CUANDO HOLLYWOOD ROBÓ A LOS HISTORIADORES EL RELATO AUTÉNTICO DE LA II GUERRA MUNDIAL
Cómo una potencia que perdió 418.500 vidas terminó ocupando el centro de una guerra que costó decenas de millones de muertos en la URSS y Asia.
Hollywood convirtió la Segunda Guerra Mundial en un relato reconocible para millones de personas, pero no necesariamente en uno proporcional a lo ocurrido. Según el autor de este artículo, nuestro colaborador Manuel Medina, mientras la URSS y varios países asiáticos acumulaban decenas de millones de muertos, Estados Unidos —que entró en la guerra en 1941 y sufrió unas 418.500 bajas mortales— terminó ocupando el centro de la memoria visual del conflicto. Este reportaje reconstruye cómo se produjo esa transformación y qué papel jugaron en ese cambio, el cine, la propaganda y la posguerra.
POR MANUEL MEDINA(*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay un pequeño experimento que cualquiera de los lectores
puede hacer consigo mismo. Cierre por un momento los ojos y piense unos segundos en la II Guerra Mundial. Probablemente por su mente desfilarán Pearl Harbor, unas lanchas aproximándose a las playas de Normandía, los soldados norteamericanos avanzando bajo el fuego alemán, el general Patton, las Ardenas, Iwo Jima, y hasta quizás, la bandera estadounidense siendo heroicamente izada en el monte Suribachi.
Ahora intente recordar alguna imagen equivalente de los millones de chinos que llevaban años muriendo antes de Pearl Harbor. O de los habitantes de las Indias Orientales Neerlandesas. De los indios muertos durante los años de guerra. De Leningrado. De Bielorrusia. De los soldados soviéticos que llegaron finalmente hasta el mismísimo centro de Berlín y acabaron con el III Reich.
La diferencia que seguramente ha experimentado entre ambos ejercicios no es nada casual. Es el resultado de ochenta años durante los cuales la Guerra que efectivamente ocurrió y la Guerra que Occidente aprendió a recordar fueron separándose poco a poco, paulatinamente, hasta perderse en la distancia.
Las cifras bastan para empezar a percibir la magnitud de esa distancia. El National WWII Museum estima aproximadamente 24 millones de muertos en la Unión Soviética y 20 millones en China. Polonia perdió unos 5,6 millones; las Indias Orientales Neerlandesas —la actual Indonesia— entre 3 y 4 millones; India entre 1,5 y 2,5 millones; la Indochina francesa entre uno y millón y medio; Filipinas entre medio millón y un millón.
Las distancias con estas otras cifras son brutales: Estados Unidos perdió unas 418.500 personas. Reino Unido, unas 450.700. Francia, alrededor de 567.600. Las estimaciones varían según las metodologías, especialmente cuando se incluyen las muertes indirectas provocadas por hambre y enfermedades, pero la desproporción general no admite demasiadas dudas. La II Guerra Mundial que se instaló y arraigó en nuestra retina no se parece demasiado al mapa de sus muertos.
UNA GUERRA QUE EN ASIA HABÍA COMENZADO CUATRO AÑOS ANTES DE PEARL HARBOR
Hasta la cronología cambia dependiendo del lugar desde el que se cuente la historia. Para millones de asiáticos, la Guerra Mundial no empezó con Hitler entrando en Polonia en septiembre de 1939 y mucho menos con Pearl Harbor en diciembre de 1941. China combatía a gran escala contra Japón desde julio de 1937. El historiador Richard B. Frank calcula que la guerra de Asia-Pacífico pudo causar al menos 25 millones de muertos, unos 19 millones de ellos no combatientes.
Cuando los estadounidenses entraron oficialmente en la guerra, los chinos llevaban cuatro años y medio sufriéndola.
Estados Unidos declaró la guerra a Japón el 8 de diciembre de 1941, después de Pearl Harbor. En Europa ni siquiera fue Washington quien declaró inicialmente la guerra a Berlín: Hitler lo hizo el 11 de diciembre y el Congreso estadounidense respondió ese mismo día reconociendo formalmente el estado de guerra.
Para entonces Polonia llevaba más de dos años ocupada y la Unión Soviética soportaba desde junio una guerra de exterminio de dimensiones colosales.
