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Martes, 20 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

CUBA: VENEZUELA, MÉXICO Y RUSIA ¿DE "ALIADOS SOLIDARIOS" A CÓMPLICES DE TRUMP?

Rompiendo la «conspiración del silencio» mediático: ¿Cuáles son las razones por las que Venezuela, México y Rusia no impiden que Trump asfixie energéticamente a Cuba?

Mientras Trump intenta doblegar a Cuba mediante el hambre energética, millones de cubanos sufren apagones, escasez y hospitales al límite. Venezuela y México han cerrado sus suministros petroleros, mientras Rusia no garantiza una alternativa. La isla que envió médicos para salvar vidas contempla ahora cómo sus antiguos aliados anteponen otros intereses a su supervivencia.

 

 POR MÁXIMO RELTI PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

     Donald Trump pretende conseguir en Naciones Unidas lo [Img #95085]que lleva meses intentando mediante la presión económica: reducir la resistencia internacional a su política contra Cuba. Mientras Washington busca apoyos diplomáticos, millones de cubanos afrontan una crisis energética que alcanza a hospitales, escuelas, transportes y hogares. Pero detrás de esta situación aparece una realidad menos conocida: el combustible que necesita la isla también ha dejado de llegar desde países con los que mantuvo durante décadas estrechas relaciones de cooperación.

 

 UNA BATALLA EN LA ONU, MIENTRAS CUBA SE QUEDA SIN LUZ

    El lunes 19 de octubre, la sede de Naciones Unidas en Nueva York fue escenario de una nueva  y virulenta ofensiva estadounidense contra Cuba. El embajador de Washington, Mike Waltz, organizó un acto con opositores cubanos y antiguos presos políticos para denunciar al Gobierno de La Habana. El propósito diplomático era influir sobre los países que deberán pronunciarse, los próximos 27 y 28 de octubre, acerca de la resolución que reclama el fin del embargo económico estadounidense contra la Isla.

 

   No se trataba de una reunión cualquiera. Desde 1992, la Asamblea General viene aprobando, por amplísimas mayorías, resoluciones contrarias al embargo. En 2025, fueron 165 los Estados que respaldaron su levantamiento, frente a siete votos contrarios y doce abstenciones. Trump intenta ahora disminuir ese respaldo y presentar el resultado como un cuestionamiento de la posición cubana. 

 
 

    Estados Unidos alegó que pretendía denunciar violaciones de derechos humanos cometidas por las autoridades cubanas. El embajador de La Habana, Ernesto Soberón Guzmán, respondió acusando a Washington de utilizar el acto para desviar la atención de las consecuencias de sus sanciones. Ambas cuestiones merecen un examen riguroso: las denuncias de supuesta represión política no justifican por sí mismas restringir suministros esenciales para toda una población. 

 

    Pero mientras se desarrollaba esta batalla diplomática, otra mucho menos visible tenía lugar a miles de kilómetros de Nueva York. En Cuba, la falta de combustible estaba condicionando algo tan elemental como encender una luz, poder conservar los alimentos o mantener en funcionamiento un hospital.

 

   ¿QUÉ SIGNIFICA REALMENTE DEJAR A UN PAÍS SIN PETRÓLEO?

    Para entender las consecuencias del cerco energético al que los EEUU tiene sometido a la Isla  conviene abandonar por un momento el lenguaje de los gobiernos y de las cancillerías. Cuando se habla de reducir suministros petroleros, puede parecer que se está discutiendo exclusivamente sobre barcos, refinerías y contratos. Sin embargo, detrás de esas palabras se encuentran las actividades más elementales de la vida cotidiana.

 

    Pensemos en una familia que conserva en un frigorífico la poca comida que ha podido adquirir. Un apagón prolongado puede echarla a perder. Pensemos en una persona mayor que necesita subir varias plantas hasta su vivienda porque el ascensor ha dejado de funcionar, o en una madre que debe cocinar sin electricidad después de regresar de su trabajo. No son testimonios individuales recogidos para este reportaje, sino ejemplos concretos de cómo la escasez energética puede transformar dificultades cotidianas en puros problemas de supervivencia.

