¿POR QUÉ PENSAMOS COMO PENSAMOS? EL SECRETO DE LO QUE LLAMAMOS «SENTIDO COMÚN»
¿Cómo consigue cada sistema económico dominante que sus propias reglas se conviertan en verdades aparentemente indiscutibles?
Hay una expresión capaz de zanjar cualquier discusión: «¡Eso es de sentido común!». Pero ¿qué ocurre cuando descubrimos que aquello que una sociedad considera evidente puede parecer una monstruosidad dos siglos después? La historia encierra una explicación inquietante: buena parte de nuestras convicciones más arraigadas nace de las relaciones económicas y sociales en las que vivimos.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Pocas expresiones tienen tanta autoridad como «sentido común». Se utiliza para defender decisiones, justificar desigualdades o desacreditar opiniones contrarias. Quien discrepa parece enfrentarse a la razón misma. Sin embargo, basta recorrer la historia para descubrir que ese supuesto patrimonio universal de la humanidad que dicen que es el "sentido común", cambia constantemente.
Durante siglos resultó aceptable que unos seres humanos fueran propiedad de otros, que los monarcas gobernaran por voluntad divina o que los niños trabajaran en las minas. Hoy esas prácticas nos parecen intolerables. ¿Significa que nuestros antepasados eran menos inteligentes? Evidentemente, no. Significa que vivían bajo relaciones sociales diferentes a las que vivimos nosotros ahora, las cuales condicionaban profundamente su manera de interpretar el mundo.
Desde una perspectiva marxista, el sentido común comprende las creencias, valores y explicaciones que adquirimos en nuestra experiencia cotidiana y utilizamos sin examinarlos continuamente. Incluye conocimientos útiles, pero también prejuicios y concepciones históricas que confundimos con verdades naturales.
Su característica más engañosa consiste precisamente en eso: presentarnos como eterno un orden social que tiene fecha de nacimiento y que, como todos los anteriores, puede también desaparecer.
![[Img #95432]](https://canarias-semanal.org/upload/images/11_2026/7113_comi-sentido.jpg)
CUANDO LA ESCLAVITUD PARECÍA UNA INSTITUCIÓN RAZONABLE
Imaginemos, por ejemplo, una explotación agrícola de la antigua Roma. Su propietario posee tierras, herramientas y esclavos que producen la riqueza de la que vive. Buena parte del orden jurídico y político reconoce aquella propiedad humana como legítima. Para numerosos ciudadanos libres, semejante organización constituye un elemento ordinario de la sociedad.
La realidad económica contribuye a producir su propia justificación. Si la riqueza de los propietarios depende del trabajo esclavizado, surgen leyes, costumbres y argumentos que presentan esa explotación como necesaria.
Pero aquel sentido común nunca fue compartido por todos. Las personas esclavizadas escapaban, resistían y protagonizaban rebeliones. La supuesta normalidad de sus propietarios era experimentada por ellas como opresión.
Algo semejante ocurrió con la esclavitud colonial moderna. Los intereses de plantadores y comerciantes encontraron justificaciones religiosas, racistas y económicas. Su abolición no llegó porque las élites descubrieran repentinamente una verdad moral. Fue resultado de resistencias, movimientos abolicionistas y transformaciones políticas y económicas.
La primera enseñanza es sencilla: lo que una clase dominante considera natural puede ser precisamente aquello contra lo que luchan quienes sostienen materialmente su riqueza.
EL FEUDALISMO: DIOS, EL REY Y CADA CUAL EN SU SITIO
Durante buena parte de la Edad Media europea, la tierra constituía el principal medio de producción. Los campesinos debían entregar rentas, productos o trabajo a los señores, mientras los privilegios nobiliarios se transmitían hereditariamente.
Aquellas relaciones estaban respaldadas por leyes, tradiciones y determinadas interpretaciones religiosas. Nacer campesino significaba, generalmente, permanecer sometido a obligaciones semejantes durante toda la vida.
La organización económica contribuía a configurar las ideas dominantes. Desde la infancia, cada individuo encontraba una sociedad jerarquizada que parecía haber existido siempre.
Sin embargo, el desarrollo del comercio, las ciudades y nuevas formas de propiedad fue socavando aquel orden. Las revueltas populares y las revoluciones burguesas cuestionaron privilegios que anteriormente parecían incuestionables.
La Revolución francesa de 1789 convirtió la igualdad jurídica y la soberanía nacional en principios enfrentados al orden estamental. Lo que había sido tradición respetable empezó a denunciarse como injusticia.