El United States Holocaust Memorial Museum describe el frente germano-soviético como el mayor y más mortífero escenario de toda la Segunda Guerra Mundial. Fueron las fuerzas soviéticas las que finalmente empujaron al ejército alemán hacia el oeste y conquistaron Berlín en la primavera de 1945.
Nada de esto reduce la importancia de la extraordinaria potencia industrial estadounidense, del suministro aliado, de la campaña aérea, de la guerra en el Pacífico ni del desembarco de Normandía. Lo que modifica es la escala. Porque Normandía fue importante. Pero no fue la Segunda Guerra Mundial.
LOS QUE ACABABAN DE VIVIRLA LO TENÍAN MUCHO MÁS CLARO
Justo en este punto, aparece uno de los datos más sorprendentes de toda esta historia. En mayo de 1945, cuando aún podían verse las ruinas y los supervivientes estaban regresando de los campos de batalla y de concentración, encuestadores del instituto francés IFOP preguntaron a los ciudadanos quién había contribuido más a la derrota de Alemania.
- El 57 % respondió que la Unión Soviética.
- Sólo un 20 % señaló a Estados Unidos y un 12 % a Gran Bretaña.
Es difícil imaginar un testimonio colectivo más cercano a los acontecimientos bélicos. Sin embargo, 79 años después, en 2024, la empresa YouGov repitió esencialmente la pregunta. En Francia, el 47 % atribuía ahora el papel principal a Estados Unidos y sólo el 17 % a la URSS. En Estados Unidos, el 59 % escogía a su propio país y apenas el 13 % a los soviéticos. Incluso en Alemania, el 34 % señalaba a Estados Unidos y el 31 % a la URSS.
Los sondeos realizados en el año 2025 volvieron a encontrar el mismo fenómeno: entre europeos y estadounidenses, sólo entre el 17 y el 28 % atribuía a la URSS el mayor papel en la derrota nazi, mientras entre el 40 y el 52 % escogió a los Estados Unidos.
Estos datos no demuestran que Hollywood sea el único responsable de esa inversión en la percepción histórica. Intervinieron también la Guerra Fría, los sistemas educativos, las conmemoraciones, la televisión, la industria editorial y, naturalmente, el nacionalismo de cada país.
Pero demuestra algo difícil de discutir: la memoria cambió. Y cambió en sentido contrario a la contabilidad real de los muertos.
CUANDO EL GOBIERNO DE EE.UU. DESCUBRIÓ EL PODER DE HOLLYWOOD
Hollywood no necesitó que un funcionario dictara cada guion para funcionar como formidable instrumento de propaganda. Durante la guerra, Washington había creado una estructura específicamente destinada a coordinar la información: la Office of War Information (OWI). Los Archivos Nacionales estadounidenses explican que utilizaba prensa, radio, fotografía y cine para sus campañas. Su Bureau of Motion Pictures actuaba como enlace entre el Gobierno y la industria cinematográfica en cuestiones de producción, distribución y exhibición.
La Biblioteca del Congreso conserva incluso los archivos de aquella relación. El Bureau solicitaba guiones a los grandes estudios de Hollywood y los revisaba. Formalmente, su aprobación era consultiva, no una censura obligatoria, pero buscaba que las películas transmitieran mensajes compatibles con los objetivos de guerra aliados.
No es una interpretación retrospectiva: existe un documento llamado literalmente Government Information Manual for the Motion Picture Industry. En una de sus recomendaciones recordaba a los cineastas que «war means death. It means suffering and sorrow»: es decir, "la guerra significaba muerte, sufrimiento y dolor".
El Estado estadounidense había comprendido perfectamente que una película podía conseguir lo que un discurso político difícilmente lograba: transformar acontecimientos lejanos en experiencias emocionales compartidas por millones de espectadores.
El historiador canadiense Jacques R. Pauwels, al que Canarias Semanal entrevistó, comienza precisamente ahí "El mito de la guerra buena". Señala que buena parte de aquello que las generaciones posteriores asumieron acerca de la participación estadounidense procedía del cine y cita expresamente las innumerables películas de los años cincuenta y sesenta que presentaron la intervención de Estados Unidos como si de una cruzada destinada a restaurar la libertad y la justicia se tratara.
Y no habla sólo de Hollywood. Señala también a los documentales, "Life", "Saturday Evening Post", "Reader's Digest", la iconografía de Norman Rockwell y las grandes conmemoraciones como componentes de una misma memoria pública.
