EL EUROCOMUNISMO DE SU MAJESTAD
Una respuesta al ex ministro Alberto Garzón
El historiador Joan Tafalla responde a Alberto Garzón y a su propuesta de «disputar» la simbología de la monarquía, cuestionando que la izquierda pueda apropiarse de esos emblemas sin asumir también el marco político que representan. El autor sitúa la polémica en una crítica más amplia al eurocomunismo y a la integración de la izquierda en el régimen borbónico.
Por JOAN TAFALLA (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
El 6 de agosto, Alberto Garzón, el exministro de Consumo y excoordinador general de Izquierda Unida, publicó un artículo en El Diario titulado «Javier Bardem y la disputa por la bandera española». El artículo generó muchas interacciones en «X»: más de 1100 visualizaciones, 194 likes, 558 retuits y 1300 comentarios (visto el día 23 de agosto). Los hay todo tipo: bastante enfadados, otros más o menos ocurrentes, son minoría los que vienen del fascismo supremacista catalán (algunos directamente de fábricas de bots), otros certeros y algunos realmente acertados.[1] En general, estos comentarios no me han ocupado o preocupado demasiado. Lo que me ha preocupado son los contenidos del debate iniciado por nuestro autor.
Un factor común en muchas de las respuestas que leo en «X» es el no haber leído el artículo completo. Es normal: tienes que estar suscrito a El Diario para poder hacerlo. No es tan normal debatir con un texto sin leerlo. Si tienes la intención de debatir y criticar una propuesta debieras contraponer tus argumentos. Son tiempos de pereza intelectual y política. Se responde a bocinazos a una entrada editada por el equipo editorial del periódico que ni siquiera corresponde literalmente al texto de un párrafo importante del artículo. Concretamente, lo que Garzón realmente dice es lo siguiente:
«El problema de una parte de la izquierda es que tiende a concebir España como una ‘prisión de pueblos’, de lo que se deduce que sentir español es tanto como sentirse carcelero».
Para mí, este párrafo me parece un error grave. Pero lo más importante y preocupante es el resto del contenido del artículo.
Como tuiteó Pau Llonch:
«¿Y si dejamos de hacer hipótesis y les preguntamos, en vez de volarlos con hostias, infiltrarlos con la policía que acompaña esta bandera tan resignificada, meterlos en prisión, matar a sus presidentes o empujarlos al exilio? ¿Te suena algo de Marx y la cuestión irlandesa?»[2]
Los amigos de marxismo crítico también han dado dos respuestas inteligentes a partir de la ironía:
«Es un error concebir España como republicana. Resulta que la mayoría de las personas que viven en España se sienten monárquicas, aunque sea una identidad compartida con otros y aunque sea un sentimiento latente y no siempre apasionado».[3]
O este otro:
«Es un error concebir el capitalismo como un ‘sistema de explotación’. Resulta que la mayoría de los trabajadores sienten que su salario paga todo su trabajo, aunque sea una identidad…».[4]
Nadie familiarizado con el marxismo dejará de sonreír ante la fina ironía de estos amigos.
¿Nos afecta a los catalanes lo que piensa y hace o no hace la izquierda en el resto del reino borbónico?
¿Podemos liquidar el artículo de Alberto Garzón con un tuit más o menos ácido y actual? ¿Deberíamos «perder» el tiempo examinando los argumentos del exministro? Hay catalanes que consideran que aquello que piensa lo que hace o deja de hacer la izquierda en el resto del reino borbónico de España no nos afecta a los catalanes. Francamente, creo que están muy equivocados. Lo que hace, o más bien no hace la izquierda, española nos afecta mucho a los catalanes.
Algunas personas se dieron cuenta de esta realidad concreta el 1 de octubre de 2017 alrededor de las 10:30 a.m. En ese momento, muchos sentían en sus costillas machacadas por los “piolines”, que la cosa no sería tan simple como se lo habían imaginado. Las fuerzas del desorden no vinieron a mi colegio, pero estaban trabajando duro en otro colegio de mi ciudad del que finalmente tuvieron que retirarse. También y en mucho otros barrios y pueblos de toda Catalunya donde se descargó la violencia estatal con todo su furor. Una brutal pedagogía que se materializó en las cargas indiscriminadas y desproporcionadas contra un pueblo movilizado y decidido a resistir pacíficamente; en las detenciones de personas que solo querían votar así como otras agresiones simbólicas y mediáticas, mayoritariamente catalano fóbicas, demostraron con toda la crudeza de la violencia monopolizada por el Estado que el asunto no iría «de la ley a la ley», como había prometido demagógicamente el «estado mayor» del proceso.
Josep Fontana había avisado de ello. Pero casi nadie le escuchó.[5]
Hay muchos catalanes que no quieren saber nada de lo que haga o no haga la izquierda española. Los hay que insisten en que lo haremos «nosaltres sols». La izquierda del reino borbónico de España se ha ganado a pulso este desprecio en las últimas décadas. Sinceramente, creo que estos catalanes se equivocan. Después del 1 de octubre de 1917, cualquiera que quiera aprender de la experiencia sabe que con el estado borbónico no se juega al póker sin llevar muy buen juego. Es decir, sin haber acumulado una fuerza mucho más formidable que la acumulada durante los años del proceso. Tampoco sin haber acumulado aliados en grandes proporciones en la retaguardia del régimen, es decir, en el resto de los pueblos de España. No solo en Galicia y el País Vasco. Ahora ya deberíamos haber aprendido que mientras exista el actual marco estatal de la lucha de clases, mientras el régimen borbónico no se resquebraje, se rompa o caiga, la lucha por la autodeterminación de nuestro pueblo necesitará el apoyo de las fuerzas políticas democráticas existentes al otro lado del Ebro.
Un apoyo que Garzón nos negó en su momento y que, según dice en su artículo, seguirá negándonos en el futuro. Creo que, en esta cuestión, Garzón condensa el sentido común de la mayoría de la dirección y de parte de la base de IU y del PCE, incluidas sus organizaciones en Cataluña. Es por ello que considero necesario debatir y, en la medida de lo posible, refutar sus argumentos.
Quiero ser ingenuamente optimista. No descarto que la deriva de Garzón hacia su plena integración en el nacionalismo del Estado borbónico pueda quedar en minoría dentro del PCE y la IU a medio plazo.
Considero estas líneas como una pequeñísima contribución para ayudar a que ambas organizaciones a modifiquen su sentido común, su cultura política y su «estrategia» en la cuestión tanto de la forma del Estado como de los derechos de los pueblos a la autodeterminación.
Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid o que el Ebro pasa por Tortosa
El artículo parte de un dato banal, de la prensa del corazón o de la «crónica rosa», como es el hecho de que Javier Bardem se puso la camiseta oficial de la selección nacional del reino borbónico de España para asistir a un partido del último mundial. Antes de continuar, quiero destacar un pequeño detalle: Bardem no llevaba una de esas camisetas de la selección republicana de España que son vendidas desde hace años por muchos militantes comunistas y por entidades que luchan por la tercera república española. Todo mi respeto al valiente Javier Bardem, defensor de la causa palestina y saharaui y de tantas causas buenas. Pero dicen que el diablo habita en los detalles.
Así pues, aprovechando la anécdota de la camiseta borbónica de Bardem, Garzón se lanza a exigir a la izquierda española que «dispute» la simbología borbónica tanto a la derecha extrema y a la extrema derecha como al PSOE.