Aunque la nueva igualdad ante la ley que vino después, no eliminó las diferencias económicas, el cambio fue formidable: el sentido común de una sociedad aristocrática comenzaba a ceder ante el de una sociedad burguesa.
EL CAPITALISMO: LA EXPLOTACIÓN SE VISTE DE LIBERTAD
El capitalismo introdujo una transformación extraordinaria. A diferencia del siervo feudal, el trabajador asalariado es jurídicamente libre. Puede contratarse con una empresa, abandonar su empleo y buscar otro patrón.
Pero esa libertad encierra una contradicción. Quien carece de medios propios para vivir necesita vender su capacidad de trabajar. Puede elegir empresario, pero lo difícilmente podrá elegir es dejar de depender de un salario.
El sentido común capitalista presenta esa relación como un intercambio equilibrado: el empresario aporta capital y el trabajador recibe una remuneración por su esfuerzo.
La crítica marxista trata de descubrir lo que permanece oculto. El trabajador puede producir durante su jornada un valor superior al que recibe como salario. Esa diferencia, denominada plusvalor, constituye la fuente de la explotación capitalista.
Supongamos que una jornada genera 160 euros de valor nuevo y que el salario correspondiente equivale a 80. Los otros 80 representan plusvalor, antes de considerar cómo se distribuye posteriormente ese excedente.
Sin embargo, en nuestra experiencia cotidiana únicamente vemos contratos, precios, salarios y beneficios. Las relaciones sociales que explican esos resultados quedan disimuladas detrás de operaciones aparentemente naturales.
Este fenómeno se denomina fetichismo de la mercancía: las relaciones entre personas aparecen como relaciones entre cosas. El dinero parece producir riqueza por sí mismo y el empresario aparece como su creador, mientras desaparece de la explicación el trabajo que permite valorizar el capital.
Así, el propio funcionamiento del mercado contribuye a fabricar determinadas formas de pensamiento, sin necesidad de que alguien las imponga mediante órdenes.
EL TRABAJO INFANTIL Y LAS MUJERES: CUANDO LO «NORMAL» SE DERRUMBA
La Revolución Industrial proporciona ejemplos especialmente reveladores. Durante décadas, numerosos niños trabajaron en fábricas y minas porque sus familias necesitaban ingresos y los empresarios obtenían ventajas económicas empleándolos.
Aquella explotación fue perdiendo legitimidad mediante denuncias, movilizaciones obreras y reformas legales. En Gran Bretaña, la Ley de Fábricas de 1833 estableció restricciones al empleo infantil en determinadas industrias. Lo que había sido una práctica corriente comenzó a considerarse socialmente inadmisible.
También la exclusión política de las mujeres fue presentada durante siglos como una consecuencia de supuestas diferencias naturales. Su incorporación a las luchas sociales, los movimientos sufragistas y las transformaciones de la vida económica contribuyeron a destruir aquella justificación.
En 1893, Nueva Zelanda reconoció el voto femenino en las elecciones parlamentarias. Un derecho que hoy consideramos elemental tuvo que conquistarse frente a quienes defendían su negación apelando, precisamente, al sentido común.
Ninguno de estos cambios fue automático. Las condiciones económicas modificaron el terreno de la lucha, pero fueron los conflictos sociales y la organización colectiva los que permitieron conquistar nuevos derechos.
¿POR QUÉ ALGUNOS TRABAJADORES LLEGAN A DEFENDER A VECES A SUS PROPIOS EXPLOTADORES?
Aquí aparece una de las cuestiones más desconcertantes de la política contemporánea. Imaginemos una empresa que anuncia dificultades económicas y exige congelar los salarios. Su dirección argumenta que aumentar las remuneraciones pondría en peligro la competitividad y, por tanto, los empleos.
Muchos trabajadores aceptan el razonamiento porque saben que su subsistencia depende de la continuidad empresarial. La dependencia existe realmente, pero la explicación oculta preguntas que tendrían que inquietar: ¿cuánto beneficio obtuvieron los propietarios?, ¿cómo se distribuye la riqueza producida?, ¿por qué deben soportar los asalariados el coste de los ajustes?
La identificación entre los intereses de la empresa y los de sus propietarios constituye uno de los mecanismos más eficaces del sentido común capitalista.
Lo mismo sucede cuando escuchamos que «los empresarios dan trabajo», «el dinero tiene que producir» o «quien es pobre no se ha esforzado suficientemente».