HUBO UN TIEMPO EN QUE HOLLYWOOD AMABA A LOS RUSOS
La ironía histórica es formidable. Durante la guerra, cuando Stalin era una pieza imprescindible para derrotar a Hitler, Hollywood podía presentar a los soviéticos como aliados admirables. Películas como Mission to Moscow, The North Star o Song of Russia, algunas de las cuales pueden verse todavía en YouTube, ofrecieron imágenes claramente favorables a la URSS.
Luego llegó la Guerra Fría. El aliado que había soportado el mayor número de muertos europeos, ya podía convertirse en enemigo.
Tony Shaw documenta en "Hollywood's Cold War" cómo cine, política exterior y propaganda estuvieron estrechamente entrelazadas durante décadas. En su investigación aparecen el FBI, el Departamento de Estado, la CIA, la USIA y el Pentágono relacionándose de distintas maneras con la producción y difusión cinematográfica. La cooperación podía consistir en asistencia logística, financiación, contactos privados e incluso apoyo encubierto a determinadas producciones.
Shaw sostiene, además, que las películas no sólo reflejaban la Guerra Fría: contribuían a determinar cómo debían entenderla los públicos estadounidenses y extranjeros.
Así se produce una metamorfosis extraordinaria. El soviético de 1943 podía ser el campesino heroico que resistía al agresor ejército de Hitler. El de los años cincuenta se había convertido en agente, conspirador, burócrata gris o amenaza planetaria. El pasado también quedaba iluminado por las nuevas necesidades del presente.
COMO NORMANDÍA TERMINÓ DEVORANDO A STALINGRADO
El desembarco del 6 de junio de 1944 fue una gigantesca operación militar y su importancia está fuera de discusión. Pero basta observar las fechas para situarlo en su justa medida en el marco del desenlace de la guerra. Stalingrado había terminado el 2 de febrero de 1943. Normandía comenzó dieciséis meses después.
Cuando los estadounidenses desembarcaron masivamente en Francia, la Wehrmacht llevaba años consumiéndose irreversiblemente en el Este. Sin embargo, una operación esencial terminó convertida culturalmente en "la operación que había decidido la guerra".
El historiador Pauwels señala precisamente cómo El día más largo, la superproducción de 1962, y las posteriores conmemoraciones del Día D contribuyeron a otorgar a Normandía una centralidad que puede hacer olvidar lo que ocurría simultáneamente en el Este.
Y después, claro, llegaron Patton, A Bridge Too Far, Saving Private Ryan, Band of Brothers y un interminable repertorio de imágenes extraordinariamente poderosas. No hay nada falso en mostrar el sufrimiento de Omaha Beach. La distorsión aparece cuando Omaha se convierte, para varias generaciones, en sinónimo visual de la derrota del nazismo mientras Leningrado, Stalingrado, Kursk o la operación Bagration quedan totalmente fuera de su imaginario.
Algo semejante ocurrió con Asia. Richard B. Frank ha señalado que la narrativa occidental acostumbra a comenzar la guerra asiática en Pearl Harbor, dejando fuera cuatro años de guerra chino-japonesa y, con ellos, la inmensa mayoría de los muertos de aquel escenario. Cambiar la fecha de comienzo cambia también quién aparece como protagonista.
![[Img #94572]](https://canarias-semanal.org/upload/images/09_2026/4932_pearl.jpg)
CUANDO EUROPA ABRIÓ SUS PANTALLAS
La guerra terminó, pero Hollywood salió de ella con una ventaja formidable: una industria intacta frente a cinematografías europeas devastadas y economías necesitadas de dólares.
El caso francés es especialmente revelador. En 1946 se firmaron los acuerdos Blum-Byrnes, dentro de una negociación económica mucho más amplia entre París y Washington. En materia cinematográfica se flexibilizó el antiguo sistema de protección al cine francés. Una intervención en el Senado francés de 1947 resumía la polémica con cifras muy expresivas: frente a la pretensión francesa de reservar siete semanas de cada trece a producciones nacionales, el acuerdo con los EE.UU. dejó cuatro semanas para películas francesas y nueve semanas abiertas a las extranjeras, en la práctica fundamentalmente estadounidenses.
Aquello desató una enorme reacción entre cineastas y trabajadores franceses. Pero tampoco aquí conviene sustituir un mito por otro. Estudios posteriores han advertido que la llamada «leyenda negra» de Blum-Byrnes exageró algunos de sus efectos y que no puede reducirse el proceso de penetración cinematográfica estadounidense a un único acuerdo.