Creo que no es una exageración considerar que con esta «disputa» por el simbolismo Garzón nos invita a aceptar la bandera bicolor y, en consecuencia, a aceptar la materialidad del régimen de la monarquía parlamentaria borbónica restablecida en 1978. ¿Podemos deducir que el «realismo» de Garzón considera que es en este marco de este Estado donde la clase trabajadora debe convertirse en «clase nacional» para conquistar la hegemonía? Parece que no es así.
Garzón parte de una versión deteriorada de la lucha por la hegemonía, reduciéndola a la lucha (o «disputa», que suena más académico) por la narrativa y el simbolismo. Una reducción de Gramsci que ha estado muy de moda en los últimos quince o dieciséis años en España. Una reducción de Gramsci que, transformada en una práctica política durante los años del proceso en Cataluña y durante la fase populista en el resto de España, ha logrado devolver a la izquierda a los desastrosos años de Llamazares. Esto se está haciendo aún más evidente ahora, cuando la denominada fase laborista no acaba de arrancar. O sea en el declive del movimiento al que pertenece Alberto Garzón.
Tres sinécdoques que no substituyen a la totalidad.
Para intentar convencernos de que disputemos la bandera bicolor a la derecha, Garzón recurre tres veces a la figura retórica de la sinécdoque. Es decir a tomar la parte por el todo. Nuestro autor busca desesperadamente argumentos que tengan más peso que la anécdota de la camisa borbónica de Bardem. Y ha encontrado tres asuntos:
La primera sinécdoque. – Garzón cita la reacción antifascista inicial de algunos habitantes de Ceuta, que expulsaron a los grupos fascistas peninsulares con el grito de «esto es Ceuta, no Torre Pacheco», mientras reclamaban su españolidad y blandían banderas borbónicas. Un poco de prudencia política y epistemológica le habría llevado a no magnificar el verdadero tamaño de estos grupos, su composición cultural, social y religiosa, así como la duración previsible del movimiento. Podría haberse preguntado si se trata de una pequeña parte de ese sector de los barrios periféricos de Ceuta que busca protección simbólica frente a su exclusión real y concreta de la «comunidad nacional española». ¿Una pequeña parte de estos manifestantes forma parte del sector andaluz de la población que teme una anexión de la ciudad por parte de la dictadura alauí defendiendo la españolidad a partir de un espíritu de izquierdas y antifascista? ¿Quizás las manifestaciones puntuales condesen una compleja amalgama de ambos miedos? Lo cierto es que el paso inexorable de los días está reduciendo la incidencia del fenómeno. Estos sentimientos complejos no parecen representar a la mayoría de los ceutíes, que debido a su composición social y cultura tienden a votar mayoritariamente (55,01% en las elecciones de 2023) por la extrema derecha y la extrema derecha. A la altura de 24 de agosto de 2023, el discurso de «todos somos ceutíes, todos somos españoles» ha cedido espacio en los medios de comunicación a la situación concreta y real. Las desigualdades internas de la población de Ceuta, las diferencias sociales entre el centro y la periferia de la ciudad, el racismo de partes de la población blanca hacia sus vecinos árabes o bereberes se hacen cada día más evidentes. Las asociaciones cívicas y de residentes de los barrios periféricos denuncian esta situación a diario. Garzón no consideraba esta complejidad y dinámica. Tomaba esa parte por el todo.
La segunda sinécdoque que enarbola Garzón son las grandes celebraciones populares por los triunfos de la selección española en el reciente campeonato mundial de fútbol. Para nuestro autor, estas manifestaciones frente a las pantallas gigantes instaladas por los ayuntamientos de todo el reino borbónico, incluyendo el área metropolitana de Barcelona y Tarragona,[6] se habrían añadido a la camiseta borbónica de Bardem. De esto se deducía que:
«La consecuencia es que, hasta hace muy poco, la bandera roja era sinónimo de ser facha».
Obviamente, Garzón piensa que ya no lo es. ¿La bandera borbónica ha dejado de ser facha y expresa una identidad y una pertenencia cívica, democrática y popular a una comunidad nacional? Esta sería una condición necesaria, aunque muy suficiente, para la consolidación de un estado-nación español que no llegó a formarse en el siglo XIX, bajo el reino del último de los borbones. Parece obvio la primera condición básica, la simbólica no se está cumpliendo. Como en el resto de los argumentos de Garzón, la parte no constituye el todo.
La tercera sinécdoque que blande Garzón es una cierta resignificación internacional de la bandera bicolor:
«En 2003, nuestra bandera se asociaba con la subordinación al imperialismo de George Bush y Tony Blair. Hoy, la bandera española aparece en el mundo como símbolo de dignidad para la defensa que nuestro gobierno y nuestra sociedad hacen de la causa palestina y de la oposición anti-Trump… Todo esto ayuda a explicar por qué el triunfo de la selección española fue celebrado con tanto entusiasmo en una ciudad en ruinas y consumida por el dolor como Gaza. Las imágenes que aún llegan de allí siguen poniéndonos la piel de gallina y tienen como consecuencia que nos sintamos orgullosos de ese símbolo que condensa, en este momento, una posición política tan decente… El hecho de que Lamine Yamal izara la bandera palestina antes del Mundial en una celebración pública ayudó a reforzar la idea de que España está asociada con la lucha contra el genocidio, mientras que la gorra «Make Spain Great Again» que Ferran Torres llevó en la caravana del Mundial, y que la Casa Blanca fue rápida en difundir, apuntando justo en la dirección opuesta: son las escaramuzas de una disputa simbólica mucho mayor.»[7]
Perdón por la extensión de la cita. Era necesario para entender lo que propone Garzón. Por un lado, el hecho de que el reinado de Trump i de Netanyahu, acaben resignificando en parte en Italia y otros países la bandera bicolor, no la convierte en un símbolo democrático y, mucho menos, transforma el modo de dominación del régimen borbónico en un marco político democrático y popular en el que los comunistas[8] deben luchar para lograr la hegemonía de la clase obrera.
Tres sinécdoques que no demuestran la validez de la política propuesta y practicada por Alberto Garzón en relación con la necesidad de que la izquierda que representa complete su cooptación dentro del régimen borbónico. En su artículo, Garzón propone que aceptemos como un hecho inquebrantable el sentido común de una supuesta mayoría social que exhibe los símbolos de la monarquía borbónica en Ceuta o que celebra masivamente el triunfo de la selección monárquica.
Garzón parte de la base de que nada puede hacerse para cambiarlo y que lo realista es asumir tanto el marco simbólico como la realidad material del régimen borbónico que, según él, estaría «en disputa». Incluso considera que la bandera roja y amarilla ha adquirido (¿por arte de magia?) un nuevo significado, incluso antifascista: «… La camiseta durante el Mundial también sirvió para expulsar a esos fascistas de las calles. Es un proceso puramente político, en el que diferentes significados luchan por fijar el significado del mismo significante».[9]
Modestamente, considero que, la tarea actual de los comunistas y del resto de republicanos no es «disputar» la bandera bicolor ni la figura del Borbón como «protector» de la españolidad de Ceuta.[10] Por el contrario la tarea sería cuestionarlos permanentemente, en todas partes y en todo momento, en todas las áreas de la vida social, incluidas las más moleculares, intersticiales y capilares. Por supuesto, debe hacerse con inteligencia, con pedagogía, con paciencia y, sobre todo, con organización. El sentido común no puede cambiarse tuiteando, aunque sea necesario tuitear. La tarea no es substituir los propios símbolos y adoptar los del enemigo de clase. «Disputar» los símbolos de la monarquía significa transformarnos en monárquicos. Garzón parece confundir los símbolos de los Borbonidad con los símbolos de la españolidad.