Estas afirmaciones contienen fragmentos perfectamente reconocibles de la experiencia cotidiana, pero pueden ocultar las relaciones de propiedad y las desigualdades que condicionan nuestras posibilidades.
No basta, por tanto, con atribuirlo todo a la propaganda. La escuela, la familia, los medios, las leyes y las instituciones contribuyen a reproducir determinadas concepciones, pero su influencia es especialmente eficaz porque actúan sobre experiencias materiales reales.
El capitalismo educa también a través de la vida cotidiana: cada salario, cada alquiler y cada factura nos enseñan algo sobre cómo funciona el mundo. El problema es que esa enseñanza puede ocultarnos por qué funciona así.
2008: CUANDO LA CRISIS HIZO AÑICOS EL SENTIDO COMÚN
La crisis financiera de 2008 constituye un ejemplo extraordinario de cómo la realidad económica puede destruir convicciones que parecían verdades universales. Durante años se había inculcado a millones de españoles que comprar una vivienda era la inversión más segura, que endeudarse constituía una decisión inteligente y que el mercado, funcionando libremente, distribuía eficazmente los recursos.
Pero cuando estalló la burbuja inmobiliaria, aquellas certezas comenzaron a derrumbarse. Miles de familias descubrieron que podían perder su empleo, su vivienda y los ahorros acumulados durante toda una vida. Solo en 2008 se iniciaron 58.686 ejecuciones hipotecarias, más del doble que el año anterior. Entre 2008 y 2014 se acumularon alrededor de 578.000 procedimientos de este tipo, aunque no todos terminaran en desahucios.
Lo verdaderamente revelador llegó cuando los Estados intervinieron para salvar a las entidades financieras. En España, el rescate bancario movilizó decenas de miles de millones de euros públicos. El fondo europeo de rescate desembolsó 41.333 millones entre 2012 y 2013 para recapitalizar el sector.
De pronto, el sentido común dominante entró en contradicción consigo mismo. Durante años se nos había repetido que cada individuo debía asumir las consecuencias de sus decisiones económicas. Sin embargo, cuando los grandes bancos afrontaron pérdidas capaces de comprometer su supervivencia, el Estado desplegó sobre ellos todo su auxilio.
¿Por qué una familia debía perder su vivienda por no poder pagar la hipoteca mientras las entidades financieras responsables de operaciones ruinosas recibían ayudas multimillonarias? ¿Por qué se exigía responsabilidad individual a los trabajadores y protección colectiva para el sistema bancario?
Aquella contradicción contribuyó a transformar la conciencia política de numerosos sectores sociales. El movimiento de los indignados, las plataformas contra los desahucios y las movilizaciones contra los recortes expresaron una creciente, aunque también desorganizada, desconfianza hacia unas reglas económicas que habían sido presentadas como inevitables.
La crisis permitió comprobar que el llamado sentido común no era neutral: muchas de sus supuestas verdades reflejaban los intereses y las necesidades del orden económico existente. Cuando ese orden entró en crisis, también comenzaron a resquebrajarse las ideas que trataban de justificar su funcionamiento.
LO QUE HOY PARECE INEVITABLE, MAÑANA PUEDE RESULTAR ABSURDO
La historia demuestra que ningún sistema económico posee el monopolio de lo razonable. La esclavitud, los privilegios hereditarios y el trabajo infantil encontraron defensores que los presentaban como indispensables. Todos terminaron siendo cuestionados por transformaciones materiales y luchas humanas.
Lo mismo ocurre con las supuestas verdades eternas del sistema capitalista. Que debamos competir permanentemente, que la riqueza se concentre en unas pocas manos o que millones de personas dependan de vender su trabajo son características de determinadas relaciones históricas, no leyes inmutables de la naturaleza.
Comprender cómo se forma el "sentido común" permite distinguir las necesidades humanas de las exigencias particulares del sistema económico dominante.
Y conduce a una conclusión incómoda para quienes presentan el orden existente como definitivo: si la historia ha cambiado tantas veces aquello que parecía natural, ¿por qué habríamos de creer que nuestra sociedad constituye la última forma posible de organizar la vida humana?
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia, y coautor del libro "El Gran Reajuste".
FUENTES Y REFERENCIAS
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Jorge Veraza Urtuzuástegui. Marx y la psicología social del sentido común. Colección Socialismo y Libertad, n.º 278. Fuente teórica principal.
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Karl Marx. El capital, libro primero, capítulo I, apartado sobre el fetichismo de la mercancía.
-
Karl Marx y Friedrich Engels. La ideología alemana.
