LA «BOMBITA» ATÓMICA DEL PENTÁGONO: EL PELIGROSO PLAN QUE PODRÍA ABRIR LA PUERTA A UNA GUERRA NUCLEAR
¿Puede utilizarse una bomba nuclear «pequeña» sin desencadenar una escalada que termine en una guerra atómica generalizada?
Estados Unidos está renovando su gigantesco arsenal nuclear mientras en el Pentágono gana espacio una idea particularmente inquietante: disponer de bombas atómicas de menor potencia que amplíen las opciones militares del presidente. Sus defensores aseguran que reforzarían la disuasión; sus críticos advierten de que hacer imaginable el empleo de un arma nuclear puede ser precisamente la forma más rápida de convertir una guerra convencional en una catástrofe atómica.
POR MARTÍN ÁLVAREZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Estados Unidos se encuentra inmerso en una profunda renovación de su arsenal nuclear. Al mismo tiempo, según
comentó en People’s World el periodista Mark Gruenberg, determinados responsables del Pentágono están acariciando la idea de trabajar bajo una estrategia que otorgaría mayor importancia a las llamadas armas nucleares tácticas, es decir, bombas atómicas de menor potencia, pensadas para utilizarse en escenarios militares concretos.
Los defensores de estos proyectos militares estiman que disponer de más opciones nucleares podría reforzar la capacidad de disuasión estadounidense.
No obstante, sus críticos advierten exactamente de lo contrario: cuanto más concebible resulte utilizar un arma nuclear, mayor podría ser el peligro de iniciar una escalada que termine escapando de cualquier control.
¿QUÉ ES LO QUE SIGNIFICA REALMENTE HABLAR DE ARMAS NUCLEARES “PEQUEÑAS”?
Cuando escuchamos las palabras “arma nuclear” solemos imaginar inmediatamente una explosión capaz de destruir una ciudad entera. Sin embargo, dentro de los arsenales militares existen armas nucleares de distintos tamaños y potencias.
Una de las cuestiones centrales del artículo publicado por People’s World es precisamente el creciente interés del Departamento de Defensa de Estados Unidos por las llamadas armas nucleares de “teatro” o armas nucleares tácticas. El término puede resultar engañoso.
Que una bomba nuclear sea descrita como “pequeña” no significa que sus efectos sean también pequeños. La expresión se utiliza para diferenciarla de las grandes armas estratégicas, expresamente diseñadas para destruir ciudades, instalaciones militares fundamentales o extensas zonas del territorio enemigo.
Las llamadas armas tácticas, en cambio, están concebidas, en teoría, para ser utilizadas dentro de un campo de batalla determinado: contra concentraciones militares, bases, aeródromos, puertos o unidades enemigas.
La diferencia no deja de ser importante porque afecta también a la manera de imaginar una guerra nuclear. Durante décadas, la principal forma de evitar una guerra entre las grandes potencias nucleares se ha basado en una idea sencilla y aterradora: si una potencia lanza sus armas nucleares contra otra, recibirá una respuesta devastadora. Ninguna de las dos partes puede esperar ganar realmente. Esta situación suele conocerse como disuasión nuclear.
La lógica es parecida a la de dos personas que sostuvieran explosivos capaces de matar a ambas. Precisamente porque cada una sabe que atacar significaría también su propia destrucción, ninguna se atreve a hacerlo.
Pero la aparición de armas nucleares consideradas más limitadas introduce una cuestión diferente: ¿qué ocurriría si los gobernantes empezaran a pensar que algunas bombas nucleares pueden utilizarse sin desencadenar inmediatamente una destrucción global?
UNA ESTRATEGIA QUE BUSCARÍA DAR MÁS OPCIONES AL PRESIDENTE
El artículo de Mark Gruenberg que citamos, recoge las advertencias del analista de armas nucleares Joe Cirincione, quien ha escrito sobre esta cuestión en el Bulletin of the Atomic Scientists, una publicación conocida internacionalmente, entre otras cosas, por elaborar el llamado Reloj del Juicio Final.
Según Cirincione, estaría tomando forma dentro de la Administración estadounidense una nueva política nuclear elaborada con muy poca publicidad.
El objetivo, según la interpretación citada, sería aumentar el número y la variedad de alternativas disponibles para el presidente de Estados Unidos en caso de una confrontación militar.
Uno de los protagonistas del debate suscitado por este asunto ha sido Elbridge Colby, subsecretario de Defensa para Política. En un reciente discurso pronunciado en Omaha, Nebraska, el pasado mes de agosto, Colby expuso parte del razonamiento que existe detrás de esta orientación.