Es necesario confrontar la España democrática y republicana con el régimen borbónico
Voy a poner mi venda antes de la herida: no considero que la forma de dominación y dirección política legalmente encarnada en la Constitución del 78 sea una forma de dominación fascista. Es cierto que el régimen monárquico y la «unidad indisoluble de la Nación Española, patria común e indivisible» fueron impuestos a los padres constituyentes por el motorista del Alto Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas. No son producto de una sanción democrática. Se nos prohibió votar monarquía o república.
A pesar de ello, no considero al actual reino de España como una forma de dominación no es fascista. A pesar de que la pervivencia en el corazón del estado profundo, que la mayoría de los altos funcionarios públicos (jueces, militares, fuerzas policiales, abogados del estado y una larga mayoría de altos funcionarios) han sido la garantía durante más cuarenta años de la restauración y reproducción del antiguo estado borbónico. Aún estamos en un régimen liberal-representativo, apenas democrático, con un Senado que no garantiza la igualdad de votos, con leyes electorales que favorecen la representación sine die de los intereses de los bancos y del resto de las clases dominantes. En resumen: la actual monarquía borbónica no es una forma de dominación fascista. Pero no es, en absoluto, una democracia plena. Y en futuro próximo puede evolucionar, o involucionar, a peor.
En consecuencia, su simbolismo tampoco es democrático. Proponer que la tarea de los comunistas sea «disputar» ese simbolismo para tratar apropiarse de él es un suicidio cultural y estratégico. La simbología borbónica no es un significante vacío que podamos hacer nuestro sin transformarnos en lo que no somos. Tampoco es un significante neutral desde el punto de vista de la lucha de clases que pueda ser disputado y cambiado. Proponer esta operación es signo de subalternidad. Encima es una batalla perdida de antemano.
El 17 de abril de 1977, el CC del PCE adoptó la bicolor. Desde entonces hemos estado en una situación de subalternidad dentro del régimen. Perdiendo batalla tras batalla y reduciéndonos como la piel de zapa de memoria balzaquiana. Hemos estado en una posición perdedora durante casi cincuenta años de Restauración Borbónica. Por mi parte he descrito esta etapa histórica como la tercera revolución pasiva en la historia contemporánea de España.[11] El artículo de Garzón, aún no he visto criticado por ninguna instancia oficial del PCE ni de IU, explica claramente una política: hay que intentar tener un espacio en el escenario de la actual cuarta revolución pasiva. En mi opinión, nos enfrentamos a una falta de visión estratégica que tendrá consecuencias fatales para el PCE.
Me viene a la mente: «la afirmación atribuida a Vittorio Manuel II de “tener en su bolsillo” al Partido de Acción o algo similar es prácticamente precisa y no solo por los contactos personales del Rey con Garibaldi, sino porque, de hecho, el Partido de Acción fue liderado «indirectamente» por Cavour y el Rey». (Gramsci, QP 19, § 24)
La reducción de la dualidad de identidad a datos socio-electorales
«… la necesidad de estudiar y desarrollar los elementos de la psicología popular
históricamente y no sociológicamente, activamente (es decir, transformarlos,
educándoles en una mentalidad moderna) y no de forma descriptiva como él…»
Gramsci, QP 3, 48, 329).
Pero vamos al núcleo del texto de Garzón. Para defender su posición, inicia un largo ex-curso sobre las identidades más o menos compartidas en las distintas regiones (que no distingue de las naciones históricas) actualmente incluidas en el Reino Borbón de España. Leímos:
«De hecho, el sentimiento general en España es de dualidad de identidad, es decir, la mayoría de la gente se siente tan española como de su territorio, se considere a sí misma una nación o no. Por eso, cuando hay una intensificación del sentimiento nacionalista en una dirección, tiende a surgir un contramovimiento de sentimiento nacionalista «opuesto», como ocurrió con el proceso catalán y la radicalización de las posiciones españolas (que también eran mucho más exhibicionistas en el aspecto simbólico).[12] Pero las encuestas muestran que en las últimas tres décadas no ha habido movimientos significativos en los indicadores de identidad nacional. Lo que cambia es más bien la intensidad y el alineamiento partidista de la gente, no tanto que de repente la gente se vuelva ‘española’.»
Garzón dice que se basa en estudios recientes. He consultado a algunos.[13] No sé si son los mismos que invoca Garzón. Mi lectura de estos estudios no coincide con sus conclusiones.
El hecho de que la mayoría de los habitantes del reino borbónico de España consultados sientan que su identidad regional es complementaria a su identidad española es utilizado por Garzón para confirmar su sesgo epistemológico nacionalista español. Garzón considera que el Estado-nación español está plenamente consolidado. En consecuencia, deduce que nosotros, los comunistas, debemos esforzarnos por «disputar» la simbología borbónica y no dejarla en manos de la extrema derecha y la extrema derecha.
Por mi parte, he valorado esta compleja identidad presente en la mayor parte del reino de España como un signo de la extrema debilidad y déficit de la construcción borbónica del Estado-nación en los siglos XIX y XX. Solo podemos evaluar así el fracaso de la construcción del Estado-nación español en Cataluña, el País Vasco y Galicia, así como la persistencia de fuertes movimientos soberanistas e independentistas en estos territorios. Lo he desarrollado en un artículo reciente: Una mirada a la Cataluña actual con las gafas de Gramsci.[14]
Es sabido que si una estadística asigna un pollo a cada persona ello no significa que todo el mundo se coma un pollo. No es correcto tomar la percepción de identidad entre la población catalana, vasca o gallega y promediarla con la identidad presente en las regiones de la monarquía española y deducir de ello una mayoría. Hacerlo como hace Garzón significa anular las naciones históricas y aceptar el centralismo y la uniformidad borbónica, aunque sea en la forma diluida del estado de las autonomías.
Garzón da en el clavo de su subordinación a la cultura política borbónica cuando afirma que:
« … resulta que la mayoría de gente que vive en España se siente española, incluso aunque sea una identidad compartida con otras y aunque se trate más bien de un sentir latente, es decir, de algo que está ahí a la espera de despertarse temporalmente y sin necesariamente implicaciones políticas. Ese despertar es precisamente lo que sucede cuando tienen lugar éxitos deportivos, como en el caso del fútbol, cuando la mayoría de la población se identifica con la selección sin que eso signifique una alteración sustantiva en su sentimiento nacionalista. Por decirlo de otro modo, los éxitos deportivos operan como un “recordatorio” de una pertenencia latente, sin inventar nada nuevo». (Ibid.)
Garzón considera que los sentimientos de pertenencia nacional a Galicia, el País Vasco o Cataluña pueden incluirse cuando se trata de extraer una media «española». Esto es producto del uso de hipótesis de la sociología positivista que quizás son apropiadas para diseñar estrategias electorales, pero que son totalmente inadecuadas para analizar fenómenos moldeados por complejos procesos históricos y socioculturales. La sociología positivista que se enseña en las facultades de ciencias políticas es una técnica útil para constituir castas políticas y enseñarles a ganar votos. La filosofía de la praxis, es decir, el marxismo no positivista, sirve para ayudar a construir voluntades colectivas. Ambos no pueden usarse indistintamente sin entrar en serias contradicciones.
