EL OCASO IMPERIAL DE EE.UU. Y LA APERTURA DE UNA NUEVA ÉPOCA
"La derrota estratégica ya ha producido un efecto político irreversible"
Tras la retórica triunfalista de Washington se esconde - afirma Gustavo Burgos - otra realidad: el imperialismo estadounidense enfrenta un revés histórico en Oriente Próximo. Lejos de imponer su dominio, la guerra ha evidenciado sus límites militares, políticos y diplomáticos.
Por GUSTAVO BURGOS PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Los acontecimientos recientes en Oriente Próximo han sido presentados por la maquinaria propagandística de Donald Trump y sus adherentes como una victoria estratégica de Estados Unidos. Sin embargo, bajo la superficie de esta narrativa triunfalista se perfila una realidad radicalmente distinta: asistimos, con toda probabilidad, a la mayor derrota del imperialismo norteamericano desde la guerra de Vietnam. El propio desarrollo de los hechos —una tregua precaria de dos semanas, arrancada en condiciones de urgencia y bajo amenaza de una escalada catastrófica— revela no la fortaleza, sino la impotencia de la principal potencia capitalista para imponer sus objetivos por la vía militar. La retórica desatada del presidente estadounidense, que incluyó amenazas de destrucción civilizatoria, no hizo sino amplificar el carácter desesperado de una ofensiva que arriesgó no solo su capital político, sino los fundamentos mismos del orden jurídico internacional. Luego de esta guerra ni la ONU ni la OTAN serán los agentes determinantes en la política internacional. La amenaza explícita de exterminio, de claro contenido genocida, denunciada incluso en instancias internacionales, quedará inscrita como uno de los momentos más oscuros de la política exterior contemporánea . Ni Hitler llegó tan lejos en su discurso público, EE.UU. es un estado terrorista cuyo programa es la barbarie.
La caracterización de esta tregua como “pírrica” no proviene de análisis marginales, sino de la propia prensa burguesa internacional. Medios como El País han reconocido que Washington paga un precio altísimo por una guerra que no logra traducirse en resultados estratégicos: desgaste militar, aislamiento diplomático, fracturas con aliados históricos y un deterioro significativo de su imagen global . Más aún, la negociación se abre bajo condiciones que, según los propios dichos de Trump, consideran como base propuestas emanadas desde Teherán, lo que evidencia un desplazamiento del eje de iniciativa política. Los 10 puntos del acuerdo no hablan de la política militar de Trump, restablecen el funcionamiento del canal de Ormuz (a condiciones anteriores a la guerra) y permiten a Irán cobrar un «peaje» para indemnizarse de los daños de la guerra. En contraste con la retórica imperial y en consecuencia, la República Islámica no solo preserva su estructura estatal y su programa nuclear en condiciones sustanciales, sino que emerge de la confrontación en posición de imponer términos en la mesa de negociación. No resulta casual, entonces, que incluso medios israelíes —expresión orgánica de un Estado profundamente implicado en la guerra— hablen de una “victoria histórica” de Irán.
Este desenlace adquiere una dimensión aún más significativa si se lo inscribe en la larga duración histórica. Desde la caída del Muro de Berlín, el imperialismo norteamericano había logrado imponer, con altibajos, una dominancia contrarrevolucionaria global, sustentada en su superioridad militar y en la ausencia de un polo estatal capaz de desafiarla de manera consistente. La guerra actual y su desenlace parcial quiebran esa dinámica. No se trata únicamente de un revés táctico, sino de una inflexión estratégica que pone en cuestión la capacidad de Estados Unidos para disciplinar el sistema internacional. En este sentido, el conflicto inaugura una nueva etapa caracterizada por la erosión de la hegemonía imperial y la apertura de un espacio histórico para la intervención independiente de las masas.
La continuidad de la agresión israelí contra Líbano, incluso en el marco de la tregua con Irán, constituye un elemento decisivo para comprender el carácter inestable y contradictorio de la situación. Mientras Al Mayadeen reporta ataques sistemáticos contra civiles, infraestructura sanitaria y zonas urbanas del sur y de la Bekaa, la exclusión explícita del frente libanés del acuerdo de alto el fuego revela los límites estructurales de la negociación en curso. Lejos de una pacificación, asistimos a una reconfiguración del conflicto, en la que el imperialismo intenta compensar en otros escenarios aquello que no logró conquistar en el campo de batalla principal . Esta dinámica abre una hipótesis inquietante pero plausible: que Estados Unidos y sus aliados busquen obtener en la mesa de negociación —o mediante guerras periféricas— lo que les ha sido negado por la resistencia militar.
Sin embargo, esta tentativa se enfrenta a una contradicción fundamental. La derrota estratégica, aun si es parcialmente encubierta por maniobras diplomáticas o escaladas regionales, ya ha producido un efecto político irreversible: la pérdida de la iniciativa histórica por parte del imperialismo. La incapacidad de imponer un desenlace decisivo, pese al despliegue masivo de recursos militares y a la amenaza abierta de aniquilación, revela una crisis profunda del orden mundial vigente. En este sentido, la guerra no ha concluido; ha mutado en una forma más compleja, en la que la disputa se traslada simultáneamente al terreno diplomático, económico y militar.
La importancia de este momento radica, por tanto, en su potencialidad. La fractura de la dominancia imperial no conduce automáticamente a un orden más justo, pero abre una brecha histórica en la que la acción consciente de las masas puede adquirir un papel determinante. La decadencia imperial, en tanto proceso, no es lineal ni pacífica; está atravesada por convulsiones, guerras y crisis. Pero precisamente por ello, el desenlace de la actual coyuntura no está predeterminado. La derrota norteamericana —la más significativa en décadas— no es solo un hecho militar o diplomático: es, ante todo, un signo de época. Un signo que anuncia el agotamiento de un orden y la posibilidad, aún abierta, de su superación.
