Viernes, 23 de Enero de 2026

Actualizada

Viernes, 23 de Enero de 2026 a las 21:33:24 horas

| 1199 1
Viernes, 23 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

DAVOS, EL FORO DE LOS PRIVILEGIADOS: DONDE SE DECIDE EL MUNDO... SIN EL MUNDO

¿Puede un foro de multimillonarios salvar a un mundo que ellos mismos están poniendo en peligro?

Cada enero, un rincón de Suiza se convierte en el epicentro simbólico del poder global. El Foro de Davos reúne a presidentes, banqueros y grandes empresarios para debatir el rumbo del planeta. Dicen preocuparse por el cambio climático, la pobreza y la equidad. Pero las voces que allí se escuchan no representan al mundo real, sino a quienes lo administran desde las alturas. Este reportaje explora los orígenes, los objetivos y las contradicciones de un evento que promete soluciones mientras defiende el mismo sistema que genera los problemas.

 

POR MARTÍN ALVAREZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

     Si uno quisiera imaginar un lugar donde los grandes poderes del planeta se miran a los ojos, cierran tratos sin [Img #89337]firmar nada y deciden el rumbo del mundo como quien elige vino para la cena, no tendría que recurrir a la ficción. Ese lugar existe y se llama Davos.

 

    A primera vista, Davos es solo una pequeña ciudad suiza, con montañas nevadas, calles silenciosas y el aire limpio de los Alpes. Pero cada mes de enero, ese paraíso alpino se convierte en una suerte de [Img #89329]Olimpo moderno donde se reúnen los grandes empresarios, jefes de Estado, banqueros, tecnócratas y celebridades reconvertidas en activistas. Un club selecto, blindado por helicópteros y protocolos, en el que no hay espacio para las mayorías que habitan el mundo que estos hombres —y unas pocas mujeres— diseñan.

 

     El Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) nació en 1971, creado por Klaus Schwab, un economista alemán con buenas conexiones y mejores intuiciones. Lo que empezó como un encuentro empresarial europeo se transformó con los años en una auténtica cumbre global del poder. Desde entonces, el evento ha ganado prestigio, influencia y... poder, mucho poder. Porque Davos no es solo un foro de ideas, es una vitrina donde se exhiben consensos, se negocian privilegios y se cocinan futuros.

 

UN CLUB DE “PREOCUPADOS” POR EL MUNDO

    Los objetivos que proclama el Foro suenan, por supuesto, muy nobles. “Mejorar el estado del mundo” es su eslogan. Sostienen que buscan soluciones a los grandes problemas globales: el cambio climático, la desigualdad, las guerras, las pandemias.

 

    Dicen también preocuparse por el hambre, por la paz, por la inclusión. Pero basta con ver quién paga, quién asiste y quién toma la palabra, para empezar a desconfiar.

 

    En Davos no se decide directamente una guerra ni se redacta una ley. Pero sí se construye una narrativa que moldea cómo debemos entender el mundo. Es allí donde se redefine, por ejemplo, qué significa “progreso”, “innovación” o “desarrollo”. No es casualidad que los actores principales del foro sean los grandes CEO de empresas multinacionales, los directivos de bancos de inversión, los organismos internacionales y los gobiernos de las potencias económicas.

 

     Por supuesto, se cuela algún premio Nobel, algún activista cuidadosamente escogido o algún influencer con tono rebelde y sonrisa fotogénica. Pero cumplen, más que nada, una función decorativa. En el corazón del foro, las voces que realmente importan son las que mueven los flujos del capital.

 

DAVOS COMO ESCENARIO DE LA DESIGUALDAD ORDENADA

     Davos no es un invento maligno. Es, simplemente, un reflejo pulido de cómo funciona el mundo actual: unos pocos deciden, muchos ejecutan, la mayoría obedece. Pero lo que llama la atención no es solo quiénes están en Davos, sino quiénes no. No están los trabajadores que fabrican los dispositivos que allí se presentan como avances tecnológicos. No están las poblaciones desplazadas por guerras donde se juega la geopolítica. No están las comunidades empobrecidas por los tratados que allí se alaban como progreso.

 

     En teoría, el foro promueve la cooperación global. En la práctica, refuerza el consenso de los poderosos: que el mundo solo se puede gobernar desde la lógica del mercado. Que la competitividad es el único camino. Que el crecimiento económico —aunque beneficie a unos pocosdebe seguir siendo el faro de la humanidad.

 

     Y sin embargo, el propio Davos parece consciente de las grietas del sistema que sostiene. Desde hace algunos años, su discurso ha incorporado palabras como “inclusión”, “equidad”, “transición verde”. Incluso se habla de “capitalismo de partes interesadas”, como si una capa de barniz ético pudiera ocultar las desigualdades estructurales. Pero esas palabras resuenan huecas cuando quienes las pronuncian son los mismos que se benefician de la precariedad, el extractivismo y la evasión fiscal.

 

 

LA EDICIÓN DE 2026: MÁS TENSIÓN, MÁS RETÓRICA

   La edición del Foro recién celebrada este mismo enero de 2026 no fue la excepción. A pesar de que el mundo atraviesa una de las mayores crisis energéticas de las últimas décadas y una ola inflacionaria que golpea especialmente al Sur Global, el discurso dominante en Davos volvió a insistir en la necesidad de “equilibrar” las finanzas públicas, “estimular la innovación privada” y “reconstruir la confianza de los mercados”.

 

    En otras palabras, se presentaron como “soluciones globales” las mismas recetas de siempre: recortes, privatizaciones, flexibilización laboral. Todo ello disfrazado de sostenibilidad y bajo la promesa de una “cuarta revolución industrial”.