Tomemos otro ejemplo: el hecho de que Extremadura viva su condición de «colonia interior» como producto del desarrollo desigual y extractivo del régimen borbón, reclamando una identidad que es a la vez extremeña y española, es una expresión muy diferente a la cultura nacional-popular gallega que abiertamente reclama la condición de Galicia como colonia i el consiguiente derecho a la autodeterminación. Tampoco puede hacer media con la cosmovisión del catalanismo popular y democrático que exige la república catalana y el derecho a la autodeterminación.[15] Son fenómenos con diferentes causalidades y orígenes históricos, culturales, lingüísticos y sociales. Un marxista no puede hacer promedios estadísticos a partir de una concepción de la sociología positivista que ignora las experiencias reales y concretas de los pueblos.
El eurocomunismo de Su Majestad
Garzón lamenta que:
« El intento eurocomunista de asumir de nuevo la rojigualda nunca llegó a consolidarse entre la izquierda, quizás porque además coincidió con un paquete de cesiones laborales, económicas y políticas difícil de digerir. La consecuencia es que, hasta hace bien poco, la bandera rojigualda era sinónimo de ser facha».
Considera que el golpe de Estado y la guerra que el fascismo libró contra los pueblos de España que » … condujo a la fragmentación simbólica de la comunidad nacional.» Deduce la necesidad de superar la fragmentación simbólica llamando a la izquierda a disputar la simbología borbónica con la extrema derecha y la extrema derecha.
¿En qué comunidad nacional piensa Eduardo Garzón? ¿Una comunidad nacional entre, por un lado, los pueblos, las clases subalternas, la clase trabajadora y los sectores populares que sufren bajo el régimen borbónico y, por otro, los explotadores de la clase trabajadora y opresores de los pueblos encabezados por un monarca? ¿Es esta una comunidad nacional? Para unir a la comunidad nacional española, propone superar la fragmentación simbólica. ¿Cómo? ¿Proponiendo una simbología republicana? ¿Proponiendo la lucha por la República?
Garzón, contradictoriamente a lo que le pudimos leer en 2014,[16] propone otra cosa muy diferente. Nos propone insistir en el mismo error donde falló el eurocomunismo de la generación anterior: asumir (perdón, «disputar») la bandera bicolor; que los comunistas la hagan suya y que intenten demostrar que son sus mayores defensores.
Afortunadamente, el sentido común de la gente de izquierdas aún no ha aceptado voluntariamente la bandera borbónica. Pero las sucesivas direcciones del PCE desde 1978 (con el meritorio paréntesis del periodo Julio Anguita, liquidado por una conspiración ignominiosa de los boyardos) han abandonado los sectores populares y democráticos que luchan por la Tercera República. Esta actitud ha hecho que el rechazo latente y pasivo presente en las amplias masas hacia la monarquía y sus simbolos no haya sido podido aún triunfar. El eurocomunismo de Su Majestad tiene una gran responsabilidad en esto. En lugar de hacer autocrítica y de sacar conclusiones de los errores cometidos, Garzón nos invita a disputar a los monárquicos los símbolos de la monarquía.
Desde mi modesta posición de comunista de base, me propongo seguir haciendo algo que desde nuestra ruptura con el eurocomunismo, hicimos y hacemos los comunistas, junto a otros sectores de la izquierda: enarbolar la tricolor democrática, popular y obrera de la España republicana. En las naciones históricas que hoy luchan por su autodeterminación, muchos comunistas luchamos lado de los comunistas independentistas que solo enarbolan la bandera estrellada al lado de nuestra común bandera roja.
El Estado borbónico, que reprime los intentos de los pueblos que quieren ejercer su derecho a decidir, debe ser rechazado por los comunistas que luchamos por el reconocimiento irrestricto del derecho a la autodeterminación de los pueblos que lo reclaman (como Cataluña, el País Vasco y Galicia). Quizá pronto otros pueblos se sumen a esta reclamación. También luchamos y por una forma de Estado federal para el resto de las regiones que hoy no se reclaman como nación.
Con esto no hacemos más que recuperar la rica y diversa tradición de José Díaz, Dolores Ibárruri, Joan Comorera o Pere Ardiaca, con las actualizaciones necesarias.
En mi caso el llamamiento de Garzón no va a tener ningún éxito. Espero que tampoco en el caso de muchos comunistas catalanes y del resto de los pueblos que viven y luchan bajo el yugo de los Borbones.
Joan Tafalla
Sabadell, 26 de agosto de 2026.
Joan Tafalla es historiador, doctor en Historia Contemporánea por la UAB y veterano militante comunista catalán. Su trabajo se ha centrado especialmente en la Revolución francesa, el pensamiento de Antonio Gramsci, el republicanismo y la historia del movimiento comunista. Entre sus obras destacan Un cura jacobino: Jacques-Michel Coupé, el Atlas histórico de la Revolución Francesa (1789-1799), coescrito con Irene Castells, La izquierda como problema, junto a Joaquín Miras, y ¡Hola Lenin! Reflexiones sobre la revolución.
Fuentes:
[1] https://x.com/agarzon/status/2087819208826454060?s=20
[2] https://x.com/paullonch/status/2088126012487786589?s=20
[3] https://x.com/marxismocritico/status/2088183074647384385?s=20
[4] https://x.com/marxismocritico/status/2088182119025512634?s=20
[5] Josep Fontana, La independencia sólo se logra con una guerra de independencia, https://www.publico.es/politica/independencia-logra-guerra-independencia.html
[6] Personalmente, creo que estas manifestaciones y celebraciones en Cataluña necesitan un análisis mejor que lo que han recibido hasta ahora de la izquierda, sea independentista o no. El silencio embarazado de algunos, los insultos y condenas de otros son inútiles políticamente. Debemos pensar más y mejor sobre esto: sobre la composición social y cultural de este fenómeno. Hablaré de ello más adelante, cuando tenga una opinión basada en realidades concretas.
[7] Recomiendo leer el párrafo completo.
[8] Garzón reivindica esta tradición mencionando a Juan Antonio Bardem, a su hija Pilar y a Rafael Alberti.
[9] Cursiva mía. Veamos el surrealismo: diferentes significados luchan por fijar el significado del mismo significante. No son las clases las que luchan por modificar el sentido común o una determinada cultura, sino seres etéreos y misteriosos que tienen su propia agencia: los significados.
[10] https://www.eldiario.es/politica/ultima-hora-actualidad-politica-directo_6_13459116_1124451.html
[11] Véase el panfleto que escribimos en 2013 con Joaquín Miras: https://tienda.elviejotopo.com/politica-espanola/1045-la-izquierda-como-problema-9788415216728.html. Actualmente, las posiciones de ambos sobre el hecho nacional no coinciden. Personalmente sigo suscribiéndome al contenido del libro y su textualidad.
[12] Garzón olvida que donde el «exhibicionismo del simbolismo nacionalista español» fue abrumador fue fuera de Cataluña y del País Vasco.