Por GUSTAVO BURGOS PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
Los acontecimientos recientes en Oriente Próximo han sido presentados por la maquinaria propagandística de Donald Trump y sus adherentes como una victoria estratégica de Estados Unidos. Sin embargo, bajo la superficie de esta narrativa triunfalista se perfila una realidad radicalmente distinta: asistimos, con toda probabilidad, a la mayor derrota del imperialismo norteamericano desde la guerra de Vietnam. El propio desarrollo de los hechos —una tregua precaria de dos semanas, arrancada en condiciones de urgencia y bajo amenaza de una escalada catastrófica— revela no la fortaleza, sino la impotencia de la principal potencia capitalista para imponer sus objetivos por la vía militar. La retórica desatada del presidente estadounidense, que incluyó amenazas de destrucción civilizatoria, no hizo sino amplificar el carácter desesperado de una ofensiva que arriesgó no solo su capital político, sino los fundamentos mismos del orden jurídico internacional. Luego de esta guerra ni la ONU ni la OTAN serán los agentes determinantes en la política internacional. La amenaza explícita de exterminio, de claro contenido genocida, denunciada incluso en instancias internacionales, quedará inscrita como uno de los momentos más oscuros de la política exterior contemporánea . Ni Hitler llegó tan lejos en su discurso público, EE.UU. es un estado terrorista cuyo programa es la barbarie.
La caracterización de esta tregua como “pírrica” no proviene de análisis marginales, sino de la propia prensa burguesa internacional. Medios como El País han reconocido que Washington paga un precio altísimo por una guerra que no logra traducirse en resultados estratégicos: desgaste militar, aislamiento diplomático, fracturas con aliados históricos y un deterioro significativo de su imagen global . Más aún, la negociación se abre bajo condiciones que, según los propios dichos de Trump, consideran como base propuestas emanadas desde Teherán, lo que evidencia un desplazamiento del eje de iniciativa política. Los 10 puntos del acuerdo no hablan de la política militar de Trump, restablecen el funcionamiento del canal de Ormuz (a condiciones anteriores a la guerra) y permiten a Irán cobrar un «peaje» para indemnizarse de los daños de la guerra. En contraste con la retórica imperial y en consecuencia, la República Islámica no solo preserva su estructura estatal y su programa nuclear en condiciones sustanciales, sino que emerge de la confrontación en posición de imponer términos en la mesa de negociación. No resulta casual, entonces, que incluso medios israelíes —expresión orgánica de un Estado profundamente implicado en la guerra— hablen de una “victoria histórica” de Irán.
Este desenlace adquiere una dimensión aún más significativa si se lo inscribe en la larga duración histórica. Desde la caída del Muro de Berlín, el imperialismo norteamericano había logrado imponer, con altibajos, una dominancia contrarrevolucionaria global, sustentada en su superioridad militar y en la ausencia de un polo estatal capaz de desafiarla de manera consistente. La guerra actual y su desenlace parcial quiebran esa dinámica. No se trata únicamente de un revés táctico, sino de una inflexión estratégica que pone en cuestión la capacidad de Estados Unidos para disciplinar el sistema internacional. En este sentido, el conflicto inaugura una nueva etapa caracterizada por la erosión de la hegemonía imperial y la apertura de un espacio histórico para la intervención independiente de las masas.
La continuidad de la agresión israelí contra Líbano, incluso en el marco de la tregua con Irán, constituye un elemento decisivo para comprender el carácter inestable y contradictorio de la situación. Mientras Al Mayadeen reporta ataques sistemáticos contra civiles, infraestructura sanitaria y zonas urbanas del sur y de la Bekaa, la exclusión explícita del frente libanés del acuerdo de alto el fuego revela los límites estructurales de la negociación en curso. Lejos de una pacificación, asistimos a una reconfiguración del conflicto, en la que el imperialismo intenta compensar en otros escenarios aquello que no logró conquistar en el campo de batalla principal . Esta dinámica abre una hipótesis inquietante pero plausible: que Estados Unidos y sus aliados busquen obtener en la mesa de negociación —o mediante guerras periféricas— lo que les ha sido negado por la resistencia militar.
Sin embargo, esta tentativa se enfrenta a una contradicción fundamental. La derrota estratégica, aun si es parcialmente encubierta por maniobras diplomáticas o escaladas regionales, ya ha producido un efecto político irreversible: la pérdida de la iniciativa histórica por parte del imperialismo. La incapacidad de imponer un desenlace decisivo, pese al despliegue masivo de recursos militares y a la amenaza abierta de aniquilación, revela una crisis profunda del orden mundial vigente. En este sentido, la guerra no ha concluido; ha mutado en una forma más compleja, en la que la disputa se traslada simultáneamente al terreno diplomático, económico y militar.
La importancia de este momento radica, por tanto, en su potencialidad. La fractura de la dominancia imperial no conduce automáticamente a un orden más justo, pero abre una brecha histórica en la que la acción consciente de las masas puede adquirir un papel determinante. La decadencia imperial, en tanto proceso, no es lineal ni pacífica; está atravesada por convulsiones, guerras y crisis. Pero precisamente por ello, el desenlace de la actual coyuntura no está predeterminado. La derrota norteamericana —la más significativa en décadas— no es solo un hecho militar o diplomático: es, ante todo, un signo de época. Un signo que anuncia el agotamiento de un orden y la posibilidad, aún abierta, de su superación.





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.138