La cuestión realmente importante es otra. Europa salió de la guerra necesitando capital, reconstrucción y productos. Estados Unidos salió convertido en potencia económica dominante y poseedor de la industria audiovisual más poderosa del planeta. Las películas eran mercancías. Pero también contenían héroes, villanos, mapas, banderas y explicaciones de quién había salvado a quién. Hollywood construyó el imaginario colectivo y logró hacerlo, en gran medida, a escala planetaria.
El National WWII Museum calcula que sólo las muertes militares soviéticas superaron a las estadounidenses aproximadamente en una proporción de veinte a uno. Si se añaden los civiles, la distancia resulta incomparablemente mayor.
![[Img #94558]](https://canarias-semanal.org/upload/images/09_2026/4996_7615_estadistica.jpg)
Reconocer todo esto no significa, ni mucho menos, minimizar la contribución estadounidense a la derrota del Eje. Significa, simplemente, devolver las proporciones adecuadas a una historia que durante décadas fue contada desde una parcialidad ahistórica gigantesca.
Estados Unidos aportó industria, hombres, financiación, aviación, flotas y abrió un frente decisivo en Europa occidental. Pero no fue el país que más tiempo combatió, ni el que soportó la mayor parte de la destrucción, ni mucho menos el que puso más muertos, ni el que le causó mas daño al común enemigo nazi.
La diferencia entre esos hechos y la memoria que hoy conservamos constituye quizás la parte más reveladora de esta historia. En 1945, quienes acababan de vivir la guerra atribuían a la Unión Soviética un papel mucho mayor en la derrota de Alemania que el que le concede hoy buena parte de la opinión pública occidental. Entre una percepción y otra mediaron la Guerra Fría, la transformación del antiguo aliado en enemigo, el predominio económico y cultural estadounidense, la apertura de las pantallas europeas a Hollywood y decenas de años de películas, series, documentales y conmemoraciones que fueron fijando un repertorio de imágenes cada vez más uniforme.
LA HISTORIA NO FUE BORRADA. FUE ENCUADRADA.
Normandía existió. Pearl Harbor existió. Las Ardenas existieron. Los soldados estadounidenses murieron y combatieron realmente. La operación ideológica efectuada por la "fábrica de sueños" no consistió en inventar episodios que nunca habían sucedido. Fue mucho más sutil: determinadas partes de la guerra fueron exageradas e iluminadas una y otra vez, mientras otras quedaban progresivamente en impenetrable penumbra. Y lo que se repite durante generaciones termina pareciendo no una versión de la historia, sino la historia misma.
Por eso, volver hoy sobre las cifras no es un mero ejercicio contable ni una competición macabra entre muertos. Es una cuestión de simple justicia histórica. Detrás de los 24 millones de soviéticos, de los cerca de 20 millones de chinos, de los millones de polacos, indonesios, indios, vietnamitas, yugoslavos o filipinos no hay simples columnas estadísticas: hay sociedades enteras devastadas, ciudades destruidas, familias desaparecidas y generaciones que pagaron un precio difícil de imaginar.
Quizá la mayor distorsión no haya consistido en afirmar que Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial. La verdadera distorsión fue conseguir que, para millones de personas, resultara cada vez más difícil imaginar que aquella guerra pudiera haber tenido otros protagonistas diferentes a los que nos han hecho creer.
Y ahí se encuentra la paradoja final. La potencia que llegó bastante tarde al conflicto terminó ocupando el primer puesto en nuestra memoria.
La mayoría de los muertos reales, en cambio, no tuvo nunca ningún Hollywood que contara su dramática y desconocida historia.
(*) MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor de varios libros, entre los que se encuentran "El Gran Reajuste" y "Los BRICS: Esperanza o ilusión", ambos de la Editorial Semilla, y el último, de próxima aparición en el presente mes de septiembre.
Fuentes consultadas:
- National WWII Museum, “Research Starters: Worldwide Deaths in World War II”.
- United States Holocaust Memorial Museum, materiales sobre la Unión Soviética y el frente oriental.
- IFOP, sondeos históricos sobre la percepción francesa del papel de los aliados en la derrota de Alemania.
- YouGov, encuestas de 2024 y 2025 sobre qué país desempeñó el papel principal en la derrota de la Alemania nazi.
- National Archives and Records Administration (EE.UU.), documentación sobre la Office of War Information y la propaganda durante la Segunda Guerra Mundial.