[13] El de la CEI del 30 de octubre de 2024: https://www.cis.es/es/w/casi-el-60-de-los-espanoles-cree-que-los-impuestos-son-necesarios-para-que-el-estado-preste-los-servicios-publicos; también el del director general de la Generalitat de Catalunya del 21 de mayo y 25 de junio: https://www.elnacional.cat/ca/politica/independentisme-recupera-terreny-torna-nivells-mes-alts-ultims-sis-anys-segons-ceo_1666226_102.html
[14] Consulta mi artículo: Una mirada a la Cataluña actual con las gafas de Gramsci
Por JOAN TAFALLA (*) PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-
El 6 de agosto, Alberto Garzón, el exministro de Consumo y excoordinador general de Izquierda Unida, publicó un artículo en El Diario titulado «Javier Bardem y la disputa por la bandera española». El artículo generó muchas interacciones en «X»: más de 1100 visualizaciones, 194 likes, 558 retuits y 1300 comentarios (visto el día 23 de agosto). Los hay todo tipo: bastante enfadados, otros más o menos ocurrentes, son minoría los que vienen del fascismo supremacista catalán (algunos directamente de fábricas de bots), otros certeros y algunos realmente acertados.[1] En general, estos comentarios no me han ocupado o preocupado demasiado. Lo que me ha preocupado son los contenidos del debate iniciado por nuestro autor.
Un factor común en muchas de las respuestas que leo en «X» es el no haber leído el artículo completo. Es normal: tienes que estar suscrito a El Diario para poder hacerlo. No es tan normal debatir con un texto sin leerlo. Si tienes la intención de debatir y criticar una propuesta debieras contraponer tus argumentos. Son tiempos de pereza intelectual y política. Se responde a bocinazos a una entrada editada por el equipo editorial del periódico que ni siquiera corresponde literalmente al texto de un párrafo importante del artículo. Concretamente, lo que Garzón realmente dice es lo siguiente:
«El problema de una parte de la izquierda es que tiende a concebir España como una ‘prisión de pueblos’, de lo que se deduce que sentir español es tanto como sentirse carcelero».
Para mí, este párrafo me parece un error grave. Pero lo más importante y preocupante es el resto del contenido del artículo.
Como tuiteó Pau Llonch:
«¿Y si dejamos de hacer hipótesis y les preguntamos, en vez de volarlos con hostias, infiltrarlos con la policía que acompaña esta bandera tan resignificada, meterlos en prisión, matar a sus presidentes o empujarlos al exilio? ¿Te suena algo de Marx y la cuestión irlandesa?»[2]
Los amigos de marxismo crítico también han dado dos respuestas inteligentes a partir de la ironía:
«Es un error concebir España como republicana. Resulta que la mayoría de las personas que viven en España se sienten monárquicas, aunque sea una identidad compartida con otros y aunque sea un sentimiento latente y no siempre apasionado».[3]
O este otro:
«Es un error concebir el capitalismo como un ‘sistema de explotación’. Resulta que la mayoría de los trabajadores sienten que su salario paga todo su trabajo, aunque sea una identidad…».[4]
Nadie familiarizado con el marxismo dejará de sonreír ante la fina ironía de estos amigos.
¿Nos afecta a los catalanes lo que piensa y hace o no hace la izquierda en el resto del reino borbónico?
¿Podemos liquidar el artículo de Alberto Garzón con un tuit más o menos ácido y actual? ¿Deberíamos «perder» el tiempo examinando los argumentos del exministro? Hay catalanes que consideran que aquello que piensa lo que hace o deja de hacer la izquierda en el resto del reino borbónico de España no nos afecta a los catalanes. Francamente, creo que están muy equivocados. Lo que hace, o más bien no hace la izquierda, española nos afecta mucho a los catalanes.
Algunas personas se dieron cuenta de esta realidad concreta el 1 de octubre de 2017 alrededor de las 10:30 a.m. En ese momento, muchos sentían en sus costillas machacadas por los “piolines”, que la cosa no sería tan simple como se lo habían imaginado. Las fuerzas del desorden no vinieron a mi colegio, pero estaban trabajando duro en otro colegio de mi ciudad del que finalmente tuvieron que retirarse. También y en mucho otros barrios y pueblos de toda Catalunya donde se descargó la violencia estatal con todo su furor. Una brutal pedagogía que se materializó en las cargas indiscriminadas y desproporcionadas contra un pueblo movilizado y decidido a resistir pacíficamente; en las detenciones de personas que solo querían votar así como otras agresiones simbólicas y mediáticas, mayoritariamente catalano fóbicas, demostraron con toda la crudeza de la violencia monopolizada por el Estado que el asunto no iría «de la ley a la ley», como había prometido demagógicamente el «estado mayor» del proceso.
Josep Fontana había avisado de ello. Pero casi nadie le escuchó.[5]
Hay muchos catalanes que no quieren saber nada de lo que haga o no haga la izquierda española. Los hay que insisten en que lo haremos «nosaltres sols». La izquierda del reino borbónico de España se ha ganado a pulso este desprecio en las últimas décadas. Sinceramente, creo que estos catalanes se equivocan. Después del 1 de octubre de 1917, cualquiera que quiera aprender de la experiencia sabe que con el estado borbónico no se juega al póker sin llevar muy buen juego. Es decir, sin haber acumulado una fuerza mucho más formidable que la acumulada durante los años del proceso. Tampoco sin haber acumulado aliados en grandes proporciones en la retaguardia del régimen, es decir, en el resto de los pueblos de España. No solo en Galicia y el País Vasco. Ahora ya deberíamos haber aprendido que mientras exista el actual marco estatal de la lucha de clases, mientras el régimen borbónico no se resquebraje, se rompa o caiga, la lucha por la autodeterminación de nuestro pueblo necesitará el apoyo de las fuerzas políticas democráticas existentes al otro lado del Ebro.
Un apoyo que Garzón nos negó en su momento y que, según dice en su artículo, seguirá negándonos en el futuro. Creo que, en esta cuestión, Garzón condensa el sentido común de la mayoría de la dirección y de parte de la base de IU y del PCE, incluidas sus organizaciones en Cataluña. Es por ello que considero necesario debatir y, en la medida de lo posible, refutar sus argumentos.
Quiero ser ingenuamente optimista. No descarto que la deriva de Garzón hacia su plena integración en el nacionalismo del Estado borbónico pueda quedar en minoría dentro del PCE y la IU a medio plazo.
Considero estas líneas como una pequeñísima contribución para ayudar a que ambas organizaciones a modifiquen su sentido común, su cultura política y su «estrategia» en la cuestión tanto de la forma del Estado como de los derechos de los pueblos a la autodeterminación.
Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid o que el Ebro pasa por Tortosa
El artículo parte de un dato banal, de la prensa del corazón o de la «crónica rosa», como es el hecho de que Javier Bardem se puso la camiseta oficial de la selección nacional del reino borbónico de España para asistir a un partido del último mundial. Antes de continuar, quiero destacar un pequeño detalle: Bardem no llevaba una de esas camisetas de la selección republicana de España que son vendidas desde hace años por muchos militantes comunistas y por entidades que luchan por la tercera república española. Todo mi respeto al valiente Javier Bardem, defensor de la causa palestina y saharaui y de tantas causas buenas. Pero dicen que el diablo habita en los detalles.
Así pues, aprovechando la anécdota de la camiseta borbónica de Bardem, Garzón se lanza a exigir a la izquierda española que «dispute» la simbología borbónica tanto a la derecha extrema y a la extrema derecha como al PSOE.
Creo que no es una exageración considerar que con esta «disputa» por el simbolismo Garzón nos invita a aceptar la bandera bicolor y, en consecuencia, a aceptar la materialidad del régimen de la monarquía parlamentaria borbónica restablecida en 1978. ¿Podemos deducir que el «realismo» de Garzón considera que es en este marco de este Estado donde la clase trabajadora debe convertirse en «clase nacional» para conquistar la hegemonía? Parece que no es así.
