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EL CUADRO DE GOYA QUE FRANCO QUISO REGALAR A UN CARNICERO

¿Cómo pudo una obra de Goya convertirse en rehén del poder?

La historia es un álbum roto. Las piezas se mezclan: sangre, pinceles, promesas. Y de vez en cuando, entre ruinas y mentiras, reaparece una imagen. Esta vez fue un cuadro. Y un dictador. Y un deseo de agradar a un monstruo.

   En el corazón de la II Guerra Mundial,  el invicto Caudillo de España Francisco Franco, quiso jugar a diplomático.

    Pero no tenía embajada, tenía miedo. Miedo a quedarse solo, miedo a que el mundo cayera en manos de Stalin o de Churchill, que para él eran uno y lo mismo: enemigos.

 

   Quiso asegurarse el favor del hombre que entonces parecía imbatible: Adolf Hitler, el pintor frustrado, el devorador genocida de pueblos.

 

    No podía regalarle jamón ni vino. pues Hitler era un empedernido vegetariano. Así que Franco intentó seducirlo con cuadros. Le mandó tres Zuloagas —de esos que celebran la España inquieta, la de mantilla y clavel—. Pero quería algo más. Deseaba impactarlo. Quería entregarle una joya: La marquesa de Santa Cruz, de Francisco de Goya.

 

    Quiso comprar el favor nazi con una dama vestida de musa. Quiso regalarle la historia de España, embalsamada en óleo.

 

GOYA BAJO LLAVE

     El cuadro, pintado en 1805, nunca fue, obviamente, pensado para el nazismo. Era un retrato aristocrático, sí, pero había sido obra de un Goya que ya escuchaba el rugido de la guerra y el lamento de su pueblo. Goya sabía mucho de monstruos. Los había visto de cerca. Tal vez por eso el cuadro se resistió a irse de España.

 

   Franco ordenó la compra. Pagó un millón y medio de las pesetas de entonces. Dinero del Estado, por supuesto. El arte era suyo, como lo era casi todo lo demás. Pero no bastó con una obra. Mandó hacer tres copias más. Quería repartirlas. Aún no se sabe si para regalar o para llenar sus propias paredes de glorias ajenas.

 

    Las copias se hicieron. Pero no se pagaron. El dictador debía 9.000 pesetas. Y no las soltó. El pintor copista quedó esperando. Setenta años después, una carta aparecida en El Rastro de Madrid: allí, negro sobre blanco, se encontraba documentado el reclamo del copista de una deuda olvidada. Una más en la historia del franquismo.

 

EL CUADRO QUE NO CRUZÓ LA FRONTERA

    La marquesa nunca llegó a Berlín. Nadie sabe si fue por pudor, por miedo o por cálculo. Tal vez Franco intuyó que Hitler ya había empezado a  perder la guerra. Tal vez intuyó que el cuadro no iba a ser del gusto del Führer. O quizás la historia tenía otros planes.

 

   La guerra continuó. El nazismo se derrumbó. Franco, astuto, viró sus simpatías hacia los Aliados. El cuadro quedó encerrado en el Palacio de El Pardo, en una de esas habitaciones donde la belleza era rehén del poder.

 

EL GRAN SECRETO: LO VENDIÓ

    Años después, en el silencio de la posguerra, Franco vendió el cuadro. Sí, lo vendió. A un empresario bilbaíno llamado Félix Fernández-Valdés. Por el mismo precio que había pagado. Un millón y medio. Ni un céntimo más, ni uno menos.

 

   El arte, que antes había sido instrumento de propaganda, ahora se convertía en pura mercancía.

 

   Fernández-Valdés guardó La marquesa en su casa. Allí durmió durante décadas, lejos del pueblo, lejos de los museos, lejos de Goya. Era una prisionera de lujo. Una joya encerrada en un salón privado.

 

2020: LA VERDAD EMERGE

    El Museo de Bellas Artes de Bilbao armó una exposición. Quería contar la historia de la colección Valdés. Fue entonces que el cuadro reapareció. Limpio, brillante, intacto. Y, sin embargo, manchado. Porque no hay óleo que borre su secuestro. Ni marco que encierre lo que vivió.

 

    El arte no habla. Pero se deja leer. "La marquesa de Santa Cruz", retratada por Goya en 1805, no podía saber que su imagen iba a ser usada más de un siglo después, por un dictador gallego para congraciarse con un genocida germano. Tampoco sabía que sería vendida como un cheque en blanco. No sabía que viviría encerrada tras la derrota de los sueños. 

   Pero los cuadros, aunque no lo parezca, tienen memoria. Y cuando se los libera, nos cuentan algunas cosillas.

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