- Jacques R. Pauwels, El mito de la guerra buena. EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial.
- Tony Shaw, Hollywood’s Cold War.
- Clayton R. Koppes y Gregory D. Black, Hollywood Goes to War: How Politics, Profits, and Propaganda Shaped World War II Movies.
- Persée, estudios históricos sobre los acuerdos Blum-Byrnes y su impacto en el cine francés.
POR MANUEL MEDINA(*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Hay un pequeño experimento que cualquiera de los lectores
puede hacer consigo mismo. Cierre por un momento los ojos y piense unos segundos en la II Guerra Mundial. Probablemente por su mente desfilarán Pearl Harbor, unas lanchas aproximándose a las playas de Normandía, los soldados norteamericanos avanzando bajo el fuego alemán, el general Patton, las Ardenas, Iwo Jima, y hasta quizás, la bandera estadounidense siendo heroicamente izada en el monte Suribachi.
Ahora intente recordar alguna imagen equivalente de los millones de chinos que llevaban años muriendo antes de Pearl Harbor. O de los habitantes de las Indias Orientales Neerlandesas. De los indios muertos durante los años de guerra. De Leningrado. De Bielorrusia. De los soldados soviéticos que llegaron finalmente hasta el mismísimo centro de Berlín y acabaron con el III Reich.
La diferencia que seguramente ha experimentado entre ambos ejercicios no es nada casual. Es el resultado de ochenta años durante los cuales la Guerra que efectivamente ocurrió y la Guerra que Occidente aprendió a recordar fueron separándose poco a poco, paulatinamente, hasta perderse en la distancia.
Las cifras bastan para empezar a percibir la magnitud de esa distancia. El National WWII Museum estima aproximadamente 24 millones de muertos en la Unión Soviética y 20 millones en China. Polonia perdió unos 5,6 millones; las Indias Orientales Neerlandesas —la actual Indonesia— entre 3 y 4 millones; India entre 1,5 y 2,5 millones; la Indochina francesa entre uno y millón y medio; Filipinas entre medio millón y un millón.
Las distancias con estas otras cifras son brutales: Estados Unidos perdió unas 418.500 personas. Reino Unido, unas 450.700. Francia, alrededor de 567.600. Las estimaciones varían según las metodologías, especialmente cuando se incluyen las muertes indirectas provocadas por hambre y enfermedades, pero la desproporción general no admite demasiadas dudas. La II Guerra Mundial que se instaló y arraigó en nuestra retina no se parece demasiado al mapa de sus muertos.
UNA GUERRA QUE EN ASIA HABÍA COMENZADO CUATRO AÑOS ANTES DE PEARL HARBOR
Hasta la cronología cambia dependiendo del lugar desde el que se cuente la historia. Para millones de asiáticos, la Guerra Mundial no empezó con Hitler entrando en Polonia en septiembre de 1939 y mucho menos con Pearl Harbor en diciembre de 1941. China combatía a gran escala contra Japón desde julio de 1937. El historiador Richard B. Frank calcula que la guerra de Asia-Pacífico pudo causar al menos 25 millones de muertos, unos 19 millones de ellos no combatientes.
Cuando los estadounidenses entraron oficialmente en la guerra, los chinos llevaban cuatro años y medio sufriéndola.
Estados Unidos declaró la guerra a Japón el 8 de diciembre de 1941, después de Pearl Harbor. En Europa ni siquiera fue Washington quien declaró inicialmente la guerra a Berlín: Hitler lo hizo el 11 de diciembre y el Congreso estadounidense respondió ese mismo día reconociendo formalmente el estado de guerra.
Para entonces Polonia llevaba más de dos años ocupada y la Unión Soviética soportaba desde junio una guerra de exterminio de dimensiones colosales.
El United States Holocaust Memorial Museum describe el frente germano-soviético como el mayor y más mortífero escenario de toda la Segunda Guerra Mundial. Fueron las fuerzas soviéticas las que finalmente empujaron al ejército alemán hacia el oeste y conquistaron Berlín en la primavera de 1945.
Nada de esto reduce la importancia de la extraordinaria potencia industrial estadounidense, del suministro aliado, de la campaña aérea, de la guerra en el Pacífico ni del desembarco de Normandía. Lo que modifica es la escala. Porque Normandía fue importante. Pero no fue la Segunda Guerra Mundial.