Garzón parte de una versión deteriorada de la lucha por la hegemonía, reduciéndola a la lucha (o «disputa», que suena más académico) por la narrativa y el simbolismo. Una reducción de Gramsci que ha estado muy de moda en los últimos quince o dieciséis años en España. Una reducción de Gramsci que, transformada en una práctica política durante los años del proceso en Cataluña y durante la fase populista en el resto de España, ha logrado devolver a la izquierda a los desastrosos años de Llamazares. Esto se está haciendo aún más evidente ahora, cuando la denominada fase laborista no acaba de arrancar. O sea en el declive del movimiento al que pertenece Alberto Garzón.
Tres sinécdoques que no substituyen a la totalidad.
Para intentar convencernos de que disputemos la bandera bicolor a la derecha, Garzón recurre tres veces a la figura retórica de la sinécdoque. Es decir a tomar la parte por el todo. Nuestro autor busca desesperadamente argumentos que tengan más peso que la anécdota de la camisa borbónica de Bardem. Y ha encontrado tres asuntos:
La primera sinécdoque. – Garzón cita la reacción antifascista inicial de algunos habitantes de Ceuta, que expulsaron a los grupos fascistas peninsulares con el grito de «esto es Ceuta, no Torre Pacheco», mientras reclamaban su españolidad y blandían banderas borbónicas. Un poco de prudencia política y epistemológica le habría llevado a no magnificar el verdadero tamaño de estos grupos, su composición cultural, social y religiosa, así como la duración previsible del movimiento. Podría haberse preguntado si se trata de una pequeña parte de ese sector de los barrios periféricos de Ceuta que busca protección simbólica frente a su exclusión real y concreta de la «comunidad nacional española». ¿Una pequeña parte de estos manifestantes forma parte del sector andaluz de la población que teme una anexión de la ciudad por parte de la dictadura alauí defendiendo la españolidad a partir de un espíritu de izquierdas y antifascista? ¿Quizás las manifestaciones puntuales condesen una compleja amalgama de ambos miedos? Lo cierto es que el paso inexorable de los días está reduciendo la incidencia del fenómeno. Estos sentimientos complejos no parecen representar a la mayoría de los ceutíes, que debido a su composición social y cultura tienden a votar mayoritariamente (55,01% en las elecciones de 2023) por la extrema derecha y la extrema derecha. A la altura de 24 de agosto de 2023, el discurso de «todos somos ceutíes, todos somos españoles» ha cedido espacio en los medios de comunicación a la situación concreta y real. Las desigualdades internas de la población de Ceuta, las diferencias sociales entre el centro y la periferia de la ciudad, el racismo de partes de la población blanca hacia sus vecinos árabes o bereberes se hacen cada día más evidentes. Las asociaciones cívicas y de residentes de los barrios periféricos denuncian esta situación a diario. Garzón no consideraba esta complejidad y dinámica. Tomaba esa parte por el todo.
La segunda sinécdoque que enarbola Garzón son las grandes celebraciones populares por los triunfos de la selección española en el reciente campeonato mundial de fútbol. Para nuestro autor, estas manifestaciones frente a las pantallas gigantes instaladas por los ayuntamientos de todo el reino borbónico, incluyendo el área metropolitana de Barcelona y Tarragona,[6] se habrían añadido a la camiseta borbónica de Bardem. De esto se deducía que:
«La consecuencia es que, hasta hace muy poco, la bandera roja era sinónimo de ser facha».
Obviamente, Garzón piensa que ya no lo es. ¿La bandera borbónica ha dejado de ser facha y expresa una identidad y una pertenencia cívica, democrática y popular a una comunidad nacional? Esta sería una condición necesaria, aunque muy suficiente, para la consolidación de un estado-nación español que no llegó a formarse en el siglo XIX, bajo el reino del último de los borbones. Parece obvio la primera condición básica, la simbólica no se está cumpliendo. Como en el resto de los argumentos de Garzón, la parte no constituye el todo.
La tercera sinécdoque que blande Garzón es una cierta resignificación internacional de la bandera bicolor:
«En 2003, nuestra bandera se asociaba con la subordinación al imperialismo de George Bush y Tony Blair. Hoy, la bandera española aparece en el mundo como símbolo de dignidad para la defensa que nuestro gobierno y nuestra sociedad hacen de la causa palestina y de la oposición anti-Trump… Todo esto ayuda a explicar por qué el triunfo de la selección española fue celebrado con tanto entusiasmo en una ciudad en ruinas y consumida por el dolor como Gaza. Las imágenes que aún llegan de allí siguen poniéndonos la piel de gallina y tienen como consecuencia que nos sintamos orgullosos de ese símbolo que condensa, en este momento, una posición política tan decente… El hecho de que Lamine Yamal izara la bandera palestina antes del Mundial en una celebración pública ayudó a reforzar la idea de que España está asociada con la lucha contra el genocidio, mientras que la gorra «Make Spain Great Again» que Ferran Torres llevó en la caravana del Mundial, y que la Casa Blanca fue rápida en difundir, apuntando justo en la dirección opuesta: son las escaramuzas de una disputa simbólica mucho mayor.»[7]
Perdón por la extensión de la cita. Era necesario para entender lo que propone Garzón. Por un lado, el hecho de que el reinado de Trump i de Netanyahu, acaben resignificando en parte en Italia y otros países la bandera bicolor, no la convierte en un símbolo democrático y, mucho menos, transforma el modo de dominación del régimen borbónico en un marco político democrático y popular en el que los comunistas[8] deben luchar para lograr la hegemonía de la clase obrera.
Tres sinécdoques que no demuestran la validez de la política propuesta y practicada por Alberto Garzón en relación con la necesidad de que la izquierda que representa complete su cooptación dentro del régimen borbónico. En su artículo, Garzón propone que aceptemos como un hecho inquebrantable el sentido común de una supuesta mayoría social que exhibe los símbolos de la monarquía borbónica en Ceuta o que celebra masivamente el triunfo de la selección monárquica.
Garzón parte de la base de que nada puede hacerse para cambiarlo y que lo realista es asumir tanto el marco simbólico como la realidad material del régimen borbónico que, según él, estaría «en disputa». Incluso considera que la bandera roja y amarilla ha adquirido (¿por arte de magia?) un nuevo significado, incluso antifascista: «… La camiseta durante el Mundial también sirvió para expulsar a esos fascistas de las calles. Es un proceso puramente político, en el que diferentes significados luchan por fijar el significado del mismo significante».[9]
Modestamente, considero que, la tarea actual de los comunistas y del resto de republicanos no es «disputar» la bandera bicolor ni la figura del Borbón como «protector» de la españolidad de Ceuta.[10] Por el contrario la tarea sería cuestionarlos permanentemente, en todas partes y en todo momento, en todas las áreas de la vida social, incluidas las más moleculares, intersticiales y capilares. Por supuesto, debe hacerse con inteligencia, con pedagogía, con paciencia y, sobre todo, con organización. El sentido común no puede cambiarse tuiteando, aunque sea necesario tuitear. La tarea no es substituir los propios símbolos y adoptar los del enemigo de clase. «Disputar» los símbolos de la monarquía significa transformarnos en monárquicos. Garzón parece confundir los símbolos de los Borbonidad con los símbolos de la españolidad.
