LA LENGUA DE LOS GUANCHES COMO LEGADO: RASTROS, HISTORIA Y RECONSTRUCCIÓN LINGÜÍSTICA
Rumén Sosa plantea una reconstrucción lingüística desde el amazigh moderno
La lengua de los antiguos canarios, aunque extinguida como forma viva de comunicación, sigue resonando en la memoria cultural del archipiélago. Sus huellas persisten en nombres, expresiones populares y documentos históricos. La investigación del historiador Rumén Sosa ofrece una nueva lectura de este legado, proponiendo su reconstrucción como parte esencial de la identidad canaria.
Por EUGENIO FERNÁNDEZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Aunque extinguida como forma de comunicación viva, la lengua de los aborígenes canarios sigue hablando de formas sutiles en el paisaje lingüístico y cultural de las Islas. Su rastro, silencioso, pero persistente, se percibe en los nombres de lugares, en algunos apellidos que han desafiado al tiempo y en palabras que sobreviven entre expresiones populares.
Lejos de haber sido erradicada por completo, la lengua de los antiguos pobladores, conocidos genéricamente como guanches, resiste desde la sombra, esperando ser descifrada. Esa es, precisamente, la tarea que se ha propuesto el doctor en Historia Rumén Sosa, cuya investigación exhaustiva, desarrollada durante una década, reabre con nuevos argumentos y hallazgos un campo que muchos consideraban cerrado.
UN ARCHIPIÉLAGO DE HABLAS CON RAÍCES COMUNES
Contrario a la idea de una única lengua común entre los aborígenes canarios, las investigaciones actuales apuntan a que el guanche no fue un idioma homogéneo, sino un mosaico de variantes insulares emparentadas entre sí. Estas hablas, aunque compartían un origen común, eran lo suficientemente distintas como para dificultar la comprensión mutua entre isleños, hasta el punto de que, durante la Conquista, fue necesario emplear intérpretes indígenas para facilitar la comunicación entre habitantes de distintas islas.
Esta diversidad no impide reconocer que todas esas lenguas pertenecen, según confirma la investigación de Sosa, al tronco amazigh, desechando definitivamente cualquier vínculo con otras familias lingüísticas como el vascuence.
LO QUE QUEDÓ: RASTROS EN PIEDRA, NOMBRES Y PALABRAS
La documentación que ha llegado hasta nuestros días sobre estas lenguas ha sobrevivido de forma dispersa y fragmentaria.
El principal legado lingüístico se encuentra en la toponimia, con nombres de lugares que aún hoy perviven. Se conservan, asimismo, algunos apellidos y nombres personales de raíz aborigen, formando parte de la memoria colectiva de las islas. A ello se suman palabras sueltas y expresiones recogidas por cronistas tras la conquista, así como inscripciones en rocas —algunas con escritura líbico‑bereber— que completan el mapa de vestigios lingüísticos.
Lo verdaderamente revelador en la propuesta de Rumén Sosa no es solo su clasificación del guanche como lengua amazigh, sino su visión integral del proceso de desaparición.
Frente a las narrativas que lo presentan como un colapso lingüístico inmediato tras la Conquista, Sosa sostiene que la sustitución del guanche por el castellano fue un proceso lento, conflictivo y lleno de matices.
No se trató - según su investigación - de una extinción repentina, sino de una lenta retirada a lo largo de tres o cuatro generaciones. Durante más de un siglo, las islas vivieron un periodo de bilingüismo en el que los hablantes indígenas continuaron utilizando su lengua materna, incluso cuando adoptaban el castellano por razones prácticas o de prestigio.
De hecho, hay constancia documental de aborígenes que, décadas después de la incorporación del archipiélago a la Corona de Castilla, seguían siendo monolingües en guanche.
LA LENGUA BAJO SOSPECHA: CRISTIANISMO Y ESTIGMATIZACIÓN
Esta persistencia tuvo también sus epicentros. La comarca del valle de Güímar, en Tenerife, por ejemplo, fue uno de los espacios donde la lengua guanche resistió por más tiempo, en parte gracias al prestigio simbólico que adquirió el culto a la Virgen de Candelaria.
Pero el contexto general fue muy distinto. El castellano se impuso no solo como lengua del poder, sino como marca de legitimidad religiosa y social. Hablar “cristiano” pasó a significar hablar castellano, mientras que la lengua de los antiguos habitantes de las islas fue relegada al silencio, asociada a un mundo arcaico que debía ser superado.
Sosa, sin embargo, no se detiene en la constatación del declive. Su trabajo propone un cambio de paradigma: pasar del inventario léxico —que ha sido el método dominante durante décadas— a un enfoque reconstruccionista basado en la lingüística comparada.
Utilizando las lenguas amazigh modernas, aún habladas en zonas del norte de África, el historiador sugiere que es posible recuperar aspectos del sistema verbal guanche y otras estructuras gramaticales que no fueron registradas por los cronistas. Esta labor se apoya también en el análisis detallado de documentos históricos, como testamentos y registros coloniales, muchos de los cuales aún permanecen sin estudiar en archivos de Canarias, la Península e incluso otros países.
LO QUE LA LENGUA DICE DE NOSOTROS
Este método comparado no solo permite recuperar palabras, sino también reconstruir parte de la lógica interna del idioma. Lo que sobrevive —en la toponimia, en los registros coloniales, en el habla popular— no es un residuo sin valor, sino una herencia lingüística que nos habla de resistencia, identidad y continuidad cultural.