-
Antonio Gramsci. Cuadernos de la cárcel. Edición crítica a cargo de Valentino Gerratana, cuaderno 11, § 12.
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Parlamento británico: historia de la esclavitud y su abolición.
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Ministerio de Cultura y Patrimonio de Nueva Zelanda: sufragio femenino.
POR MANUEL MEDINA (*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Pocas expresiones tienen tanta autoridad como «sentido común». Se utiliza para defender decisiones, justificar desigualdades o desacreditar opiniones contrarias. Quien discrepa parece enfrentarse a la razón misma. Sin embargo, basta recorrer la historia para descubrir que ese supuesto patrimonio universal de la humanidad que dicen que es el "sentido común", cambia constantemente.
Durante siglos resultó aceptable que unos seres humanos fueran propiedad de otros, que los monarcas gobernaran por voluntad divina o que los niños trabajaran en las minas. Hoy esas prácticas nos parecen intolerables. ¿Significa que nuestros antepasados eran menos inteligentes? Evidentemente, no. Significa que vivían bajo relaciones sociales diferentes a las que vivimos nosotros ahora, las cuales condicionaban profundamente su manera de interpretar el mundo.
Desde una perspectiva marxista, el sentido común comprende las creencias, valores y explicaciones que adquirimos en nuestra experiencia cotidiana y utilizamos sin examinarlos continuamente. Incluye conocimientos útiles, pero también prejuicios y concepciones históricas que confundimos con verdades naturales.
Su característica más engañosa consiste precisamente en eso: presentarnos como eterno un orden social que tiene fecha de nacimiento y que, como todos los anteriores, puede también desaparecer.
CUANDO LA ESCLAVITUD PARECÍA UNA INSTITUCIÓN RAZONABLE
Imaginemos, por ejemplo, una explotación agrícola de la antigua Roma. Su propietario posee tierras, herramientas y esclavos que producen la riqueza de la que vive. Buena parte del orden jurídico y político reconoce aquella propiedad humana como legítima. Para numerosos ciudadanos libres, semejante organización constituye un elemento ordinario de la sociedad.
La realidad económica contribuye a producir su propia justificación. Si la riqueza de los propietarios depende del trabajo esclavizado, surgen leyes, costumbres y argumentos que presentan esa explotación como necesaria.
Pero aquel sentido común nunca fue compartido por todos. Las personas esclavizadas escapaban, resistían y protagonizaban rebeliones. La supuesta normalidad de sus propietarios era experimentada por ellas como opresión.
Algo semejante ocurrió con la esclavitud colonial moderna. Los intereses de plantadores y comerciantes encontraron justificaciones religiosas, racistas y económicas. Su abolición no llegó porque las élites descubrieran repentinamente una verdad moral. Fue resultado de resistencias, movimientos abolicionistas y transformaciones políticas y económicas.
La primera enseñanza es sencilla: lo que una clase dominante considera natural puede ser precisamente aquello contra lo que luchan quienes sostienen materialmente su riqueza.
EL FEUDALISMO: DIOS, EL REY Y CADA CUAL EN SU SITIO
Durante buena parte de la Edad Media europea, la tierra constituía el principal medio de producción. Los campesinos debían entregar rentas, productos o trabajo a los señores, mientras los privilegios nobiliarios se transmitían hereditariamente.
Aquellas relaciones estaban respaldadas por leyes, tradiciones y determinadas interpretaciones religiosas. Nacer campesino significaba, generalmente, permanecer sometido a obligaciones semejantes durante toda la vida.
La organización económica contribuía a configurar las ideas dominantes. Desde la infancia, cada individuo encontraba una sociedad jerarquizada que parecía haber existido siempre.
Sin embargo, el desarrollo del comercio, las ciudades y nuevas formas de propiedad fue socavando aquel orden. Las revueltas populares y las revoluciones burguesas cuestionaron privilegios que anteriormente parecían incuestionables.
La Revolución francesa de 1789 convirtió la igualdad jurídica y la soberanía nacional en principios enfrentados al orden estamental. Lo que había sido tradición respetable empezó a denunciarse como injusticia.
Aunque la nueva igualdad ante la ley que vino después, no eliminó las diferencias económicas, el cambio fue formidable: el sentido común de una sociedad aristocrática comenzaba a ceder ante el de una sociedad burguesa.
EL CAPITALISMO: LA EXPLOTACIÓN SE VISTE DE LIBERTAD
El capitalismo introdujo una transformación extraordinaria. A diferencia del siervo feudal, el trabajador asalariado es jurídicamente libre. Puede contratarse con una empresa, abandonar su empleo y buscar otro patrón.