Es necesario confrontar la España democrática y republicana con el régimen borbónico
Voy a poner mi venda antes de la herida: no considero que la forma de dominación y dirección política legalmente encarnada en la Constitución del 78 sea una forma de dominación fascista. Es cierto que el régimen monárquico y la «unidad indisoluble de la Nación Española, patria común e indivisible» fueron impuestos a los padres constituyentes por el motorista del Alto Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas. No son producto de una sanción democrática. Se nos prohibió votar monarquía o república.
A pesar de ello, no considero al actual reino de España como una forma de dominación no es fascista. A pesar de que la pervivencia en el corazón del estado profundo, que la mayoría de los altos funcionarios públicos (jueces, militares, fuerzas policiales, abogados del estado y una larga mayoría de altos funcionarios) han sido la garantía durante más cuarenta años de la restauración y reproducción del antiguo estado borbónico. Aún estamos en un régimen liberal-representativo, apenas democrático, con un Senado que no garantiza la igualdad de votos, con leyes electorales que favorecen la representación sine die de los intereses de los bancos y del resto de las clases dominantes. En resumen: la actual monarquía borbónica no es una forma de dominación fascista. Pero no es, en absoluto, una democracia plena. Y en futuro próximo puede evolucionar, o involucionar, a peor.
En consecuencia, su simbolismo tampoco es democrático. Proponer que la tarea de los comunistas sea «disputar» ese simbolismo para tratar apropiarse de él es un suicidio cultural y estratégico. La simbología borbónica no es un significante vacío que podamos hacer nuestro sin transformarnos en lo que no somos. Tampoco es un significante neutral desde el punto de vista de la lucha de clases que pueda ser disputado y cambiado. Proponer esta operación es signo de subalternidad. Encima es una batalla perdida de antemano.
El 17 de abril de 1977, el CC del PCE adoptó la bicolor. Desde entonces hemos estado en una situación de subalternidad dentro del régimen. Perdiendo batalla tras batalla y reduciéndonos como la piel de zapa de memoria balzaquiana. Hemos estado en una posición perdedora durante casi cincuenta años de Restauración Borbónica. Por mi parte he descrito esta etapa histórica como la tercera revolución pasiva en la historia contemporánea de España.[11] El artículo de Garzón, aún no he visto criticado por ninguna instancia oficial del PCE ni de IU, explica claramente una política: hay que intentar tener un espacio en el escenario de la actual cuarta revolución pasiva. En mi opinión, nos enfrentamos a una falta de visión estratégica que tendrá consecuencias fatales para el PCE.
Me viene a la mente: «la afirmación atribuida a Vittorio Manuel II de “tener en su bolsillo” al Partido de Acción o algo similar es prácticamente precisa y no solo por los contactos personales del Rey con Garibaldi, sino porque, de hecho, el Partido de Acción fue liderado «indirectamente» por Cavour y el Rey». (Gramsci, QP 19, § 24)
La reducción de la dualidad de identidad a datos socio-electorales
«… la necesidad de estudiar y desarrollar los elementos de la psicología popular
históricamente y no sociológicamente, activamente (es decir, transformarlos,
educándoles en una mentalidad moderna) y no de forma descriptiva como él…»
Gramsci, QP 3, 48, 329).
Pero vamos al núcleo del texto de Garzón. Para defender su posición, inicia un largo ex-curso sobre las identidades más o menos compartidas en las distintas regiones (que no distingue de las naciones históricas) actualmente incluidas en el Reino Borbón de España. Leímos:
«De hecho, el sentimiento general en España es de dualidad de identidad, es decir, la mayoría de la gente se siente tan española como de su territorio, se considere a sí misma una nación o no. Por eso, cuando hay una intensificación del sentimiento nacionalista en una dirección, tiende a surgir un contramovimiento de sentimiento nacionalista «opuesto», como ocurrió con el proceso catalán y la radicalización de las posiciones españolas (que también eran mucho más exhibicionistas en el aspecto simbólico).[12] Pero las encuestas muestran que en las últimas tres décadas no ha habido movimientos significativos en los indicadores de identidad nacional. Lo que cambia es más bien la intensidad y el alineamiento partidista de la gente, no tanto que de repente la gente se vuelva ‘española’.»
Garzón dice que se basa en estudios recientes. He consultado a algunos.[13] No sé si son los mismos que invoca Garzón. Mi lectura de estos estudios no coincide con sus conclusiones.
El hecho de que la mayoría de los habitantes del reino borbónico de España consultados sientan que su identidad regional es complementaria a su identidad española es utilizado por Garzón para confirmar su sesgo epistemológico nacionalista español. Garzón considera que el Estado-nación español está plenamente consolidado. En consecuencia, deduce que nosotros, los comunistas, debemos esforzarnos por «disputar» la simbología borbónica y no dejarla en manos de la extrema derecha y la extrema derecha.
Por mi parte, he valorado esta compleja identidad presente en la mayor parte del reino de España como un signo de la extrema debilidad y déficit de la construcción borbónica del Estado-nación en los siglos XIX y XX. Solo podemos evaluar así el fracaso de la construcción del Estado-nación español en Cataluña, el País Vasco y Galicia, así como la persistencia de fuertes movimientos soberanistas e independentistas en estos territorios. Lo he desarrollado en un artículo reciente: Una mirada a la Cataluña actual con las gafas de Gramsci.[14]
Es sabido que si una estadística asigna un pollo a cada persona ello no significa que todo el mundo se coma un pollo. No es correcto tomar la percepción de identidad entre la población catalana, vasca o gallega y promediarla con la identidad presente en las regiones de la monarquía española y deducir de ello una mayoría. Hacerlo como hace Garzón significa anular las naciones históricas y aceptar el centralismo y la uniformidad borbónica, aunque sea en la forma diluida del estado de las autonomías.
Garzón da en el clavo de su subordinación a la cultura política borbónica cuando afirma que:
« … resulta que la mayoría de gente que vive en España se siente española, incluso aunque sea una identidad compartida con otras y aunque se trate más bien de un sentir latente, es decir, de algo que está ahí a la espera de despertarse temporalmente y sin necesariamente implicaciones políticas. Ese despertar es precisamente lo que sucede cuando tienen lugar éxitos deportivos, como en el caso del fútbol, cuando la mayoría de la población se identifica con la selección sin que eso signifique una alteración sustantiva en su sentimiento nacionalista. Por decirlo de otro modo, los éxitos deportivos operan como un “recordatorio” de una pertenencia latente, sin inventar nada nuevo». (Ibid.)
Garzón considera que los sentimientos de pertenencia nacional a Galicia, el País Vasco o Cataluña pueden incluirse cuando se trata de extraer una media «española». Esto es producto del uso de hipótesis de la sociología positivista que quizás son apropiadas para diseñar estrategias electorales, pero que son totalmente inadecuadas para analizar fenómenos moldeados por complejos procesos históricos y socioculturales. La sociología positivista que se enseña en las facultades de ciencias políticas es una técnica útil para constituir castas políticas y enseñarles a ganar votos. La filosofía de la praxis, es decir, el marxismo no positivista, sirve para ayudar a construir voluntades colectivas. Ambos no pueden usarse indistintamente sin entrar en serias contradicciones.