La idea podemos explicarla de manera sencilla. Supongamos que Estados Unidos —explica el subsecretario de Defensa— entra en una guerra convencional, es decir, una guerra en la que se utilizan aviones, barcos, misiles y tropas, pero no armas nucleares. Si el adversario dispone de una superioridad militar importante, Washington podría considerar necesario recurrir a una pequeña arma nuclear para detenerlo. De acuerdo con esta lógica, disponer de armas nucleares de diferente potencia proporcionaría al presidente más posibilidades de respuesta.
Los defensores de esta posición consideran, además, que esa capacidad reforzaría la disuasión: un adversario tendría más cuidado antes de enfrentarse militarmente a Estados Unidos si creyera que Washington podría recurrir a una bomba nuclear en una fase relativamente temprana de la guerra.
EL GRAN PROBLEMA: ¿ES POSIBLE DETENER UNA GUERRA NUCLEAR UNA VEZ INICIADA?
Convendría precisar, por si a estas alturas el lector aún no lo hubiera advertido, que no hace falta ser un lince para deducir quiénes serían los posibles adversarios que estaban en la cabeza del subsecretario de Defensa estadounidense, atendiendo al contexto bélico actual en el que EEUU se ha visto fatalmente atrapado.
Pero, en cualquier caso, la cuestión decisiva no consiste únicamente en contra de quién podría contemplarse el empleo de un arma nuclear de menor potencia, sino qué sucedería después de que se utilizara la primera. El artículo de Mark Gruenberg se citan ejercicios de simulación desarrollados por planificadores militares estadounidenses en los que, cuando el conflicto comenzaba con el empleo de pequeñas armas nucleares de teatro, la confrontación terminaba escalando hacia una guerra nuclear generalizada en el 95% de los casos.
Naturalmente, se trata de simulaciones y no de guerras reales, por lo que no permiten asegurar que ese desenlace se produciría necesariamente en una situación auténtica. Sin embargo, ilustran con claridad el problema que señalan los especialistas críticos con esta doctrina.
Basta imaginar que un país lanza una bomba nuclear de baja potencia contra una instalación militar enemiga:
- ¿Cómo debería interpretar el adversario ese ataque?,
- ¿Como una acción aislada o como el inicio de una ofensiva nuclear más amplia?,
- ¿Debería responder con un arma semejante, atacar las bases desde las que partió el golpe o adelantarse ante la posibilidad de una agresión de mayor escala?
En una situación de este tipo, los gobiernos dispondrían de apenas unos minutos para interpretar las intenciones del contrario y decidir su respuesta, mientras cada nueva detonación aumentaría la presión política y militar para contestar con una fuerza igual o superior.
De este modo, una guerra iniciada bajo la pretensión de mantener limitado el empleo nuclear podría entrar rápidamente en una dinámica de acción y represalia que ninguno de los contendientes hubiera previsto ni fuese ya capaz de controlar. Ese es, precisamente, uno de los argumentos centrales que plantea Joe Cirincione contra cualquier estrategia que rebaje el umbral político y militar para recurrir a armas nucleares de menor potencia.
DE LA CRISIS DE LOS MISILES A LA ACTUALIDAD
El recuerdo de la crisis de los misiles de Cuba de 1962 aparece también en el artículo de referencia. Aquel enfrentamiento llevó a Estados Unidos y la Unión Soviética extraordinariamente cerca de una confrontación nuclear. El texto recuerda el papel del general Curtis LeMay, entonces jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea estadounidense, partidario de mantener una postura militar mucho más agresiva frente a Moscú.
La experiencia de aquella crisis contribuyó posteriormente a convencer a dirigentes de ambos bloques de la necesidad de crear mecanismos para reducir la posibilidad de una guerra accidental. De ahí surgieron líneas directas de comunicación, negociaciones y tratados de control de armamentos.
La preocupación actual de los críticos es que parte de aquella experiencia histórica esté perdiendo influencia precisamente cuando vuelven a aumentar las tensiones entre las grandes potencias.
LOS “POZOS” DE PLUTONIO Y EL COSTE DE LA MODERNIZACIÓN
Existe otra parte de las armas nucleares mucho menos conocida por el público: los llamados pits o núcleos de plutonio. Puede pensarse en ellos, de manera simplificada, como una pieza fundamental del mecanismo que permite producir la explosión nuclear.