LOS QUE ACABABAN DE VIVIRLA LO TENÍAN MUCHO MÁS CLARO
Justo en este punto, aparece uno de los datos más sorprendentes de toda esta historia. En mayo de 1945, cuando aún podían verse las ruinas y los supervivientes estaban regresando de los campos de batalla y de concentración, encuestadores del instituto francés IFOP preguntaron a los ciudadanos quién había contribuido más a la derrota de Alemania.
- El 57 % respondió que la Unión Soviética.
- Sólo un 20 % señaló a Estados Unidos y un 12 % a Gran Bretaña.
Es difícil imaginar un testimonio colectivo más cercano a los acontecimientos bélicos. Sin embargo, 79 años después, en 2024, la empresa YouGov repitió esencialmente la pregunta. En Francia, el 47 % atribuía ahora el papel principal a Estados Unidos y sólo el 17 % a la URSS. En Estados Unidos, el 59 % escogía a su propio país y apenas el 13 % a los soviéticos. Incluso en Alemania, el 34 % señalaba a Estados Unidos y el 31 % a la URSS.
Los sondeos realizados en el año 2025 volvieron a encontrar el mismo fenómeno: entre europeos y estadounidenses, sólo entre el 17 y el 28 % atribuía a la URSS el mayor papel en la derrota nazi, mientras entre el 40 y el 52 % escogió a los Estados Unidos.
Estos datos no demuestran que Hollywood sea el único responsable de esa inversión en la percepción histórica. Intervinieron también la Guerra Fría, los sistemas educativos, las conmemoraciones, la televisión, la industria editorial y, naturalmente, el nacionalismo de cada país.
Pero demuestra algo difícil de discutir: la memoria cambió. Y cambió en sentido contrario a la contabilidad real de los muertos.
CUANDO EL GOBIERNO DE EE.UU. DESCUBRIÓ EL PODER DE HOLLYWOOD
Hollywood no necesitó que un funcionario dictara cada guion para funcionar como formidable instrumento de propaganda. Durante la guerra, Washington había creado una estructura específicamente destinada a coordinar la información: la Office of War Information (OWI). Los Archivos Nacionales estadounidenses explican que utilizaba prensa, radio, fotografía y cine para sus campañas. Su Bureau of Motion Pictures actuaba como enlace entre el Gobierno y la industria cinematográfica en cuestiones de producción, distribución y exhibición.
La Biblioteca del Congreso conserva incluso los archivos de aquella relación. El Bureau solicitaba guiones a los grandes estudios de Hollywood y los revisaba. Formalmente, su aprobación era consultiva, no una censura obligatoria, pero buscaba que las películas transmitieran mensajes compatibles con los objetivos de guerra aliados.
No es una interpretación retrospectiva: existe un documento llamado literalmente Government Information Manual for the Motion Picture Industry. En una de sus recomendaciones recordaba a los cineastas que «war means death. It means suffering and sorrow»: es decir, "la guerra significaba muerte, sufrimiento y dolor".
El Estado estadounidense había comprendido perfectamente que una película podía conseguir lo que un discurso político difícilmente lograba: transformar acontecimientos lejanos en experiencias emocionales compartidas por millones de espectadores.
El historiador canadiense Jacques R. Pauwels, al que Canarias Semanal entrevistó, comienza precisamente ahí "El mito de la guerra buena". Señala que buena parte de aquello que las generaciones posteriores asumieron acerca de la participación estadounidense procedía del cine y cita expresamente las innumerables películas de los años cincuenta y sesenta que presentaron la intervención de Estados Unidos como si de una cruzada destinada a restaurar la libertad y la justicia se tratara.
Y no habla sólo de Hollywood. Señala también a los documentales, "Life", "Saturday Evening Post", "Reader's Digest", la iconografía de Norman Rockwell y las grandes conmemoraciones como componentes de una misma memoria pública.
HUBO UN TIEMPO EN QUE HOLLYWOOD AMABA A LOS RUSOS
La ironía histórica es formidable. Durante la guerra, cuando Stalin era una pieza imprescindible para derrotar a Hitler, Hollywood podía presentar a los soviéticos como aliados admirables. Películas como Mission to Moscow, The North Star o Song of Russia, algunas de las cuales pueden verse todavía en YouTube, ofrecieron imágenes claramente favorables a la URSS.
Luego llegó la Guerra Fría. El aliado que había soportado el mayor número de muertos europeos, ya podía convertirse en enemigo.