Tomemos otro ejemplo: el hecho de que Extremadura viva su condición de «colonia interior» como producto del desarrollo desigual y extractivo del régimen borbón, reclamando una identidad que es a la vez extremeña y española, es una expresión muy diferente a la cultura nacional-popular gallega que abiertamente reclama la condición de Galicia como colonia i el consiguiente derecho a la autodeterminación. Tampoco puede hacer media con la cosmovisión del catalanismo popular y democrático que exige la república catalana y el derecho a la autodeterminación.[15] Son fenómenos con diferentes causalidades y orígenes históricos, culturales, lingüísticos y sociales. Un marxista no puede hacer promedios estadísticos a partir de una concepción de la sociología positivista que ignora las experiencias reales y concretas de los pueblos.
El eurocomunismo de Su Majestad
Garzón lamenta que:
« El intento eurocomunista de asumir de nuevo la rojigualda nunca llegó a consolidarse entre la izquierda, quizás porque además coincidió con un paquete de cesiones laborales, económicas y políticas difícil de digerir. La consecuencia es que, hasta hace bien poco, la bandera rojigualda era sinónimo de ser facha».
Considera que el golpe de Estado y la guerra que el fascismo libró contra los pueblos de España que » … condujo a la fragmentación simbólica de la comunidad nacional.» Deduce la necesidad de superar la fragmentación simbólica llamando a la izquierda a disputar la simbología borbónica con la extrema derecha y la extrema derecha.
¿En qué comunidad nacional piensa Eduardo Garzón? ¿Una comunidad nacional entre, por un lado, los pueblos, las clases subalternas, la clase trabajadora y los sectores populares que sufren bajo el régimen borbónico y, por otro, los explotadores de la clase trabajadora y opresores de los pueblos encabezados por un monarca? ¿Es esta una comunidad nacional? Para unir a la comunidad nacional española, propone superar la fragmentación simbólica. ¿Cómo? ¿Proponiendo una simbología republicana? ¿Proponiendo la lucha por la República?
Garzón, contradictoriamente a lo que le pudimos leer en 2014,[16] propone otra cosa muy diferente. Nos propone insistir en el mismo error donde falló el eurocomunismo de la generación anterior: asumir (perdón, «disputar») la bandera bicolor; que los comunistas la hagan suya y que intenten demostrar que son sus mayores defensores.
Afortunadamente, el sentido común de la gente de izquierdas aún no ha aceptado voluntariamente la bandera borbónica. Pero las sucesivas direcciones del PCE desde 1978 (con el meritorio paréntesis del periodo Julio Anguita, liquidado por una conspiración ignominiosa de los boyardos) han abandonado los sectores populares y democráticos que luchan por la Tercera República. Esta actitud ha hecho que el rechazo latente y pasivo presente en las amplias masas hacia la monarquía y sus simbolos no haya sido podido aún triunfar. El eurocomunismo de Su Majestad tiene una gran responsabilidad en esto. En lugar de hacer autocrítica y de sacar conclusiones de los errores cometidos, Garzón nos invita a disputar a los monárquicos los símbolos de la monarquía.
Desde mi modesta posición de comunista de base, me propongo seguir haciendo algo que desde nuestra ruptura con el eurocomunismo, hicimos y hacemos los comunistas, junto a otros sectores de la izquierda: enarbolar la tricolor democrática, popular y obrera de la España republicana. En las naciones históricas que hoy luchan por su autodeterminación, muchos comunistas luchamos lado de los comunistas independentistas que solo enarbolan la bandera estrellada al lado de nuestra común bandera roja.
El Estado borbónico, que reprime los intentos de los pueblos que quieren ejercer su derecho a decidir, debe ser rechazado por los comunistas que luchamos por el reconocimiento irrestricto del derecho a la autodeterminación de los pueblos que lo reclaman (como Cataluña, el País Vasco y Galicia). Quizá pronto otros pueblos se sumen a esta reclamación. También luchamos y por una forma de Estado federal para el resto de las regiones que hoy no se reclaman como nación.
Con esto no hacemos más que recuperar la rica y diversa tradición de José Díaz, Dolores Ibárruri, Joan Comorera o Pere Ardiaca, con las actualizaciones necesarias.
En mi caso el llamamiento de Garzón no va a tener ningún éxito. Espero que tampoco en el caso de muchos comunistas catalanes y del resto de los pueblos que viven y luchan bajo el yugo de los Borbones.
Joan Tafalla
Sabadell, 26 de agosto de 2026.
Joan Tafalla es historiador, doctor en Historia Contemporánea por la UAB y veterano militante comunista catalán. Su trabajo se ha centrado especialmente en la Revolución francesa, el pensamiento de Antonio Gramsci, el republicanismo y la historia del movimiento comunista. Entre sus obras destacan Un cura jacobino: Jacques-Michel Coupé, el Atlas histórico de la Revolución Francesa (1789-1799), coescrito con Irene Castells, La izquierda como problema, junto a Joaquín Miras, y ¡Hola Lenin! Reflexiones sobre la revolución.
Fuentes:
[1] https://x.com/agarzon/status/2087819208826454060?s=20
[2] https://x.com/paullonch/status/2088126012487786589?s=20
[3] https://x.com/marxismocritico/status/2088183074647384385?s=20
[4] https://x.com/marxismocritico/status/2088182119025512634?s=20
[5] Josep Fontana, La independencia sólo se logra con una guerra de independencia, https://www.publico.es/politica/independencia-logra-guerra-independencia.html
[6] Personalmente, creo que estas manifestaciones y celebraciones en Cataluña necesitan un análisis mejor que lo que han recibido hasta ahora de la izquierda, sea independentista o no. El silencio embarazado de algunos, los insultos y condenas de otros son inútiles políticamente. Debemos pensar más y mejor sobre esto: sobre la composición social y cultural de este fenómeno. Hablaré de ello más adelante, cuando tenga una opinión basada en realidades concretas.
[7] Recomiendo leer el párrafo completo.
[8] Garzón reivindica esta tradición mencionando a Juan Antonio Bardem, a su hija Pilar y a Rafael Alberti.
[9] Cursiva mía. Veamos el surrealismo: diferentes significados luchan por fijar el significado del mismo significante. No son las clases las que luchan por modificar el sentido común o una determinada cultura, sino seres etéreos y misteriosos que tienen su propia agencia: los significados.
[10] https://www.eldiario.es/politica/ultima-hora-actualidad-politica-directo_6_13459116_1124451.html
[11] Véase el panfleto que escribimos en 2013 con Joaquín Miras: https://tienda.elviejotopo.com/politica-espanola/1045-la-izquierda-como-problema-9788415216728.html. Actualmente, las posiciones de ambos sobre el hecho nacional no coinciden. Personalmente sigo suscribiéndome al contenido del libro y su textualidad.
[12] Garzón olvida que donde el «exhibicionismo del simbolismo nacionalista español» fue abrumador fue fuera de Cataluña y del País Vasco.
[13] El de la CEI del 30 de octubre de 2024: https://www.cis.es/es/w/casi-el-60-de-los-espanoles-cree-que-los-impuestos-son-necesarios-para-que-el-estado-preste-los-servicios-publicos; también el del director general de la Generalitat de Catalunya del 21 de mayo y 25 de junio: https://www.elnacional.cat/ca/politica/independentisme-recupera-terreny-torna-nivells-mes-alts-ultims-sis-anys-segons-ceo_1666226_102.html
[14] Consulta mi artículo: Una mirada a la Cataluña actual con las gafas de Gramsci






























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