Los programas estadounidenses de modernización incluyen también la fabricación de nuevos núcleos de plutonio. Según las cifras reproducidas por el artículo, una enorme parte del coste previsto del programa nuclear estaría relacionada directa o indirectamente con estas infraestructuras y sistemas.
El texto cita asimismo a la organización Union of Concerned Scientists, que cuestiona la necesidad técnica de producir grandes cantidades de nuevos núcleos porque existen miles procedentes de armas nucleares desmontadas. Este debate muestra que la discusión nuclear no trata únicamente de estrategia militar. También implica enormes contratos industriales, laboratorios, instalaciones públicas y empresas privadas
EL REGRESO AL LEMA “PAZ MEDIANTE LA FUERZA”
Según el artículo, el subsecretario de Defensa, Colby, ha recurrido también a una expresión muy conocida en la política estadounidense: “paz mediante la fuerza”. Ese razonamiento sostiene que un país fuertemente armado reduce la posibilidad de ser atacado porque sus adversarios saben que el coste de hacerlo sería demasiado elevado.
Aplicado al terreno nuclear, el argumento sería el siguiente: si Estados Unidos dispone de muchas formas diferentes de responder con armas atómicas, sus adversarios evitarán desafiarlo.
Sus críticos, sin embargo, cuestionan esa lógica. Multiplicar las armas y facilitar escenarios para utilizarlas puede provocar precisamente el efecto contrario: una nueva carrera armamentística en la que Rusia, China y otras potencias traten igualmente de ampliar sus arsenales.
¿QUÉ ES LO QUE ESTÁ REALMENTE EN DISCUSIÓN?
El debate no consiste simplemente en decidir si una bomba debe ser grande o pequeña. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: qué función deben desempeñar las armas nucleares.
Una posición sostiene que deben existir fundamentalmente para impedir que otro país utilice las suyas. Otra corriente considera que, en determinadas circunstancias extremas, también deben poder utilizarse para compensar una desventaja militar convencional.
La diferencia entre ambas ideas es enorme. En el primer caso, las armas nucleares son armas que están destinadas principalmente a no utilizarse. En el segundo, pasan a formar parte del conjunto real de opciones que pueden considerarse durante una guerra.
El artículo que citamos parte, precisamente, del temor a esa transformación. No porque las armas tácticas puedan destruir necesariamente todo el planeta con una única explosión, sino porque su utilización podría romper el límite que durante más de ocho décadas ha separado la guerra convencional de la guerra nuclear.
Una vez atravesado ese límite, nadie puede saber con seguridad dónde terminaría la escalada. Esa es, en definitiva, la pregunta que permanece abierta detrás de todo el debate
POR MARTÍN ÁLVAREZ PARA CANARIAS SEMANAL.ORG
Estados Unidos se encuentra inmerso en una profunda renovación de su arsenal nuclear. Al mismo tiempo, según
comentó en People’s World el periodista Mark Gruenberg, determinados responsables del Pentágono están acariciando la idea de trabajar bajo una estrategia que otorgaría mayor importancia a las llamadas armas nucleares tácticas, es decir, bombas atómicas de menor potencia, pensadas para utilizarse en escenarios militares concretos.
Los defensores de estos proyectos militares estiman que disponer de más opciones nucleares podría reforzar la capacidad de disuasión estadounidense.
No obstante, sus críticos advierten exactamente de lo contrario: cuanto más concebible resulte utilizar un arma nuclear, mayor podría ser el peligro de iniciar una escalada que termine escapando de cualquier control.
¿QUÉ ES LO QUE SIGNIFICA REALMENTE HABLAR DE ARMAS NUCLEARES “PEQUEÑAS”?
Cuando escuchamos las palabras “arma nuclear” solemos imaginar inmediatamente una explosión capaz de destruir una ciudad entera. Sin embargo, dentro de los arsenales militares existen armas nucleares de distintos tamaños y potencias.
Una de las cuestiones centrales del artículo publicado por People’s World es precisamente el creciente interés del Departamento de Defensa de Estados Unidos por las llamadas armas nucleares de “teatro” o armas nucleares tácticas. El término puede resultar engañoso.
Que una bomba nuclear sea descrita como “pequeña” no significa que sus efectos sean también pequeños. La expresión se utiliza para diferenciarla de las grandes armas estratégicas, expresamente diseñadas para destruir ciudades, instalaciones militares fundamentales o extensas zonas del territorio enemigo.
Las llamadas armas tácticas, en cambio, están concebidas, en teoría, para ser utilizadas dentro de un campo de batalla determinado: contra concentraciones militares, bases, aeródromos, puertos o unidades enemigas.
