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Lunes, 26 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

LA GENUFLEXIÓN COMO PROYECTO POLÍTICO: EL ASCENSO DE RUTTE EN LA OTAN

¿En qué tipo de mundo vivimos que permite que un funcionario sumiso acabe dirigiendo la mayor alianza militar del planeta?

Mark Rutte no es un estratega, ni un líder, ni un político brillante. Es algo peor: un administrador sin alma, entrenado para obedecer sin levantar la voz. Su designación como Secretario General de la OTAN no premia su talento, sino su docilidad. En un tiempo en que el imperialismo ya ni siquiera finge, Rutte es su cara más pulida: la sonrisa de la sumisión, el funcionario perfecto para disfrazar de “estabilidad” la ocupación y de “liderazgo” la humillación sistemática de Europa frente a Washington.

 

POR ALFIL, PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

    Mark Rutte, el actual Secretario General de la OTAN nació [Img #89358]para no molestar a los poderosos. Su biografía podría resumirse como la de un hombre que aprendió pronto el arte de doblar la cerviz, sin que por ello se llegara a notar  el crujido de sus vértebras.

 

    En el escenario grotesco de la actual política occidental, Rutte es ese personaje que entra por la puerta lateral, sonríe con moderación, pide permiso para hablar… y acaba administrando la sala mientras el público cree estar viendo una comedia de buenas maneras.

 

    Criado políticamente en el liberalismo neerlandés, Rutte fue desde el principio un contable del orden, un gestor aplicado del dogma neoliberal, convencido con Fukuyama de que la historia había terminado y que, por tanto, a partir de ese momento, lo único que quedaba era cuadrar balances, recortar derechos y llamar “responsabilidad” a la obediencia sumisa.

 

    Como primer ministro de los Países Bajos, gobernó durante años como quien pasa la mopa por un despacho: sin levantar polvo, sin grandes gestos, pero borrando sistemáticamente cualquier huella de conflicto social.

 

   En su etapa de ejecutivo nacional, Rutte se especializó en una habilidad muy concreta: decir no a los débiles y sí a los fuertes con el mismo tono versallescamente educado.

 

   Negó ayudas, bloqueó políticas sociales europeas, impuso disciplina fiscal a países en crisis y siempre lo hizo con la misma sonrisa estúpida y estereotipada de un funcionario ejemplar. No era crueldad: era simple convicción. Siempre estuvo convencido de que el mercado es un dios severo y que los pobres deberían aprender a rezarle mejor.

 

    Pero el esperpento alcanzó su plenitud cuando Rutte abandona el escenario doméstico holandés   y asciende, no por méritos morales sino por docilidad estructural,  nada menos que a la Secretaría General de la OTAN. En ese marco el muñeco encontró su teatrillo ideal. Ya no se trata de fingir neutralidad: ahora también tiene la oportunidad de ejercer la obediencia a gran escala, con banderas flamantes, uniformes y vocabulario solemne.

 

    Como Secretario General, Rutte deja de ser político y se convierte en ventrílocuo del imperio. Aunque podría pensarse que su boca parece moverse, se trata tan solo de  una sensación engañosa.  En realidad es una voz  emitida desde  la lejana ciudad de Washington.

 

   En lugar de defender la soberanía de los países miembros, se adelanta a cederla. En vez de moderar tensiones, las normaliza. Habla de “seguridad” mientras despliega tropas, de “estabilidad” mientras militariza territorios, de “liderazgo” mientras se inclina  con una docilidad que repugna ante cada exabrupto de la Casa Blanca.

 

   El clímax del esperpento se produce cuando Rutte se refiere a Donald Trump como si se tratara del  oráculo de Delfos. Allí, el personaje ya no se sostiene sobre sus propias piernas:  solo es capaz de  gatear. Justifica, explica, traduce y trata de suavizar la iracundia del amo.

 

   No corrige al matón; se dedica a limpiarle con esmero los nudillos. No defiende a la Europa que sus socios ultraconservadores le ha encargado defender; la presenta como una adolescente irresponsable que debe aprender a gastar más en armas para agradar al gran tutor.

 

  Con el tema de Groenlandia, el bufón se ha quitado la máscara. Habla en nombre de Dinamarca sin mandato alguno, decide sobre territorios que no le pertenecen y lo hace con la naturalidad del mayordomo que ofrece la casa ajena a un invitado poderoso.

   Cuando la primera ministra danesa le recuerda que no está negociando en su nombre, el esperpento se completa: el personaje queda en pelota picada, pillado en mitad del escenario sin un maldito trapo con el que taparse  sus tristes vergüenzas, confundiendo su papel con el del dueño del teatro.

 

  La verdad es que Rutte no tiene siquiera la categoría de un villano shakesperiano. Es peor: es un engranaje feliz, un hombre que cree sinceramente que servir al poder es una forma de virtud. No grita, no amenaza, no impone por la fuerza. Sonríe, explica y normaliza. Y justo en esa normalización reside su peligrosidad. El esperpento no necesita monstruos: le basta con estar rodeado de  con funcionarios lustrosamente bien peinados.

 

     Si la OTAN es hoy. -¿no lo fue alguna vez?-, una maquinaria cada vez más autoritaria, cada vez menos disimulada en su miserable subordinación a Estados Unidos, Rutte no puede ser interpretado como una anomalía: es su síntoma perfecto.

 

   Seguro que Rutte  no pasará ciertamente  a la Historia como un gran estratega, pero sí como algo mucho más revelador: el rostro afable de la sumisión, el hombre que convirtió la genuflexión en política exterior.

 

    En el espejo cóncavo del esperpento, Mark Rutte no aparece deformado. Aparece, por fin, tal como es.

 

 

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