Hoy, cuando las voces indígenas ya no pueden hablarnos directamente, el trabajo de investigadores como Rumén Sosa recuerda que toda lengua es una forma de ver el mundo. En el caso del guanche, recuperar esa mirada —aunque sea parcialmente— significa también rescatar una parte silenciada de nuestra historia.
Por EUGENIO FERNÁNDEZ PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Aunque extinguida como forma de comunicación viva, la lengua de los aborígenes canarios sigue hablando de formas sutiles en el paisaje lingüístico y cultural de las Islas. Su rastro, silencioso, pero persistente, se percibe en los nombres de lugares, en algunos apellidos que han desafiado al tiempo y en palabras que sobreviven entre expresiones populares.
Lejos de haber sido erradicada por completo, la lengua de los antiguos pobladores, conocidos genéricamente como guanches, resiste desde la sombra, esperando ser descifrada. Esa es, precisamente, la tarea que se ha propuesto el doctor en Historia Rumén Sosa, cuya investigación exhaustiva, desarrollada durante una década, reabre con nuevos argumentos y hallazgos un campo que muchos consideraban cerrado.
UN ARCHIPIÉLAGO DE HABLAS CON RAÍCES COMUNES
Contrario a la idea de una única lengua común entre los aborígenes canarios, las investigaciones actuales apuntan a que el guanche no fue un idioma homogéneo, sino un mosaico de variantes insulares emparentadas entre sí. Estas hablas, aunque compartían un origen común, eran lo suficientemente distintas como para dificultar la comprensión mutua entre isleños, hasta el punto de que, durante la Conquista, fue necesario emplear intérpretes indígenas para facilitar la comunicación entre habitantes de distintas islas.
Esta diversidad no impide reconocer que todas esas lenguas pertenecen, según confirma la investigación de Sosa, al tronco amazigh, desechando definitivamente cualquier vínculo con otras familias lingüísticas como el vascuence.
LO QUE QUEDÓ: RASTROS EN PIEDRA, NOMBRES Y PALABRAS
La documentación que ha llegado hasta nuestros días sobre estas lenguas ha sobrevivido de forma dispersa y fragmentaria.
El principal legado lingüístico se encuentra en la toponimia, con nombres de lugares que aún hoy perviven. Se conservan, asimismo, algunos apellidos y nombres personales de raíz aborigen, formando parte de la memoria colectiva de las islas. A ello se suman palabras sueltas y expresiones recogidas por cronistas tras la conquista, así como inscripciones en rocas —algunas con escritura líbico‑bereber— que completan el mapa de vestigios lingüísticos.
Lo verdaderamente revelador en la propuesta de Rumén Sosa no es solo su clasificación del guanche como lengua amazigh, sino su visión integral del proceso de desaparición.
Frente a las narrativas que lo presentan como un colapso lingüístico inmediato tras la Conquista, Sosa sostiene que la sustitución del guanche por el castellano fue un proceso lento, conflictivo y lleno de matices.
No se trató - según su investigación - de una extinción repentina, sino de una lenta retirada a lo largo de tres o cuatro generaciones. Durante más de un siglo, las islas vivieron un periodo de bilingüismo en el que los hablantes indígenas continuaron utilizando su lengua materna, incluso cuando adoptaban el castellano por razones prácticas o de prestigio.
De hecho, hay constancia documental de aborígenes que, décadas después de la incorporación del archipiélago a la Corona de Castilla, seguían siendo monolingües en guanche.
LA LENGUA BAJO SOSPECHA: CRISTIANISMO Y ESTIGMATIZACIÓN
Esta persistencia tuvo también sus epicentros. La comarca del valle de Güímar, en Tenerife, por ejemplo, fue uno de los espacios donde la lengua guanche resistió por más tiempo, en parte gracias al prestigio simbólico que adquirió el culto a la Virgen de Candelaria.
Pero el contexto general fue muy distinto. El castellano se impuso no solo como lengua del poder, sino como marca de legitimidad religiosa y social. Hablar “cristiano” pasó a significar hablar castellano, mientras que la lengua de los antiguos habitantes de las islas fue relegada al silencio, asociada a un mundo arcaico que debía ser superado.
Sosa, sin embargo, no se detiene en la constatación del declive. Su trabajo propone un cambio de paradigma: pasar del inventario léxico —que ha sido el método dominante durante décadas— a un enfoque reconstruccionista basado en la lingüística comparada.
Utilizando las lenguas amazigh modernas, aún habladas en zonas del norte de África, el historiador sugiere que es posible recuperar aspectos del sistema verbal guanche y otras estructuras gramaticales que no fueron registradas por los cronistas. Esta labor se apoya también en el análisis detallado de documentos históricos, como testamentos y registros coloniales, muchos de los cuales aún permanecen sin estudiar en archivos de Canarias, la Península e incluso otros países.
LO QUE LA LENGUA DICE DE NOSOTROS
Este método comparado no solo permite recuperar palabras, sino también reconstruir parte de la lógica interna del idioma. Lo que sobrevive —en la toponimia, en los registros coloniales, en el habla popular— no es un residuo sin valor, sino una herencia lingüística que nos habla de resistencia, identidad y continuidad cultural.
Hoy, cuando las voces indígenas ya no pueden hablarnos directamente, el trabajo de investigadores como Rumén Sosa recuerda que toda lengua es una forma de ver el mundo. En el caso del guanche, recuperar esa mirada —aunque sea parcialmente— significa también rescatar una parte silenciada de nuestra historia.

























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