida económica, el empleo seguirá siendo una simple variable subordinada. Y esa es la contradicción que ninguna estadística puede ni borrar ni ocultar, porque son la calle y la vida cotidiana la que se encarga de desmentirla.
Y como suele suceder con los mascarones de proa que encabezan las fantasías políticas, ha bastado con que la realidad descorriera el telón, para que el artificio quedara al descubierto y el deslumbramiento se disipara con la velocidad con la que un globo de feria se desinfla al primer pinchazo.
Eso, exactamente eso, es lo que le ha ocurrido con Yolanda Díaz: una estrella de feria electoral, inflada por interesados entusiasmos mediáticos, cuyo brillo se desvaneció tan pronto como el relato que le sirvió de fuelle tuvo que enfrentarse con el áspero peso de los hechos.
A estas alturas, ni la misma Yolanda parece haber logrado descifrar cómo pudo ser posible que un día llegara a encarnar una esperanza de futuro para millones.



























Daniel Mateo | Martes, 17 de Febrero de 2026 a las 09:41:49 horas
Yolanda Díaz es uno de los mayores fraudes que ha habido en la politica española, que ya estaba llena de fraudes.
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