Tony Shaw documenta en "Hollywood's Cold War" cómo cine, política exterior y propaganda estuvieron estrechamente entrelazadas durante décadas. En su investigación aparecen el FBI, el Departamento de Estado, la CIA, la USIA y el Pentágono relacionándose de distintas maneras con la producción y difusión cinematográfica. La cooperación podía consistir en asistencia logística, financiación, contactos privados e incluso apoyo encubierto a determinadas producciones.
Shaw sostiene, además, que las películas no sólo reflejaban la Guerra Fría: contribuían a determinar cómo debían entenderla los públicos estadounidenses y extranjeros.
Así se produce una metamorfosis extraordinaria. El soviético de 1943 podía ser el campesino heroico que resistía al agresor ejército de Hitler. El de los años cincuenta se había convertido en agente, conspirador, burócrata gris o amenaza planetaria. El pasado también quedaba iluminado por las nuevas necesidades del presente.
COMO NORMANDÍA TERMINÓ DEVORANDO A STALINGRADO
El desembarco del 6 de junio de 1944 fue una gigantesca operación militar y su importancia está fuera de discusión. Pero basta observar las fechas para situarlo en su justa medida en el marco del desenlace de la guerra. Stalingrado había terminado el 2 de febrero de 1943. Normandía comenzó dieciséis meses después.
Cuando los estadounidenses desembarcaron masivamente en Francia, la Wehrmacht llevaba años consumiéndose irreversiblemente en el Este. Sin embargo, una operación esencial terminó convertida culturalmente en "la operación que había decidido la guerra".
El historiador Pauwels señala precisamente cómo El día más largo, la superproducción de 1962, y las posteriores conmemoraciones del Día D contribuyeron a otorgar a Normandía una centralidad que puede hacer olvidar lo que ocurría simultáneamente en el Este.
Y después, claro, llegaron Patton, A Bridge Too Far, Saving Private Ryan, Band of Brothers y un interminable repertorio de imágenes extraordinariamente poderosas. No hay nada falso en mostrar el sufrimiento de Omaha Beach. La distorsión aparece cuando Omaha se convierte, para varias generaciones, en sinónimo visual de la derrota del nazismo mientras Leningrado, Stalingrado, Kursk o la operación Bagration quedan totalmente fuera de su imaginario.
Algo semejante ocurrió con Asia. Richard B. Frank ha señalado que la narrativa occidental acostumbra a comenzar la guerra asiática en Pearl Harbor, dejando fuera cuatro años de guerra chino-japonesa y, con ellos, la inmensa mayoría de los muertos de aquel escenario. Cambiar la fecha de comienzo cambia también quién aparece como protagonista.
![[Img #94572]](https://canarias-semanal.org/upload/images/09_2026/4932_pearl.jpg)
CUANDO EUROPA ABRIÓ SUS PANTALLAS
La guerra terminó, pero Hollywood salió de ella con una ventaja formidable: una industria intacta frente a cinematografías europeas devastadas y economías necesitadas de dólares.
El caso francés es especialmente revelador. En 1946 se firmaron los acuerdos Blum-Byrnes, dentro de una negociación económica mucho más amplia entre París y Washington. En materia cinematográfica se flexibilizó el antiguo sistema de protección al cine francés. Una intervención en el Senado francés de 1947 resumía la polémica con cifras muy expresivas: frente a la pretensión francesa de reservar siete semanas de cada trece a producciones nacionales, el acuerdo con los EE.UU. dejó cuatro semanas para películas francesas y nueve semanas abiertas a las extranjeras, en la práctica fundamentalmente estadounidenses.
Aquello desató una enorme reacción entre cineastas y trabajadores franceses. Pero tampoco aquí conviene sustituir un mito por otro. Estudios posteriores han advertido que la llamada «leyenda negra» de Blum-Byrnes exageró algunos de sus efectos y que no puede reducirse el proceso de penetración cinematográfica estadounidense a un único acuerdo.
La cuestión realmente importante es otra. Europa salió de la guerra necesitando capital, reconstrucción y productos. Estados Unidos salió convertido en potencia económica dominante y poseedor de la industria audiovisual más poderosa del planeta. Las películas eran mercancías. Pero también contenían héroes, villanos, mapas, banderas y explicaciones de quién había salvado a quién. Hollywood construyó el imaginario colectivo y logró hacerlo, en gran medida, a escala planetaria.
