GENEALOGÍA DE UN MITO COLONIAL: LA RAÍZ CRISTIANA DEL SIONISMO
La historia que permanece oculta tras el nacimiento del sionismo
Mucho antes de que Theodor Herzl formulara su proyecto sionista, sectores del protestantismo británico ya habían convertido Palestina en objeto de sus profecías religiosas y ambiciones imperiales. El periodista Pablo Jofré Leal reconstruye las raíces cristianas de una ideología que terminaría sirviendo de justificación al despojo del pueblo palestino.
Por PABLO JOFRÉ LEAL (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
En el escenario geopolítico contemporáneo, comprender las transformaciones de la extrema derecha global exige examinar cómo convergen de manera orgánica el fundamentalismo religioso y los intereses imperiales. En este engranaje, el cristianismo evangélico neopentecostal y su vinculación simbiótica con el sionismo político ocupan un papel central en el impulso de agendas ultraderechistas.
Este fenómeno no es casual ni espontáneo; responde a un cuidadoso trabajo de ingeniería ideológica, en el que operan activamente centros de influencia y diplomacias paralelas de la llamada "hasbará" sionista, diseñado para naturalizar el apoyo incondicional al régimen de ocupación israelí a partir de mitos bíblicos descontextualizados. La instrumentalización de la fe se ha convertido así en un arma geopolítica de primera magnitud, capaz de movilizar millones de votos y legitimar regímenes autoritarios bajo una supuesta pátina de mandato divino.
Las consecuencias de esta hegemonía ideológica se manifiestan con crudeza, por ejemplo, en América Latina, operando como un motor clave para el ascenso de liderazgos de ultraderecha. El caso paradigmático es el de Brasil, donde la alianza, absolutamente surrealista, entre sectores del neopentecostalismo y el sionismo político allanó el camino para la elección de Jair Bolsonaro y se proyecta hoy con fuerza en la disputa electoral de su hijo Flavio Bolsonaro frente al proyecto progresista de Luiz Inácio Lula da Silva que se enfrentarán el próximo 25 de octubre en la segunda vuelta presidencial.
Esta estrategia demuestra cómo la manipulación de la escatología religiosa no sólo subordina las conciencias a intereses geoestratégicos ajenos, sino que redefine el tablero electoral latinoamericano en función de la defensa de un proyecto colonial y hegemónico global. La narrativa dominante en la historiografía oficial contemporánea suele presentar al sionismo como un movimiento secular de emancipación nacional judía, surgido como una respuesta ineludible al antisemitismo europeo y exacerbado por la tragedia del holocausto.
Sin embargo, un análisis geopolítico e histórico riguroso, que entronca con las tesis expuestas por este cronista, en obras como Sionismo: La ideología que extermina (Ceibo Ediciones, 2023) devela una realidad profundamente distinta: el sionismo político y su postulado central sobre el "retorno a Sion" no nació en las sinagogas de la Europa oriental, sino en los púlpitos del protestantismo fundamentalista británico y norteamericano siglos antes de que el sionista de origen húngaro Theodor Herzl redactara el panfleto Der Judenstaat (El Estado Judío).
Lejos de ser el judaísmo tradicional el artífice de esta ideología, las comunidades judías europeas fueron históricamente reacias u opositoras al sionismo en sus orígenes, viéndolo como una ruptura con su tradición espiritual y teológica. Fueron los círculos cristianos fundamentalistas, impulsados por cálculos escatológicos e intereses imperiales, quienes concibieron, financiaron y exigieron la transferencia de la población judía europea hacia Palestina. En este entramado, el pueblo palestino ha debido pagar un altísimo precio por un mito de ingeniería teológica y colonial occidental.
Matriz cristiana y el dispensacionalismo: Los verdaderos arquitectos del falso “Retorno"
Contrario al mito fundacional, la idea de forzar un retorno físico de los judíos a Palestina para acelerar el cumplimiento de profecías bíblicas, el llamado milenarismo o restauracionismo, floreció en el mundo protestante mucho antes de la emergencia del movimiento político sionista secular.
