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EL REFORMISMO DE LULA DESARMA A LOS TRABAJADORES Y DEVUELVE LA INICIATIVA A LA ULTRADERECHA

¿Puede el lulismo derrotar al bolsonarismo sin enfrentarse a las élites que lo sostienen?

Flávio Bolsonaro se impuso en la primera vuelta con el 47,03% de los votos, frente al 45,16% de Lula, sumando alrededor de cinco millones de sufragios más que su padre en 2022, mientras el actual presidente perdió unos tres millones. El avance se extendió también al Congreso: el Partido Liberal pasó de 98 a 121 diputados y de 15 a 28 senadores, confirmando que el "bolsonarismo" no solo ha sobrevivido a la derrota de Jair Bolsonaro, sino que además ha ampliado significativamente su fuerza electoral e institucional.

 

POR MANUEL MEDINA(*) PARA CANARIAS SEMANAL.ORG

 

     Las elecciones brasileñas del pasado domingo han dejado una imagen políticamente demoledora para Luiz Inácio Lula da [Img #94767]Silva. El dirigente del Partido de los Trabajadores (PT), que regresó a la Presidencia en 2023 presentado como el hombre capaz de cerrar definitivamente el ciclo bolsonarista, ha terminado la primera vuelta por detrás de Flávio Bolsonaro, el primogénito del expresidente Jair Bolsonaro y heredero político de su movimiento.

 

   La segunda vuelta del próximo 25 de octubre enfrentará, por tanto, no dos proyectos de transformación social contrapuestos, sino dos modalidades muy diferentes de administración del capitalismo brasileño: el reformismo conciliador del lulismo y una derecha radicalizada que combina neoliberalismo económico, autoritarismo político, conservadurismo social y estrecha identificación con el trumpismo estadounidense.

 

"EL BOLSONARISMO NO SOLO SOBREVIVIÓ A BOLSONARO: LLEGA A LA SEGUNDA VUELTA MÁS FUERTE QUE ANTES" 

 

TRECE CANDIDATOS, PERO DOS GRANDES BLOQUES ENFRENTADOS

    Más de 155 millones de brasileños estaban convocados a elegir presidente, gobernadores, senadores y diputados federales y estatales. Trece candidaturas concurrieron a la Presidencia, desde el propio Lula, candidato del PT y de la coalición Brasil Pronto pra Mais, hasta Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), junto con otra alternativas de derecha como Ronaldo Caiado o Romeu Zema y candidaturas de izquierda situadas fuera de la órbita del lulismo, como las del PCB, PSTU, PCO y Unidade Popular. 

 

    Sin embargo, la polarización efectiva se concentró alrededor de las dos grandes candidaturas. Con el 99,99% de las urnas escrutadas, Flávio Bolsonaro obtuvo 56.104.268 votos, el 47,03% de los válidos, mientras Lula quedó en 53.876.617, el 45,16%. Ambos volverán a enfrentarse el 25 de octubre. 

 

    No se trata solamente de una derrota relativa de Lula. El resultado revela un drástico desplazamiento político de los votantes. Flávio Bolsonaro obtuvo unos cinco millones de votos más que los alcanzados por su padre en la primera vuelta de 2022, mientras Lula perdió alrededor de tres millones.

 

   Paralelamente, el Partido Liberal y sus aliados avanzaron con fuerza en las elecciones legislativas y estatales. El  PL pasó de 98 a 121 diputados y de 15 a 28 senadores, consolidando un bloque derechista que puede aproximarse a la mayoría parlamentaria.  La cuestión que plantea ese resultado va mucho más allá de quién ocupará el Palacio del Planalto.

 

¿SE ESTABA DECIDIENDO UN CAMBIO SOCIAL EN BRASIL?

    Si por cambio social se entiende una modificación sustancial de las relaciones de propiedad, del poder económico o de la distribución estructural de la riqueza, difícilmente puede sostenerse que eso estuviera en juego entre Lula y Bolsonaro.

 

    El programa lulista nunca planteó durante este mandato una ruptura con el capitalismo brasileño. Tampoco cuestionó la propiedad monopolista, el sistema financiero, la concentración agraria o el papel central del capital privado. Su fórmula ha consistido precisamente en intentar compatibilizar políticas sociales redistributivas con la preservación de las estructuras fundamentales de acumulación.

 

"LULA REDUJO LA POBREZA, PERO NO SE ATREVIÓ A ALTERAR UN ÁPICE  LAS ESTRUCTURAS QUE SOSTIENEN EL PODER ECONÓMICO" 

 

   En no pocos artículos publicados anteriormente en este mismo digital hemos venido subrayando esa contradicción de Lula y de  la organización que lidera: transferencias sociales y determinadas mejoras para los sectores populares coexistieron con una política deliberada de conciliación con las élites económicas. En el campo, por ejemplo, el Gobierno incorporó directamente al agronegocio a su proyecto político, manteniendo intacta la gigantesca concentración de la propiedad rural existente en ese enorme país. 