 

   El funcionamiento de un hospital permite comprender todavía mejor la gravedad del problema. Una interrupción eléctrica no afecta solamente a las bombillas: compromete equipos de diagnóstico, quirófanos, sistemas de refrigeración de medicamentos y aparatos de soporte vital. Los generadores de emergencia pueden evitar una tragedia inmediata, pero también necesitan combustible. La escasez, por tanto, amenaza tanto al suministro ordinario como a los mecanismos destinados a sustituirlo.

 

    Algo semejante ocurre con el agua. Para que llegue a una vivienda, en muchos lugares es necesario bombearla mediante instalaciones que consumen electricidad. Cuando esta falta, tampoco basta con abrir un grifo. El transporte público, la recogida de basuras y la distribución de mercancías dependen, a su vez, de una red energética sin la cual las ciudades dejan de funcionar con normalidad.

 

   En febrero de 2026, Cuba llegó a comunicar a las compañías aéreas internacionales que carecía de combustible para repostar aviones. La noticia, recogida por la prensa, mostraba que la escasez ya no se limitaba al suministro eléctrico doméstico: alcanzaba también a las conexiones internacionales y a una actividad turística de la que depende una parte importante de los ingresos nacionales.

 

     El 9 de octubre, el ministro cubano de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, ofreció a la agencia Reuters una medida de la gravedad de la situación. Según explicó, el combustible que estaba entrando en la isla procedía del sector privado y se destinaba fundamentalmente a sus propias actividades. Calculó que aquellas importaciones no cubrían siquiera el 3 % de las necesidades nacionales.

 
 

   Cuba también arrastra problemas internos: centrales envejecidas, mantenimiento insuficiente, dificultades de financiación y deficiencias de gestión. Pero reconocer estas circunstancias no elimina las consecuencias de impedirle adquirir combustible en el exterior. Una economía con instalaciones deterioradas necesita más recursos para repararlas, no menos posibilidades de conseguirlos.

 

  EL BLOQUEO NO TERMINA EN LAS FRONTERAS DE ESTADOS UNIDOS

    Existe una idea bastante extendida: el bloqueo es una política que Estados Unidos aplica directamente a Cuba, mientras los demás países mantienen la libertad de comerciar con ella. La realidad de 2026 es considerablemente más compleja. Washington no se ha limitado a restringir las operaciones de sus propias empresas, sino que ha utilizado su enorme poder comercial para amenazar a otros Estados.

 

    El 29 de enero, Trump firmó la Orden Ejecutiva 14380, que establece un procedimiento para imponer aranceles adicionales a las mercancías procedentes de países que vendan o suministren petróleo a Cuba, directamente o mediante intermediarios. Su aplicación no es automática, pero la amenaza resulta suficientemente explícita: cualquier Gobierno que facilite combustible a La Habana puede poner en peligro una parte de sus exportaciones hacia Estados Unidos.

 

      El mecanismo es fácil de comprender. Un país puede vender a Cuba una cantidad relativamente pequeña de petróleo y, al mismo tiempo, exportar mercancías por miles de millones de dólares al mercado estadounidense. Si Washington amenaza con encarecer esas exportaciones, sus dirigentes se enfrentan a una decisión que ya no depende solamente de las necesidades cubanas o de sus contratos comerciales.

   Así funciona una relación profundamente desigual entre economías. No es necesario prohibir físicamente la salida de todos los petroleros. Basta con conseguir que sus propietarios, aseguradoras, bancos y gobiernos consideren demasiado costoso mantener determinadas operaciones.

 

  En este contexto adquieren una importancia particular Venezuela y México, dos países que durante años estuvieron entre los principales proveedores energéticos de Cuba. Rusia completa el panorama, aunque su situación presenta diferencias que deben consignarse.

 

 VENEZUELA: CUANDO EL PETRÓLEO DEJÓ DE PAGAR A LOS MÉDICOS

    Durante más de veinte años, las relaciones entre Cuba y Venezuela estuvieron organizadas alrededor de un intercambio singular: petróleo venezolano por servicios médicos, educativos y técnicos cubanos. Los acuerdos impulsados por Hugo Chávez y Fidel Castro permitieron que numerosos profesionales de la Isla trabajaran en numerosas comunidades venezolanas que históricamente habían tenido enormes dificultades para acceder a la asistencia sanitaria.