Pero esa libertad encierra una contradicción. Quien carece de medios propios para vivir necesita vender su capacidad de trabajar. Puede elegir empresario, pero lo difícilmente podrá elegir es dejar de depender de un salario.
El sentido común capitalista presenta esa relación como un intercambio equilibrado: el empresario aporta capital y el trabajador recibe una remuneración por su esfuerzo.
La crítica marxista trata de descubrir lo que permanece oculto. El trabajador puede producir durante su jornada un valor superior al que recibe como salario. Esa diferencia, denominada plusvalor, constituye la fuente de la explotación capitalista.
Supongamos que una jornada genera 160 euros de valor nuevo y que el salario correspondiente equivale a 80. Los otros 80 representan plusvalor, antes de considerar cómo se distribuye posteriormente ese excedente.
Sin embargo, en nuestra experiencia cotidiana únicamente vemos contratos, precios, salarios y beneficios. Las relaciones sociales que explican esos resultados quedan disimuladas detrás de operaciones aparentemente naturales.
Este fenómeno se denomina fetichismo de la mercancía: las relaciones entre personas aparecen como relaciones entre cosas. El dinero parece producir riqueza por sí mismo y el empresario aparece como su creador, mientras desaparece de la explicación el trabajo que permite valorizar el capital.
Así, el propio funcionamiento del mercado contribuye a fabricar determinadas formas de pensamiento, sin necesidad de que alguien las imponga mediante órdenes.
EL TRABAJO INFANTIL Y LAS MUJERES: CUANDO LO «NORMAL» SE DERRUMBA
La Revolución Industrial proporciona ejemplos especialmente reveladores. Durante décadas, numerosos niños trabajaron en fábricas y minas porque sus familias necesitaban ingresos y los empresarios obtenían ventajas económicas empleándolos.
Aquella explotación fue perdiendo legitimidad mediante denuncias, movilizaciones obreras y reformas legales. En Gran Bretaña, la Ley de Fábricas de 1833 estableció restricciones al empleo infantil en determinadas industrias. Lo que había sido una práctica corriente comenzó a considerarse socialmente inadmisible.
También la exclusión política de las mujeres fue presentada durante siglos como una consecuencia de supuestas diferencias naturales. Su incorporación a las luchas sociales, los movimientos sufragistas y las transformaciones de la vida económica contribuyeron a destruir aquella justificación.
En 1893, Nueva Zelanda reconoció el voto femenino en las elecciones parlamentarias. Un derecho que hoy consideramos elemental tuvo que conquistarse frente a quienes defendían su negación apelando, precisamente, al sentido común.
Ninguno de estos cambios fue automático. Las condiciones económicas modificaron el terreno de la lucha, pero fueron los conflictos sociales y la organización colectiva los que permitieron conquistar nuevos derechos.
¿POR QUÉ ALGUNOS TRABAJADORES LLEGAN A DEFENDER A VECES A SUS PROPIOS EXPLOTADORES?
Aquí aparece una de las cuestiones más desconcertantes de la política contemporánea. Imaginemos una empresa que anuncia dificultades económicas y exige congelar los salarios. Su dirección argumenta que aumentar las remuneraciones pondría en peligro la competitividad y, por tanto, los empleos.
Muchos trabajadores aceptan el razonamiento porque saben que su subsistencia depende de la continuidad empresarial. La dependencia existe realmente, pero la explicación oculta preguntas que tendrían que inquietar: ¿cuánto beneficio obtuvieron los propietarios?, ¿cómo se distribuye la riqueza producida?, ¿por qué deben soportar los asalariados el coste de los ajustes?
La identificación entre los intereses de la empresa y los de sus propietarios constituye uno de los mecanismos más eficaces del sentido común capitalista.
Lo mismo sucede cuando escuchamos que «los empresarios dan trabajo», «el dinero tiene que producir» o «quien es pobre no se ha esforzado suficientemente».
Estas afirmaciones contienen fragmentos perfectamente reconocibles de la experiencia cotidiana, pero pueden ocultar las relaciones de propiedad y las desigualdades que condicionan nuestras posibilidades.
No basta, por tanto, con atribuirlo todo a la propaganda. La escuela, la familia, los medios, las leyes y las instituciones contribuyen a reproducir determinadas concepciones, pero su influencia es especialmente eficaz porque actúan sobre experiencias materiales reales.