Ya en el siglo XVII, en plena resaca de la Reforma y el puritanismo inglés, figuras como el jurista y teólogo Sir Henry Finch publicaron obras capitales como fue el texto he World’s Great Restauration (1) donde postulaba que los judíos debían retornar a su tierra ancestral como condición previa para la segunda venida de Cristo. Esta corriente teológica se consolidó en el siglo XIX a través del dispensacionalismo, popularizado por el pastor anglicano reconvertido John Nelson Darby (1800–1882) y sistematizado en la Biblia de Referencia Scofield (1909) considerada una de las biblias más influyentes de la historia del cristianismo protestante, especialmente dentro del fundamentalismo y el dispensacionalismo (2).
El dispensacionalismo introdujo una lectura geopolítica de las Escrituras que condicionaba la salvación y el favor divino a la restauración política del que denominaban pueblo judío en Palestina, convirtiendo la geografía de aquellas tierras de Asia occidental, en un tablero escatológico. Teólogos y políticos británicos de la aristocracia imperial adoptaron esta doctrina con fervor mesiánico y pragmatismo estratégico.
El puente entre la teología protestante y la acción imperial británica tuvo un nombre central: Anthony Ashley-Cooper, 7º Conde de Shaftesbury (1801–1885). Líder evangélico y político de vasta influencia, Shaftesbury, quien fue el primer estratega en articular la necesidad de poblar Palestina con europeos de creencia judía, para servir a los intereses de la Corona británica en Asia Occidental.
Ya en 1839, Shaftesbury publicó un influyente artículo en la Quarterly Review donde acuñó la famosa fórmula geopolítica de "una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra", invisibilizando deliberadamente a la sociedad palestina preexistente. Presionado por sus convicciones milenaristas y por la conveniencia de crear un protectorado cristiano-occidental en el corazón del Levante mediterráneo, para debilitar al Imperio Otomano y asegurar las rutas hacia la India, Shaftesbury escribió en su diario personal:
"Inglaterra debe dar el primer paso [...] para conceder a los judíos posesión de su antigua tierra; un país sin nación para una nación sin país".
La narrativa oficial sobre la creación de Israel se presenta como un relato romántico y milagroso de un pueblo milenariamente exiliado que "retorna" a una tierra vacía para así florecer. Sin embargo, un análisis riguroso de la historia desmantela esta falacia mitológica. Esta visión, adoptada por el mencionado Lord Palmerston, canciller británico quien en 1840 instó formalmente al sultán otomano a facilitar el asentamiento judío en Palestina bajo protección europea, expone una realidad radicalmente distinta.
El sionismo nació como un proyecto geopolítico imperialista y cristiano, concebido en Londres décadas antes de que apareciera el sionismo político judío secular. Desde la perspectiva de la defensa de los derechos del pueblo palestino y de la crítica anticolonial, este trasfondo revela cómo Palestina no fue el escenario de un reencuentro espiritual, sino el tablero de ajedrez de los intereses hegemónicos occidentales.
Décadas antes de que Theodor Herzl escribiera Der Judenstaat (1896) o se convocara el Primer Congreso Sionista, las altas esferas del Imperio británico ya maquinaban la ocupación y colonización de Palestina. Tal como documenta Donald M. Lewis en su obra (3) figuras de la elite imperial y evangélica impulsaban esta idea impulsada tanto por dogmas teológicos escatológicos como por un pragmatismo absolutamente cínico: asegurar un enclave leal que debilitara al Imperio otomano y protegiera las rutas estratégicas hacia la India. Los despachos de Lord Palmerston en 1840 son la prueba fehaciente de que la idea de plantar una colonia protegida por Europa en Oriente Medio responde a la cartografía del imperialismo británico, no a un deseo de emancipación espontánea de los pueblos de la región.
Para legitimar esta transferencia poblacional, la diplomacia occidental y los ideólogos sionistas recurrieron a uno de los mitos coloniales más perversos y falsificadores de la modernidad: la falacia de que Palestina era una "tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra". Como señala el historiador palestino Nur Masalha (4) Palestina estaba densamente habitada, cultivada y contaba con una vibrante sociedad urbana y rural. Invisibilizar al nativo era el requisito indispensable para justificar su desposesión. El mito operaba como un borrador ideológico que despojaba a los palestinos de su humanidad y de sus derechos inalienables sobre su propio suelo.