 

    El problema resulta particularmente visible en la relación con el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra. El MST, históricamente vinculado al entorno político del PT lulista, ha venido reclamando a lo largo de décadas una Reforma Agraria que modificara la concentración de la propiedad de la tierra. Lula, sin embargo, terminó privilegiando la estabilidad de sus relaciones con la poderosa bancada ruralista y condicionando incluso las negociaciones con "los Sin Tierra" a que abandonaran las ocupaciones.  

 

   La disyuntiva electoral es ciertamente importante, porque una victoria bolsonarista implicará una ofensiva mucho más intensa contra los trabajadores, los movimientos sociales y determinados derechos. Pero confundir esa diferencia real con una alternativa entre capitalismo y transformación social sería atribuir al lulismo un contenido que su propia práctica gubernamental desmiente.

 

LULA: REDISTRIBUIR SIN MODIFICAR EL PODER

    El tercer mandato de Lula ofrece precisamente una demostración bastante nítida de las posibilidades y límites del reformismo.

 

   Su Gobierno recuperó y amplió Bolsa Família, aumentó el salario mínimo real, impulsó programas de vivienda, reforzó determinadas políticas públicas y consiguió mejorar levemente varios indicadores sociales. El FMI reconoce que la pobreza y la desigualdad continuaron descendiendo y que el desempleo llegó al 5,3% en diciembre de 2025, mínimo histórico, mientras aumentaba asimismo la proporción de trabajadores con contrato formal.  Sería absurdo negar esos resultados. Para millones de brasileños pobres, una transferencia monetaria, un empleo o un incremento salarial no constituyen abstracciones estadísticas.

 

    Pero una cosa es mejorar temporalmente las condiciones materiales de determinados sectores y otra transformar las relaciones que reproducen la desigualdad.

 

    Lula construyó desde el comienzo de su mandato una alianza enormemente amplia. Eligió como vicepresidente a Geraldo Alckmin, antiguo dirigente conservador y hombre con sólidos vínculos empresariales. Para poder gobernar, tuvo además que negociar constantemente con el llamado Centrão, un conglomerado parlamentario de derechas y centro-derecha, cuya adhesión depende menos de programas ideológicos que del control de presupuestos, ministerios y recursos estatales.

 

     En el campo económico, Fernando Haddad impulsó un nuevo marco fiscal que sustituyó al anterior techo de gasto, pero mantuvo explícitamente la disciplina presupuestaria como principio central de la política económica. 

 

FLÁVIO BOLSONARO SUMÓ CINCO MILLONES DE VOTOS MÁS QUE SU PADRE EN LA PRIMERA VUELTA DE 2022

 

    En el campo agrario, el Gobierno llegó a aprobar uno de los mayores planes de financiación agrícola de la historia brasileña. Sin embargo, el poder de los grandes propietarios permanecía sustancialmente intacto. En análisis previos realizados en diferentes artículos publicados en Canarias-Semanal, ya se había advertido que esa política no significaba combatir al agronegocio, sino todo lo contrario: integrarlo en el proyecto lulista. Así, efectivamente, ha terminado sucediendo.

 

    El resultado contiene, por tanto, una aparente paradoja. Brasil registra menos pobreza, menos desempleo y atenuadísimos avances distributivos, pero simultáneamente una parte creciente del electorado se desplaza hacia la ultraderecha.

 

   La contradicción desaparece cuando se comprende que mejorar ciertos indicadores no equivale necesariamente a  construir conciencia, organización y poder político entre los trabajadores.

 

FLÁVIO BOLSONARO: TRUMPISMO, MERCADO Y AUTORITARISMO

    Flávio Bolsonaro intenta presentarse como una versión civilizada de su padre. Tiene menos estridencias, evita algunas de sus provocaciones y ofrece una imagen formalmente más institucional. Pero el programa dice bastante más que las formas.

 

  Su propuesta registrada oficialmente ante el Tribunal Superior Electoral incluye reducción de impuestos, disminución del coste laboral, primacía de lo negociado sobre lo legislado, nuevas reglas fiscales, privatizaciones mediante un Programa Nacional de Desestatización, reducción de ministerios, reforma administrativa y una ofensiva explícita contra lo que denomina la «República Sindical».

 

    En materia de "seguridad" propone endurecimiento penal, reducción de la edad de responsabilidad criminal, supresión de la progresión de penas para determinados delitos, expansión del reconocimiento facial y una política de mano dura contra las organizaciones criminales. En educación plantea escuelas cívico-militares y la llamada «escuela sin adoctrinamiento» 

 

    Su cercanía ideológica con Donald Trump tampoco es ornamental. Flávio fue recibido por Trump en el Despacho Oval, visitó a Netanyahu, lanzó actos de campaña junto a Javier Milei y se ha insertado abiertamente en la nueva internacional derechista. El mercado financiero brasileño entendió perfectamente el mensaje: después de su victoria electoral, el índice Bovespa llegó a subir más del 8% y el real se apreció alrededor de un 4%, ante las expectativas de privatizaciones, recortes y mayor disciplina fiscal. 