La diferencia no deja de ser importante porque afecta también a la manera de imaginar una guerra nuclear. Durante décadas, la principal forma de evitar una guerra entre las grandes potencias nucleares se ha basado en una idea sencilla y aterradora: si una potencia lanza sus armas nucleares contra otra, recibirá una respuesta devastadora. Ninguna de las dos partes puede esperar ganar realmente. Esta situación suele conocerse como disuasión nuclear.
La lógica es parecida a la de dos personas que sostuvieran explosivos capaces de matar a ambas. Precisamente porque cada una sabe que atacar significaría también su propia destrucción, ninguna se atreve a hacerlo.
Pero la aparición de armas nucleares consideradas más limitadas introduce una cuestión diferente: ¿qué ocurriría si los gobernantes empezaran a pensar que algunas bombas nucleares pueden utilizarse sin desencadenar inmediatamente una destrucción global?
UNA ESTRATEGIA QUE BUSCARÍA DAR MÁS OPCIONES AL PRESIDENTE
El artículo de Mark Gruenberg que citamos, recoge las advertencias del analista de armas nucleares Joe Cirincione, quien ha escrito sobre esta cuestión en el Bulletin of the Atomic Scientists, una publicación conocida internacionalmente, entre otras cosas, por elaborar el llamado Reloj del Juicio Final.
Según Cirincione, estaría tomando forma dentro de la Administración estadounidense una nueva política nuclear elaborada con muy poca publicidad.
El objetivo, según la interpretación citada, sería aumentar el número y la variedad de alternativas disponibles para el presidente de Estados Unidos en caso de una confrontación militar.
Uno de los protagonistas del debate suscitado por este asunto ha sido Elbridge Colby, subsecretario de Defensa para Política. En un reciente discurso pronunciado en Omaha, Nebraska, el pasado mes de agosto, Colby expuso parte del razonamiento que existe detrás de esta orientación.
La idea podemos explicarla de manera sencilla. Supongamos que Estados Unidos —explica el subsecretario de Defensa— entra en una guerra convencional, es decir, una guerra en la que se utilizan aviones, barcos, misiles y tropas, pero no armas nucleares. Si el adversario dispone de una superioridad militar importante, Washington podría considerar necesario recurrir a una pequeña arma nuclear para detenerlo. De acuerdo con esta lógica, disponer de armas nucleares de diferente potencia proporcionaría al presidente más posibilidades de respuesta.
Los defensores de esta posición consideran, además, que esa capacidad reforzaría la disuasión: un adversario tendría más cuidado antes de enfrentarse militarmente a Estados Unidos si creyera que Washington podría recurrir a una bomba nuclear en una fase relativamente temprana de la guerra.
EL GRAN PROBLEMA: ¿ES POSIBLE DETENER UNA GUERRA NUCLEAR UNA VEZ INICIADA?
Convendría precisar, por si a estas alturas el lector aún no lo hubiera advertido, que no hace falta ser un lince para deducir quiénes serían los posibles adversarios que estaban en la cabeza del subsecretario de Defensa estadounidense, atendiendo al contexto bélico actual en el que EEUU se ha visto fatalmente atrapado.
Pero, en cualquier caso, la cuestión decisiva no consiste únicamente en contra de quién podría contemplarse el empleo de un arma nuclear de menor potencia, sino qué sucedería después de que se utilizara la primera. El artículo de Mark Gruenberg se citan ejercicios de simulación desarrollados por planificadores militares estadounidenses en los que, cuando el conflicto comenzaba con el empleo de pequeñas armas nucleares de teatro, la confrontación terminaba escalando hacia una guerra nuclear generalizada en el 95% de los casos.
Naturalmente, se trata de simulaciones y no de guerras reales, por lo que no permiten asegurar que ese desenlace se produciría necesariamente en una situación auténtica. Sin embargo, ilustran con claridad el problema que señalan los especialistas críticos con esta doctrina.
Basta imaginar que un país lanza una bomba nuclear de baja potencia contra una instalación militar enemiga:
- ¿Cómo debería interpretar el adversario ese ataque?,
- ¿Como una acción aislada o como el inicio de una ofensiva nuclear más amplia?,
- ¿Debería responder con un arma semejante, atacar las bases desde las que partió el golpe o adelantarse ante la posibilidad de una agresión de mayor escala?
En una situación de este tipo, los gobiernos dispondrían de apenas unos minutos para interpretar las intenciones del contrario y decidir su respuesta, mientras cada nueva detonación aumentaría la presión política y militar para contestar con una fuerza igual o superior.