(*) Pablo Jofré Leal. Periodista y Analista Internacional.
Por PABLO JOFRÉ LEAL (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
En el escenario geopolítico contemporáneo, comprender las transformaciones de la extrema derecha global exige examinar cómo convergen de manera orgánica el fundamentalismo religioso y los intereses imperiales. En este engranaje, el cristianismo evangélico neopentecostal y su vinculación simbiótica con el sionismo político ocupan un papel central en el impulso de agendas ultraderechistas.
Este fenómeno no es casual ni espontáneo; responde a un cuidadoso trabajo de ingeniería ideológica, en el que operan activamente centros de influencia y diplomacias paralelas de la llamada "hasbará" sionista, diseñado para naturalizar el apoyo incondicional al régimen de ocupación israelí a partir de mitos bíblicos descontextualizados. La instrumentalización de la fe se ha convertido así en un arma geopolítica de primera magnitud, capaz de movilizar millones de votos y legitimar regímenes autoritarios bajo una supuesta pátina de mandato divino.
Las consecuencias de esta hegemonía ideológica se manifiestan con crudeza, por ejemplo, en América Latina, operando como un motor clave para el ascenso de liderazgos de ultraderecha. El caso paradigmático es el de Brasil, donde la alianza, absolutamente surrealista, entre sectores del neopentecostalismo y el sionismo político allanó el camino para la elección de Jair Bolsonaro y se proyecta hoy con fuerza en la disputa electoral de su hijo Flavio Bolsonaro frente al proyecto progresista de Luiz Inácio Lula da Silva que se enfrentarán el próximo 25 de octubre en la segunda vuelta presidencial.
Esta estrategia demuestra cómo la manipulación de la escatología religiosa no sólo subordina las conciencias a intereses geoestratégicos ajenos, sino que redefine el tablero electoral latinoamericano en función de la defensa de un proyecto colonial y hegemónico global. La narrativa dominante en la historiografía oficial contemporánea suele presentar al sionismo como un movimiento secular de emancipación nacional judía, surgido como una respuesta ineludible al antisemitismo europeo y exacerbado por la tragedia del holocausto.
Sin embargo, un análisis geopolítico e histórico riguroso, que entronca con las tesis expuestas por este cronista, en obras como Sionismo: La ideología que extermina (Ceibo Ediciones, 2023) devela una realidad profundamente distinta: el sionismo político y su postulado central sobre el "retorno a Sion" no nació en las sinagogas de la Europa oriental, sino en los púlpitos del protestantismo fundamentalista británico y norteamericano siglos antes de que el sionista de origen húngaro Theodor Herzl redactara el panfleto Der Judenstaat (El Estado Judío).
Lejos de ser el judaísmo tradicional el artífice de esta ideología, las comunidades judías europeas fueron históricamente reacias u opositoras al sionismo en sus orígenes, viéndolo como una ruptura con su tradición espiritual y teológica. Fueron los círculos cristianos fundamentalistas, impulsados por cálculos escatológicos e intereses imperiales, quienes concibieron, financiaron y exigieron la transferencia de la población judía europea hacia Palestina. En este entramado, el pueblo palestino ha debido pagar un altísimo precio por un mito de ingeniería teológica y colonial occidental.
Matriz cristiana y el dispensacionalismo: Los verdaderos arquitectos del falso “Retorno"
Contrario al mito fundacional, la idea de forzar un retorno físico de los judíos a Palestina para acelerar el cumplimiento de profecías bíblicas, el llamado milenarismo o restauracionismo, floreció en el mundo protestante mucho antes de la emergencia del movimiento político sionista secular.
Ya en el siglo XVII, en plena resaca de la Reforma y el puritanismo inglés, figuras como el jurista y teólogo Sir Henry Finch publicaron obras capitales como fue el texto he World’s Great Restauration (1) donde postulaba que los judíos debían retornar a su tierra ancestral como condición previa para la segunda venida de Cristo. Esta corriente teológica se consolidó en el siglo XIX a través del dispensacionalismo, popularizado por el pastor anglicano reconvertido John Nelson Darby (1800–1882) y sistematizado en la Biblia de Referencia Scofield (1909) considerada una de las biblias más influyentes de la historia del cristianismo protestante, especialmente dentro del fundamentalismo y el dispensacionalismo (2).