 

    A todo ello se suma una considerable paradoja para quien promete combatir la corrupción. Flávio Bolsonaro está siendo investigado por el Supremo por presuntos delitos de corrupción, blanqueo y evasión de divisas vinculados al caso Banco Master. La investigación afecta a millones entregados por el banquero Daniel Vorcaro, cuyo banco dejó un agujero estimado en unos 10.000 millones de dólares.  Un audio divulgado por Intercept Brasil demostró además que Bolsonaro mantenía una relación personal con el banquero, pese a haber negado conocerlo, y que negoció con él una aportación millonaria destinada a una película sobre Jair Bolsonaro.  

 

CUANDO EL REFORMISMO DESARMA A SU PROPIA BASE SOCIAL

    La pregunta decisiva es cómo puede Brasil encontrarse nuevamente a las puertas del bolsonarismo apenas cuatro años después de que Lula regresara al poder prometiendo enterrarlo.

 

    Conviene evitar aquí una formulación mecánica. No existe una «ley universal» según la cual todo gobierno socialdemócrata produzca inevitablemente un gobierno ultraderechista. La investigación comparada no demuestra una transferencia automática del electorado socialdemócrata hacia la extrema derecha. De hecho, una parte importante de esos electores puede desplazarse hacia la abstención, la izquierda, los verdes o la derecha convencional. 

 

    Pero sí existe una regularidad histórica mucho más interesante. Cuando las organizaciones reformistas llegan al Gobierno apoyándose en expectativas de transformación, administran después las estructuras económicas existentes, aceptan sus límites como inevitables y sustituyen la movilización popular por la gestión institucional, pueden terminar desmovilizando precisamente a las fuerzas sociales que hicieron posible su victoria.

 

    La literatura académica sobre la crisis de la socialdemocracia identifica entre las causas de su declive la adopción de políticas neoliberales, la austeridad, la convergencia con la derecha y la pérdida de vínculos con su antigua base obrera.  

 

   Incluso el caso extremo de la República de Weimar ofrece una advertencia histórica: investigaciones cuantitativas han mostrado una relación entre las políticas de austeridad aplicadas durante la crisis alemana y el posterior crecimiento electoral nazi, aunque aquel proceso fue considerablemente más complejo que una simple sucesión entre socialdemócratas y fascistas. 

 

"CUANDO LA MOVILIZACIÓN POPULAR ES SUSTITUIDA POR LA GESTIÓN, LA DERECHA ENCUENTRA TERRENO PARA RECOMPONERSE "

 

    Brasil presenta su propia versión del fenómeno. Lula consiguió derrotar electoralmente al bolsonarismo en 2022, pero no destruyó las bases materiales, sociales ni institucionales que lo alimentaban. Tampoco construyó un poder popular capaz de sustituirlas. Mientras su Gobierno trataba de "surfear las contradicciones" —como diría en España Pablo Iglesias- , Lula negociaba con el Centrão, financiaba al agronegocio y prometía reformas siempre aplazadas, y la derecha conservaba Iglesias, redes empresariales, medios de comunicación, aparatos policiales, estructuras parlamentarias y una extensa base social.

 

    Cuatro años después, el resultado está a la vista. El bolsonarismo no solo ha sobrevivido a Bolsonaro. Ha demostrado que puede prescindir incluso del propio Jair Bolsonaro.

 

    Y esa quizá sea la conclusión más amarga de la primera vuelta de estas elecciones: cuando un gobierno reformista se limita a administrar las contradicciones que prometió superar, puede mejorar durante un tiempo la vida de millones de personas, pero deja intactas las fuerzas sociales que esperan su oportunidad para recuperar el poder.

 

    Lula prometió cerrar el ciclo abierto por Bolsonaro. Brasil llega ahora a la segunda vuelta con el hijo del propio Bolsonaro por delante en las urnas y con una derecha parlamentaria considerablemente más poderosa que hace cuatro años. 

 

    El próximo 25 de octubre se decidirá quién gobernará Brasil. Lo que difícilmente estará en juego en esa segunda  vuelta será la estructura social que hizo posible que, después de cuatro años de «progresismo», el bolsonarismo haya regresado todavía más fuerte.

 

 

(*) MANUEL MEDINA es profesor de Geografía e Historia, divulgador de temas relacionados con esas materias y autor de varios libros, entre ellos el título de reciente aparición "El Gran Reajuste China, la arrolladora irrupción de la extrema derecha y la reconfiguración del sistema capitalista

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