El National WWII Museum calcula que sólo las muertes militares soviéticas superaron a las estadounidenses aproximadamente en una proporción de veinte a uno. Si se añaden los civiles, la distancia resulta incomparablemente mayor.
![[Img #94558]](https://canarias-semanal.org/upload/images/09_2026/4996_7615_estadistica.jpg)
Reconocer todo esto no significa, ni mucho menos, minimizar la contribución estadounidense a la derrota del Eje. Significa, simplemente, devolver las proporciones adecuadas a una historia que durante décadas fue contada desde una parcialidad ahistórica gigantesca.
Estados Unidos aportó industria, hombres, financiación, aviación, flotas y abrió un frente decisivo en Europa occidental. Pero no fue el país que más tiempo combatió, ni el que soportó la mayor parte de la destrucción, ni mucho menos el que puso más muertos, ni el que le causó mas daño al común enemigo nazi.
La diferencia entre esos hechos y la memoria que hoy conservamos constituye quizás la parte más reveladora de esta historia. En 1945, quienes acababan de vivir la guerra atribuían a la Unión Soviética un papel mucho mayor en la derrota de Alemania que el que le concede hoy buena parte de la opinión pública occidental. Entre una percepción y otra mediaron la Guerra Fría, la transformación del antiguo aliado en enemigo, el predominio económico y cultural estadounidense, la apertura de las pantallas europeas a Hollywood y decenas de años de películas, series, documentales y conmemoraciones que fueron fijando un repertorio de imágenes cada vez más uniforme.
LA HISTORIA NO FUE BORRADA. FUE ENCUADRADA.
Normandía existió. Pearl Harbor existió. Las Ardenas existieron. Los soldados estadounidenses murieron y combatieron realmente. La operación ideológica efectuada por la "fábrica de sueños" no consistió en inventar episodios que nunca habían sucedido. Fue mucho más sutil: determinadas partes de la guerra fueron exageradas e iluminadas una y otra vez, mientras otras quedaban progresivamente en impenetrable penumbra. Y lo que se repite durante generaciones termina pareciendo no una versión de la historia, sino la historia misma.
Por eso, volver hoy sobre las cifras no es un mero ejercicio contable ni una competición macabra entre muertos. Es una cuestión de simple justicia histórica. Detrás de los 24 millones de soviéticos, de los cerca de 20 millones de chinos, de los millones de polacos, indonesios, indios, vietnamitas, yugoslavos o filipinos no hay simples columnas estadísticas: hay sociedades enteras devastadas, ciudades destruidas, familias desaparecidas y generaciones que pagaron un precio difícil de imaginar.
Quizá la mayor distorsión no haya consistido en afirmar que Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial. La verdadera distorsión fue conseguir que, para millones de personas, resultara cada vez más difícil imaginar que aquella guerra pudiera haber tenido otros protagonistas diferentes a los que nos han hecho creer.
Y ahí se encuentra la paradoja final. La potencia que llegó bastante tarde al conflicto terminó ocupando el primer puesto en nuestra memoria.
La mayoría de los muertos reales, en cambio, no tuvo nunca ningún Hollywood que contara su dramática y desconocida historia.
(*) MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor de varios libros, entre los que se encuentran "El Gran Reajuste" y "Los BRICS: Esperanza o ilusión", ambos de la Editorial Semilla, y el último, de próxima aparición en el presente mes de septiembre.
Fuentes consultadas:
- National WWII Museum, “Research Starters: Worldwide Deaths in World War II”.
- United States Holocaust Memorial Museum, materiales sobre la Unión Soviética y el frente oriental.
- IFOP, sondeos históricos sobre la percepción francesa del papel de los aliados en la derrota de Alemania.
- YouGov, encuestas de 2024 y 2025 sobre qué país desempeñó el papel principal en la derrota de la Alemania nazi.
- National Archives and Records Administration (EE.UU.), documentación sobre la Office of War Information y la propaganda durante la Segunda Guerra Mundial.
- Jacques R. Pauwels, El mito de la guerra buena. EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial.
- Tony Shaw, Hollywood’s Cold War.
- Clayton R. Koppes y Gregory D. Black, Hollywood Goes to War: How Politics, Profits, and Propaganda Shaped World War II Movies.
- Persée, estudios históricos sobre los acuerdos Blum-Byrnes y su impacto en el cine francés.























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