El capitalismo educa también a través de la vida cotidiana: cada salario, cada alquiler y cada factura nos enseñan algo sobre cómo funciona el mundo. El problema es que esa enseñanza puede ocultarnos por qué funciona así.
2008: CUANDO LA CRISIS HIZO AÑICOS EL SENTIDO COMÚN
La crisis financiera de 2008 constituye un ejemplo extraordinario de cómo la realidad económica puede destruir convicciones que parecían verdades universales. Durante años se había inculcado a millones de españoles que comprar una vivienda era la inversión más segura, que endeudarse constituía una decisión inteligente y que el mercado, funcionando libremente, distribuía eficazmente los recursos.
Pero cuando estalló la burbuja inmobiliaria, aquellas certezas comenzaron a derrumbarse. Miles de familias descubrieron que podían perder su empleo, su vivienda y los ahorros acumulados durante toda una vida. Solo en 2008 se iniciaron 58.686 ejecuciones hipotecarias, más del doble que el año anterior. Entre 2008 y 2014 se acumularon alrededor de 578.000 procedimientos de este tipo, aunque no todos terminaran en desahucios.
Lo verdaderamente revelador llegó cuando los Estados intervinieron para salvar a las entidades financieras. En España, el rescate bancario movilizó decenas de miles de millones de euros públicos. El fondo europeo de rescate desembolsó 41.333 millones entre 2012 y 2013 para recapitalizar el sector.
De pronto, el sentido común dominante entró en contradicción consigo mismo. Durante años se nos había repetido que cada individuo debía asumir las consecuencias de sus decisiones económicas. Sin embargo, cuando los grandes bancos afrontaron pérdidas capaces de comprometer su supervivencia, el Estado desplegó sobre ellos todo su auxilio.
¿Por qué una familia debía perder su vivienda por no poder pagar la hipoteca mientras las entidades financieras responsables de operaciones ruinosas recibían ayudas multimillonarias? ¿Por qué se exigía responsabilidad individual a los trabajadores y protección colectiva para el sistema bancario?
Aquella contradicción contribuyó a transformar la conciencia política de numerosos sectores sociales. El movimiento de los indignados, las plataformas contra los desahucios y las movilizaciones contra los recortes expresaron una creciente, aunque también desorganizada, desconfianza hacia unas reglas económicas que habían sido presentadas como inevitables.
La crisis permitió comprobar que el llamado sentido común no era neutral: muchas de sus supuestas verdades reflejaban los intereses y las necesidades del orden económico existente. Cuando ese orden entró en crisis, también comenzaron a resquebrajarse las ideas que trataban de justificar su funcionamiento.
LO QUE HOY PARECE INEVITABLE, MAÑANA PUEDE RESULTAR ABSURDO
La historia demuestra que ningún sistema económico posee el monopolio de lo razonable. La esclavitud, los privilegios hereditarios y el trabajo infantil encontraron defensores que los presentaban como indispensables. Todos terminaron siendo cuestionados por transformaciones materiales y luchas humanas.
Lo mismo ocurre con las supuestas verdades eternas del sistema capitalista. Que debamos competir permanentemente, que la riqueza se concentre en unas pocas manos o que millones de personas dependan de vender su trabajo son características de determinadas relaciones históricas, no leyes inmutables de la naturaleza.
Comprender cómo se forma el "sentido común" permite distinguir las necesidades humanas de las exigencias particulares del sistema económico dominante.
Y conduce a una conclusión incómoda para quienes presentan el orden existente como definitivo: si la historia ha cambiado tantas veces aquello que parecía natural, ¿por qué habríamos de creer que nuestra sociedad constituye la última forma posible de organizar la vida humana?
(*) Manuel Medina es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia, y coautor del libro "El Gran Reajuste".
FUENTES Y REFERENCIAS
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Jorge Veraza Urtuzuástegui. Marx y la psicología social del sentido común. Colección Socialismo y Libertad, n.º 278. Fuente teórica principal.
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Karl Marx. El capital, libro primero, capítulo I, apartado sobre el fetichismo de la mercancía.
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Karl Marx y Friedrich Engels. La ideología alemana.
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Antonio Gramsci. Cuadernos de la cárcel. Edición crítica a cargo de Valentino Gerratana, cuaderno 11, § 12.
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Parlamento británico: historia de la esclavitud y su abolición.
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Ministerio de Cultura y Patrimonio de Nueva Zelanda: sufragio femenino.


































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