El dispensacionalismo introdujo una lectura geopolítica de las Escrituras que condicionaba la salvación y el favor divino a la restauración política del que denominaban pueblo judío en Palestina, convirtiendo la geografía de aquellas tierras de Asia occidental, en un tablero escatológico. Teólogos y políticos británicos de la aristocracia imperial adoptaron esta doctrina con fervor mesiánico y pragmatismo estratégico.
El puente entre la teología protestante y la acción imperial británica tuvo un nombre central: Anthony Ashley-Cooper, 7º Conde de Shaftesbury (1801–1885). Líder evangélico y político de vasta influencia, Shaftesbury, quien fue el primer estratega en articular la necesidad de poblar Palestina con europeos de creencia judía, para servir a los intereses de la Corona británica en Asia Occidental.
Ya en 1839, Shaftesbury publicó un influyente artículo en la Quarterly Review donde acuñó la famosa fórmula geopolítica de "una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra", invisibilizando deliberadamente a la sociedad palestina preexistente. Presionado por sus convicciones milenaristas y por la conveniencia de crear un protectorado cristiano-occidental en el corazón del Levante mediterráneo, para debilitar al Imperio Otomano y asegurar las rutas hacia la India, Shaftesbury escribió en su diario personal:
"Inglaterra debe dar el primer paso [...] para conceder a los judíos posesión de su antigua tierra; un país sin nación para una nación sin país".
La narrativa oficial sobre la creación de Israel se presenta como un relato romántico y milagroso de un pueblo milenariamente exiliado que "retorna" a una tierra vacía para así florecer. Sin embargo, un análisis riguroso de la historia desmantela esta falacia mitológica. Esta visión, adoptada por el mencionado Lord Palmerston, canciller británico quien en 1840 instó formalmente al sultán otomano a facilitar el asentamiento judío en Palestina bajo protección europea, expone una realidad radicalmente distinta.
El sionismo nació como un proyecto geopolítico imperialista y cristiano, concebido en Londres décadas antes de que apareciera el sionismo político judío secular. Desde la perspectiva de la defensa de los derechos del pueblo palestino y de la crítica anticolonial, este trasfondo revela cómo Palestina no fue el escenario de un reencuentro espiritual, sino el tablero de ajedrez de los intereses hegemónicos occidentales.
Décadas antes de que Theodor Herzl escribiera Der Judenstaat (1896) o se convocara el Primer Congreso Sionista, las altas esferas del Imperio británico ya maquinaban la ocupación y colonización de Palestina. Tal como documenta Donald M. Lewis en su obra (3) figuras de la elite imperial y evangélica impulsaban esta idea impulsada tanto por dogmas teológicos escatológicos como por un pragmatismo absolutamente cínico: asegurar un enclave leal que debilitara al Imperio otomano y protegiera las rutas estratégicas hacia la India. Los despachos de Lord Palmerston en 1840 son la prueba fehaciente de que la idea de plantar una colonia protegida por Europa en Oriente Medio responde a la cartografía del imperialismo británico, no a un deseo de emancipación espontánea de los pueblos de la región.
Para legitimar esta transferencia poblacional, la diplomacia occidental y los ideólogos sionistas recurrieron a uno de los mitos coloniales más perversos y falsificadores de la modernidad: la falacia de que Palestina era una "tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra". Como señala el historiador palestino Nur Masalha (4) Palestina estaba densamente habitada, cultivada y contaba con una vibrante sociedad urbana y rural. Invisibilizar al nativo era el requisito indispensable para justificar su desposesión. El mito operaba como un borrador ideológico que despojaba a los palestinos de su humanidad y de sus derechos inalienables sobre su propio suelo.
(*) Pablo Jofré Leal. Periodista y Analista Internacional.










































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