De este modo, una guerra iniciada bajo la pretensión de mantener limitado el empleo nuclear podría entrar rápidamente en una dinámica de acción y represalia que ninguno de los contendientes hubiera previsto ni fuese ya capaz de controlar. Ese es, precisamente, uno de los argumentos centrales que plantea Joe Cirincione contra cualquier estrategia que rebaje el umbral político y militar para recurrir a armas nucleares de menor potencia.
DE LA CRISIS DE LOS MISILES A LA ACTUALIDAD
El recuerdo de la crisis de los misiles de Cuba de 1962 aparece también en el artículo de referencia. Aquel enfrentamiento llevó a Estados Unidos y la Unión Soviética extraordinariamente cerca de una confrontación nuclear. El texto recuerda el papel del general Curtis LeMay, entonces jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea estadounidense, partidario de mantener una postura militar mucho más agresiva frente a Moscú.
La experiencia de aquella crisis contribuyó posteriormente a convencer a dirigentes de ambos bloques de la necesidad de crear mecanismos para reducir la posibilidad de una guerra accidental. De ahí surgieron líneas directas de comunicación, negociaciones y tratados de control de armamentos.
La preocupación actual de los críticos es que parte de aquella experiencia histórica esté perdiendo influencia precisamente cuando vuelven a aumentar las tensiones entre las grandes potencias.
LOS “POZOS” DE PLUTONIO Y EL COSTE DE LA MODERNIZACIÓN
Existe otra parte de las armas nucleares mucho menos conocida por el público: los llamados pits o núcleos de plutonio. Puede pensarse en ellos, de manera simplificada, como una pieza fundamental del mecanismo que permite producir la explosión nuclear.
Los programas estadounidenses de modernización incluyen también la fabricación de nuevos núcleos de plutonio. Según las cifras reproducidas por el artículo, una enorme parte del coste previsto del programa nuclear estaría relacionada directa o indirectamente con estas infraestructuras y sistemas.
El texto cita asimismo a la organización Union of Concerned Scientists, que cuestiona la necesidad técnica de producir grandes cantidades de nuevos núcleos porque existen miles procedentes de armas nucleares desmontadas. Este debate muestra que la discusión nuclear no trata únicamente de estrategia militar. También implica enormes contratos industriales, laboratorios, instalaciones públicas y empresas privadas
EL REGRESO AL LEMA “PAZ MEDIANTE LA FUERZA”
Según el artículo, el subsecretario de Defensa, Colby, ha recurrido también a una expresión muy conocida en la política estadounidense: “paz mediante la fuerza”. Ese razonamiento sostiene que un país fuertemente armado reduce la posibilidad de ser atacado porque sus adversarios saben que el coste de hacerlo sería demasiado elevado.
Aplicado al terreno nuclear, el argumento sería el siguiente: si Estados Unidos dispone de muchas formas diferentes de responder con armas atómicas, sus adversarios evitarán desafiarlo.
Sus críticos, sin embargo, cuestionan esa lógica. Multiplicar las armas y facilitar escenarios para utilizarlas puede provocar precisamente el efecto contrario: una nueva carrera armamentística en la que Rusia, China y otras potencias traten igualmente de ampliar sus arsenales.
¿QUÉ ES LO QUE ESTÁ REALMENTE EN DISCUSIÓN?
El debate no consiste simplemente en decidir si una bomba debe ser grande o pequeña. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: qué función deben desempeñar las armas nucleares.
Una posición sostiene que deben existir fundamentalmente para impedir que otro país utilice las suyas. Otra corriente considera que, en determinadas circunstancias extremas, también deben poder utilizarse para compensar una desventaja militar convencional.
La diferencia entre ambas ideas es enorme. En el primer caso, las armas nucleares son armas que están destinadas principalmente a no utilizarse. En el segundo, pasan a formar parte del conjunto real de opciones que pueden considerarse durante una guerra.
El artículo que citamos parte, precisamente, del temor a esa transformación. No porque las armas tácticas puedan destruir necesariamente todo el planeta con una única explosión, sino porque su utilización podría romper el límite que durante más de ocho décadas ha separado la guerra convencional de la guerra nuclear.
Una vez atravesado ese límite, nadie puede saber con seguridad dónde terminaría la escalada. Esa es, en definitiva, la pregunta que permanece abierta detrás de todo el debate





























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