 

   La "Misión Barrio Adentro" fue una de las expresiones más conocidas de aquella cooperación. Médicos cubanos atendían en consultorios de barrios populares, desarrollaban programas de prevención y visitaban comunidades donde la presencia de servicios sanitarios había sido históricamente deficitaria. Un estudio publicado en la revista científica Public Health en 2010 calculaba que unos 31.000 profesionales sanitarios cubanos participaban entonces en el programa y señalaba importantes incrementos en las consultas médicas.

 
 

   Para comprender su significado, basta imaginar a una familia de un barrio humilde de Caracas que anteriormente debía desplazarse largas distancias para conseguir una consulta. La llegada de un médico a su propia comunidad podía representar la diferencia entre recibir atención a tiempo o resignarse a no tenerla. Aquellos servicios tenían una dimensión humana evidente, aunque también formaban parte de convenios económicos entre ambos Estados.

 

   A cambio, Venezuela suministraba petróleo a Cuba en condiciones favorables. Sin embargo, las cantidades ya habían ido disminuyendo antes de la intervención militar estadounidense de enero de 2026. Reuters calculó que, entre enero y octubre de 2025, las entregas venezolanas rondaron los 27.400 barriles diarios, un 15 % menos que en el mismo periodo del año anterior. La disminución, se decía entonces, respondía a problemas productivos y económicos de Venezuela.

 

     Pero la  ruptura decisiva llegó tras la operación militar estadounidense del 3 de enero y el secuestro de Nicolás Maduro. Washington pasó a desempeñar un papel determinante sobre la comercialización petrolera venezolana, mientras el nuevo Gobierno encabezado por Delcy Rodríguez dejó de mantener los envíos habituales a Cuba. El 11 de enero, Trump, como si dispusiera de algún tipo de autoridad sobre Venezuela, anunció que la Isla no recibiría más petróleo ni dinero venezolano.   

 

     Aquí aparece una cuestión que las explicaciones oficiales no resuelven satisfactoriamente. El Gobierno estadounidense ha presentado el petróleo venezolano enviado a Cuba como una subvención o una entrega gratuita, ignorando en buena medida el sistema de contraprestaciones médicas y técnicas desarrollado durante décadas. Por su parte, no se ha encontrado una explicación pública  por parte de las autoridades venezolanas que permita conocer los términos concretos de tal suspensión.

 

    El resultado, en cualquier caso, resulta difícil de conciliar con la historia de cooperación entre ambos pueblos. Mientras los hospitales venezolanos recibieron durante años asistencia de profesionales cubanos, Cuba ha perdido uno de sus principales suministros energéticos precisamente cuando sus propios hospitales necesitan electricidad. La presión estadounidense explica el nuevo marco político, pero también correspondería preguntar a las autoridades de Caracas qué decisiones han adoptado y qué esfuerzos están realizando para evitar sus consecuencias.

 

MÉXICO: CUANDO LA SOLIDARIDAD SE ENFRENTA A LOS ARANCELES

    El caso mexicano resulta particularmente ilustrativo porque permite observar cómo opera una amenaza comercial sobre un gobierno que públicamente defiende su solidaridad con Cuba. Durante 2025, la empresa estatal Pemex suministró petróleo y derivados a la isla por valor de 496 millones de dólares. Su director general, Víctor Rodríguez, explicó en febrero de 2026 que existía un contrato comercial de duración indefinida y que Cuba no mantenía deudas pendientes por aquellas operaciones.

 

     Pero después de que Trump anunciara posibles aranceles contra los proveedores petroleros de Cuba, los envíos mexicanos quedaron suspendidos. La presidenta Claudia Sheinbaum había defendido inicialmente el carácter soberano de las decisiones de Pemex, así como la necesidad de atender los compromisos comerciales y las necesidades energéticas internas. El 9 de febrero confirmó que los suministros estaban detenidos mientras su Gobierno buscaba alternativas diplomáticas para continuar ayudando a La Habana, sin exponerse a las represalias estadounidenses.