[Img #89328]

 

    Figuras como Christine Lagarde, Elon Musk, el primer ministro británico y el CEO de BlackRock fueron protagonistas de paneles donde la palabra “solidaridad” flotaba, extraña y paradójicamente, entre discursos de inversión en inteligencia artificial, gestión de riesgo y defensa de los derechos de propiedad intelectual.

 

    Mientras tanto, fuera de los muros del congreso, una nueva generación de manifestantesjóvenes trabajadores, ambientalistas, movimientos campesinos— gritaba lo que adentro nadie quería escuchar: “vuestras crisis, nuestras vidas”.

 

 
EL CAPITALISMO EN SU LABORATORIO DE ELITE

      Davos no es un parlamento, pero es más influyente que muchos de ellos. No tiene ejército, pero organiza el mundo con más eficacia que la mayoría de los gobiernos. Tampoco es una empresa, aunque actúa como una gran firma de consultoría global al servicio del capital más poderoso. Es un laboratorio de ideas… siempre que esas ideas no cuestionen los cimientos del sistema.

 

      Allí se testean conceptos como "resiliencia", "sostenibilidad", "transformación digital", "inversión social", "capitalismo inclusivo". Pero lo curioso es que cada una de estas palabras, cuando sale del microclima alpino de Davos, ya ha sido vaciada de su contenido más radical. Se convierten en etiquetas bonitas que adornan las mismas lógicas de acumulación, despojo y control que vienen operando desde hace décadas.

 

    Por ejemplo, se habló de transición ecológica. Pero se omitió que muchas de las empresas allí presentes —grandes petroleras, tecnológicas, mineras— son las principales responsables del colapso ambiental. Se habló de justicia fiscal, pero no se discutió en serio la existencia de paraísos fiscales, ni el poder de las multinacionales para eludir impuestos con total impunidad. Se habló de paz, mientras representantes de empresas armamentísticas paseaban sus tarjetas de invitación por los pasillos.

 

“CAPITALISMO DE STAKEHOLDERS”: UNA MÁSCARA PARA LA DESIGUALDAD

      Uno de los lemas más repetidos estos años ha sido el de “capitalismo de partes interesadas” (stakeholder capitalism). Es decir, un modelo que, según Schwab y compañía, busca reemplazar el capitalismo egoísta del accionista por uno más consciente de las comunidades, los trabajadores y el medio ambiente.

 

    Pero basta con escarbar un poco para ver que esta propuesta no representa un cambio de lógica, sino un cambio de discurso. Porque no se cuestiona el poder de las grandes corporaciones, ni la propiedad concentrada, ni la subordinación del trabajo al capital. Lo que se plantea es una especie de gestión amable de la desigualdad, un capitalismo maquillado de responsabilidad social.

 

     ¿Ejemplo? BlackRock, el megafondo de inversión que administra más dinero que el PIB de muchos países juntos, defiende esta “nueva” versión del capitalismo… mientras sigue invirtiendo en industrias contaminantes, empresas con antecedentes de violaciones laborales y proyectos extractivistas que expulsan comunidades enteras. ¿Es eso una transformación del sistema o solo un nuevo envoltorio?

 

LA VOZ AUSENTE: QUIÉNES NO TIENEN SITIO EN LA MESA

      Lo que nunca se dice en Davos es que buena parte del sufrimiento global es una consecuencia directa del orden que allí se celebra. Las políticas de ajuste estructural, las reformas laborales regresivas, la mercantilización de los derechos sociales, los tratados comerciales desiguales, no son errores del sistema: son su esencia. Y en Davos se actualizan, se revisten, se legitiman.

 

     Los trabajadores precarios del Sur Global, los pueblos desplazados por megaproyectos, las mujeres que sostienen la vida en medio del abandono institucional, las juventudes sin futuro que llenan las calles de protesta… no tienen asiento en la mesa de Davos. Y si lo tienen, es simbólico. Las decisiones que les afectan se toman sin ellos.

 

     Y sin embargo, son estos mismos sectores los que, organizados, han sido protagonistas de las resistencias más potentes del último tiempo. Desde los chalecos amarillos en Francia, hasta las luchas por la tierra en América Latina o los movimientos antirracistas  que desafían el orden desde abajo. Son ellos quienes están diciendo que otro mundo no solo es posible, sino urgente.

 

DAVOS 2026: EL MUNDO REVIENTA, EL FORO SIMULA

   La edición de 2026 terminó con una imagen que resume bien el momento actual: mientras se celebraba una cena de gala con champán y foie gras, fuera del recinto miles de personas se manifestaban bajo una nevada espesa, con carteles que decían: “No hay planeta B”, “Vuestras soluciones son nuestro problema”, “Nosotros también queremos decidir”.

 

   Y es que el mundo parece haber llegado a un punto de inflexión. Las crisis se multiplican: climática, económica, energética, alimentaria, migratoria. Pero en lugar de replantear el modelo, Davos ofrece más de lo mismo. Tecnología, innovación, eficiencia, control. El futuro, según Davos es un futuro gestionado por algoritmos, vigilado por drones y ordenado por mercados.

 

FUENTES CONSULTADAS

 

 
Comentarios (1) Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.137

  • Caroline F.

    Caroline F. | Viernes, 23 de Enero de 2026 a las 16:37:35 horas

    El Foro de los criminales, se podría llamar. Son responsables de más muertes y más desgracias que cualquier ejercito.

    Accede para responder

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.