 

    México no rompió sus relaciones con Cuba y siguió enviando ayuda humanitaria. Esa diferencia debe reconocerse. Sin embargo, alimentos y otros productos de primera necesidad no sustituyen el combustible que necesita un sistema eléctrico nacional. Una caja de medicamentos constituye una ayuda valiosa, pero no resuelve la falta de energía necesaria para conservar determinados fármacos o mantener funcionando equipos hospitalarios.

 

   La contradicción adquiere mayor importancia al recordar lo sucedido durante la pandemia de COVID-19. En mayo de 2020, la Agencia Reuters documentó la presencia de unos 500 profesionales sanitarios cubanos en Ciudad de México, mientras otras fuentes oficiales situaban el contingente en aproximadamente 600. Aquellos médicos y enfermeros llegaron cuando los hospitales estaban sometidos a una presión extraordinaria y el personal sanitario afrontaba diariamente el riesgo de contagio.

 

     La cooperación no terminó con la pandemia. En julio de 2024, México anunció la contratación de otros 2.700 médicos cubanos, que se sumarían a los 950 que ya trabajaban en 23 estados. El programa respondía a carencias de especialistas en distintas regiones mexicanas.

 

     Hay una pregunta inevitable. Cuando México necesitó médicos, Cuba participó en acuerdos para proporcionárselos. Ahora que Cuba necesita petróleo, ¿hasta dónde está dispuesto a llegar el Gobierno mexicano para garantizar que las amenazas de Washington no impidan mantener esos intercambios?

 

    No se trata de negar las dificultades comerciales de México ni de desconocer que la Administración estadounidense dispone de importantes instrumentos de presión sobre su economía. Se trata de reconocer que una decisión presentada como contractual o prudente también tiene consecuencias humanas. Entre proteger intereses comerciales y asumir riesgos en defensa de una relación solidaria existe una contradicción política que merece ser discutida abiertamente.

 

RUSIA Y LOS NIÑOS DE CHERNÓBIL: UNA MEMORIA QUE NO DEBERÍA DESAPARECER

     Rusia constituye un caso diferente. Durante los últimos años suministró petróleo y combustibles a Cuba, pero en cantidades inferiores a las de Venezuela y México. Sus aportaciones fueron insuficientes para compensar el descenso de otros proveedores y tampoco existe documentación que permita afirmar que Moscú haya ordenado suspender definitivamente las entregas por exigencia de Trump.

 

    Pero lo que también es sabido es que las posiciones claramente prorusas de Trump en relación con la guerra de Ucrania han tenido como efectos inmediatos, sorprendentes cambios de posición en relación con el inesperado final de la guerra de Siria, el apoyo al Plan estadounidense en relación con Gaza , o la negativa rusa a hacer uso de su derecho al veto cuando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 2797 promovida por los EEUU, en la que se apoyaba el "Plan marroquí de autonomía" para el Sáhara Occidental.

 

    En 1986, la explosión de la central nuclear de Chernóbil provocó una catástrofe cuyas consecuencias sanitarias afectaron a miles de familias de la antigua Unión Soviética. Años después, Cuba organizó un programa de atención médica para personas afectadas, especialmente menores de edad, en instalaciones de Tarará, cerca de La Habana.

   Entre 1990 y 2011 fueron atendidos 26.114 pacientes, de los cuales el 84 % eran niños, procedentes principalmente de Ucrania, Rusia y Bielorrusia. El programa incluía asistencia médica, rehabilitación y seguimiento especializado. Un estudio publicado en la revista científica Nucleus documentó sus resultados y confirmó su carácter gratuito.

     La dimensión humana de aquel esfuerzo merece detenerse en ella. Eran niños que habían vivido las consecuencias de una catástrofe nuclear, familias enfrentadas a enfermedades, incertidumbres y tratamientos prolongados. Cuba puso a su disposición médicos, instalaciones y recursos sanitarios durante más de dos décadas, incluso después de la desaparición de la Unión Soviética y en medio de sus propias dificultades económicas.

     La comparación con la crisis actual no demuestra una responsabilidad rusa directa en el bloqueo. Pero sí plantea una cuestión sobre la memoria de las relaciones internacionales: ¿qué valor conservan los compromisos de cooperación cuando quien necesita ayuda es precisamente el país que anteriormente la prestó?

 

ROMPIENDO "SILENCIOS SELECTIVOS" Y LAS CONTRADICCIONES DE DETERMINADA "PRENSA PROGRE" 

     El papel de los medios de comunicación introduce otra dimensión del problema. Buena parte de la cobertura internacional se concentra en las decisiones de Trump, las declaraciones del Gobierno cubano y el deterioro de las condiciones de vida en la isla. En ese relato, las decisiones concretas de otros gobiernos pueden quedar relegadas a un segundo plano.

 

   La crítica periodística, por tanto, debe formularse con mayor precisión. No consiste en atribuir a estos medios un silencio absoluto que sus propias publicaciones desmienten. La cuestión es si conceden suficiente importancia a la responsabilidad política de los gobiernos que suspenden suministros y si examinan con la misma exigencia sus decisiones y sus declaraciones de solidaridad.

 

   Existe una diferencia entre informar de que México ha dejado de enviar petróleo porque teme represalias y preguntarse qué significa esa decisión para un pueblo que depende de aquellos suministros. Existe también una diferencia entre atribuir exclusivamente a Trump el cierre del grifo venezolano y analizar el papel que han desempeñado  las actuales e impresentables autoridades de Caracas en su ejecución.

 

    En este terreno, el periodismo comprometido con los derechos sociales tiene una responsabilidad especial. No debería confundir la defensa de los pueblos con la defensa automática de sus gobiernos, ni aceptar sin examen las explicaciones de dirigentes que se presentan como solidarios mientras sus decisiones producen consecuencias que merecen ser investigadas.

 

LA SOLIDARIDAD SE DEMUESTRA CUANDO RESULTA COSTOSA

    La historia de Cuba contiene numerosos episodios de cooperación internacional, algunos desarrollados en condiciones económicas extremadamente difíciles. Los médicos enviados a los barrios populares venezolanos, los profesionales que atendieron enfermos durante la pandemia en México y el tratamiento gratuito de miles de víctimas de Chernóbil constituyen hechos documentados, más allá de las controversias políticas que hayan acompañado a cada programa.

 

   También es cierto que muchos de esos servicios formaron parte de acuerdos remunerados. Reconocerlo no disminuye el valor de la atención prestada a las poblaciones que la necesitaban. Lo que demuestra es que la solidaridad entre Estados puede incorporar intercambios económicos sin perder necesariamente su utilidad social.

 

   Ahora Cuba se encuentra ante una situación inversa. Es su población la que necesita ayuda exterior para disponer de electricidad, combustible y servicios básicos. Estados Unidos ha utilizado su poder económico para dificultar ese abastecimiento, mientras algunos de los proveedores históricos han suspendido entregas o no han conseguido mantenerlas en cantidades suficientes.

 

  Las responsabilidades no son idénticas. Washington ha impulsado explícitamente las amenazas comerciales; Venezuela ha interrumpido sus suministros tradicionales bajo el nuevo escenario político impuesto tras la intervención estadounidense; México ha detenido los envíos ante el riesgo de represalias; y Rusia no ha proporcionado una solución energética suficiente, posiblemente como contraprestación a acuerdos menos confesables con los EEUU.

 

    Pero existe una realidad que trasciende las justificaciones diplomáticas: quien sufre las consecuencias de la escasez no es una abstracción denominada Estado cubano. Es una población formada por trabajadores, pensionistas, niños, enfermos y familias que necesitan electricidad para vivir con dignidad.

 

    Durante años, Cuba envió médicos a otros países cuando estos los necesitaban. Envió también tropas que permitirían posteriormente acabar con el apartheid en Sudáfrica o la neocolonización de Angola.

 

    Hoy necesita que otros países encuentren la manera de suministrarle combustible. Y esa circunstancia recuerda una verdad elemental, frecuentemente olvidada entre tanto discurso hueco, declaraciones ininteligibles y acuerdos internacionales que no se cumplen: la solidaridad adquiere su verdadero significado cuando mantenerla exige asumir dificultades, y no solamente cuando "resulta conveniente".

 

 

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